Esta es una versión de un artículo originalmente publicado en VICE, nuestra plataforma madre. Se trata de un análisis escrito por la periodista Laura Galindo sobre lo que puede suceder en Colombia en materia de equidad de género durante 2018.

 

La equidad de género es una batalla en ascenso, una de esas fuerzas reaccionarias que despiertan un ímpetu que corresponde a lo que se enfrentan. Por cada #Metoo, #YoTambién, #MoiAussi, hay alguien que alega mojigatería en el erotismo y la seducción. Por cada denuncia de feminicidio, resultan voces que insisten en llamarlo asesinato. Por cada exigencia de equidad participativa, hay quienes hablan de privilegios inmerecidos. Por cada libertad ganada, hay un mundo inflexible que solo encuentra válida una forma de existir.

Por cada mujer violada, hay alguien que pregunta por qué no se defendió.

Denunciaron el acoso, la desigualdad, la violencia, la censura. Gritaron, como dice la periodista y escritora Carolina Vegas. Porque ya estuvo bien de votar y no decidir. De estar y no contar. De saber y no influir. Gritaron porque se hundió la paridad en el Congreso, porque la guerra se cobró en el cuerpo las niñas, porque cada treinta y tres minutos a una mujer en Colombia su pareja la golpeó.

Las mujeres y la política

En Colombia, veinte por ciento de los congresistas son mujeres. Igual que diez por ciento de los gobernantes y quince por ciento de los alcaldes y concejales.

Si contar un país sin sus voces femeninas ya resulta en sí absurdo, construirlo sin ellas es, en esencia, un suicidio evolutivo. El numeral 2.3.4 del segundo punto del acuerdo con las Farc asume la apertura política como indispensable para la construcción de paz. Las mujeres tienen derecho a elegir y ser elegidas desde hace sesenta años y, al menos de labios para afuera, ya nadie pone en duda su capacidad de estar en el poder. Pero aún así, la paridad se hundió en el Congreso. El sistema cremallera, que pedía a los partidos intercalar hombres y mujeres en sus listas para las próximas elecciones, no alcanzó la mayoría necesaria.

“Ese es un primer reto”, dice Claudia Mejía, directora de Sisma Mujer. “Garantizar la participación paritaria de las mujeres en la política colombiana”.

En este sentido, el año no empieza tan mal. El tribunal de la Justicia Especial para la Paz (JEP) es quizá la entidad más democrática que hemos tenido los colombianos. De cincuenta y dos magistrados, veintisiete son mujeres. Más de la mitad. “Una experiencia única. Es la primera vez que las mujeres van a aportarle al país de esta manera”, dice Cristina Rosero, abogada de Women’s Link.

Las mujeres y la paz

Es ingenuo pensar que la guerra afecta a los hombres y a las mujeres por igual. Entre 2010 y 2015, según una encuesta de Oxfam en 29 departamentos, 875.000 mujeresmujeres fueron víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado. En 142 municipios. Una cada cuatro minutos.

¿Quién va a garantizar sus derechos? ¿Y cómo? El enfoque de género planteado en el acuerdo de paz es un logro político y una conquista de la equidad. Una que celebramos, pero que aún se tambalea. “Es necesario que se fortalezcan las políticas de reparación y no repetición, que se cumpla todo lo estipulado en el punto uno. Solo así podremos dejar atrás este pasado de guerra”, dice Marina Gallego, vocera de La Ruta Pacífica de la Mujer.

Las mujeres y la diversidad

2016 fue un buen año para las mujeres LGBTI: se sumaron derechos y se ganaron espacios. Pero 2017 trajo todo lo contrario: posiciones sesgadas y arengas conservadoras que no solo intentaron invalidar sus luchas, sino también invisibilizarlas. No al tercer género, no a las familias diversas, no a una supuesta ideología que, al final, no resultó ser más que el ejercicio de la libertad.

“Reconocernos como individuos y reconocer nuestra existencia es indispensable para poder hablar de igualdad”, dice Laura Weinstein, activista y directora de Fundación GAAT (Grupo de Acción y Apoyo a Persona Trans). Este es un año para dar dos pasos atrás y volver a donde nos había dejado 2016. A ese momento en que la diferencia parecía un lugar seguro en el que cabíamos todos.

Las mujeres y el acoso

Se vale repetirlo: las mujeres hablaron y denunciaron, pero no pasó nada. Las cifras de violencia siguieron siendo escandalosas. Cada tres días una mujer fue asesinada por razones de género. Cada veintiséis minutos una niña fue agredida sexualmente. Cada treinta una mujer fue víctima de violencia doméstica. Las mujeres hablaron y quienes lo hicieron llevaron la peor parte. Entre el 1 de enero y el 8 de agosto del 2017, la Defensoría del Pueblo registró 118 amenazas a defensoras de la equidad y los Derechos Humanos.

“Sigue existiendo una impunidad muy grande, de atención injusta y revictimizante”, dice Cristina Rosero, de Women’s Link. Siguen faltando garantías y respuestas. Soluciones y esfuerzos concretos. Leyes que se cumplan y sanciones que no se deshagan en multas. Sigue pendiente que cese el acoso, que disminuyan los abusos, que paren las agresiones.

Las mujeres hablaron. Con fuerza y con determinación. Solo hace falta que las escuchen.

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