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Movilización Social Digital (MSD) no es precisamente un concepto que nos encontremos muy a menudo en los medios de comunicación, las películas o las series. Sin embargo, si usted es curioso y se lanza en una breve averiguación, encontrará lo predecible: se trata de una manera de usar las tecnologías digitales para impulsar causas determinadas a partir del intercambio de información entre usuarios en internet. En otras palabras: imagine una manifestación, imagine una masa de gente andando por las calles con carteles y lanzando arengas. Sí, es todo esto, pero de manera virtual.

No obstante, a diferencia de movimientos como la resistencia por los Derechos Civiles en Estados Unidos o la Revolución Femenina o la lucha LGBTI, la búsqueda de quienes han marcado y liderado el inicio de las manifestaciones digitales es a primera vista difícil. Es duro encontrar personajes a quienes se les pueda atribuir algo así como ser el ‘precursor de la movilización digital en el mundo’ o el autor del ‘tuit’ que se convirtió en el ‘florero de Llorente de internet’.

No: la MSD no es un asunto de fundadores ni próceres, sino más bien de acciones. Y en ese terreno sí hay historias por contar e hitos por tener en cuenta.

Así que empecemos.

El fenómeno Obama

Desde comienzos del siglo XXI, diversos teóricos de la comunicación ya habían comenzado a dar puntadas sobre potenciales cambios que internet podría traer a nuestras sociedades. Por ejemplo, en 2001, en su libro Internet y la sociedad red, el español Manuel Castells vaticinaba que los movimientos culturales, que anteriormente se construían desde las narrativas de los medios masivos tradicionales, recibirían un nuevo impulso de esa red emergente que comenzaba a coparlo todo.

Entonces faltaban tres años para que naciera Facebook y cinco para que irrumpiera Twitter, pero sus apariciones, básicamente, terminaron por confirmar el presagio. Sin embargo, no fue sino hasta 2008 que el concepto de MSD comenzó a delinearse, en buena medida gracias a la campaña de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos. Para diversos analistas contemporáneos, esta se convirtió en el punto de partida de las redes sociales como escenario destinado a la política.

El nacimiento de grupos en Facebook como One Million Strong for Barack, que en menos de un mes superaba los 270.000 seguidores, y la proliferación del eslogan ‘Yes We Can’ por medios como YouTube y Flickr fueron un golpe contundente a favor de la campaña. Demostró que más que un lugar para la publicidad, la red podía ser un punto de encuentro para llevar a cabo acciones coordinadas y extender el alcance de los mensajes. Y sí, Obama pasó ocho años en la Casa Blanca.

Fenómenos parecidos tuvieron lugar desde entonces en otros lugares del mundo y quizá uno de los más sonoros fue la denominada Primavera Árabe, que comenzó en 2011, que se llevó por delante a gobiernos longevos —casi vitalicios— y autoritarios, en países como Túnez, Egipto y Libia. Las escenas de las calles copadas de gente insatisfecha se volvieron cotidianas, y entre la victoria de las protestas salió a relucir de nuevo el rol fundamental de las redes a la hora de convocar marchas en momentos y puntos específicos, además de mantener en alto el espíritu de los manifestantes.

Expertos en movilización digital, como el periodista Víctor Solano, aseguran que al margen de estos grandes hitos internacionales, Colombia vivió su estreno en 2008 con la marcha que promovieron un grupo de ciudadanos comunes y corrientes en su intención de levantar Un millón de voces contra las Farc. La multitudinaria movilización del 4 de febrero de ese año, encausada en el hashtag #4F y en el grupo de Facebook No más Farc, logró cientos de miles de seguidores virtuales y más de un millón de manifestantes en diferentes ciudades del país y el mundo. Aún hoy las imágenes de ese día resultan impresionantes.

En Colombia aparece también, como otro gran ejemplo, la Ola Verde de 2010, cuando la campaña de Antanas Mockus a la Presidencia de la República estuvo acompañada de un inusitado apoyo de los jóvenes en eventos y redes sociales. A pesar de que al candidato no le alcanzó para ganarle las elecciones a Juan Manuel Santos, quedó claro que a punta de pequeñas colaboraciones virtuales era posible plantar pelea a las grandes maquinarias de la política tradicional.

Del ‘like’ a la vida real

A fuerza de antecedentes parecidos a los que ya vimos, la MSD fue puliéndose como concepto y ganándose un lugar entre los nuevos activismos. El mundo tuvo claro que gracias a las redes, las ideas y los principios podían democratizarse de una manera relativamente sencilla y afinarse para generar impacto. Sin embargo, el movimiento se fortaleció cuando más allá de los fines electorales y la convocatoria a manifestaciones en calle —dos cosas hoy conocidas como crowdvoicing (unión de voces)— se hizo evidente que la influencia digital podría llegar a tener incidencia en la elaboración de políticas públicas o en la operatividad de los gobiernos. Ese, podría decirse, es uno de los grandes objetivos actuales del movimiento.

En Colombia hemos tenido buenos ejemplos también. Uno reciente tuvo lugar en mayo de 2016, cuando la Secretaría de Gobierno de Bogotá se vio obligada a rectificar su concepto sobre el asesinato de Rosa Elvira Cely, ocurrido en 2012. La jefe jurídica de esa dependencia distrital, Nayive Carraco, aseguró en un informe que a Cely no la habrían matado si se hubiera abstenido de salir con sus compañeros de estudio Javier Velasco y Mauricio Ariza. El concepto implicaba la escandalosa conclusión de que Cely misma habría podido ser la culpable de su propio homicidio.

Como consecuencia de la indignación recogida en #RosaElviraNoEsCulpable, la alcaldía de Enrique Peñalosa –que asumió el gobierno de la ciudad en enero de 2016– tuvo que aguantar varios días de tormenta y deslegitimar públicamente el concepto. Después de la embarrada, Carrasco se vio obligada a renunciar.

Cuando esto sucedió, la indignación canalizada a través de las redes ya había echado para atrás algunas medidas polémicas. En 2012, por ejemplo, desde Twitter nació el movimiento Contrarreforma, impulsado por el periodista Víctor Solano, que logró que el presidente Santos no sancionara la Reforma a la Justicia que aprobó el Congreso, que contenía un exceso de privilegios para los legisladores. El año anterior, el Gobierno también tuvo que cancelar el proyecto con el que la compañía Six Senses pretendía construir un resort en el Parque Tayrona. Santos había descrito la eventual inversión de la cadena como una ‘grata noticia’, pero después tuvo que ceder ante la presión de los ambientalistas y los ciudadanos a través de las redes.

Peticiones ‘online’

Ante estos antecedentes, resulta evidente el carácter reaccionario que marca a la MSD. Sin embargo, más o menos desde 2011 en el mundo empezaron a nacer plataformas que, más allá de pararse en la raya frente a decisiones gubernamentales, buscaban reunir simpatizantes para causas determinadas. El método era simple: abrir un espacio en internet para que personas del común se sumen a propósitos no muy visibles en los grandes escenarios de la política. Y una vez las propuestas consigan el apoyo digital suficiente —sea por firmas digitales, likes o shares— intermediar con las instituciones estatales para que sus peticiones fueran incluidas en el debate público.

Así aparecieron organizaciones como Change.org. y Avaaz.org, solo por citar algunos sitios populares. La primera abrió sus puertas en Colombia en 2016 y ese mismo año, a través de una petición que tuvo más de 40.000 apoyos, contribuyó para que la Autoridad Nacional de Reservas Ambientales (ANLA) retirara un permiso de exploración petrolera que le había concedido a la firma Hupecol en la Serranía de la Macarena, cerca de Caño Cristales. También, con más de 127.000 apoyos lograron que la ley 172 contra el maltrato animal llegara hasta el Congreso y fuera aprobada.

La fuerza del movimiento hizo que el Gobierno Nacional no pudiera desconocer el impulso de la MSD. Desde 2015, el Ministerio de Tecnologías de la Información y la Comunicación creó el Premio Nacional a la Movilización Digital para reconocer las mejores iniciativas del país. A mediados de 2017, el Ministerio del Interior lanzó su programa Causas Ciudadanas, con el que abrió la posibilidad para que la gente presentara ante el gobierno algún asunto que considerara de importancia y, en caso de lograr reunir más de 20.000 apoyos digitales, obligara al Estado a trazar un plan de atención para dicha petición.

De hecho, haciendo uso de esa posibilidad, la organización colombiana Movilizatorio —lanzada en septiembre de 2016 y reconocida con el premio a la movilización social digital— logró en noviembre de 2017, por medio de El Avispero (su plataforma de peticiones), que el ministerio se comprometiera a hacer seguimiento y a rendir cuentas a la ciudadanía sobre el asesinato de líderes sociales en el país.

Los obstáculos

De acuerdo con datos del Gobierno Nacional, hoy seis de cada diez colombianos tienen acceso a internet. Aunque la cifra es alentadora si se compara con la de una década atrás, el hecho de que 40 por ciento de la población no tenga, al menos, la posibilidad de interactuar en la red es un límite considerable para la MSD en Colombia.

Según Víctor Solano, la falta de conexión puede ser grave para regiones afectadas por la violencia, donde salir a protestar podría suponer una amenaza a la integridad de los manifestantes. Así existe un alto peligro de que la falta de conexión silencie definitivamente sus demandas.

Por otra parte, Nicolás Díaz, líder de la plataforma de veeduría ciudadana y democracia digital Seamos, considera que en un país como Colombia, si bien ha habido triunfos de la movilización digital, hace falta que el concepto sea entendido por la gente como una posibilidad real y no un asunto de hackers o geeks de las redes sociales. “Los promotores del movimiento —cuenta Díaz— deben trabajar en la innovación para llegar a la gente y establecer un diálogo más efectivo para vincularla al movimiento”.

Otro asunto es la financiación de las plataformas y proyectos enfocados en la movilización digital, pues “en su gran mayoría dependen de fondos de cooperación internacional, lo que no solamente hace que la continuidad de las organizaciones dependa de las donaciones, sino que lleva a que la aparición de nuevos proyectos genere una efecto ‘canibalizador’ con los que están en marcha”, dice Díaz. Sí, es posible que al buscar sostenimiento, las organizaciones terminen compitiendo entre sí por recursos, con sus causas a cuestas y haciendo a unas más visibles que otras.

Dejando de lado los problemas, la invitación de MSD es simple: si hay una causa que quiere defender es muy probable que en internet encuentre la manera y el lugar para hacerlo. Si no, ¿por qué no animarse a empezarla?

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