Inés y Yoryina. Foto: Sara Gómez.

Flor Cuchillo (izquierda) y Yoryina Bautista. Foto: Sara Gómez.

Cuando Flor Cuchillo del pueblo Mizak del Cauca quedó embarazada de su primer hijo, no había terminado bachillerato, no tenía esposo ni un sustento económico para sacarlo adelante. En su pueblo le aseguraban que estaba “haciendo pasar pena a sus padres“ y le preguntaban que si no le daba pena ser una mamá soltera. “Pensaban que mi hijo iba a sufrir, que no iba a tener estudio“, dijo Flor, “no pensaban que yo iba a poder sacar un hijo adelante“.

Su historia se parece a la de Yoryina Bautista del pueblo Yeral de Guainía. Ser madres solteras impulsó a estas dos mujeres a querer ser parte de una red de apoyo para otras indígenas que quizá estén pasando por lo mismo que ellas. La creencia tradicionalista de que tenían que tener un esposo para criar un hijo y el desconocimiento de sus derechos como mujer, dicen, las llevó a años de humillación en sus comunidades. Por eso hoy las dos forman parte del Consejo Nacional de Mujeres Indígenas (Conamic), inaugurado esta semana, una organización busca la participación política de las mujeres en el escenario del posconflicto, así como la erradicación de la violencia de género y los feminicidios en sus comunidades.

Flor Cuchillo. Foto: Sara Gómez

Flor Cuchillo. Foto: Sara Gómez

“He empezado a nacer” explica Yoryina cuando habla de su participación en el Consejo. Para ella, “más allá del dinero y de los recursos” es importante transmitir los conocimientos que la vida le ha enseñado y ayudar a otras madres solteras, uno de los grupos a los que apoya Conamic, a buscar salidas para sacar adelante a sus hijos.

Según cuentan, su participación en esta organización tiene que ver con que la mujer ha dejado de participar activamente en la toma de decisiones en sus comunidades. “El hombre dejó de aportar a las labores de la casa y la palabra de la mujer “perdió respeto y valor”, comenta Yoryina.

Yoryina Bautista. Foto: Sara Gómez

Yoryina Bautista. Foto: Sara Gómez

Por esto, el Conamic tiene claro que para no perder su cultura es necesario volver a las raíces de sus pueblos, pero enseñándoles a las indígenas que tienen derechos especiales –diferentes a los de las demás mujeres– como el derecho al territorio, a la naturaleza y a la dualidad del hombre y la mujer.

“Nosotras soñamos con que el hombre no se sienta mal haciendo una labor de la casa”, explica Flor, que tiene claro que para vivir y compartir se necesita que las funciones del hogar sean equitativas. Yoryina agregó que para que suceda eso es necesario que la mujer “fortalezca su autoestima, tenga un crecimiento integral, personal y espiritual, al igual que un crecimiento académico y cultural”.

Estas dos mujeres son conscientes de que vivir en territorios lejanos es difícil. Yoryina explicó que donde ella vive “no hay televisión, no llega el internet y no llega el gobierno” y que “los conocimientos de los derechos se dan a través de la educación”, así que para ella es urgente que la institucionalidad encuentre la manera de llegar a los lugares recónditos del país.

A pesar tener vestimentas distintas, lenguas distintas y tradiciones distintas, Flor y Yoryina concuerdan en que a los hombres “se les ha olvidado que lo más importante es lo que tienen al lado”. Al final, ellas son las que tejen y construyen la comunidad y tienen la misma capacidad del hombre para proponer soluciones a sus problemas.  “Las mujeres también podemos construir comunidad de una manera diferente, una manera más tranquila” comenta Flor.

Además de todo lo anterior, el Consejo busca tener un rol protagonista en la construcción de paz con el fin de apropiarse de sus territorios que han sido históricamente violentados por el conflicto armado. Buscan trabajar de una forma “dinámica y creativa, enseñar qué es la palabra construcción, qué es la palabra paz, entendida y pensada desde cada uno de los territorios”, explica Yoryina. Para Flor, la paz se construye cuidando todo lo que la rodea, tanto a las personas, como a la naturaleza y a los lugares sagrados.

Estas dos mujeres están de acuerdo en que por su trabajo de ayuda a otras mujeres están “heredando un aprendizaje y un entender”, que quizá para la vida más sencilla a las generaciones más jóvenes de sus comunidades. Al final se trata de un trabajo de todas para todas.

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