Por: Esteban Montaño

Fotógrafo: Iván Valencia

 

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Doris Tejada teje un zapato de lana mientras cuenta la historia de la desaparición y el asesinato de su hijo a manos del Ejército colombiano. Foto de Iván Valencia

 

“Durante los tres años que mi hijo duró desaparecido yo me lo encontraba, yo lo veía, yo lo soñaba todos los días. Pero eso no lo podía contar en la casa porque me decían que me estaba volviendo loca. Entonces para desahogarme le empecé a escribir cartas y hasta redactaba las respuestas que él me habría dado”. De esta forma, Doris Tejada explica los motivos por los que tuvo que esconder el sufrimiento que la carcomía desde el 31 de diciembre de 2007, cuando Óscar Alexander, el penúltimo de sus seis hijos, colgó por última vez su celular y no lo volvió a contestar nunca más.

 

Lilia Yaya tiene mucha más experiencia que Doris en el arte de ocultar el dolor. Desde niña tuvo que convivir con la angustia que le producían los seguimientos y las amenazas contra su padre, un dirigente sindical y líder político de la Unión Patriótica llamado Luis Eduardo Yaya. Esta tensión la invadía hasta en los sueños, “pero en la casa nunca hablábamos de eso, como que era mejor no tocar el tema”, recuerda Lilia.

 

A Luis Eduardo lo mataron en febrero de 1989 y desde entonces ella se convirtió en una mujer amargada y resentida. Durante los años siguientes esa rabia se fue acumulando en su interior y no encontraba manera de sacarla, entre otras razones, porque siempre se sintió estigmatizada “por ser la hija del ateo y del comunista”.

 

Ese nudo en las gargantas de Doris y de Lilia se empezó a desatar desde que ingresaron, hace dos años y medio, al Costurero de la Memoria. Se trata de una iniciativa liderada por la Fundación Manuel Cepeda y por la Asociación Minga, dos organizaciones defensoras de los derechos humanos que se articularon para brindar acompañamiento a las víctimas del conflicto armado en Colombia.

 

Como explica Claudia Girón, asistente sicosocial del Costurero, “la idea inspiradora para hacer este espacio fue algo que viene de nuestra niñez y es ver a las abuelitas, a las tías, a las mamás conversando, chismoseando y conspirando mientras tejían. El costurero era como ese lugar secreto y mágico donde tomaban té y lloraban y se reían”.

 

La diferencia con el Costurero de la Memoria es que ahí no hablan del carro nuevo del vecino o del más reciente embarazo en la cuadra, sino de cosas tan terribles como la desaparición del hermano y el asesinato del padre, por ejemplo. Es justamente esa posibilidad de contar, de hablar sin tapujos y sin miedo sobre las tragedias individuales, lo que ha convertido a este Costurero en un espacio de sanación. “Duré más de 40 años sin hablar de este tema y solo hasta que llegué acá me pude desahogar. Aquí hablamos de las mismas cosas, nos abrazamos, nos cogemos de las manos y unimos retacitos de corazón y de lengua”, afirma Lilia.

 

En palabras de Cruz Elena Alzate, una de las talleristas del Costurero y quien sufrió la desaparición de un hermano hace 20 años sin que hasta ahora se sepa el responsable, “ha sido una catarsis maravillosa porque es una manera de sacar las cosas en camaradería con las compañeras. No se trata de coser por coser, sino de contar la historia de cada una a través de las puntadas. La idea de plasmar ese dolor en las telas es que seamos capaces de liberarnos, pensando en que cada persona tiene más hijos, un esposo, una familia y por eso la vida tiene que seguir transcurriendo dentro de lo normal”.

 

Pero entre puntada y puntada no solo se cura el dolor sino también el odio y el resentimiento. Eso fue lo que le ocurrió a Jacqueline Castillo, la hermana de Jaime, uno de los 19 jóvenes raptados en Soacha que aparecieron como guerrilleros muertos en combate en Ocaña y que dieron origen al escándalo de los llamados “falsos positivos”.

 

“Por cosas de la vida, donde quiera que yo estaba siempre tenía un militar al lado mío, me los encontraba en el trabajo, en el bus, en todo lado. Yo sentía rabia, quería torcerles el pescuezo y desquitarme por lo que le hicieron a mi hermano, pero gracias a lo que hacemos en el Costurero hoy en día hasta puedo hablar amablemente con ellos”, cuenta Jacqueline.

 

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Ella es Lilia Yaya, la mujer que se calló durante más de 40 años el sufrimiento que le causó el asesinato de su padre, un dirigente sindical de la UP. Gracias al costurero ha podido volver a sonreir. Foto de Iván Valencia

 

Aves de un mismo plumaje

 

El hecho de que el conflicto armado se haya ensañado principalmente con los habitantes de los entornos rurales ha creado un efecto artificial de invulnerabilidad en quienes viven en las ciudades. Como dice Jacqueline, “uno ve las noticias y piensa que eso solo le pasa a los demás y nunca le va a tocar a uno”. De modo que cuando ocurre un hecho violento, la desolación y el abatimiento son mucho más profundos en la medida en la que no hay referentes cercanos en los que apoyarse para enfrentarlo. Tanto Jacqueline, como Lilia, Doris y Cruz Elena coincidieron en que la soledad fue una de las sensaciones más difíciles de asimilar.

 

De ahí la importancia del Costurero de la Memoria. Como dice Cruz Elena, “acá uno comprende que no es la única, que somos muchas más y que nos podemos unir. Somos como aves de un mismo plumaje”. En medio de esa catarsis colectiva, se apoyan mutuamente y no se dejan caer en la depresión. “A veces estamos achicopaladas, pero aquí venimos, reímos un rato, compartimos unas onces y le hacemos el quite a la tristeza”, añade Lilia.

 

Esta suerte de hermandad que se ha ido creando alrededor del Costurero también se manifiesta en la evolución de su propósito. En palabras de Lilia, “esto ha dejado de ser un espacio terapéutico para convertirse en una apuesta política que busca la justicia, la verdad y la reconstrucción de la memoria de la guerra en este país”.

 

El ejemplo de Doris Tejada sirve para ilustrar esta transformación. A comienzos de 2011 a Doris le informaron que Óscar Alexander había sido asesinado por miembros del Ejército y presentado como un delincuente muerto en combate. A pesar de que desde entonces sabe el lugar en el que su hijo fue enterrado como NN, hasta el momento le ha sido imposible recuperar sus restos para darles sepultura.

 

De acuerdo con el acta de levantamiento que realizó el CTI, Óscar recibió dos tiros en medio de un supuesto enfrentamiento entre una banda de extorsionistas y miembros del batallón La Popa con sede en Valledupar. Como nadie lo reclamó, su cuerpo fue a parar al cementerio de El Copey, un pueblo del departamento del Cesar ubicado a más de 800 kilómetros de Bogotá.

 

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A medida que los relatos avanzan, la lana se va gastando y la memoria se va tejiendo. Foto de Iván Valencia

 

En noviembre del año pasado, los integrantes del Costurero organizaron una peregrinación hasta ese lugar para encontrar los restos de Óscar Alexander y traerlos a un cementerio en el que Doris pueda visitarlo y llevarle flores. Así fue como 33 personas del Costurero llegaron hasta este pueblo caluroso blandiendo carteles con fotos de Óscar Alexander y con mensajes que prometían que las calumnias alrededor de su asesinato no iban a ensuciar su nombre. Aunque no lograron el objetivo debido a que nadie sabe con exactitud en qué parte de las cinco hectáreas del cementerio fue enterrado su hijo, Doris sintió que luego de ese viaje pudo descansar un poco en su corazón.

 

A este pequeño logro se suma el hecho de que, después de varios años de lucha, el caso de Óscar Alexander fue trasladado de la justicia militar a la ordinaria, lo cual aumenta las esperanzas de encontrar tanto el cuerpo del hijo de Doris como a los responsables del crimen. Mientras tanto, el Costurero seguirá reuniéndose todos los jueves en la tarde para lograr la meta que se plantearon desde el principio: cubrir el Palacio de Justicia con las telas que resulten de ese proceso. “Pero lo más importante de todo, para seguir congregando más víctimas, tejer con ellas la memoria del conflicto y luchar todas juntas contra la impunidad”, concluye Jacqueline.

 

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