Este artículo fue publicado originalmente en VICE Colombia.

El paro de maestros en Colombia sigue a pesar de que ya lleva un mes. Pacífico, sí. En calma, también. Pero ya empieza a desesperar: no solo a los gobernantes, representados esta vez por el alcalde Enrique Peñalosa que el pasado viernes les mandó el Esmad para contenerlos en la calle 26 de Bogotá, sino a la sociedad en general, compuesta, entre otros segmentos, por más de 8 millones de niños que no han ido a clase durante el mismo mes.

Este, como otros paros de maestros, suscita las preguntas que cualquier persona con dos dedos de frente se hace: ¿Cuándo tendremos en este país una educación básica de calidad? ¿Cuándo podremos decir que ‘nuestros maestros’ tienen una importancia incalculable en el desarrollo del país?

Creo que en esta ocasión la solución ya no podrá volver a ser prometerles unos cuantos pesos de más y aguardar al siguiente paro. El presidente de Fecode, Carlos Rivas, ha dicho que la cosa es más seria que un simple aumento. Ojalá haya algo de altruismo en sus palabras. Ojalá el paro, que ya luce ilimitado y que se hace en perjuicio de los menores de edad, nos lleve a hacernos las preguntas correctas en el escenario público. La crisis de hoy debe ir más allá de los salarios, mucho más allá de la infraestructura o la alimentación (importantes, sin duda). Y debe estar lejos, muy lejos, de la ambición inmediata de los maestros.

Por primera vez, señores del gobierno y de Fecode: pensemos en grande.

Ya en 2015 sucedió algo similar, y nos encontramos con un acuerdo entre Fecode y el gobierno, cuyo capítulo “Bienestar” dice que el segundo le daría al primero más de 6.000 millones de pesos para la recreación de los miembros del magisterio. Dicho mejor: para torneos de fútbol o actividades relacionadas con el folclor. Pues no. Si este paro continúa, que sea para sacarnos de nuestra mezquindad y hacernos conscientes de lo que verdaderamente importa.

Un informe de 2014 de la Fundación Compartir resalta la importancia de los maestros de educación básica para toda la cadena: para mejorar a los estudiantes colombianos (demasiado lejos de los mejores en las Pruebas Pisa); para crear una sociedad mejor informada, crítica, analítica y consciente de su rol ciudadano, y para impulsar la economía del país.

Los profesores, además, deberían no solo ganar mejor, sino ser los mejores bachilleres del país. Los maestros, nuestros maestros, deben ser personas capacitadas hasta donde sea posible. Pero, según el mismo informe, resulta que están entre los peores. El caso de Colombia no es de mostrar. La carrera docente aún es mirada con recelo, como atinó a decir el senador del Polo Democrático Jorge Enrique Robledo en una intervención en el Senado: ¿Cuántos honorables senadores —se preguntaba— celebrarían que sus hijos eligieran ser profesores?

Tal vez ninguno.

No es ya una cuestión de subir unos pesos: si queremos mejor educación tenemos que pensar en grande.

Si bien ya se pactó un aumento del 8,7 por ciento y hay unas nuevas tablas salariales, el paro no se detiene: siguen hablando de infraestructura, de alimentación y de transporte. Y por eso van a parar más. Sería mejor que pararan el paro y se concentren en el panorama más grande. Es justamente lo que nos falta: un debate digno que realmente mejore la educación. Ya chuleadas la cobertura y las particularidades intrínsecas de la educación misma, el primer problema a atender en países subdesarrollados como el nuestro, llega la hora de pensar de forma ambiciosa. No mezquina: ambiciosa. La revolución se hará desde el docente. De eso no hay duda. ¿Cuándo queremos dar el salto?

Cuando esto suceda, veremos el cambio real. Los estudiantes mejorarán, y el país se sumará a la lista que de naciones en que, apenas simbólicamente pero no en la realidad, quiso meternos nuestro presidente Juan Manuel Santos. Manos a la obra: el país debe ser educado. Pasar de la adolescencia política en que nos tenía metidos la guerra es, sin duda, un paso histórico. Ahora hace falta dar el segundo. Se nos hace tarde.

 

*Este es un espacio de opinión. No compromete la posición de VICE Media Inc.

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