Foto: Dj Nelzon/Wikimedia Commons

Lea las tres entregas anteriores de esta serie: Cerro El Volador, un hogar para la muerte en Medellín, El Parque Nacional, un oasis acosado por la violencia y En Cali los muertos no descansan en paz.

Por David Lara Ramos 

Algunos turistas desprevenidos comentan que parece ser una obra construida en la misma época del cordón de murallas y que desde entonces es parte integral del casco histórico. “¡Falsedad total!”, rectifica enérgico un guía turístico, al tiempo que afina su discurso hacia un grupo de turistas, en busca de una retribución monetaria.

“Atención —levanta la voz—, esta torre fue construida a finales del siglo XIX, luego no es de la misma época que las murallas, las cuales se erigieron en el siglo XVII. La Torre del Reloj tiene una altura de 30 metros, ubicada sobre la puerta de la antigua ciudad, fundada por Don Pedro de Heredia en 1533. Acá detrás de la Torre del Reloj, en la plaza de los Coches, podemos ver su imagen espléndida, magna obra del escultor Juan de Ávalos”.

“Esta entrada, llamada también Boca del Puente —continúa el guía— se cerraba todas las noches para proteger a los españoles ricos que habitaban en su interior y así se hizo hasta comienzos del siglo XX…y…”.

El guía sigue con su historia de la Torre del Reloj, con un nivel de detalle que produce tanta atracción como desconfianza. Es seguro que no contará a los turistas que ese mismo espacio, hace 14 años, fue el escenario de un hecho que aún las autoridades no han logrado esclarecer en su totalidad.

El reloj marcaba las 11:30 de la noche. Era jueves 13 de febrero de 2003. Cuatro mujeres compartían en una de las bancas al extremo derecho de la torre. Sobre la avenida Venezuela, justo al frente, cruzó una moto a baja velocidad. Se estacionó a un costado en posición de huida. Un joven, con gorra de pelotero en su cabeza, bajó de la parrilla de la moto y fue aproximándose con cautela a la banca donde departían las mujeres. Sacó su arma y disparó.

Cayeron al adoquín de la plaza Lourdes Lara Champen, de 20 años, quien vivía con sus dos hijos en el barrio Fredonia. Ofelia Correa Torres de 17 años, residente en el sector 11 de Noviembre, del barrio Olaya Herrera. Hendy Smith Pérez de 17 años, vivía con su familia en el barrio El Pozón; según uno de sus familiares quería validar su bachillerato y ver las posibilidades de entrar a la universidad. Y Betsevit Espitia de 27 años, que vivía con su pareja en el barrio Olaya Herrera. Las cuatro ejercían la prostitución y buscaban sus clientes en plazas y calles del sector amurallado.

Una de las compañeras de trabajo de las víctimas contó en su momento que semanas atrás del múltiple homicidio había oído el rumor de que ‘la mano negra’ —como conocen a las bandas de sicarios al servicio de los grupos paramilitares— tenía el encargo de hacer una ‘operación de limpieza’ contra las prostitutas y travestis que trabajaban en las plazas y calles del casco histórico.

El hecho evidenció la situación de violencia en la ciudad, recrudecida por la presencia de esas bandas delincuenciales, encargadas de realizar homicidios selectivos en barrios pobres y marginales, bajo la terrible etiqueta de ‘limpieza social’.

Una habitante del barrio El Pozón recordó que fue la época en que aparecían las listas pegadas en los postes de energía. Con nombres o alias les advertían a los drogadictos, rateros de ocasión, gays, lesbianas y prostitutas que debían abandonar el lugar. Se trataba de una amenaza de muerte camuflada, ejecutada luego por bandas de encapuchados.

La compleja situación de homicidios que se vivió en aquel momento en barrios como San Francisco, Olaya Herrera, El Pozón y Nelson Mandela no eran la principal preocupación de las autoridades. Les inquietaba que la violencia había tocado la muralla y precisamente a la Torre del Reloj, el espacio más fotografiado de la urbe.

Del Centro hacia la periferia

Las cuatro mujeres asesinadas en la Torre del Reloj vivían en cuatro de los barrios donde hoy ocurre el mayor número de homicidios en Cartagena, ubicados en las comunas cuatro, cinco y seis, que levantan sus casas con bloques pelados, madera o plástico sobre la extensa orilla de la ciénaga de la Virgen, un tramo que va del barrio San Francisco al barrio Olaya Herrera. Eran barrios de difícil acceso en 2003, incluso para las autoridades, lo que dificultaba la vigilancia policial sobre la zona. La situación cambió con la construcción de un tramo de 3,5 kilómetros, la primera fase de la denominada vía Perimetral, que bordea la Ciénaga y cuyo recorrido está marcado por la miseria de quienes viven en la zona. Allí, en esos barrios, ocurre la mayor cantidad de homicidios de la ciudad.

Para el investigador Freddy Goyeneche, director del Centro de Observación y Seguimiento del Delito (Cosed), en esas comunidades se debería focalizar la inversión social y las acciones del Gobierno local. Asegura que la tasa de homicidios de Cartagena en 2016 fue de 25,3 por cada 100.000 habitantes. “En estos barrios —dice Goyeneche— hay tasas de homicidios más altas que las de Irán. Si tomamos como referente a Buenos Aires, ahí es de seis, en Santiago cinco, la de Estocolmo es 1,5 por cada 100.000 habitantes. Pero nosotros aquí estamos insensibilizados ante el homicidio porque es un asunto de casi todos los días. Hemos llegado a promedios mensuales de veinte homicidios”, concluye Freddy Goyeneche.

A pesar de los datos entregados por el Cosed, las cifras de la Policía para 2016 dicen que la tasa fue de veinte homicidios por 100.000 habitantes, que la ubica por debajo del promedio nacional que fue de veinticinco. Si bien la alcaldía considera la cifra positiva, para Goyeneche debería ser un motivo de alarma, en especial porque establece que las edades de las víctimas rondan entre los quince y los treinta y nueve años. Es decir: son jóvenes.

En barrios como El Líbano, Pablo Sexto I, Pablo Sexto II, Las Palmeras, Flor del Campo, Boston, Nariño, Olaya Herrera, La Esperanza, San Francisco, El Pozón y otros de las comunas referenciadas, hay unos 17.000 niños en edad escolar que con facilidad ingresan a las pandillas juveniles, que reclutan a jóvenes para cometer delitos, incluso para asesinar.

Goyeneche asegura que los delitos en Cartagena están estratificados. Los homicidios ocurren en la zona de los pobres, mientras que los hurtos ocurren en las zonas donde hay recursos, por ejemplo la zona norte o el Centro Histórico. Pero allí el homicidio no es frecuente.

Por eso el homicidio de las cuatro mujeres en la Torre del Reloj, en plena zona turística, es recordado como el hecho que reveló los oscuros movimientos de sicarios al servicio de los paramilitares, que pretendían no solo repartir el crimen por toda la ciudad, sino también cooptar el poder de varios alcaldes de Bolívar y de su gobernador, como revelaron en su momento los postulados a la jurisdicción especial de Justicia y Paz.

El asesinato de las cuatro mujeres también se convirtió en un referente para los grupos de feministas de la ciudad, que llevaron a cabo manifestaciones contra la violencia de género. Una de las acciones consistió en pintar de blanco la banca de madera en que las cuatro mujeres conversaban la noche del 13 de febrero de 2003.

En los días posteriores al cuádruple homicidio era común ver mensajes de condolencias, claveles y rosas sobre la banca blanca o sobre el piso adoquinado de la plaza de la Paz, en señal de duelo y recordación.

Pasados 14 años de la muerte de las cuatro mujeres, las autoridades no han logrado establecer quién dio la orden de asesinarlas. En el proceso han confluido hechos tan confusos como inciertos, que han dejado dudas sobre la actuación de las autoridades, los investigadores y los fiscales.

Uber Banquez, alias Juancho Dique, que cumplió una pena de ocho años bajo la Ley de Justicia y Paz y hoy está libre, contó en su momento que un hombre de negocios de la ciudad pagó seis millones de pesos para que mataran a las prostitutas porque, supuestamente, les daban escopolamina a los clientes.

Las investigaciones concluyeron que el hombre de negocios era Alfonso Ilsaca, en ese momento dueño de la discoteca Antigua, ubicada al interior de la Plaza de los Coches. Ilsaca negó cualquier vínculo. Luego vino una situación que lo favoreció. El empresario aportó una grabación en que dos fiscales le solicitaban 500 millones de pesos a cambio de guiar el interrogatorio a Juancho Dique para que no lo mencionara. Los fiscales José Alfredo Jaramillo Matiz y Fabio Severiche fueron capturados por deshonestos. Las autoridades se concentraron en capturar a las personas que organizaron los homicidios selectivos en la ciudad, cometidos por la banda de Los Encapuchados.

La responsabilidad de ese periodo de terror en los barrios marginales de la ciudad, incluso el de las cuatro mujeres de la Torre del Reloj, recayó sobre Samuel Dorado y Javier Puerta, señalados de ser quienes comandaban la operación de limpieza social en los barrios de Cartagena.

Con el tiempo la escena se fue diluyendo en la memoria de la ciudad, pero ha sido el hecho más cruel registrado en la urbe turística. Si bien los postulados de la Ley de Justicia y Paz reconocieron que sicarios a su mando habían asesinados a las cuatro mujeres de la plaza por pedido de un tercero, ese tercero continúa libre.

A lo mejor recorre de vez en cuando la escena del crimen ocurrido en la ciudad de piedra.

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