Foto: Cortesía – ‘Nuestro Silencio’

En 1977, Omaira Montoya se convirtió en la primera víctima de desaparición forzosa documentada en Colombia. Con ese hecho arrancó uno de los capítulos más tenebrosos de la guerra en Colombia: la desaparición sistemática de personas. El fenómeno, según cifras del Centro de Memoria Histórica, dejó en 45 años más de 60.630 casos. De acuerdo al mismo informe, 86 por ciento de los casos permanece en impunidad total, y la cifra es la más alta en América Latina: más alta que la de las dictaduras de Argentina, Chile y Uruguay.

La película Nuestro Silencio, que se estrena el jueves 9 de noviembre en Colombia, reconstruye las historias de los familiares de las personas desaparecidas en la Comuna 7 en Popayán, Cauca.

Según el director Álvaro Ruiz, la principal motivación para desaparecer forzadamente a alguien en Colombia ha sido la “ideología política, actividad política y la poca tolerancia frente a estos”. Y afirma que las cifras “no son concretas y cambian dependiendo de la fuente y la investigación”. La protagonista de la película Abdenis Bermúdez, por su parte, explicó que en Colombia “el sistema y el poder crean impunidad, ya que tienen el poder de silenciar a las personas, nadie es capaz de decir lo que ocurre”.


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En ¡Pacifista! charlamos con el director y la protagonista de Nuestro Silencio.

¡Pacifista!: ¿De qué trata la película y por qué se rodó en Popayán?

Álvaro Ruiz: La película trata de sensibilizar al público acerca de una realidad, del proceso de duelo y de las familias de las personas afligidas. Se intentó demostrar que lo más importante en un conflicto son los sobrevivientes, aunque también es importante hacer memoria de las víctimas, los caídos y los desaparecidos. Queremos identificar alrededor de la temática de la desaparición forzada personas que son fundamentales para la reconciliación y para este momento histórico.

Abdenis Bermúdez: La película nació de nuestra necesidad como seres humanos de hacer algo respecto a las desapariciones. Se habla de los familiares que buscan y que quieren respuestas, que no pierden la esperanza… Es como una historia de amor. Los actores de la comunidad son gente de Popayán, son los que se parchan a fumar marihuana en el parque.

¿En que se basó la investigación para la película?

Á.R.: Nosotros usamos fuentes primarias, que fueron los casos de desaparición cercanos a los realizadores de la película, que acontecieron en los barrios en la Comuna 7 de Popayán. Las fuentes primarias fueron las propias experiencias de familiares y de habitantes de la comuna. Fue un trabajo de sensibilización en términos de derechos humanos y en términos de arte. Además, hicimos investigaciones geográficas entre 2010 y 2011, momento en el cual no existían datos consolidados, ni investigaciones oficiales, no había cuantificación. Demográficamente, nos basamos en la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos (Asfades). Esta asociación es una de las primeras en Colombia, y para nosotros fue muy importante darles campo a estas historias y darlas a conocer en Colombia.

Hacer cine en la ruralidad del país es un desafío, ¿cómo funcionó esto?

Á.R.: El equipo de trabajo es de Popayán. Allá nacimos y ahí llevamos diecisiete años de producción audiovisual con comunidades rurales. Nuestro compromiso siempre ha sido apoyar procesos de comunicación y de realización artística en comunidades indígenas, campesinas y afro. Para nosotros es muy importante que los artistas puedan direccionar su obra. Hay un público en la ruralidad que vive unas realidades muy diferentes y están necesitados de intercambiar conocimientos, prácticas atípicas y narrativas con los artistas de la ciudad.

A.B.: Trabajar en la ruralidad también genera procesos de inclusión y otra mirada en la comunidad. Además, desde el arte se puede construir memoria, es posible no transformar el mundo, pero cambiar munditos, personas: así se crea una cadena que se repite.

A diferencia de otros casos latinoamericanos de desaparición, ¿qué distingue al caso colombiano?

Á.R.: Creo que los niveles de impunidad lo hacen distinto, aunque América Latina no se queda atrás. Sin embargo, en Colombia está la mayor tasa de desaparecidos de la región y además todavía no hay una cifra concreta. Lo que sí existe es un abuso sistemático de esta barbarie y un mecanismo de victimización política y social.

A.B.: Creo que en Colombia hemos optado por olvidar, tenemos una falta de memoria. Hay que aprender a reconocer el dolor. Acá solo echamos tierra sobre lo que ya vivimos.

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