Pablo Ángel Cuaran es un campesino que pudo dejar atrás la coca porque tiene comprador para su producto sustituto.

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#ProyectoCOCA | Luego de años de pesadilla por cuenta de la coca, en la vereda El Placer una cooperativa es ejemplo de cómo la sustitución de cultivos necesita de clientes para los campesinos. 

Por Andrés Bermúdez Liévano

El Placer, Putumayo

El Placer es una remota vereda en el Valle del Guamuez del Putumayo, que vivió décadas de barbarie y dolor por cuenta del conflicto y los cultivos de uso ilícito. Sin embargo, hoy campesinos como Pablo Ángel Cuaran están escribiendo una historia distinta, tras despedirse de la coca de manera definitiva y apostarle al palmito.

A pesar de la distancia que separa su hogar del resto del país, hay un ingrediente clave que le permitió conseguirlo: tiene un comprador garantizado para su producto. Una vez por semana, Cuaran llena el camión de su cooperativa en la madrugada con los tiernos tallos de la palma del chontaduro y los conduce hasta la fábrica de Corpocampo en las afueras de Puerto Asís, donde una empresa agrícola los procesa y prepara para su periplo hasta los restaurantes y tiendas más finas de Francia, Estados Unidos y una decena de países más.

Su caso ilustra una de las mayores necesidades de los campesinos que intentan dejar la coca: sin una cadena de comercialización –que asegure que pueden vender su producto– las posibilidades de crear proyectos productivos legales que se sostengan en el tiempo son más bajas. Por tanto, también son más altas las probabilidades de que retornen los cultivos de uso ilícito.

El Placer no era sino dolor

“Esto aquí era mera coca, no había nada más que no lo fuera”, dice Pablo señalando con su brazo el horizonte lleno de palmeras. Él mismo tuvo cinco hectáreas sembradas durante al menos tres años.

Por años, la planta de la coca movió la economía de El Placer. También movió la violencia: primero con el frente 48 de las Farc y luego con el Bloque Sur Putumayo de los paramilitares, que vinieron a disputarles esta zona rica en producción de pasta de coca y pobre en cualquier cosa que se pareciera a presencia del Estado, vías o servicios públicos como salud y educación.

El cogollo de la palma de chontaduro es uno de los productos agrícolas colombianos más exitosos en Francia.

La disputa por el territorio fue sangrienta. Sobre todo el 7 de noviembre de 1999, cuando –en pleno día de mercado– se detuvieron un par de camiones y de ellos salió una treintena de paramilitares disparando hacia todos los lados. Once personas murieron ese día en la masacre de El Placer, tan emblemática en la región que ya tuvo un informe del Centro de Memoria Histórica dedicado a reconstruirla. Durante casi una década, ni Pablo ni sus vecinos podían salir entre 6 de la tarde a las 6 de la mañana, bajo el riesgo de ser brutalmente castigados. Él no salió desplazado, como cientos de personas, pero vivía con miedo.

“La coca, viendo bien, lo que trae es mucha delincuencia. Toda pereza llega con su arma. En cambio, con el palmito no viene a manipularlo a uno nadie. Estamos ya tranquilos por acá”, cuenta Cuaran en el fuerte acento pastuso heredado de sus padres, que cruzaron la cordillera desde Córdoba (Nariño) en los años cuarenta y se instalaron en estas veredas que en ese entonces eran densa selva.

“Nos colocamos a pensar qué es más bonito, si la mucha plata o la vida. Y escogimos”, dice con convicción.

El palmito y el cacao fueron las primeras apuestas en esta región para ganarle a la coca. Solo que, como cuentan miles de campesinos que fueron cocaleros, es un proceso gradual y lento que tiene muchos obstáculos y requiere un apoyo decidido que el Estado usualmente no ha estado dispuesto a dar.

De hecho, Pablo continuó cultivando palmito a pesar de las prevenciones de muchos de sus vecinos. La reticencia de la comunidad al palmito se debía a que el gobierno de Álvaro Uribe le apostó fuertemente a este producto agrario, pero la empresa que les compraba –Agroamazonía– quebró por no tener un buen liderazgo gerencial y capacidad administrativa, dejando mal parados a los 400 campesinos socios. La frustración se apoderó de muchos de ellos.

Uno de los principales obstáculos para los campesinos que dejan la coca es que no hay cadenas de comercialización para sus cultivos.

¿Para qué volver a meterse en algo que va a volver a fracasar?, les decían no solo amigos, sino incluso desde las entidades estatales. Pero Pablo y otros 59 compañeros persistieron y fundaron la Cooperativa Agroindustrial y de Palmito, mejor conocida entre ellos como Coopalmito.

Al final de cuentas –como cultivo de sustitución– el palmito tiene muchas ventajas. Las palmas tardan solo un año y medio en crecer y en entrar en producción. Es un tiempo corto si se compara con otros cultivos de ciclo más largo como el cacao, que pueden demorar tres años en dar con qué vivir.

A partir de los 18 meses, el penacho de la palma –que en Putumayo llaman la ‘flecha’– se separa del suelo y sus tallos comienzan a tener la ternura adentro necesaria para comerse. “Ahí ella le dice ‘estoy, lléveme’. Cuando el cogollo esté enflechado”, dice Cuaran, señalando una de sus 600 palmas, ordenadamente sembradas en hileras con un metro exacto entre palmera y dos metros de ‘calle’ separándolas. A partir del momento que salen los primeros cogollos, su cultivo dará cosecha cada dos meses, sin dejarse afectar por ninguna plaga.

Con un ágil movimiento de su machete, Pablo corta el tallo de una palmera. Tras pelarle varias capas de corteza como una cebolla, emerge un tubo blanco y húmedo. “Pruébelo”, dice, invitando a tomar el cogollo de textura deshilachada y sabor carnoso.

Todas las semanas, Cuaran y sus socios de Coopalmito entregan 6.000 tallos de un metro de longitud en la planta de Corpocampo, donde un ejército de empleados comienza el proceso de cocción y empacado que dejará los tallos tiernos para el largo viaje hasta Europa.

Incluso en restaurantes bogotanos como Abasto están apareciendo platos elaborados con el palmito de sustitución.

Palmito a la francesa

Después que el palmito de chontaduro fue descubierto por la alta gastronomía en Francia, donde lo llaman ‘corazón de palma’, su cultivo empezó a popularizarse en Ecuador, Costa Rica y –finalmente- varias regiones cálidas de Colombia.

Eso le permitió cerrar un círculo histórico porque fue un botánico francés, Aimé Bonpland, el que lo recolectó por primera vez durante el largo viaje por Sudamérica que emprendió a comienzos del siglo XIX, en compañía del explorador y barón Alexander von Humboldt (aunque sería el asistente alemán de ambos, Karl Sigismund Kunth, el que lo describiría científicamente en 1815). Aunque no pasaron por Putumayo, estuvieron bastante cerca, tras bajar desde Bogotá hacia Quito, pasando por Cauca y Nariño.

Dos siglos después, esos palmitos descubiertos por la expedición del Barón están llegando por toneladas a Estados Unidos, Alemania, Holanda, Líbano, Chile, México y, de manera muy especial, Francia que –con clientes como Carrefour, Auchan y Casino- es de lejos el primer comprador.

“Hay mucha demanda ahora”, dice Pablo.

“Muchas veces encontramos rechazo de los inversores privados porque estaban preocupados por el tema de la seguridad en esas zonas, pero a lo largo de los años hemos visto que vale la pena arriesgar esos recursos para dejar un legado en esas comunidades”, contaba hace poco Edgar Montenegro, el empresario que creó Corpocampo en el Pacífico caucano (para cosechar los cogollos de otra palma, la de acaí) y luego compró la moribunda planta de Agroamazonía para resucitar la industria palmera de su Putumayo natal.

En total, unas 1.200 familias campesinas, afro e indígenas en todo el país le venden la materia prima a Corpocampo, una cadena comercial por la que hace dos meses ganó el Business for Peace Award noruego que reconoce a empresas que trabajan con comunidades afectadas por la violencia (y que este año seleccionaron tres Premios Nobel de paz y dos de economía).

“La empresa está probando cómo el sector privado puede jugar un importante rol en la construcción de paz identificado oportunidades de negocios que ayudan a comunidades marginalizadas a ser más resilientes”, dijeron al darles el premio.

Corpocampo, la empresa que le compra el palmito a Cuaran, acaba de ganar el premio Negocios para la Paz en Noruega.

“De esa empresa dependemos 60 familias acá. Yo estoy muy agradecido con este producto”, cuenta Pablo, que es el representante legal de la cooperativa.

Construir un proyecto en la legalidad les tomó bastante tiempo, uno de los factores que menos tienen en cuenta los políticos y funcionarios públicos que quieren ver bajar el número de hectáreas de coca que mide cada año Naciones Unidas, pero que han sido parcos en acompañar los procesos de manera sostenida.

Con una cadena de comercialización sólida, pudieron despedirse por siempre de la coca. En cambio, con las frecuentes ‘fumigas’ –como llaman en este rincón del país a los sobrevuelos de avionetas que asperjaban glifosato para matar los cultivos de coca– los campesinos volvían a sembrar. Esta es una lección que el presidente electo Iván Duque podría tener en cuenta ahora que ha planteado retomar la aspersión aérea para acabar con la coca.

Alrededor de la vereda de Cuaran hay muchos vestigios del horror de antes. A un centenar de metros de su casa, entre el pasto, sobresale un volumen de color marrón oxidado: es un cilindro de gas abandonado por alguno de los grupos armados y que, hasta no ser retirado, seguirá siendo un artefacto explosivo improvisado –como los que han dejado 11.400 víctimas en todo el país– y un riesgo para la comunidad.

Los recuerdos de la guerra siguen presentes en El Placer: esta pipeta de gas que dejó la guerrilla yace en un camino veredal.

El camino hacia la casa también revela las cicatrices de los años de pesadillas. En una esquina pendiente en la carretera, aparece una cruz alta de madera. Es el camposanto que marca el lugar donde primero la guerrilla y después los paras tiraban a la gente que mataban. No hay un conteo definitivo, pero la leyenda urbana en El Placer dice más de 1.000 personas murieron allí.

Esos son los recuerdos que están intentando sepultar con fila tras fila de palmeras iguales a las que sorprendían a los viajeros del siglo XIX –como el diplomático español y pintor aficionado José María Gutiérrez de Alba–con la elegancia de su esbelto tronco y sus penachos cargados de frutos de un naranja plomizo.

Solo que ahora el negocio no está en dejarlas crecer tanto, sino en evitar que se vuelvan tan altas como para dar chontaduro y en vez cosechar el fruto que se esconde dentro de su tallo. Poco a poco van mejorando el negocio: con un camión que les dió el gobierno ya se ahorran el alquiler del que usaban antes. Además acaban de sembrar 32 hectáreas nuevas de palmito en la vereda gracias a un proyecto del Ministerio de Agricultura.

“Nosotros hicimos esto a puro esfuerzo, solos. El Gobierno nos dio una manito con el camión y las 32 hectáreas”, dice. Y remata: “La gente lo veía como un caso de fracaso. Pero mire: para nosotros es todo lo contrario.”

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