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Foto: Santiago Mesa

David Flórez. Fotos: Santiago Mesa

David Flórez tiene miedo. Desde su oficina, en Bogotá, pasa los días recibiendo datos de muertos, panfletos, amenazas. Sabe que Marcha Patriótica, el movimiento político del que es vocero nacional, atraviesa un momento dramático: están matando a sus militantes.

Pero aún así no ha dejado que el miedo lo gobierne. En últimas, parece acostumbrado: hace años, cuando comenzaba su carrera como dirigente estudiantil en la universidad pública, recibió su primera amenaza. Tenía 17 años y el pelo largo, una mochila y las mismas ideas que ahora quiere llevar al Congreso, a la política.

Hablamos con él para tratar de entender cómo vive esta convulsionada realidad, en la que han sido asesinados 125 integrantes de Marcha en lo que va del año. Un movimiento político que, según Flórez, tiene dos mil organizaciones afiliadas y mueve 80 mil electores.

En su opinión, ¿quién está matando a los integrantes de Marcha Patriótica?

El paramilitarismo, entendido como un fenómeno de actuación conjunta entre actores del Estado con ilegales para acabar con la organización social. Ahí hay militares, agentes económicos —ganaderos y empresarios—, y partidos políticos.

¿Tiene pruebas de la relación de militares con esos crímenes?

Nosotros tenemos varios casos, de hecho ya hay dos condenas contra miembros del Ejército por ejecuciones extrajudiciales, que demuestran la participación de agentes del Estado en esos asesinatos. De los homicidios de este año, hemos dicho que hay situaciones irregulares que ameritan la atención de la Fiscalía. Por ejemplo, en el caso de Erley Monroy, de la Asociación Campesina Ambiental de Losada-Guayabero, es muy raro que lo hayan asesinado a cinco minutos del retén del Batallón Cazadores.

También ha habido presión del Ejército para que la policía judicial no realice lo que se llaman actos urgentes (recopilación de huellas, estado del cuerpo), porque eso determina los móviles y los victimarios. El cadáver de una compañera asesinada en el Huila duró tres horas tirado en la carretera, inclusive se le solicitó al Ejército que facilitara vía aérea el traslado de miembros de Medicina Legal, pero no lo hizo, por lo que el levantamiento del cuerpo lo tuvo que hacer la funeraria.

¿Por qué cree que los están matando?

En varias regiones, el movimiento campesino se ha convertido en un freno a la lógica latifundista que se da en el país. Las Zonas de Reserva Campesina, por ejemplo, empoderan las organizaciones y obligan a las multinacionales a consultar los proyectos que quieren desarrollar en esos territorios. Ahí hay un tema de intereses económicos muy fuerte.

Los líderes campesinos también son los principales denunciantes de abusos de derechos humanos. Erley Monroy era el principal promotor de las denuncias contra el Batallón Cazadores del Caguán, que tiene una historia oscura por ejecuciones extrajudiciales y violaciones a los derechos humanos. Él, además, estuvo a punto de ser representante a la Cámara, y para ciertas élites locales ver que los campesinos pueden asumir cargos en política es muy complicado.

A los líderes los están matando, también, con la intención de desvertebrar el tejido social de cara a la implementación de los acuerdos de La Habana. ¿Quiénes van a ser los líderes que se presenten a las Circunscripciones Especiales de Paz?, ¿quiénes son los que van a impulsar la formalización de tierras en el país? Pues esos personajes que hoy están asesinando.

Los liderazgos sociales no se pueden equiparar a la guerrilla.

¿Cómo impactan esos homicidios el proyecto político de Marcha Patriótica?

Estamos perdiendo hombres y mujeres muy valiosos que deberían estar, por ejemplo, en el Congreso. El país debe reflexionar sobre el altruismo que hay detrás de estos liderazgos sociales: estamos perdiendo gente que ha sacrificado su bienestar por hacerle un bien a la comunidad. Ser líder social en Colombia no da plata, no da estatus. Al contrario, da problemas.

En términos organizativos, para Marcha es gravísimo perder a estos dirigentes. Son muchos años de formación política, de escuelas y de actividad práctica de resolución de conflictos y de cómo actuar en situaciones de riesgo. Un cuadro —en términos leninistas— le cuesta 20 o 30 años a una organización.

¿De qué manera se están protegiendo?

Tenemos una acción diversa. Le hemos planteado al Gobierno cinco propuestas y nuestra acción va encaminada a que se acepten y se implementen.

La primera es la puesta en marcha de las garantías de seguridad para los líderes sociales contempladas en los acuerdos de La Habana; la segunda, un programa especial de protección para Marcha Patriótica; la tercera, la concentración de las investigaciones en la Unidad Nacional de Derechos Humanos de la Fiscalía y en la unidad que crea el Acuerdo para desmantelar estructuras paramilitares; la cuarta, que el Ministerio del Interior cree una sanción política a las entidades territoriales y a las unidades militares que violen los derechos humanos, y la quinta tiene que ver con medidas de legitimación política y está directamente relacionada con la estigmatización. A la Marcha Patriótica la matan porque dicen que es de las Farc, y creemos que el presidente debe legitimar el liderazgo de Marcha.

Además, en el plano legal estamos haciendo dos cosas: impulsar las pesquisas judiciales por todos los casos de asesinato a líderes de Marcha Patriótica y trabajando en la radicación del caso como una masacre sistemática ante el Sistema Interamericano de Derechos Humanos.

Foto: Santiago Mesa

Flórez empezó su vida pública en el movimiento estudiantil. Foto: Santiago Mesa

También tenemos una serie de medidas de autoprotección. Estamos promoviendo, en el plano internacional, la conformación de una veeduría de la implementación de los acuerdos de paz y de cuidado a los liderazgos sociales. Esperamos lanzarla en marzo con líderes mundiales reconocidos y queremos fortalecer las brigadas internacionales de paz.

En Colombia estamos planteando la creación de guardias campesinas en todo el país. Queremos promocionar esta figura, que ya funciona bien en el Catatumbo. Este no será un elemento armado, sino una entidad que desarma actores violentos e interactúa con las instituciones.

A propósito de su cuarta propuesta, antes del Acuerdo se decía que Marcha era lo mismo que las Farc y que iba a ser la plataforma de aterrizaje de la guerrilla en la política legal. ¿Eso va a ser así?

No, no somos lo mismo. Siempre hemos planteado que tenemos una presencia territorial en zonas donde están las Farc, pero eso no significa que los liderazgos sociales se puedan equiparar con la guerrilla. Eso se va a ratificar mucho más ahora que las Farc lancen su propio partido político.

Ahora, no niego que podamos hacer alianzas con ellos. Para ser gobierno en este país, los sectores democráticos tenemos que aliarnos lo más que se pueda. Y no vamos a hacer, como hacen otros, una amplia convergencia “pero sin Gustavo Petro”, “pero sin Jorge Enrique Robledo”, “pero sin las Farc”. Quienes le hemos apostado al proceso de paz tenemos que hacer todo lo posible para que a las Farc les vaya bien en política, porque eso significa que el proceso de paz funciona.

Vamos a apostarle con toda a las Circunscripciones Especiales de Paz.

¿Las organizaciones sociales han hecho alianzas con las Farc?

Lo hacen en esta época y lo han hecho históricamente, porque las Farc son las que han estado en sus territorios. A las organizaciones comunitarias —y eso es lo que este país no ha logrado entender— les toca hablar con los actores armados que hagan presencia en la región. La legitimación social que tiene la guerrilla ante las organizaciones comunitarias es muy diferente a la que tienen el Ejército o los paramilitares, entre otras cosas porque hay lazos familiares. A veces, el comandante de un frente guerrillero es el hijo de un vecino.

¿Cómo hacerle entender a las ciudades esa realidad que han vivido los campesinos?

La paz va a pasar por la reconciliación del campo y la ciudad. Lo que nosotros intentamos es que la ciudad mire a la Colombia rural y se reconozca en ella. Por ejemplo, el 25% de la población de Bogotá, Cali y Medellín es desplazada y viene del campo.

Todavía no sé cómo hacer el clic, pero cuando eso pase otra vez va a ser muy potente. Ha pasado ya dos veces: en el paro agrario del 2013 y luego de la pérdida del plebiscito. Están cambiando cosas en ese sentido.

En ese contexto, ¿cuánto tiempo le va a tomar a Marcha Patriótica seducir a la gente de la ciudad?

Este año fue frenético. Creo que se está dando un cambio cultural importante en las ciudades a través de fenómenos como Paz a la Calle. Para nosotros, lo importante del 2 de octubre fue que la gente de la ciudad salió a defender la paz.

Creo que esa transformación está en camino y que no se va a demorar mucho tiempo si la implementación es exitosa. Eso le va a dar mucha vida a nuevas expresiones políticas. Es más, si logramos sostener el acuerdo durante ocho años, vamos a ser una clara opción de poder. Vamos a apostarle con toda a las Circunscripciones Especiales de Paz, a tener candidatos propios, o en alianza, para la Cámara y el Senado en 2018.

Al margen de esa esperanza, ¿qué piensa cuando ve las cifras de líderes sociales asesinados?

Siento mucho dolor. No son números: son hombres y mujeres que conozco y que son referentes para mí. Soy joven, tengo una extracción urbana y me vinculé a la política teniendo como ejemplo a esos líderes campesinos que, en medio de las adversidades, han asumido la tarea de construir sus comunidades. De alguna forma, eso me genera un compromiso de seguir adelante, porque me siento obligado a continuar ese sueño por el cual esos hombres y esas mujeres han sido asesinados.

Los homicidios también nos demuestran que esos liderazgos son potentes y que se han convertido en una amenaza para poderes económicos, políticos y militares. Eso quiere decir que las transformaciones que estamos impulsando van en camino.

¿Cree que la violencia puede alcanzar a voceros nacionales de Marcha Patriótica, como usted?

Lo que hemos visto es que hay un mayor riesgo para los líderes locales, pero hay un riesgo general para Marcha Patriótica y para los integrantes de la dirección nacional. Obviamente, temo por mi vida, pero eso no es superior a las ganas de trabajar porque el proceso salga adelante, porque Colombia pueda reconciliarse.

Cuando salí del país, en 2008, tomé la decisión de que el miedo no iba a dictar los actos de mi vida. Entonces, tomé medidas de autoprotección. Me he negado a muchas cosas por este liderazgo social, como salir a farrear (ir de fiesta) tranquilo. Me volví muy parco, no porque no sea fiestero, sino porque incorporé desde muy joven prácticas que después es muy difícil cambiar. Me autocensuré, y si me voy a emborrachar lo hago en mi casa. El miedo, cuando lo sabes controlar, sirve como autoprotección: para no tomar decisiones irresponsables, para ser precavido.

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