Foto: El Espectador

¡Pacifista! reproduce este artículo en el marco de su alianza informativa con el diario El Espectador. Vea la nota original aquí

Por: Paulina Tejada Tirado – El Espectador 

Con 94 años, tiene días en los que sus recuerdos amanecen borrosos. Pero en su mente conserva el rostro del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, a quien intentó en vano revivir aquel 9 de abril de 1948.

La muchedumbre liberal enardecida se apoderó de las calles de Bogotá. Saqueó tiendas, destruyó edificios, quemó el tranvía. Corrió. Gritó. Lloró. Desde los techos era atacada por “los pájaros”, los francotiradores conservadores. En las aceras embriagadas se mezclaron la lluvia, el alcohol y la sangre por tres días. Y Hernando Guerrero ni lo recuerda. A sus 94 años, la única memoria que conserva de aquellos estruendos tiene nombre. Ese viernes 9 de abril de 1948, sus manos intentaron regresar a la vida al recién asesinado Jorge Eliécer Gaitán.

Estaba almorzando con sus compañeros de la Clínica Central de Bogotá —en la que, con apenas 22 años, era interno—, cuando, a eso de la una y media de la tarde, le avisaron que llegó un herido. Vio su identificación y entendió que se trataba del dirigente político más determinante del momento, quien se perfilaba como el presidente de la República para 1950 por encarnar el más profundo sentimiento popular en su lucha, en su voz.

Entonces tomó aire. “Uno ahí es médico y actúa como médico. Procedí a atenderlo como si hubiera sido un ‘fulano de tal’. Estaba sangrando copiosamente, le frené la hemorragia con un apósito y lo suturé. Pero había recibido tres disparos fatales, no hubo tiempo de nada. Ya no tenía signos vitales”, relata.

El tiempo ha marchitado los recuerdos de Guerrero. A veces se confunde, tartamudea y clava su mirada en los recortes de periódico que aún conserva de ese día, quizá en un intento por llegar al lugar recóndito en el que su mente todavía archiva con nitidez las imágenes de aquella jornada. Las anécdotas de la historia se las ha repetido durante siete décadas a su esposa Mariela, sus cinco hijos, diez nietos y trece bisnietos, y hoy son ellos quienes se las cuentan a él.


Lea también en ¡Pacifista!:

Nueve fotos de la vida de Jorge Eliécer Gaitán para no olvidar el 9 de abril


Como un destello en su cabeza, llegó la imagen de Amparo Jaramillo, la cónyuge de Gaitán. Cuando pisó el hospital y vio a su amado sangrando y muerto, se desmayó. “La tuvimos que llevar a la pieza de los residentes y destapar una botella de whisky. Se la tomó toda y se quedó hasta el otro día”.

El tremendo dolor de la mujer fue tal vez el único silencioso de esa tarde. Cuando Guerrero miró por la ventana, el pueblo bogotano estaba enfurecido por la muerte de su caudillo, provocada por un revólver Smith & Wesson de Juan Roa Sierra, quien de inmediato fue señalado de haber ejecutado el crimen del que aún no se conoce su verdadera autoría intelectual. El pueblo tomó justicia por propia mano y eliminó al hombre. Por su parte, el médico tuvo que apartarse del vidrio, pues estaba a punto de estallar por el impacto de tantas piedras que la turba comenzó a lanzarle, cargadas de arengas e insultos, culpándolo del deceso.

La fatídica noticia ya había salido en la radio. “Falleció por una inyección mal puesta en la Clínica Central”, escucharon los oídos de los escasos 700.000 habitantes de la ciudad, incluidos los de su mujer, Mariela Serrano, entonces de 17 años, quien tomó el teléfono mientras cargaba a Hernando, su recién nacido de menos de un mes, y con palabras quebradizas llamó al hospital. Cuando preguntó por su marido, una voz desconocida le respondió: “aquí no hay ningún doctor, aquí lo que hay es todo un pueblo clamando justicia”.

El recinto en el que estaba Guerrero empezó a inundarse de gente. De coléricos, de heridos y de coléricos que estaban heridos. Algunos lograron ingresar a la sala de emergencias con armas amenazando a los médicos, otros se escabulleron en el lugar en el que reposaba el cadáver del caudillo liberal para estampar en sus pañuelos una gota de sangre de su adalid. “Y lesionados, los que quieras”, revela.

Cinco. Treinta. Seiscientos. Hernando Guerrero dice que el conteo de heridos llegó hasta mil. El Bogotazo, una ola de protestas alrededor del país desencadenadas por la muerte de Gaitán, cobraba víctimas sin piedad. Uno a uno los iba acomodando en las habitaciones, los corredores y hasta el garaje para suturarlos con la aguja y el hilo que cargaba en el bolsillo, entre apagones de luz y estallidos en la calle. Fueron tres días sin descansar.


Lea también en ¡Pacifista!:

¿Qué es ser gaitanista? Nos lo explica la hija de Jorge Eliécer Gaitán


—Papi, cuéntale la historia del niño al que se le salía el pulmón cada vez que respiraba —le dice al oído su hija, Luisa.

—Recuérdamela tú. Mi pobre cabeza no se acuerda bien —le responde Guerrero, con una risa humilde y también resignada.

Esquivando a los pacientes y a los cadáveres en el piso, una madre llegó horrorizada con su hijo en brazos. “Miren, miren su pechito”, les rogaba a los médicos, mientras una esponja se asomaba al ritmo de cada respiración. Producto de un tiro en el pecho, su pulmón había quedado visible para darle los últimos suspiros al pequeño.

Y como esa anécdota hay muchas. Pero, algunos días, Hernando despierta habiéndolas borrado de su mente. Cuando sueña con Gaitán, suele recordarlas. Sin embargo, esta vez son su hija y su esposa quienes rememoran el instante en el que, ante un apagón, un joven fue por velas para iluminar la sala. Las entregó y se desplomó. Al encenderlas, Guerrero y su equipo pudieron ver que al hombre le faltaba medio cráneo. “Le habían volado la cabeza de un machetazo”, cuenta Mariela con su voz ronca y paciente y pelo encopetado.

Ella es su memoria, su “lindo capricho” –como le dice evocando un bolero–, la que lo deja hacer la siesta a las 10 de la mañana y quien guarda como un tesoro sus diplomas de medicina, la profesión que ejerció hasta hace cuatro años. Si Hernando tuviera un diario, ella se lo leería, como lo hace con las historias que hasta ahora se han narrado sobre él. Pero todo lo que quedó de ese día se resume en un par de noticias, sus instrumentos médicos –donados a la Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán– y las tareas que sus nietas hicieron en la escuela con los relatos.

Sus recuerdos, como lo hizo la vida de Gaitán, de golpe se le escapan de las manos. Su hija le acaricia los dedos, lo mira a los ojos y con amor le dice: “Increíble, padre. Ya pasaron 70 años y tú sigues aquí”.

ARTÍCULOS RELACIONADOS