Sergio Ramírez. Foto: Claudia Puche.

Por: Diego Aretz*

Sergio Ramirez es una de las personas que mejor entiende la realidad política de América Latina en la actualidad. El escritor, periodista y político fue vicepresidente de Nicaragua entre 1985 y 1990, en el mandato de Daniel Ortega, tuvo un rol fundamental en la revolución Sandinista y recibió el Premio Miguel de Cervantes por su obra en 2017. A lo largo de su vida se ha comprometido con numerosos procesos de paz en el continente, incluido el de Colombia, y por su puesto, el de su país natal.

Hablar con él es hablar con la historia contemporánea de América Latina, es hablar
con la historia de las luchas sociales y los anhelos de democracia en un continente que
sigue luchando contra la desigualdad. ¡Pacifista! tuvo la oportunidad de charlar con él para conocer sus perspectivas acerca de la actualidad política del continente, del rol actual de la izquierda y del proceso de paz colombiano.

¿Qué cree que le pasó a la izquierda latinoamericana?

Bueno, la izquierda latinoamericana sufrió un golpe severo y mortal después de la caída del muro de Berlín. Los principios fundamentales de la izquierda fueron puestos en cuestión, siendo el primero de ellos los grados de intervención del Estado en la economía, hasta llegar a la economía estatal. En este momento hubo cambios ideológicos, políticos y vino el reinado de la economía de mercado. Yo creo que la izquierda en este momento se quedó sin discurso.

¿Sin discurso?

Sin discurso, es decir sin propuesta concreta frente a la economía de mercado, el fracaso y las nacionalizaciones que se practicaron en América Latina. Ya no desde la perspectiva exactamente marxista sino bajo gobiernos como el de López Portillo en México u otros gobiernos de la década de la democracia en Venezuela (como el de Carlos Andrés Pérez, en el que se intervino la industria del petróleo), cuando se intervenían los bancos como forma de revindicar la soberanía de los países. Pero todo eso quedo en la bancarrota.

Entonces la izquierda se tuvo que reconstituir bajo la idea que solo podía maniobrar bajo la economía de mercado y entonces su discurso se fue agotando, y ocurrió otro fenómeno: la izquierda marxista empezó a ver la socialdemocracia como una especie de paño tibio del capitalismo, con propuestas reformistas de intervención moderada en la economía y de pensar la explotación capitalista con prestaciones sociales, fuerza a los sindicatos, seguridad social, derechos laborales, etc. Muchos de los partidos de izquierda radical pasaron a ser socialdemócratas, pues era lo único que podían hacer.

Esa confusión le quitó fuerza al discurso, y cuando vino el resurgimiento de lo que podíamos llamar la izquierda, a partir de Hugo Chávez, más que un regreso a los viejos esquemas de economía de Estado, se formó un populismo basado en un respeto soterrado al capitalismo con una dosis muy alta de intervencionismo pero más verbal que real.


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¿Cree que el socialismo del siglo XXI está muerto?

Nunca tuvo vida propia, es una especie de Frankenstein que surge de las ruinas del viejo socialismo científico, que toma elementos de un socialismo utópico que también ya estaba enterrado. Se ampara en el ropaje demagógico y ha dado paso a fenómenos que eran incompatibles con la vida de izquierda: el primero es la corrupción, porque la vida de izquierda podía ser muy ortodoxa, muy cerrada y muy equivocada en su pensamiento pero le cortaba la mano al que se metía con las arcas del Estado. Es decir, era una izquierda ortodoxa honrada, pero hoy es lo contrario. Hoy, cuando hablamos de corrupción, ya no distinguimos entre izquierda o derecha.

En el momento sociopolítico actual, ¿cuál debería ser el rol de los políticos o pensadores democráticos?

Primero, yo creo que la honradez sería una gran revolución, volver al principio ético de que el Estado no es un botín, que la política es para servir. Ese viejo precepto republicano de que el presidente que entra a servir sale con el mismo dinero que entró y se pasa a vivir a la misma casa de antes, no se pasa a una mansión, a un palacio, no tiene cuentas cifradas en el extranjero, y sigue siendo el mismo ciudadano.

Ese viejo principio republicano que parece tan conservador, y que como inspiración puede parecer ser muy limitado, a mí me parece que es fundamental. Solo hay que ver la lista de presidentes que están en la cárcel, o amenazados por proceso o huyendo de la justicia. En Per, por ejemplo, no hay un solo presidente y ahí esta Kuczynski en la lista de espera, todo el mundo, todos los presidentes están cuestionados, todos se han salvado por los pelos, otros están presos, otros están prófugos.

En fin, yo lo veo como una verdadera debacle moral y no estoy hablando de izquierda ni derecha sino del simple ejercicio del poder con esto que se ha convertido en crisis, la corrupción que se ha vuelto transnacional, yo le decía ayer, la corrupción en el caso Odebrecht, que eso es lo más escandaloso que yo he visto. La corrupción globalizada, dirigida en Brasil afectando a todos los países latinoamericanos.

Cambiando de tema, ¿qué es la literatura para Sergio Ramírez?

Es mi vida en primer lugar. Es decir, cuando yo veo las diferentes etapas de mi vida o estados por los que he pasado en mi vida yo siempre me quedo con la literatura. Lo demás lo veo como accidentes, en la vida uno no puede ser solo escritor encerrado en un cuarto no, y pues eso soy ahora… pero porque ya yo a estas alturas de mi vida he perdido la capacidad de acción…Es decir, de meterme en las patas de los caballos de la política. Ya no siento que vaya a cambiar nada.

¿Siente que no se puede cambiar nada?

No, los cambios están pendientes. Yo siempre he sentido y he creído que los cambios corresponden a los jóvenes.

¿Qué es el poder para usted?

Bueno, el poder depende de lo que quieras ver, es la capacidad de hacer, de realizar el bien público, pero el poder tal como lo conocemos hoy día es la capacidad de realizar el mal público a través de la corrupción y de muchos otros elementos. También es la aplicación de ideologías obsoletas que no van con la realidad de los países, la falta de tolerancia, esa vieja nefasta idea de las ideas políticas absolutas o de las ideologías únicas.

¿Cree que los liberales que creen en estas ideas de libertad y democracia, de alguna manera, han tenido culpa del surgimiento del totalitarismo?

No lo sé. El caso de Venezuela, por ejemplo, para mí es el sistema ejemplar de lo que ha ocurrido en el siglo XXI en América Latina: mucha gente tendió a ver a Chávez como un verdadero reformador y que era militar, pero que al fin y al cabo se lo iba a tragar la institucionalidad, que la institucionalidad iba a poder moderarlo. No es porque yo quiera sacar pecho de la situación diciendo “No, yo tenía razón”, pero yo siempre pensé que nada que salga de un golpe de Estado puede ser bueno, esa fue mi primera reflexión. Pero mucha gente olvidó que Chávez le dio un golpe de Estado fracasado a Carlos Andrés Pérez, y no voy a entrar a juzgar si en ese segundo gobierno, Carlos Andrés Pérez se equivocó con esas reformas neoliberales, o si era corrupto o no.

Simplemente era un sistema democrático electo y viene alguien le da un golpe y se vuelve un héroe. A través de un golpe de Estado, eso me pareció a mí que era una falla muy sensible y mucha gente aplaudió en América Latina ese golpe. Luego, cuando Chávez llego al poder lo vieron como algo necesario y natural.

Alguien tenía que poner orden en esa casa revuelta que era Venezuela con un sistema político agotado, con los dos partidos tradicionales que ya no tenían nada que decir y entonces otra vez vamos a las viejas ideas del salvador único, y eso tampoco existe. Por ejemplo, yo recuerdo la famosa entrevista que le hizo García Márquez a Chávez, en un avión de La Habana. Es buenísima porque Gabo no se adhiere a Chávez, sino que al final termina diciendo que puede ser dos cosas: o un verdadero prócer o, bueno, un dictador, y ya ves lo que dijo la historia.


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¿Le interesa Colombia?

Me interesa muchísimo, porque desde que se abrió el proceso de paz vi una oportunidad para comparar con lo que pasó en Centro América. Desde que Santos concretó su propuesta y empezaron estas reuniones en La Habana, yo vi una oportunidad de que el conflicto tuviera su final a pesar de la gran complejidad de que el conflicto estaba atravesado por el narcotráfico. Eso le da un dimensión terrible al problema. Yo preveía que el proceso iba a tener muchas dificultades, y tuve momentos de gran desaliento cuando vi que las cosas retrocedían, pero me recordaba así mismo que en los proyectos de paz a veces se retrocede también.

Al final se consiguió, pero lo que no debía pasar me parece a mí es que este proceso de paz tuviera tantos enemigos, es decir que no ganara el plebiscito o la manipulación que hubo a su alrededor. ¿Cómo es posible que la paz tenga enemigos? Y cuando se consiguió firmar el acuerdo de paz se hicieron concesiones graves, las dos partes tuvieron que ceder, si alguna de las dos partes no lo hacía, no había proceso de paz.

Si pudiera dar un consejo a Colombia, al haber participado en varios procesos de posconflicto, ¿cuál sería?

No asustarse de las dificultades y reconocer el hecho del desarme de los insurgentes (porque entregar las armas no es fácil). Siempre está el temor de que si yo me quedo desarmado voy a seguir perdiendo, y eso es natural, y a pesar de eso entregaron las armas y están dispuestos a participar en la vida política. Negarles la posibilidad de participar en la vida política es una sinrazón y si alguien entregó las armas y está dispuesto a participar en la vida política, cuántos votos vaya a sacar es asunto de su propia habilidad. Ver si la gente va a creer en ellos o no, o si van a llegar a gobernar.

¿Cree que los colombianos deberían aceptar que algún día los excombatientes de las Farc lleguen al gobierno?

Eso es la democracia. Además, si las Farc pasan a ser un partido político legítimo pues tienen que jugar con las mismas capacidades de los demás, y su suerte es como dados en el aire. Por ejemplo en Nicaragua la Contra desapareció, nunca funciono como partido político. En el Salvador, en cambio, un pardido insurgente sí terminó en el poder, aunque de manera mediocre.

*Diego Aretz es economista y periodista. Puede enviarle sus comentarios a: diegoaretz@gmail.com

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