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Lea las dos entregas anteriores de esta serie: Cerro El Volador, un hogar para la muerte en Medellín y El Parque Nacional, un oasis acosado por la violencia

Por: Lina Álvarez

Jairo, un niño de siete años camina descalzo en medio de los escombros que dejó la explosión del 7 de agosto de 1956 en Cali. No sabe muy bien qué hora es. El menor va de la mano de sus padres y junto a él sus cuatro hermanos. Teme perderse en medio de la gritería y el caos, así que prefiere mirar hacia los lados en vez de cerciorarse dónde pone los pies.  Todo parece un mal sueño hasta que Jairo pisa un cráneo y se le enredan un par de pelos entre los dedos.

En ese instante comprende que la pesadilla es real. Quizás por eso, 61 años después, lo que más recuerda de esa madrugada es la sensación del cabello de aquel muerto subiéndole como un escalofrío, desde la planta de los pies. Según los reportes oficiales, la pesadilla de Jairo ocurrió un martes a la 1:07 de la madrugada. A esa hora explotaron simultáneamente seis camiones militares cargados con 42.000 kilos de dinamita en la plazoleta de la estación central del Ferrocarril del Pacífico, ubicada en la Calle 25 con Carrera 1º, al lado del cementerio. El estallido fue tan fuerte, que varios muertos se salieron de sus tumbas. 

Hasta el día de hoy se desconocen las causas de la explosión. El Banco de la República asegura que pudo deberse a un recalentamiento de los camiones cargados con dinamita, aunque otra teoría fue la versión entregada por el entonces presidente de Colombia, Gustavo Rojas Pinilla: “un sabotaje político planeado por Alberto Lleras y Laureano Gómez”.

“Más que un lugar para enterrar y llorar a los muertos, se ha convertido en un espacio dedicado al desorden, la brujería y la violencia”.

El estallido, además de provocar un temblor de 4,1 grados en la escala de Richter que se sintió en los municipios de Palmira, Buga, Santander de Quilichao y Jamundí. Afectó cerca de 83 manzanas, de las cuales 26 no sobrevivieron.  Dejó un cráter de 60 metros de diámetro por ocho de profundidad y acabó con la vida de más de 1.000 personas, de los casi 400.000 habitantes que tenía la ciudad para ese entonces.

Después del 7 de agosto, a ojos de los caleños, el Cementerio Central se convirtió en un tumor por extirpar. En medio de la tragedia, fue tanto el dolor de la gente al tener que volver a revivir la muerte de sus familiares que el sentido de pertenencia hacia ese pedazo de tierra quedó en manos de la Iglesia y de unos pocos feligreses.

Si usted visita el Cementerio Central hoy, probablemente no comprenda por qué según el Departamento Administrativo de Planeación Municipal es un Bien Inmueble de Interés Cultural de Santiago de Cali. Fue trazado por el ingeniero Emilio Sardi, en 1904, con tres círculos unidos en forma de cruz, con iconografía medieval que representaba lo infinito, lo incorruptible, lo puro, la ‘ciudad de Dios’. No obstante, con el tiempo, Más que un lugar para enterrar y llorar a los muertos, se ha convertido en un espacio dedicado al desorden, la brujería y la violencia. Violencia que no ha dejado descansar en paz ni a los difuntos.

Entre todos los episodios violentos en el cementerio, sobresale el ocurrido el  29 de noviembre de 2009. Dos sicarios irrumpieron allí y masacraron a seis miembros de una misma familia mientras éstos rezaban una novena en la tumba de su madre. Los criminales abrieron fuego contra algunos miembros de la familia Tolosa Carabalí, quienes visitaban la tumba de un ser querido, en lo que la prensa reseñó como un “enfrentamiento” entre bandas del narcotráfico. A quienes abrieron fuego,  poco les importaron las cerca de doscientas personas que se encontraban en el lugar.  En medio del caos, uno de los sicarios murió linchado a manos de la gente.

Fueron tantos los problemas que continuaron asediando a los caleños en el cementerio que para el 2010, según información publicada por El País, la Policía debió disponer de cincuenta agentes para escoltar los cortejos fúnebres y controlar los desórdenes en los cementerios. Ese mismo año, fueron capturadas quince personas portando armas de fuego.

Aparte de las riñas, balaceras, masacres, hurtos, el cementerio también ha sido escenario de profanaciones. En el 2014, un grupo de aproximadamente diez menores de edad pertenecientes a una pandilla de la ciudad sacó un cuerpo de su tumba y trató de incinerarlo.

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En pleno 2017, los vecinos del sector continúan denunciando la criminalidad que se esconde tras las tumbas del cementerio. Inclusive, según algunos testimonios recopilados por El País, los rituales fúnebres allí se llevan a cabo entre tiros al aire. “Se adelantan tres o cuatro personas en moto, que van sin camisa, sin casco y armados, y bloquean la vía”, le dijo un hombre a ese diario el pasado 2 de abril. Según informe de la Organización Civil Mexicana de Seguridad, Justicia y Paz, Cali es la décima ciudad más violenta de América Latina. En lo que va del año, según Medicina Legal, han sido asesinadas más de 500 personas, lo que la convierte en la ciudad principal con mayor tasa de homicidios de Colombia. 

Ya han pasado 61 años desde el 7 de agosto de 1956 y, aunque violentado, el Cementerio Central sigue en pie, con su emblemática cruz blanca de dos metros que ha sobrevivido a todas sus tragedias. Es un patrimonio cultural que desafía el olvido para recordarle a una sociedad que ha sido manchada por la violencia.

 

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