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Foto: Santiago Mesa

Duván Ernesto Barato delinquió con las Autodefensas Campesinas de Meta y Vichada (ACMV), más conocidas como Los Carranceros, en Puerto Gaitán y Puerto López. En sus días como paramilitar, se dio cuenta de que no tenía sentido acabar con la guerrilla usando la violencia y dejando en la mitad a la población civil. En 2006 se desmovilizó y ahora, después de un largo camino, es psicólogo y trabaja ayudando a reinstertados y víctimas en procesos de perdón y reparación. En un encuentro de Rodeemos el Diálogo contó su testimonio:

“Yo soy doblemente desmovilizado: me desmovilicé de la Policía Nacional de Colombia. Antes de ser paramilitar fui patrullero. Hasta ahí, yo tenía la idea de que los grupos armados ilegales eran los malos, pero cuando uno entra a conocer las historias de la gente que está en el grupo ve que la mayoría entraron jóvenes, de 15 a 17 años. Por venganza, porque la guerrilla les mató al papá o les violó a la mamá. Otros lo veían como opción económica. Pero, una vez adentro, cometían errores y el mismo grupo los ajusticiaba.

Me hice paramilitar por voluntad propia. Eso fue en la época del proceso de negociación entre el gobierno Pastrana y las Farc. Cuando uno hace parte de una organización armada legal, ahí empiezan a meterle un chip: que el comunismo es malo, el guerrillero es malo, el sindicalista es malo, todo el que proteste en contra del Estado es malo. Y uno cree que ellos tienen la verdad absoluta.

En ese momento, la figura de Carlos Castaño empezó a tener una relevancia grandísima. Los medios tuvieron mucho que ver, porque lo entrevistaban cada quince días. El tipo tenía una forma de hablar que arrastraba. Entonces nosotros pensábamos que si por lo legal no estábamos haciendo nada y ellos sí hacían algo, pues no íbamos a permitir que la guerrilla nos absorbiera y nos volviera un país comunista. Teníamos muchos imaginarios errados.

Muchos integrantes de las Fuerzas Armadas dimos el salto a la ilegalidad. Y cuando uno está en la ilegalidad se da cuenta de que las autodefensas secuestraron, torturaron, desaparecieron, masacraron y se financiaron del narcotráfico.”

Las ACMV se desmovilizaron en 2005 en la finca La María, en Puerto Gaitán. De acuerdo con el Gobierno, 209 combatientes dejaron 232 armas. En el Meta, operaron entre Puerto Gaitán y Puerto López, y en el Vichada en la zona de Cumaribo, Santa Rosalía y La Primavera.

“Uno se empieza a cuestionar: si yo me salí de lo legal y me pasé a lo ilegal porque quería proteger al pueblo del comunismo y de la guerrilla, ¿por qué estamos utilizando las mismas estrategias de guerra y de miedo de los otros?  Yo me pregunto eso y empiezo a pensar que tenemos que cambiar algo, que no puede ser que usemos los mismos métodos de lo que queremos acabar. Esas palabras llegaron a los comandantes del grupo y creyeron que yo era infiltrado. Entonces decretan mi fusilamiento. Un compañero me alcanzó a avisar y tomé la decisión de desertar.

No inicié mi proceso de entrega en Villavicencio porque yo sabía que las instituciones estaban permeadas. Cuando un integrante del grupo desertaba y se entregaba en la brigada del Ejército, los mismos militares se comunicaban con los comandantes y les decían que alguien se había volado, para cobrar tres o cuatro millones de pesos. Entonces me entregué en Bogotá.

Cuando me uní a los paramilitares, abandoné un trabajo y a mi hija de ocho meses. Mi familia me daba por muerto. La confrontación con ellos fue difícil. Mi mamá me preguntaba muchas cosas, todos estaban muy aterrados y yo estaba confundido. Ahí fue cuando empecé a pensar: ¿a qué vine yo acá? Dejé la guerra y me vine a poner la cara. Pero había otro miedo: el estigma de terrorista y asesino que tendría que enfrentar”.

Duván empezó el proceso de reinserción con el Ministerio de Defensa. En esa época, Bogotá tenía más de setenta albergues para desmovilizados. Los hogares de paso duraron poco, sobre todo por problemas de seguridad.

“Al comienzo es muy complejo enfrentarse y hablar con el que antes era el enemigo o la víctima de uno. Cuando me desmovilicé, era fiel a la causa paramilitar. Luego, al enterarme de que las personas con las que convivía en el programa de Atención al Desmovilizado eran excombatientes de las Farc y del ELN, pensé que estaba en la boca del lobo. Pero recordé que yo estaba ahí en otra dinámica. Concluí que quizás estábamos peleando por la misma idea pero en bandos diferentes.

Salí del albergue y empecé a recibir los auxilios. Quise empezar a estudiar, yo no quería quedarme quieto. Lo que ofrecían para desmovilizados eran cosas muy pequeñas y estaba desmoralizado, hasta que llegó la oferta para educación superior. Siempre me había inclinado por la psicología. Ahora, después de todo un proceso, puedo decir que soy psicólogo de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz desde 2013. Algunos de los profesores sabían que yo era desmovilizado pero no hubo mayor inconveniente. Yo trataba de mostrarme como era, porque no creo que uno deba llevar la marca en la frente.”

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Los desmovilizados de las Autodefensas debían cumplir una ruta que tiene preparada el programa, donde estudian, reciben atención psicosocial y se les orienta laboralmente. Cuando Duván terminó su carrera, decidió trabajar con el Programa de Atención al proceso de Desmovilización y Reintegración en Bogotá. Luego, con la Fundación para la Reconciliación, trabajó con víctimas.

“Dentro del programa de Atención al proceso de Desmovilización y Reintegración, nosotros hacemos conversatorios en los colegios sensibilizando no solo sobre grupos armados ilegales sino sobre pandillas o microtráfico. El programa ha cambiado mucho sobre la marcha. Las ayudas económicas empezaron a bajar y eso causó mucha fricción dentro de la población excombatiente. Hay que reconocer que muchos se dedicaron a nuevas formas de delinquir.

El proceso de reintegración no es para todos. La parte psicosocial es muy importante. Muchos de los desmovilizados con los que he trabajado, cuando no encuentran un lugar donde encajar, se van, se aíslan y empiezan a generar rabia.

Lo que nosotros tratamos de evitar, y que está pasando mucho, es que se le diga al desmovilizado que se olvide de su pasado, que se haga pasar por otra persona, que nunca más hable de lo que hizo. Y eso muestra que los procesos de atención psicosocial están desajustados. Están tratando de encajar una pieza cuadrada en un hueco redondo.

Desde que yo hago trabajo con víctimas, ha sido con la Fundación para la Reconciliación, con las Escuelas de Perdón y Reconciliación. Cuando uno cuenta su historia hay un choque en las personas. Uno está hablando con quienes sufrieron las consecuencias de su militancia en un grupo armado.

Intentamos ayudar a que esas personas liberen su carga, suelten el dolor y el rencor, y que en un momento traten de ponerse en el zapato del otro. No se trata de justificar las acciones de los desmovilizados sino de llegar a comprender qué los llevó a estar ahí.

Con la Fundación hemos hecho trabajo con víctimas en Arauca, Leticia, Antioquia, Norte de Santander y Casanare. Y no solo con víctimas del conflicto armado, sino también de violencia familiar, del abandono estatal, de accidentes, etc. Al final, a las víctimas siempre les causa sorpresa que alguien de un grupo armado los haya formado en procesos de reconciliación.”

En su camino como reinsertado, psicólogo y ayudante en procesos de reparación, Duván se dio cuenta de que la cárcel puede no ser la mejor forma de combatir la violencia. Entendió que hay formas alternativas que, en vez de encerrar a un delincuente a que genere más rabia, le da herramientas para que se pueda adaptar a la sociedad. 

“En el imaginario de mucha gente está que debemos pagar cárcel porque somos malos. Pero hay que ver que nuestro sistema carcelario es un desastre completo. Una cárcel no rehabilita a nadie. No se preocupan por el ser humano más allá de darle cama y comida. Cumpla su pena y adiós. No hay un modelo que permita de verdad reintegrar al interno a la sociedad.

Lo que proponemos  es que podamos hacer un trabajo que ayude a las comunidades que uno afectó. Mejor que estar allá comiendo y durmiendo, yo prefiero que participemos en procesos de reparación, que demos la cara por lo que hicimos, que nos identifiquemos y contemos nuestra historia.

A la sociedad hay que cambiarle el chip y que se ponga en los zapatos del otro. Lo urgente es resolver esas dualidades que hay: que queremos que se acabe el conflicto pero no que nos pongan al lado a un desmovilizado. Que queremos que se acabe la guerra pero nadie va a emplear a quienes estuvieron en armas.

De aquí en adelante el camino va a ser jodidísimo. Ponerse en el lugar del otro es lo más complicado que hay, porque persiste el imaginario de que el desmovilizado tiene que ser malacaroso, con cualquier cantidad de cicatrices y que siempre va a hacer mal.  

Muchos de nosotros hemos roto ese nudo, porque no nos quedamos en el estigma, sino que empezamos por estabilizarnos. En la medida en que estemos bien vamos a poder ayudar a los demás. Lo que muchos desmovilizados necesitan no es que les den plata, porque eso no ayuda si no hay acompañamiento. Muchas veces lo único que piden es que los escuchen, que les den un abrazo sincero.”

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