Ilustración: Juan Ruiz.

Por: Juan Sebastián Jiménez 

Al morir, Roberto Vargas Gutiérrez, alias Gavilán, llevaba 30 de sus 48 años de vida delinquiendo. No es extraño que alguien empiece a infringir la ley a temprana edad muera relativamente joven. Pablo Escobar vivió hasta los 44 años de edad; Carlos Castaño, hasta los 39. Pero lo que hace de Gavilán un caso ejemplar del Urabá antioqueño es que durante esos 30 años delinquió a nombre de grupos armados ilegales tan distantes entre sí, como el EPL y las AUC. Su historia es, en ese sentido, la de la violencia que ha azotado a Colombia desde finales de los 80. La de las paces que no fueron y las guerras sin cuartel.

Nacido el 27 de octubre de 1968 en San Pedro de Urabá, Antioquia, Gavilán se unió con apenas 18 años de edad al EPL: una guerrilla de inspiración maoísta que había surgido en su tierra natal en 1967. Lo hizo siguiendo el ejemplo de otros de su edad con los que se iba a cruzar en varias ocasiones durante su vida: los hermanos Juan de Dios y Dairo Antonio Úsuga David y Francisco José Morelo Peñate.

Pero en 1991, el EPL decidió desmovilizarse y convertirse en un partido político: Esperanza, Paz y Libertad. Unos 2 mil guerrilleros se desmovilizaron. Otros –como Gavilán, los Úsuga y Morelo Peñate– no lo hicieron y crearon una nueva estructura, el frente Bernardo Franco, comandado inicialmente por Francisco Caraballo y que con la ayuda de las Farc persiguió a los desmovilizados del EPL. Fue una matazón.

Para salvar sus vidas, varios desmovilizados del EPL crearon los Comandos Populares y luego se unieron a las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), impulsadas por los Castaño unos años antes. Curiosamente, sus antiguos compañeros, ahora enemigos, siguieron su ejemplo. Fue en octubre de 1996 cuando 110 integrantes del Bernardo Franco –comandados por Juan de Dios Úsuga David, alias Giovanni–  se desmovilizaron, al parecer, por problemas con las Farc.  Aunque dijeron que pensaban reintegrarse a la vida civil, no lo hicieron.

Por el contrario, prefirieron unirse a los Castaño, como lo hicieron años antes algunos sobrevivientes del exterminio llevado a cabo por el frente Bernardo Franco; aunque hay reportes que señalan un posible vínculo entre este grupo y los Castaño. Los exguerrilleros –ahora paramilitares– se unieron a las ACCU en momentos en los que estas se expandían por toda Colombia y se convertían, a sangre y fuego, en las AUC. Y, debido a su tenacidad, empezaron a escalar posiciones. Por ejemplo: Dairo Antonio Úsuga, alias Otoniel, fue enviado a los Llanos Orientales, junto con otro exguerrillero del EPL, Elkin Casarrubia, alias El Cura.  Allí, en julio de 1997, perpetró la masacre de Mapiripán, por la que fue condenado a 40 años de prisión.

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Gavilán se quedó en Urabá, donde se volvió cercano a Fredy Rendón Herrera, alias El Alemán, con el que realizó algunas operaciones contrainsurgentes. Sin embargo, a finales de los 90 fue enviado al Valle del Cauca, donde se encontró con un viejo conocido: Francisco José Morelo Peñate, alias El Negro Sarley. Gavilán se unió al recientemente creado Bloque Calima, en el que Morelo se desempeñaba como instructor político. Después de un periodo corto regresó a Antioquia, no sin antes dejar una estela de terror. De hecho, fue por un asesinato cometido allí, el del sindicalista Jesús Orlando Crespo Cárdenas, que Gavilán fue condenado a 40 años de prisión en 2012.

Una de las pocas imágenes que se conocían de Gavilán. Foto: Tomada de Noticias Caracol

En 2001, cuando regresó a Antioquia, protagonizó la masacre de Peque, en la que paramilitares bajo su mando asesinaron a ocho campesinos, aunque podrían ser más. Pero, en 2002, con la llegada de Álvaro Uribe Vélez a la Presidencia, las AUC empezaron a hablar de paz. En virtud de los acuerdos de Santa Fe de Ralito, varios de los exguerilleros –ahora paramilitares– se desmovilizaron. Entre ellos estaba Gavilán, quien lo hizo en enero de 2005. Sin embargo, como fue una constante en su vida, Roberto Vargas Gutiérrez volvió a las armas, esta vez, de la mano de Daniel Rendón Herrera, alias Don Mario. Ya no existían las AUC pero sí estaban presentes las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) , como Don Mario llamó a su disidencia.

Los exguerrilleros tuvieron un papel protagónico en la conformación de este grupo, que sería el germen de lo que hoy se conoce como el Clan del Golfo. De hecho, tras la captura de Don Mario en enero de 2009, las autoridades empezaron a tener evidencia de que la organización quedó en manos de ese grupo de ‘insurgentes’ que 22 años atrás habían iniciado su vida criminal en el EPL. Los Úsuga David quedaron a la cabeza de la organización con el Negro Sarley y Gavilán. Poco a poco las AGC fueron ganando poder y convirtiéndose en una amenaza para el país.

Tanto así que en 2011 coparon la agenda mediática del país por los asesinatos de Mateo Matamala y Margarita Gómez, ambos estudiantes de la Universidad de los Andes. ¿Quién perpetró estos asesinatos?: Gavilán. El Gobierno arremetió contra el Clan del Golfo y, antes de que se cumpliera un año de la muerte de los estudiantes, le asestó un golpe que cambiaría la vida de Vargas Gutiérrez. En la madrugada del 1 de enero de 2012, el comandante del Clan del Golfo, Juan de Dios Úsuga David, murió en enfrentamientos con la Fuerza Pública.

Su hermano, Otoniel, se salvó de milagro porque se había ido media hora antes de la fiesta de Año Nuevo. Otoniel quedó al frente de la organización y Gavilán como su mano derecha. Una de sus primeras decisiones fue decretar un paro armado en memoria de su hermano. Este acto fue un campanazo de alerta para el Estado, pues paralizó seis departamentos. Pero los golpes no cesaron y ese mismo año fue capturado, en Argentina, Henry de Jesús López, alias Mi sangre, otro de los lugartenientes de Otoniel. Y, al año siguiente, en abril de 2013, cayó el Negro Sarley, por el que el Clan del Golfo hizo un paro armado de gran magnitud.

Sin embargo, el Clan del Golfo siguió creciendo, convirtiéndose en la mayor estructura criminal del país, sin ningún contrincante a la vista. En 2014 fue incluido en la Lista Clinton, al igual que sus comandantes, entre ellos Gavilán. En 2015, el entonces comandante de la Policía, el general (r) Rodolfo Palomino, dijo que la Fuerza Pública estaba muy cerca de Otoniel y Gavilán. Varios de sus familiares cayeron. En el caso de Gavilán, una hermana suya fue detenida en 2015, y un hermano murió en 2017. No obstante, Gavilán y Otoniel seguían escapándosele a la justicia.

Y así fue hasta el pasado 31 de agosto, cuando Gavilán cayó. Aún no se sabe quién lo va a reemplazar aunque lo más probablemente es que sea otro exguerrillero del EPL: Carlos Antonio Moreno, alias Nicolás.

Sin embargo, Otoniel sigue ahí y continúa siendo el vivo recuerdo de las guerras de los 90 entre las Farc y el EPL, de los primeros años de las ACCU y de las AUC, de los primeros años del Clan del Golfo. Él, así como Gavilán, son ejemplos de lo peligrosas que pueden ser las falsas desmovilizaciones o las desmovilizaciones incompletas. Hoy esta realidad puede ser interpretada como una advertencia, una que, de cara al posconflicto con las Farc, el Estado no debería ignorar.

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