Alonso Salazar fue alcalde de Medellín entre 2008 y 2011. Fotos: Sara Gómez Toro.

El cierre de un ciclo suele hacer voltear la mirada hacia el pasado, hacia la revisión histórica. Sobre todo si ese ciclo ha sido uno de violencia con más de 60 años de tragedia encima. El fin de las Farc como grupo armado y la posible desmovilización del ELN auguran el fin de la lucha armada en Colombia, al menos en su dimensión más grande y más política. Y, a la vez, anuncian el inicio de un periodo en el que la guerra dejaría de ser un escenario de urgencia para volverse uno de enseñanzas y reflexiones.

No hubo fiesta, el más reciente libro de Alonso Salazar, es uno de esos ejercicios que narrando el pasado arroja nuevas luces sobre lo inmediato. En él, Salazar narra las historias de los personajes que conoció y que terminaron vinculados a los cursos históricos de las Farc, el M-19, el EPL, el ELN y los grupos paramilitares. Su relato empieza con La Violencia (1948 – 1958), cuando todo empezó, pero se concentra sobre todo en los años setenta y ochenta, la época en que las teorías de izquierda se volvieron el discurso reinante en las universidades públicas y en que los jóvenes hicieron de la lucha armada un ideal de vida.

Narra las charlas de cafetería en las que las guerrillas se fueron formando y nutriendo en la Universidad de Antioquia donde estudiaba—, los amigos que se fueron al monte, los que se quedaron, los que volvieron y los que perdieron la vida. También cuenta los desenlaces de esas decisiones en la historia del país con las que también se encontró de frente, ya no como estudiante sino como periodista. Las entrevistas a Carlos Castaño, las amenazas de delincuentes vinculados al narcotráfico, los acercamientos con Pablo Escobar.

Salazar, que fue alcalde de Medellín de 2008 a 2011, se ha preocupado por explorar los fenómenos y los pedazos de la historia de Colombia que han definido las formas de violencia en el país: la violencia urbana en Medellín, la figura de Pablo Escobar, la de Luis Carlos Galán. Cada pedazo lo ha dejado consignado en libros, entre los que No nacimos pa’ semilla y La parábola de Pablo son tal vez los más recordados.

A propósito del lanzamiento de No hubo fiesta, ¡Pacifista! se reunió con él para hablar de su libro, de la naturaleza del movimiento guerrillero revelada en las historias que cuenta y de las enseñanzas que las desmovilizaciones pasadas le pueden haber dejado al país.

Hay una frase que usa en su libro para hablar de quienes decidieron unirse a las guerrillas en los 70: la militancia era una forma de socialización desprendida de la realidad y del tiempo, un mundo autorreferenciado. ¿Cree que eso puede extenderse a todo el movimiento guerrillero? ¿Es algo que aplica hasta hoy?

Creo que eso es válido para el movimiento guerrillero en todo su tiempo. En esas militancias hay una inercia a formar un mundo propio, casi como una subcultura que le ofrece a la gente más una opción de identidad que una opción política.

Lo que pasa es que, desde luego, la burbuja en algún momento se revienta, y creo que se reventó más rápido para los más urbanos: EPL y M-19, los más conectados a lo que pasaba en las ciudades y a los fenómenos de opinión pública. En cambio, las Farc y el ELN construyeron mundos quizás más amplios en el campo, igual ensimismados y muy cerrados. En el caso de las Farc, la aguda confrontación militar que hubo en el gobierno de Uribe los obligó a repensar en qué entorno estaban. El ELN, por su parte, tiene un desafío para su desmovilización y es que su burbuja tal vez no está tan resquebrajada. Tendrían que pensar en tener una dimensión más política que existencial para mirar el país.

Uno siente con los testimonios del libro que en Colombia se forjó una política de armas más por las armas que por la política. ¿Usted siente lo mismo?

Las organizaciones tienen un programa y luego diseñan una estrategia para lograr el programa. Yo creo que en Colombia terminó siendo más importante para estos grupos la estrategia que el programa. Mucho más importantes los medios que los contenidos.

La primera generación de guerrillas de América Latina se desmovilizó muy rápido. En Colombia, hubo una democracia formal muy precaria y sin embargo se mantuvo siempre la lucha guerrillera. Curiosamente, aunque aquí esa lucha guerrillera se prolongó en el tiempo, en otros países la izquierda llegó mucho más rápido al gobierno. Es una cosa muy paradójica.

No deja de parecer problemático eso de hacer política ‘a bala’ estando desconectado de la realidad de un país. ¿Cree usted que la militancia en Colombia partió de un lugar cuestionable?

Por lo menos en una parte larga las guerrillas fueron ficción. Lo narran los propios testigos que iban a las llamadas “zonas de guerra”, como Arturo Alape cuando va a conocer las autodefensas de Marquetalia y dice: “eso eran tres casitas”.

Ahora, hay una cosa interesante: las Farc nacen como un brazo del partido comunista pero, cuando ese partido les empieza a decir que algo ha cambiado, ellos deciden desprenderse de todos los intelectuales que les preguntan sobre el sentido de la lucha armada y crean su propio partido. Deciden mantener su burbuja cortando toda conexión con el mundo más complejo de la ciudad, lo mediático y lo teórico. 

No sé si esa tendencia va a mantenerse ahora en su vida política, porque ahí ya no será un problema de identidad sino de interacción social. Ahí puede haber una dicotomía, porque pareciera que para ellos romper con esos elementos tan propios es como perder el poder, pero el poder para la vida civil es la palabra abierta.

¿Es decir que le tiene poca fe a la vida política de las Farc?

Digámoslo de esta manera: a las guerrillas desmovilizadas les ha ido mal en la vida civil. Hay unos dirigentes que han sobrevivido, pero como proyecto orgánico se han disuelto. Lo que pasa es que los roles de la guerra son muy distintos a los roles de la vida pública, donde hay que argumentar y convencer. Tal vez es que no se han dado ellos mismos la preparación para ese cambio de rol.

Creo que lo mejor que le puede pasar al país es que expongan sus ideas en la democracia. Pero es una transformación muy compleja: hay aprendizajes que son complejos y dolorosos porque el proceso de reinserción es al mismo tiempo un proceso de muchas renuncias.

Otra de las reflexiones de su libro es que la lucha armada tuvo mucho que ver con un sentimiento de dislocación y una búsqueda de identidad, algo que puede ser muy propio de la juventud. ¿Qué pasaba en los 70 y 80 que hizo que ser guerrillero fuera la forma en que varios encontraron un lugar en el mundo?

Desde luego traíamos las inercias de dos hechos muy importantes: la revolución cubana y la revolución sandinista. Ese no era el único camino, pero sí fue el que marcó mucho a la generación. Pero ya había dicotomías: intelectuales como Estanislao Zuleta, Jorge Orlando Melo y Álvaro Tirado Mejía cuestionaban la lucha armada. Zuleta criticaba las ideas maximalistas, a quienes se creen representantes del pueblo y niegan los sentidos de la democracia. Pero la izquierda armada, y quienes en ella militaban, estaban cegados a esa crítica y estaban convencidos de que había un devenir histórico. Se veían como montados en la cresta de esa historia que de todas maneras iba a suceder. Eso iba de la mano con la identidad: la estética, la manera de vestir, la música. Ese paquete terminó siendo tan fuerte que incluso aislaba del entendimiento de los fracasos y de las preguntas que surgían.

¿Y cree que hoy podría volver a suceder algo similar? Una búsqueda que se traduzca en política armada…

La pregunta permanente es si seguirán los ciclos de violencia en Colombia. Yo creo que no es probable que suceda en las magnitudes que hemos vivido. Hay todavía muchas cosas que superar: tenemos una política y un Estado imperfectos, y unas inequidades y exclusiones dramáticas. Pero quizá, o esa es mi esperanza, lo que sí ha aprendido la sociedad colombiana es que todos esos problemas hay que enfrentarlos con decisión, lucha y terquedad, pero sin armas.

Frente a esa búsqueda discursiva e identitaria de la militancia de izquierda, ¿cómo lee usted el paramilitarismo?

Como una reacción, como se quiera interpretar: a veces más legítima, a veces más absurda. Sin embargo, los paramilitares premeditadamente intentan adquirir un discurso más de 10 años después de estar en acción. En Urabá entrenan a Carlos Castaño con un discurso con el que pueda aparecer públicamente y justificar todo lo que han hecho.

En ellos además se ve muy rápido un proceso de acumulación de riquezas en donde se mezcla la supuesta intención de defensa con el crecimiento de sus propios intereses. Y hay otra cosa que es la autodestrucción: en el Magdalena Medio en primera instancia, la familia Pérez se destruye entre ella y después la familia Castaño se matan unos con otros.

Es decir, esa violencia tiene una aparente razón pero después manifiesta toda su precariedad cuando termina siendo autodestructiva.

En su libro cita a Germán Guzmán Campos quien, hablando de La Violencia, dice que es un conflicto que se pelea por “motivaciones emocionales” más que por una racionalidad de principios. ¿Cree que eso se puede extender a toda la historia de conflicto en Colombia?

Creo que la política es un discernimiento de las sensibilidades más profundas. Cuando uno cree que su identidad política se corresponde con su identidad más íntima, todo parece muy integral. Pero la política exige deliberación y procesos de negociación, entonces verla como un tema de identidad podría no ser tan bueno, porque la modificación de la política se vuelve como una renuncia a sentimientos profundos.

Por otro lado, después de haberse disuelto la identidad de liberales y conservadores, me parece que ningún otro movimiento político, ni militar, logró gestar un fenómeno de identidad de esas características, como la izquierda, hasta que apareció el uribismo. El uribismo vuelve a juntar política con sentimientos muy profundos, con ambiciones, heridas y dolores y convoca, como convocaba la guerrilla, a luchar contra un enemigo.

Algo que se repite en varias de las historias que usted cuenta en el libro es que a muchos los mataron después de haberse desmovilizado. Salirse de la guerra no fue una garantía de seguridad. ¿Cree que algo así podría suceder en estas nuevas desmovilizaciones?

Yo tengo la esperanza de que no suceda. Pero muchos sectores con poder han eliminado a los que llamaban “guerrilleros de civil”, que ya es una manera de desconocer derechos de regulación de la guerra y, sobre todo, de desconocer el derecho a la contradicción política. Las palabras pueden dar validez política y si empezáramos a nombrarlos otra vez como guerrillas les daríamos un estatus particular.

Yo me guiaría por las esperanzas: desmovilizado, en sentido general, el paramilitarismo, desmovilizadas las guerrillas, y ya con lo que se da con las Farc y ojalá en tiempos no muy lejanos con el ELN, podrían desaparecer esas marcas tan fuertes en nuestra historia. Bueno, están las disidencias, pero yo creo que es otro escenario. El ciclo hay que cerrarlo en algún momento, y el ciclo sería aceptar que todos tenemos que trabajar por que nadie dispare por una idea política.

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