Un soldado del Ejército custodia la llegada del helicóptero que trae a Pie de Pato al Intendente General de las FFMM y al Comandante de la Fuerza Titán. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

Un soldado del Ejército custodia la llegada del helicóptero que trae a Pie de Pató al Intendente General de las Fuerzas Armadas y al Comandante de la Fuerza Titán. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

Texto y fotos por Mauricio Morales* Pie de Pató, Chocó

Dice que cuatro veces.

Luego lo piensa y dice que no, que cinco veces.

Don Pedro no recuerda muy bien el número de ocasiones que la guerra lo ha obligado a desplazarse de Peña Azul, un caserío a orillas del río Baudó, en Chocó, rodeado de selva, siempre envuelto por la lluvia y siempre clavado en el barro. Como todos en este lugar, él habla en voz baja, no dice mucho, pero a pedazos logra contar lo que sucedió en su pueblo el pasado 3 de marzo: lo que hizo que de un momento a otro, él y otras 526 personas tuvieran que salir en estampida de la zona.

La historia de la guerra en Colombia ha sido por muchas décadas, lamentablemente, una historia de versiones. Así también lo es, hasta ahora, la historia de lo que ocurrió hace apenas doce días en Peña Azul y otras comunidades aledañas.

Lo que ocurrió –dice otro desplazado con el que hablé– fue que unos paramilitares llegaron con sus brazaletes y sus fusiles a anunciar a gritos que venían a quedarse. Algunos manejan una versión distinta: que antes de que llegaran los ‘paras’, unos desconocidos habían matado a un tipo y lo habían arrastrado por la tierra amarilla de una de las vías del pueblo. Y otros más explican que lo que encendió la mecha fueron unos combates con el ELN.

Entre la tarde de ese viernes 3 de marzo y la noche del sábado 4, la guerra sacó despavoridas de sus ranchos a 527 personas, de las cuales 256 son menores de edad. Los sacaron, dice un informe de inteligencia citado por ‘El Tiempo’, las denominadas Autodefensas Gaitanistas, comandadas por un hombre apodado ‘Furia’ vinculado al Clan Úsuga, y un cruce de fuego con el ELN.

Pero, repito, los sacó la guerra.

Un desplazamiento masivo en pleno 2017, en la Colombia de la paz.

Miembros de la organización Médicos sin fronteras (MSF) hablan con personas desplazadas que quieren evaluar y tratar por el impacto psicológico de los hechos de violencia ocurridos en su comunidad.

Miembros de la organización Médicos Sin Fronteras (MSF) hablan con personas desplazadas para evaluar y tratar el impacto psicológico de los hechos de violencia que vivieron. | Mauricio Morales/¡Pacifista!

Una semana después, el viernes 10 de marzo, viajé en avión, bus y lancha para visitar durante cinco días a las víctimas del desplazamiento de Peña Azul. Llegué a Pie de Pató, cabecera municipal de Alto Baudó, y pronto encontré el albergue temporal en el que viven los nuevos desplazados: un polideportivo que es una de las pocas edificaciones de cemento del lugar.

De inmediato me llamaron la atención la cantidad de mujeres, niños y ancianos. Las mujeres cocinaban y trapeaban el piso en un vano esfuerzo por mantener el cuerpo y la mente ocupados. De vez en cuanto entraban de la calle los hombres con los pies embarrados.

Un Black Hawk que sobrevoló durante varias minutos el poblado finalmente aterrizó, los niños que corrían sobre la tierra no esperaron a que las hélices se detuvieran para acercarse al helicóptero que traía a un par de generales a bordo. Estos venían para hablarle a la comunidad. A los generales les repartieron cocos y piñas, y los uniformados solo le decían a la gente que estaban ahí para cuidarlos pero que no podían garantizar esto si no contaban con su colaboración. Prometieron operativos militares y patrullajes de infantería de marina por el río.

Arriba a Pie de Pato la comisión de las Fuerzas Armadas. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

Llegada, a Pie de Pató, de la comisión de las Fuerzas Armadas. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

Luego llegó el turno de la comunidad. Y el discurso de sus representantes se centró en un tema viejo y conocido: el abandono y la falta de oportunidades. En cierto momento, la alcaldesa del municipio enfrentó a uno de los generales y le dijo: “Acá, tenemos que cultivar coca porque no hay nada más con qué ganarse la vida. ¡Eso usted lo sabe!”. El general la miró callado. La mujer continuó: “Acá no hay cómo comercializar los otros productos. La coca trajo satisfacción económica al campesino, y trajo también violencia”. En ese momento una voz la interrumpió para añadirse a los reclamos: “Ustedes no solo fumigaban la coca, también los cultivos de pan coger”.

Cuando la reunión terminó, la gente se retiró, primero en silencio y luego mirándose y riendo hasta que unos se atrevieron a decir: “Las mismas promesas de siempre”. La noche la pasaron, algunos en el albergue  o en casas de familiares que viven en el municipio, y otros prefirieron dar vueltas por el pueblo.

Durante los días que pasé en Pie de Pató, la comida no faltó, tampoco la atención médica, ni la psicológica. Pero justo esto me hizo sentir que estaba en una zona dura de conflicto. Por todas partes desfilaba diligentemente el personal de MSF, el del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y el de la personería local para cuidar a los desplazados. La gente estaba nerviosa, pero no en el nivel que yo había esperado encontrarlos. Me duele decirlo, pero sentí que estaban, de alguna forma, acostumbrados a ser víctimas.

Parecían saber de memoria el guión de la operación que tenían ante sus ojos: pronto se irían los periodistas, luego los médicos, más tarde la ayuda, y el Ejército se quedaría unos quince días más, máximo un mes. Y al final: de vuelta a lo mismo.

Pero sí los sentí ansiosos por volver a sus ranchos y seguir con sus vidas. Sus problemas son abundantes, me decían, y el conflicto armado es solamente uno. Están también la pobreza y el abandono. Y –¿por qué no?– las preocupaciones propias de un campesino: su tierra y sus “animalitos”.

Una mujer desplazada busca agua en tanques ubicados a las afueras del polideportivo donde se alojan docenas de víctimas. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

Una mujer desplazada busca agua en tanques ubicados a las afueras del polideportivo donde se alojan docenas de víctimas. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

“Yo estaba en el monte trabajando cuando vi a todo el mundo embarcándose para salir, me toco dejar a mis gallinitas abandonadas”, dice Doña Liz Esther. Como Don Pedro, ella tampoco recuerda si esta es la cuarta o la quinta vez que le toca huir de su casa con lo que tiene puesto. Esta vez desea que la espera para regresar no sea demasiado larga, y no quiere marcharse a la ciudad porque, “¿quién me va a cuidar el rancho y los animales?”.

Un grupo de mujeres indígenas se reparten las labores de la cocina. Los ‘negros’ y los ‘cholos’ –así se llaman entre ellos– deben colaborar. Si pudieran partir, cada uno tomaría un camino distinto, pero la guerra que los trajo hasta acá y el trabajo en el monte que los ocupa los han unido en estos días. Están sentados a una mesa comiendo, de nuevo, arroz con atún, lo mismo que ayer. Dicen sentirse afortunados de que la comida no falte y de que no haya grandes problema de salud. Pero explican que, a lo mejor, es porque llevan apenas pocos días en los albergues.

“Tengo derecho a ser feliz. Estos problemas no son mi culpa, son de la sociedad…”. Unos niños cantan y repiten lo que la psicóloga de la misión médica de la Gobernación de Chocó les va diciendo. Otros llegan corriendo a unirse al coro, pero a lo mejor no entienden lo que cantan. Varios de ellos son hijos de personas que ya han pasado por esto.

Ahora, les toca a sus niños.

La psicóloga de la Misión Médica de Chocó realiza una actividad para los niños de las comunidades desplazadas en Pie de Pato. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

La psicóloga de la Misión Médica de Chocó realiza una actividad para los niños de las comunidades desplazadas en Pie de Pató. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

Navegando por el río Baudó es posible ver el desastre que deja el desplazamiento en las comunidades: el vacío casi altisonante, las casas cerradas, los animales por ahí sueltos, la sensación de que vivimos en un país indiferente a los golpes de la violencia.

Un niño se acerca a un soldado y le toma del pelo: “¿Usted es Rambo?”. Luego sale corriendo. El soldado le lanza una mirada intensa. Poco tratan con la población los miembros del Ejército estacionados en Pie de Pató. Patrullan por el monte con las caras duras, sus miradas van y vienen, pero no invitan a relacionarse. Deben de ser los años de la guerra y la conciencia de que acá, por estas zonas, todo está muy mezclado: paras, guerrilleros, narcotraficantes, pobres, y un Estado representado a medias.

Poco a poco, la gente ha empezado a volver. Algunos no tienen paciencia para esperar a que las garantías de seguridad del Ejército y la Policía se cumplan. Los más viejos dicen que no tienen tiempo para ello. Otros, en cambio, han decidido por ahora quedarse aquí. Ya la crisis se irá disipando y pronto se convertirá en una incertidumbre, en la incertidumbre que tan bien conocen quienes viven en estas tierras que parecen pertenecer a otro país, a otro mundo.

* Morales es un fotógrafo bogotano. Instagram: @mauriciomorales0

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Después de un par de horas de visita, la comisión de las Fuerzas Armadas se va de Pie Pató. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!


GALERÍA: EL DESPLAZAMIENTO, PIE DE PATÓ, CHOCÓ

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Una niña camina por el campamento provisional afuera del polideportivo. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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El comandante de la Fuerza Titán se dirige a los miembros de las comunidades desplazadas. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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Personas desplazadas duermen en el albergue provisional desde el pasado 3 de marzo, día en que comenzaron a llegar huyendo de los combates y de la incursión paramilitar en las comunidades. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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Don Pedro ha sido desplazado de su comunidad de Peña Azul cuatro o cinco veces, no lo recuerda con claridad. Hoy duerme en un colchón en el albergue. Allí llego solo con lo que traía puesto. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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Un niño indígena de las comunidades desplazadas duerme en el piso del polideportivo. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

11moralesUna familia busca un lugar para alojarse después de haberse desplazado de su comunidad. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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El campamento provisional y el albergue han servido como comedor y hospedaje para las familias desplazadas. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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Las mujeres cocinan para las personas desplazadas. La Gobernación de Chocó y la alcaldía local han llevado ayudas. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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Médicos de una misión de la Gobernación de Chocó atienden a las personas que huyeron de sus comunidades. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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Solo 22 policías estaban en la cabecera municipal de Alto Baudó antes del desplazamiento de las comunidades aledañas. | Foto: Mauricio Morales/¡Pacifista!

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