Nicolás Montero, director del Teatro Nacional. Foto: Sara Gómez | ¡PACIFISTA!

Sobre el futuro del país, Nicolás Montero habla con un optimismo intenso. Antropólogo y activista social, al director del Teatro Nacional le interesa la política —especialmente la que ejerce un político en específico: Antanas Mockus— y está convencido de que “la paz es el camino”. Pero, ante todo, es un apasionado del arte que busca formas de aplicarlo en cualquier proceso social que se le ocurre.

Montero, que llegó el pasado febrero a la dirección del Teatro Nacional, habló en su despacho con ¡Pacifista! sobre los desafíos actuales del teatro, sobre el momento histórico del posconflicto y sobre el machismo en el ámbito cultural colombiano.

¡PACIFISTA!: ¿Siente al teatro en Colombia a la altura del momento histórico del país?

Nicolás Montero: El teatro es un arte que sale a buscar al público. Este debería reflejar lo que pasa en el país, pero eso no genera una gran afluencia. Con solo ver los datos de la cantidad de gente que vota, se sabe que a la gente no le importa el país. La abstención es muy alta y alarmante. Por ejemplo, en el plebiscito fue de más de 60 por ciento. Este es un país que trabaja bajo el lema de ‘Que sobreviva el que pueda’. Entonces, la oferta que más vende en teatro es la de diversión. Porque lo que quiere la gente es olvidarse de la vida misma: no quiere que se le hable del país. Este tipo de teatro no tiene una masa crítica lo suficientemente grande todavía.

 

En un sentido más general, ¿siente que las artes responden a ese momento histórico?

El cuadro que inaugura el arte contemporáneo en Colombia es La Violencia, de Alejandro Obregón. Esta obra ya tiene más de cincuenta años. El arte no ha hecho más que reflejar lo que pasa en Colombia. En teatro hay más de 1.300 obras que hablan de violencia y conflicto armado. ¿Sirvió el arte para transformar culturalmente a la gente? Es cuestionable, pero estoy seguro de que muchos artistas lo hacen. Al final, la materia prima del arte es, en efecto, lo que nos pasa. También creo que la utilidad del arte no está en los productos: es raro ver un cuadro y que eso le cambie la vida a uno. Creo que la función del arte para hacernos más conscientes no pasa por contemplar productos, sino porque se vuelva una manera de percibir al mundo. Debe ser algo más pedagógico.

En teatro hay más de 1.300 obras sobre violencia y conflicto armado. ¿Sirvió el arte para transformar culturalmente a la gente?

¿Debería el arte ser político? ¿Cuál es su visión de esa vieja pregunta?

Sin duda, el arte se nutre de la cotidianidad, y la política es parte de ella. Esta cotidianidad política no es necesariamente ‘las elecciones’, porque en Colombia la política se sienta únicamente en participar en elecciones por uno u otro partido, y no… Es una forma de establecer acuerdos sociales entre todos para saber hacia dónde queremos ir.

 

Explique esto mejor.

Tengo un dato importante. Encuestadores internacionales encontraron que a Colombia más o menos le interesa un pepino la política. En sociedades avanzadas, la participación política es muy importante y los valores tradicionales marcan bajo. En Colombia es exactamente al contrario: valores tradicionales como la religión o la orientación sexual son muy importantes todavía. Somos muy rápidos al juzgar los códigos morales. El artista está condenado porque reinterpreta la realidad a través de un lenguaje. Entonces, si tienes un país de más de cincuenta años de conflicto y mucha injusticia, el artista tiene que obligatoriamente pasar por ahí.

 

Vista desde la otra orilla, ¿siente que a la política le falta tener más en cuenta a las artes? Concretamente, ¿cómo podría hacerlo?

La política como se entiende aquí —muy electora— simplemente va a hablar de cuántos votos me da. Es una de las perversiones que creo que existe: política es salir a buscar más votos. Entonces, el término de representación no es tan claro. La política se ha vuelto autorreferencial. Tú prendes la radio, y 80 por ciento de las noticias son políticas y 70 por ciento es “si Vargas Lleras, yo no sé qué cosa” o “si Humberto de la Calle, yo no sé qué otra”. Es un grupo muy reducido de gente. Con un agravante terrible: no es que el sistema tenga una variable de corrupción, sino que la corrupción se volvió un sistema. Entonces, la política se volvió una forma de encontrar los beneficios propios. A la política sin duda le hace mucha falta el arte. No tiene nada que ver con llamar a un artista para diseñar un afiche, sino con la pedagogía alrededor del arte.

 

Hablemos de la controversia que produjo la exclusión de mujeres escritoras de una invitación del Ministerio de Cultura a Francia. ¿Cuál es su posición?

Me parece muy bien que se hayan molestado, porque además ellas son personas muy inteligentes que saben que la literatura se mide por la calidad y que lo que estaban reclamando es que, a pesar de su calidad, las sacaron por ser mujeres. Todavía seguimos asistiendo a un mundo en que la discriminación de género existe. Ni siquiera sabemos o entendemos a qué niveles. Incluso, las personas que son liberales a veces reconocen rasgos machistas.

Es una de las perversiones que creo que existe: política es salir a buscar más votos

¿Cómo está el mundo del teatro en ese respecto? ¿Ha avanzado? ¿Incluye a la mujer?

Yo creo que sí. Hablo por el Teatro Nacional. Ochenta por ciento del talento que tenemos son mujeres. Seguimos cojos en muchas cosas. Por ejemplo, tenemos pocas directoras mujeres, habría que tener más participación en ese sentido. Sin embargo, son procesos de los que somos conscientes y toca seguir trabajando, pero en general las mujeres empiezan a tomarse los escenarios de una manera muy consciente.

 

Denos algunas cifras del Teatro Nacional en relación con la inclusión de género.

Aquí tenemos la herencia de Fanny (Mikey). Por ejemplo, este año tuvimos Monólogos de la vagina, donde el reparto total es de mujeres. También está Histerias, donde el reparto es de solo mujeres. Lo mismo Mujeres a la Plancha. En Bonovos y en El Grito la mitad son mujeres. Sin embargo, detrás de estas obras hay un director hombre. Pero no lo pensamos, buscamos la obra por contenido.

 

¿Le interesa la política?

Sí, me interesa. Además me han ofrecido varias veces cargos públicos. Yo no me niego, pero si lo hacemos bien. ¿Qué es hacerlo bien? Armar un discurso real, de representación real, educarme en todo esto. Pero no llegar por llegar. La última vez que me ofrecieron ser parte de una lista al Senado, me explicaron que la corrupción es muy notoria allí, pero que uno aprendía ‘cómo funcionaba el poder’. Pero, ¿yo para que quiero saber cómo funciona el poder?

 

¿Por qué dice que no se negaría?

Es que soy un optimista en la participación política. Sigo pensando que hay que participar políticamente, y jamás me negaré, pero no le quiero vender el alma al diablo. Lo que ellos quieren es que no participemos en la política, pero si no participamos van a seguir tomando las decisiones por nosotros y van a seguir diseñando los canales de participación. Es decir, tú como joven, al llegar a una universidad, vas a saber que tus oportunidades son limitadas, porque eso ya se lo inventaron otros. Entonces, son canales personales. Eso mismo pasa con la participación política.

La última vez que me ofrecieron ser parte de una lista al Senado, me explicaron que la corrupción es notoria, pero que uno aprendía ‘cómo funcionaba el poder’

¿Cómo se retrata la corrupción en el arte?

El arte puede dar testimonio de los casos de corrupción, pero personalmente creo que eso no es muy útil. Porque la gente va, se indigna, pero nada cambia. El cambio de consciencia no parece trascender: el impacto es mínimo. Sin embargo, hay una voluntad de cambio. El espectador tiene poca posibilidad de replicar lo que aprendió en la obra, pero los que hicieron la obra y cómo la conocieron e hicieron el relato, cuando sintieron más, comprendieron más.

La mayoría de las decisiones se toman en un campo emocional. La emoción es lo que nos amarra a la vida cotidiana. Entonces, cuando uno hace arte, eleva la emoción a un punto de comprensión de la realidad en donde se toman decisiones. Las obras se seguirán haciendo, pero pedagógicamente es interesante que mucha gente haga estas obras porque el que hace es el que más entiende. La gente hoy entiende cuando se expresa.

 

Desde las artes, ¿qué desafío tendrá el próximo presidente?

Me parece que vamos a estar en la misma cosa. Cada cuatro años la gente saca sus abanicos electorales: es como un deporte nacional. Se empiezan a sumar votos que, además, cada vez son menos. Es un juego de sumas, a tal punto que es un decisión con moneda: solamente de sí o no. Es decir, proyectos como paz, desarrollo y dejarnos de matar, no son la intención de toda una nación, sino que estemos en peligro de que si suben algunos al poder, no se puede seguir con los proyectos nacionales. El acuerdo de paz no está garantizado, la polarización es tan absurda y los discursos tan planos, que todo parece un tema de ámbito electoral y resulta que las cosas que están en juego son fundamentales.

 

Usted hizo parte del elenco de la serie Escobar, el patron del mal. ¿Está de acuerdo con retratar en televisión esa época de Colombia? ¿Es la manera apropiada de mostrar la historia del país? ¿Usted cree que eso aporta?

Depende de la serie. Yo adoro la televisión gringa: entender los procesos históricos a través de una serie es una fantasía, están muy bien hechas. Si tú le preguntas a cuarenta cineastas cuáles son las mejores películas de la historia del cine, probablemente el noventa por ciento pondrán a El Padrino como una de las mejores. ¿De qué trata? Pues de la mafia, porque permite hacer una revisión histórica. ¿Una de las mejores series de televisión? Los Sopranos. ¿De qué trata? De la mafia.

¿Es plausible decir que eso no se puede hacer por qué incrementa la violencia? A mí me parece un examen muy pandito, la realidad estuvo antes que la televisión. Decir que Colombia es violento por las telenovelas me parece absurdo. Depende de que estén bien hechas.

Cuando a mí me propusieron estar en Escobar, el patron del mal, yo dije inmediatamente que sí. ¿Cómo no contar la historia de nuestro país? Era tal el miedo de los productores que agregaron ‘el patrón del mal’ al nombre, para que quedara claro que Escobar era malo. Era simpático, pero ¿qué hacemos? Si así no hubiera sido, no habría llegado a tener el poder que tenía. Es una evaluación plana decir que estábamos haciendo de él el héroe. Él ya era un héroe para un sector mucho antes de la serie, aquí reflejamos el mierdero en el que se metió el país, porque permitieron que una figura como la de Escobar se volviera un hombre muy exitoso.

 

Usted ha participado en diferentes campañas sociales vinculadas con Greenpeace y otras organizaciones no gubernamentales. ¿Hasta dónde puede llegar activismo de un personaje público?

Hasta donde uno quiera. Eso lo hago porque tengo una convicción. Si a mí me piden que haga una campaña por los páramos y sabemos que de ahí viene la mayoría del agua del país, pues, ¿cómo dice uno que no? Es un gusto, es mejor ser bueno que malo. A mí la maldad ya no me sorprende, está por todos lados. Lo que es sorprendente es la bondad: ayudar da placer. Destruir es mamey, construir se sostiene en el tiempo.

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