El padre Álvaro Mosquera, párroco de Bojayá. Foto: Maria Paula Durán – Centro Nacional de Memoria Histórica.

Abrazando con fuerza al Cristo despedazado que dejó la masacre de Bojayá en 2002, el padre Álvaro Hernán Mosquera, párroco de este pueblo marcado por la guerra, se subió a la panga de madera que lo llevaría hasta Quibdó. Esta iba a ser la primera parada para llegar a Villavicencio, el destino donde le encomendaron presentar, ante el papa Francisco, dicha figura mutilada, que es uno de los símbolos de la devastación de nuestra guerra. Era lunes en la mañana. Según los cálculos del padre, a más tardar el miércoles al mediodía estaría en la capital del Meta.

El primer vuelvo en el que haría el recorrido Quibdó-Bogotá se canceló. Llegó a las 4:30 de la madrugada del jueves a la capital, después de esperar más de 10 horas en el aeropuerto chocoano. Mosquera anhelaba con ansías la partida del avión. En los cuatro años que lleva como párroco del templo San Pablo Apóstol en Bojayá, no había vivido episodio similar. Sobre esta travesía con el Cristo reposaba el dolor de las víctimas que dejó la masacre. También reposaba la esperanza de aquellas personas que, como él cuenta, le encomendaron un mensaje para el sumo pontífice.

El jueves, cuando llegó a la Catedral de Villavicencio rodeado de un grupo de víctimas, fue ovacionado por el público católico. Los tres días sin conciliar el sueño que vivió antes de llegar, no le quitaron fuerzas para subir al altar con el Cristo. Con monseñor Héctor Fabio Henao, director de la  Pastoral Social de la Conferencia Episcopal, dio una misa que duró cerca de 45 minutos. Ni el padre Mosquera ni el grupo de víctimas de Bojayá cedieron ante el peso del cansancio, agravado por el calor de la iglesia y las dos horas de pie que les exigió la ceremonia.

Al terminar la misa, el padre siguió de pie. Esta vez, por una reunión privada que solicitó con las víctimas y Monseñor Henao. La necesidad de definir con claridad el mensaje que le entregarían este viernes al Papa Francisco era evidente. Discutieron cerca de media hora y, al salir, Mosquera habló con ¡Pacifista! sobre la responsabilidad que carga al representar a las víctimas y el encuentro histórico que sostendrá con el papa Francisco.

He visto mucho empeño de su parte en la elaboración del mensaje para el Papa Francisco. ¿Qué tiene pensado?

Llevo cuatro años acompañando a la comunidad de Bojayá en el proceso de perdón, verdad, justicia y reparación. He estado presente en el  acompañamiento psicosocial, tratando de recuperar el tejido social, aunque no ha sido posible. Han pasado 15 años desde la masacre, sí, pero las amenazas siguen, la violencia está latente. Duele mucho.

Cuando se firmó el acuerdo de paz con las Farc, la comunidad pensó que estaría más tranquila. Pero quedaron unos espacios que pueden ser ocupados por otros actores. Esto ha generado mucha tensión en las comunidades. Aunque la Diócesis de Quibdó ha estado trabajando y denunciando, la tensión sigue. Este encuentro con el papa Francisco es ideal para presentar a las víctimas, sus testimonios y preocupaciones. Todo esto con la esperanza de que más adelante Bojayá pueda tomar otro rumbo.

¿Qué representa el Papa para Bojayá?

Representa una voz de esperanza, de confianza. Él puede darnos un impulso para creer que las cosas pueden cambiar. Eso es muy importante porque venimos de momentos difíciles, de algunas desilusiones. Ahora, el papa trae un mensaje y es para acogerlo y sé que la comunidad lo acogerá. Fíjese en lo que pasó con las elecciones del Plebisicito: en Bojayá ganó el ‘Sí’ con un margen muy amplio. Queremos la paz, no queremos más muertes, más violencia.

Sé que ustedes venían planeando una intervención importante. Hace un año se decía que el papa iba a venir a Quibdó…

Sí, la expectativa estaba. La verdad teníamos la esperanza pero no fue posible la visita a Quibdó por algunas razones que están a nivel de Estado. Allá es donde pueden decir por qué no se hizo. En todo caso no perdimos el impulso, sabíamos que si no venía a Chocó nosotros viajaríamos a Bogotá, Medellín, Cartagena o Villavicencio. Yo tengo 58 años y estoy en la Iglesia desde el año 1986. Sé lo que significa la visita de un papa porque me tocó cuando vino Juan Pablo II.

¿Qué diferencia percibe entre ambas visitas?

El papa Francisco va dejando un legado de transparencia y sinceridad. También se ha manifestado a favor de los pobres, los humildes, los que no tienen voz. Su compromiso con el medio ambiente es clave para los tiempos que estamos viviendo. Su visita es trascendental.

¿También ha cambiado la apertura de la Iglesia frente a las comunidades chocoanas?

Sí. De hecho queremos que el Papa sepa que la Diócesis de Quibdó tiene diferentes opciones para aportar a la multiculturalidad. Es más, tenemos una pastoral indígena independiente, donde se respetan las culturas de los pueblos indígenas. Nosotros respetamos las celebraciones que ellos tienen. No se trata de que ellos vengan a beber de nuestra cultura, sino que nosotros aprendemos de su cultura. Esto es muy acorde a lo que el papa ha promulgado en relación a la tolerancia. Uno recuerda todo lo que pasó con la colonización de España y sabe que se impuso con dominio y exterminio. Ahora el Evangelio debe ir a la cultura, leer la cultura.

¿Cómo se abre el camino de la reconciliación en Bojayá?

Más allá del rencor están las presiones que quedan en el territorio. La pregunta latente de ¿quién va a venir ahora? El Estado no ha cubierto los espacios que estaban en manos de grupos armados. Y no estoy diciendo que los cubra con armas, sino con proyectos, con nuevas economías. Aquí no hay inversión para cultivar el campo, no hay proyectos productivos. Además, desde que persista el temor por otros grupos armados va a ser difícil terminar ese camino.

¿Y cómo reciben los anuncios recientes de cese al fuego con el ELN y el aparente sometimiento a la justicia que busca ‘Otoniel’, líder del Clan del Golfo?

Son anuncios interesantes. Es que con los acuerdos de paz se hizo una propuesta con las Farc y se está trabajando, pero hay otros grupos armados. Necesitamos acciones más que palabras. Es simple: no más secuestros, no más asesinatos, no más desapariciones. Creeremos en esos mensajes cuando la gente pueda retornar al campo, a sus tierras, cuando se pueda andar libremente por el río. Creeremos el día en que no se sienta la presencia de ellos ahí, que no se sienta el miedo y el terror.

¿A usted le llegan directamente esas presiones?

En muchas ocasiones es difícil ejercer mi labor. Es que cuando tú tomas la voz por alguien, por las víctimas por ejemplo, se presentan amenazas. Me han sacado el revólver, me han mostrado armas…

¿Cómo resumirle todo esto al papa?

Parece que no me va a tocar hablar con él, está muy difícil. De pronto las víctimas podrán darle el testimonio, confío en ellos. Pero sabe algo… yo ya tenía las palabras listas. Frente a lo que vivimos quería decirle que su presencia nos ayuda a lograr a visibilizar Bojayá ante el mundo. Queremos ser un ejemplo mundial de no repetición. Le mostraría que más allá de las víctimas, Bojayá es resiliente, que en medio de todos los conflictos siempre va a seguir luchando por salir adelante. Parece que no se va a presentar una oportunidad, pero espero tener unos segundos al menos con él.

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