Foto: Wikicommons

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Un parque para el pueblo, para los hijos de los obreros, para los pobres. Con ese destino se concibió el parque Nacional de Bogotá en los años 30, según cuenta la historiadora del arte Claudia Cendales en su artículo Los parques de Bogotá. En él Enrique Olaya Herrera, el recién electo presidente liberal, pidió “la creación de un parque público de extensión suficiente para que allí gocen de aire y distracción los obreros y niños pobres”.

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El entonces ministro de Obras Públicas, Alfonso Araújo, selló la historia del parque Nacional en 1932, cuando, cuenta la historiadora, declaró que ese escenario era “para las gentes que no tienen dónde pasar un día de solaz y de reposo, a quienes se niega el acceso a las fincas cercanas que rodean a Bogotá”. Tan del pueblo debía ser el parque que el arquitecto Pablo Cruz, responsable de las primeras obras, declaró en 1934 que había triunfado en su batalla para que el lugar no tuviera rejas. Y que, si la excusa del gobierno para cercarlo era impedir su destrucción, “el parque es para el pueblo y el pueblo debe enseñarse a cuidarlo como se cuida su propiedad”.

Pero el “pueblo” del que hablaron el presidente y el arquitecto ha sido, también en parte, atroz consigo mismo. Y lo más descarnado de la violencia colombiana aterrizó en el parque Nacional en la madrugada del 23 de mayo de 2012, cuando Javier Velasco, hoy condenado por la justicia, golpeó, apuñaló, violó y empaló a la vendedora Rosa Elvira Cely en cercanías al río Arzobispo, que atraviesa el parque de oriente a occidente. Rosa Elvira sobrevivió al brutal ataque, pero murió más tarde en un hospital de la ciudad.

El crimen generó repudio nacional. A tal punto que, en 2015, el Congreso aprobó la Ley Rosa Elvira Cely, que creó el delito de “feminicidio” en Colombia con penas de hasta 50 años de cárcel. Pero, además del debate sobre la violencia contra las mujeres, el crimen generó preguntas sobre la seguridad en el parque, oscuro y solitario de noche. Pocos días después de ese crimen, el excoordinador de seguridad de la alcaldía local de Chapinero Andrés Lizarralde le dijo al periódico El Espectador que “la situación del parque genera una condición de vulnerabilidad para sus visitantes, porque se puede disfrutar de día, pero en la noche se convierte en tierra de nadie”.

Una “tierra de nadie” en la que vive la Rita 5:30 p.m del escultor colombiano Enrique Grau, una mujer de cinco metros de alto, vestida con corsé y tacones, que el maestro plantó en postura desafiante: que es, si se quiere, un homenaje a la dignidad de las mujeres. Conviven en el parque, además, un monumento al político liberal de izquierda Rafael Uribe Uribe, nacido en Antioquia, y un busto del colonizador español Francisco de Orellana, reconocido por “descubrir” el río Amazonas cuando ya era el hogar de miles de indígenas.

Con esos y otros ‘habitantes’, el parque Nacional se ha convertido en punto de encuentro obligado de la ciudad. Los fines de semana alberga a caminantes, deportistas, fumadores de marihuana, familias que comen helado, parejas en plan romántico, aficionados al BMX y hasta raperos que se enfrentan en batallas de improvisación. Es un universo de 283 hectáreas [1], integrado por una alameda central, senderos, fuentes; canchas de hockey, tenis, fútbol y voleibol; juegos infantiles, un patinódromo y un mapa de Colombia hecho en concreto pensado como “una clave para iniciarse en el estudio de lo colombiano” y una oportunidad para que “los obreros admiren un mar que acaso no lograrán ver nunca”, según escribió el ensayista Gonzalo Canal en 1939 [2].

Pero la historia del parque Nacional, declarado bien de interés cultural en 1996, no solo está atravesada por el trágico homicidio de Rosa Elvira Cely. En 2006, un grave crimen ya había ocurrido en sus terrenos: el 23 de abril de ese año un caminante encontró en una zona aislada y boscosa el cuerpo de Jaime Enrique Gómez, asesor de la entonces senadora liberal Piedad Córdoba. Y aunque al principio las autoridades declararon que Gómez había muerto accidentalmente mientras caminaba en la parte alta del parque, en 2014 Medicina Legal confirmó los temores de la familia: el asesor fue asesinado con un golpe en la cabeza.

A diferencia del crimen contra Rosa Elvira, el de Jaime Gómez está en la impunidad. Durante años, su familia ha denunciado posibles irregularidades en el levantamiento del cuerpo y en el traslado desde el parque Nacional hasta Medicina Legal. El año del homicidio, la Organización Mundial Contra la Tortura calificó el crimen como una “presunta ejecución extrajudicial” y lo relacionó con la militancia de Gómez porque, además de asesor de Piedad Córdoba, Jaime era integrante del movimiento político Poder Ciudadano y del equipo de campaña de Horacio Serpa a la presidencia. Gómez también había sido concejal de Bogotá y presidente del sindicato de la Empresa de Teléfonos de Bogotá.

Las amplias zonas verdes del parque y su geografía accidentada también se han prestado para otros delitos. En febrero de 2015, el canal City Tv dio a conocer un video tomado por una cámara, en el que se ve al campeón de ciclomontañismo Santiago Bermúdez perseguir a un hombre que presuntamente había robado en el parque. En ese entonces, el deportista Diego Molina dijo que “más que todo, llegando a la (vía) Circunvalar, (el parque) es muy inseguro. No pasa tanta policía y no hay tanto apoyo”.


En mayo de 2016, el hoy desaparecido Centro de Estudios y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana de la alcaldía de Bogotá entregó cifras consolidadas sobre delitos ocurridos en el Parque Nacional. Entre 2013 y esa fecha, las autoridades recibieron denuncias por 178 presuntos delitos, 152 de ellos por atracos y robos al comercio. En esa cifra estaban incluidos 35 casos de porte y consumo de drogas, un homicidio (2014) y un caso de violencia sexual contra un hombre (2015), cuya historia nunca figuró en los medios. No obstante, el comparativo de datos por año arrojó una reducción sostenida: 87 delitos en 2013, 45 en 2014, 45 en 2015 y siete entre el primero de enero y el nueve de mayo de 2016.

Este año no ha habido incidentes graves en el parque Nacional, cercano a las universidades Javeriana y Distrital. Tal como pidió el presidente Olaya, el lugar les sigue permitiendo a los habitantes de Bogotá gozar de “aire” y “distracción”. Sin embargo, los obstáculos que han enfrentado las autoridades para garantizar la seguridad de 283 hectáreas de árboles en medio de una ciudad de más de ocho millones de habitantes ha dejado en la historia del parque y del país varios hechos dolorosos. Crímenes que están asociados, además, a dos de nuestras grandes tragedias: la violencia política y la violencia sexual.

 

[1] De acuerdo con el Instituto Distrital de Recreación y Deporte de Bogotá.
[2] Citado por Cendales, 2009.

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