Foto: Sara Gómez C. | ¡PACIFISTA!

Por Juan Sebastián Barriga, Staff Writer de NOISEY

“Dejamos las armas para hacer política por vías pacíficas y legales. Queremos construir con todos y todas ustedes un país diferente”. Rodrigo Londoño, alias Timoleón Jiménez, el máximo líder de las Farc, pronunció estas palabras en la noche del pasado viernes 1 de septiembre en un discurso en la Plaza de Bolívar de Bogotá.

Casi un año antes, el 2 de octubre de 2016, ese mismo lugar en la capital del país había recibido a unas pocas personas, en su mayoría estudiantes de universidades privadas, que marcharon con tristeza después de la victoria del No en el plebiscito por la paz. En esa fría noche la desesperanza dominó a quienes habían ido a las urnas con la ilusión de impulsar el final de más 50 años de guerra con la guerrilla de las Farc. La incertidumbre se tomó a un país polarizado, y el miedo de que en cualquier momento la sangre empezará de nuevo a correr opacó los esfuerzos de cuatro años de negociaciones en La Habana.

Así son los giros de la historia.

Foto: Sara Gómez C. | ¡PACIFISTA!

El viernes, pasadas las marchas, las renegociaciones, las controversias y la indignación de quienes se oponen al acuerdo, miles de personas llenaron la Plaza de Bolívar. Y docenas empuñaron las banderas de las Farc o, mejor, de la Farc. No batián el tradicional tricolor con el mapa blanco de Colombia atravesado por un libro y dos fusiles, sino un paño blanco con una rosa en la mitad: no la bandera de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, sino la de la recién nacida Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, el partido político que la exguerrilla lanzó la semana pasada y al que estuvo dedicado el mega concierto al que pude asistir.

El evento estaba programado para arrancar a la 1 de la tarde, pero al mediodía todavía no daban acceso a la plaza. Unas cien personas hacían fila bajo el sol. Ni una sola nube cubría el cielo, y la gente que había llegado temprano (algunos estaban ahí las 11 de la mañana) comenzó a impacientarse. “¡Dejen entrar al pueblo!”, gritó un hombre al final de la fila. “¿Acaso era a la 1 de la mañana?”, añadió una mujer que abordó desafiante a la gente de logística. El resto de las personas, mientras tanto, compartían las botellas de agua.

Algunos especularon incluso que la demora formaba parte de una conspiración de la alcaldía para sabotear el evento. Unos días antes había circulado la noticia de que, supuestamente, por falta de ciertos trámites el gobierno de la ciudad no había dado los permisos para usar la plaza. Pero pocos minutos duraron las teorías conspirativas porque de pronto las puertas se abrieron y la multitud pudo entrar. Se oía a algunos cantar: “¡El pueblo unido jamás será vencido!”.

Foto: Sara Gómez C. | ¡PACIFISTA!

En la Plaza de Bolívar no había un solo espacio con sombra cuando el Grupo Bahía abrió el concierto con sus cantos inspirados en el Pacífico. Eran casi las 2 de la tarde y todavía no había mucha gente, pero el público era bastante diverso. Poco a poco llegaron personas de todo el país y de todas las edades: ancianos con la cara triste (marcada acaso por los años en la clandestinidad) y sonrientes jóvenes universitarios. Hubo campesinos, skinheads con banderas antifascistas y palestinas, parejas homosexuales que bailaban en libertad y un manojo de extranjeros curiosos.

Al Grupo Bahía lo siguieron Aries Vigoth y sus coplas llaneras. Como el concierto empezó tarde, los artistas debieron tocar menos de lo programado. Pero no importó. La música de Vigoth, que sonó en los llanos del Yarí durante la décima y última conferencia de la Farc en 2016, retumbó en Bogotá con sabrosura. “¿Dónde está la gente que quiere la paz en Colombia?”, preguntó el artista.

Le siguió Martín Batalla, un rapero guerrillero de Medellín que cantó un par de temas y dio paso a la Banda Bassotti, un grupo italiano de ska obrero y proletario creado en 1981 que puso a brincar a los presentes. Antes de los italianos, la gente había estado bailando tímidamente, y algunos habían preferido quedarse pintar pancartas o buscar una sombra frente al Congreso. Pero ahora la plaza estaba prendida. El grupo dijo sentirse privilegiado de tocar en “este día histórico” y, al ritmo de guitarras distorsionadas y vientos animosos, armó un pogo y puso al público a gritar.

“¡El pueblo unido jamás será vencido!”.

El triunfo de la paz

Para muchas personas el evento de la(s) Farc en la Plaza de Bolívar fue un ofensa. Ver a guerrilleros celebrando en el centro de la capital era inimaginable para sectores de la población que hasta hoy rechazan el proceso. Pero para otras personas, y ahí me incluyo yo, lo que sucedió el viernes fue algo mucho más grande: fue el triunfo de la paz, un paso decisivo en la construcción de un nuevo país. Para la mayoría de los colombianos este fue un viernes más. Pero no lo fue: fue un día histórico, tal vez uno de los más importantes de la vida del país. En todo caso, para bien o para mal, este fue un día que nadie había esperado vivir.

En cierto momento hablé con un excombatiente que llevaba la vieja bandera de las Farc sobre los hombros. Me dijo que lo que más le alegraba de este día era poder estar ahí parado sin sentir miedo, fuera de la clandestinidad. Me lo dijo mientras un grupo de exguerrilleros músicos cantaba desde la tarima.

Ahí pisó el escenario Julián Conrado, el famoso trovador fareano del Bloque Caribe. Lo siguieron los Rebeldes del Sur, una orquesta de merengue que solo podía ensayar silbando y cuando llovía en el monte. Ahora estaba ahí, sus integrantes tocaban felices ante un público eufórico entre las banderas con el símbolo de la rosa. Entre banda y banda sonaban las arengas.

Un exguerrillero con que hablé me dijo que lo que más le alegraba de este día era poder estar ahí parado sin sentir miedo

Después vino el cantante de música popular Jhonny Rivera, que no habló mucho. No se le sentía del todo cómodo. Unos días antes había puesto a circular un video en que, mediante un mensaje ambiguo, justificaba su participación en este evento. Y sin embargo, sobre la tarima tocó sus clásicos y la dio toda.

Cuando empezó a caer la tarde y las nubes al fin le dieron un alivio al público, llegaron los dos invitados internacionales. Primero, la rapera chilena Ana Tijoux, que se paró con la furia de sus rimas a cantarles a las mujeres, a los oprimidos, a los olvidados y a recordar que “ahora más que nunca es momento de alzar la voz”. Y después apareció Ky Mani Marley y gritó, como su padre, el legendario Bob Marley: “One love, one heart, let’s get together and feel all right”.

El mismo sentimiento de unión pusieron en el escenario César López y su escopetarra, junto al rapero guerrillero Black Esteban, que cantó: “Cuando las armas callan, habla el corazón”, y a los raperos indígenas Linaje Originarios. A un hombre mayor de bigote le pregunté qué pensaba de la variedad de artistas. Dijo que le gustaba porque ellos nunca antes pudieron estar en un evento así y porque la cultura es la clave para construir un nuevo país.

Pasadas las 7 de la noche, en la plaza empezó a oírse los gritos: “Timo, Timo, Timo”. En la pantallas, mientra tanto, Timochenko entraba lentamente al escenario. Tomó el micrófono y presentó a la nueva fuerza política, que, según él, nace con un mensaje de paz, reconciliación, unidad y justicia. Hizo un llamado a la tolerancia y cuestionó que el poder y la riqueza de Colombia sigan, según él, en las manos de unos pocos. Abogó por el respeto a la raza, al género y al estrato social y criticó a los medios de comunicación. Al final hizo un llamado para que nunca más un colombiano tenga que recurrir a las armas. “No queremos una sola gota más de sangre por razones políticas”, dijo.

Foto: Sara Gómez C. | ¡PACIFISTA!

Timo calló, y de inmediato arrancaron los tambores y Totó la Momposina se tomó el escenario con la fuerza de su voz. Fue el momento de éxtasis. El concierto se convirtió en pachanga. La alegría se sentía en el aire y se mantuvo así hasta el cierre, a cargo de la Orquesta Aragón de Cuba.

Durante la fiesta vi a un mujer de unos 60 años. Estaba vestida de blanco y sus manos sostenían una bandera de la nueva Farc. La sentí extasiada, pues apretaba la tela con fuerza, la movía con energía, la besaba y tenía los ojos enlagrimados. Parecía querer decir: ‘Al fin lo logramos’. Siento que esta imagen resume el sentir de muchos de quienes estuvieron el viernes en la Plaza de Bolívar.

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