Foto: Julio C. Londoño Á.

Foto: Julio C. Londoño Á.

Con este texto en ¡PACIFISTA! damos inicio a la serie #EscenaDeCrimen, en la que recogeremos lugares emblemáticos de las ciudades colombianas que han estado marcados por los homicidios. 

Por Julio C. Londoño Á.

 

“El cerro El Volador… ¡Maldito cerro! ¡Quién te pudiera cortar a cercén, como un lobanillo, cerro nefando! Si no te pusieras por medio, se viera la hermosa en todo su esplendor; se viera cómo el río la besa el pie y le rinde pleito homenaje”. Frutos de mi Tierra – Tomás Carrasquilla.

Si no es porque en los años 90 un grupo de antropólogos de la Universidad de Antioquia descubre un tesoro de cerámicas, oro y cadáveres en su interior, el cerro El Volador —el más grande de los siete cerros tutelares de Medellín— habría corrido la suerte que le deseaba el escritor antioqueño Tomás Carrasquilla. Es lo más factible, pues, ante los ojos de cualquier paisa emprendedor, este cerro es una jugosa cantera de 106 hectáreas de materiales de construcción. Precisamente a su hermano menor, el cerro de Los Burgos, se lo tragó Medellín completico y lo digirió en ladrillos y tejas que no le sobraban a su afán de desarrollo decimonónico.

El Volador es un oasis en medio del caos urbano: las familias van a ‘echar fiambre’, en agosto llega la gritería con los niños que elevan cometas y en las mañanas los deportistas suben hacer senderismo. Es un paraíso para que los ornitólogos divisen zorzales, guacamayas y sirirís; los marihuaneros lo prendan contemplando las cuatro esquinas de la ciudad; y los inadvertidos maricas nos inmiscuyamos entre los matorrales a rastrojear con algún desconocido mientras cae la tarde.

Pero como no falta el que se tire el ‘parche’, el cerro no es ajeno a las dinámicas de violencia e inseguridad que históricamente han acosado a Medellín. Existen innumerables historias de deportistas que se tropiezan con algún cadáver, mujeres que son abusadas por los violadores que se esconden entre la arboleda y maricas apuñalados “por andar de arrechos”. No es gratuito el mote que se ha ganado en las últimas décadas: cerro ‘El Violador’.

En 2004, por ejemplo, se conoció la historia de un hombre que abusó sexualmente de cerca de 14 menores de edad en el cerro, haciéndose pasar por monaguillo. En una mañana de 2010, otro “tipo vestido de travesti” les salió al paso a dos mujeres que caminaban por los senderos y las obligó a entrar a los matorrales, las amarró a un árbol, las robó, las violó y, de paso, les cortó el pelo.

 

Foto: Julio C. Londoño Á.

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Los antiguos propietarios del cerro, y del Valle de Aburrá por extensión, le tenían destinos más dignos a ese ‘chichón’ de tierra. Antes de que los españoles llegaran con sus consignas de una Antioquia más blanca, católica y racista (para vos y con vos), los indígenas nutabe lo bautizaron como el cerro del Sol. En la cima, un complejo de sarcófagos acercaba a sus muertos al cielo, mientras los vivos agradecían el ciclo vital a la Pacha Mama embriagados y bailando hasta el amanecer.

Tanto culto “demoniaco”, sin cruces, gritería histérica ni dolor, debió parecerles tan perverso a los colonizadores que no les quedó más que reseñar en sus crónicas de Indias las prácticas antropófagas de los incivilizados y justificar así el genocidio. ¿A quién carajos se le pasa por el alma que un pueblo dedicado al reflexivo arte de la cerámica y el tejido, como el nutabe, tendría tiempo de andar comiendo europeos? 

Con todo, el montículo quedó ahí, a la deriva de una ciudad que lo fue rodeando sin atreverse a construir en sus laderas. Como es de tradición antioqueña querer salir de pobre rápido y a costa del indio, a principios del siglo XX no faltaron los guaqueros que excavaron la tierra y saquearon uno que otro tesoro de poco valor comercial. En 1991 llegó el profesor Gustavo Santos Vecino junto a sus estudiantes, con quienes encontró 16 tumbas indígenas construidas en forma de bohíos y decoradas con cerámicas y grabados.

Tras el descubrimiento de los antropólogos y para orgullo de los paisas, que nos gusta ostentar primeros lugares, por más rebuscados que sean, el cerro fue declarado rápidamente patrimonio histórico natural de la nación y bien de interés cultural, convirtiéndose en el “primer y único Parque Natural Regional Urbano en el país”. Pero la declaración, por más original que suene, no es una protección real para el ecoparque, sobre todo en materia de seguridad.

 

Foto: Julio C. Londoño Á.

Foto: Julio C. Londoño Á.

Según el Sistema de Información para la Seguridad y Convivencia (SISC) de Medellín, entre enero de 2010 y junio de 2017 se han cometido 13 homicidios en el cerro El Volador. En todos los casos las víctimas han sido hombres, entre los 18 y 62 años.

Uno de estos homicidios, según el SISC, se configuró como “violencia de género contra un miembro de la comunidad LGBT”. De acuerdo con información recolectada por el Observatorio Ciudadano LGBT de Medellín, podría tratarse de un hombre de 62 años que fue hallado semidesnudo en la mañana del 1 de enero de 2016. En un principio, las autoridades lanzaron la hipótesis de que el hombre había fallecido de un infarto mientras tenía sexo con alguien más, pero días después el caso apuntaba a que alguien le había asestado un golpe contundente en la cabeza.

En el mundo gay de Medellín, El Volador es conocido como uno de los mejores sitios para practicar cruising (sexo casual entre desconocidos), pero al tener poca vigilancia y cero cámaras de seguridad, los riesgos que se asumen van desde un atraco hasta un homicidio.

De los 13 asesinatos de los últimos siete años, otros dos están relacionados con hurtos y en cuatro se desconocen los móviles. Los seis restantes responden a las dinámicas del conflicto de Medellín. 2016 ha sido el año en que más cadáveres han aparecido en el cerro en los últimos siete años (cuatro en total). El incremento coincide con un aumento en la violencia homicida en la ciudad, que el año pasado aumentó 7.7% frente a 2015.

 

Foto: Julio C. Londoño Á.

Foto: Julio C. Londoño Á.

Precisamente, 15 días después de la aparición del cadáver del hombre semidesnudo fue hallado el cadáver apuñalado de un profesor de primaria de 56 años, sin que pudieran establecerse los móviles. Otros 15 días más tarde, el primero de febrero, el cuerpo de Cristian Camilo Sucerquia, de 29 años, fue encontrado abaleado en el cerro. Según se conoció después, Sucerquia fue asesinado por “deudas” con organizaciones delincuenciales.

Por este último crimen la justicia capturó en 2016 a tres sujetos relacionados con la banda Los Hijos del Diablo o La Iguaná, barrio que está ubicado sobre la ladera sur del ecoparque. Al parecer, los hermanos alias Mincho, Pipe y Lucerito ejercían control y extorsionaban en los barrios Los Colores, La Iguaná, El Estadio y El Diamante. El papá de los tres, alias El Diablo, había sido capturado tres meses antes. ‘El Diablo’, según informó el periódico El Colombiano, era uno de los responsables del aumento de homicidios en el sector El Volador, donde se disputaba el control del territorio con alias ‘Gordo Arepas’.

Otros dos asesinatos relacionados con estructuras criminales se presentaron en junio en El Volador, durante el fin de semana más violento de 2016 (con 10 homicidios). Luego, en julio, fue asesinado a balazos un hombre de 19 años, conocido con el alias de Pichi, relacionado también con el combo de La Iguaná.

En 2017 no parecen mejorar las cosas. En lo corrido del año han levantado dos cuerpos en el cerro. El primero, que no se registra en la información facilitada por el SISC, sucedió a finales de febrero, cuando un menor de edad sin identificación fue encontrado abaleado en uno de los senderos del parque ecológico. El último caso registrado sucedió en abril de este año, cuando el cuerpo de un hombre asesinado a puñaladas fue encontrado por una pareja que hacía deporte.

La última vez que subí al cerro, luego de diez años de no visitarlo, encontré un reguero de sangre coagulada en una de las entradas al sendero “La Espiral del Tiempo”. No me detuve, a pesar del espanto. No había presencia de Fuerza Pública ni vigilancia en un recorrido que me llevó dos horas completar. Mientras divisaba la ciudad solo pude pensar una cosa: muy a pesar de los eslóganes políticos de la Medellín simpática, la “Casa de los muertos”—como bautizó el profesor Santos al cerro tras el descubrimiento arqueológico—, parece tener un destino marcado como un hogar para la muerte.

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