Este artículo fue originalmente publicado en Vice Colombia.

Por: Andrés Páramo Izquierdo

Hay que tener muchas güevas, experiencia política y pericia en el manejo mediático para salir a decir lo que dijo el pasado viernes 4 de agosto el senador Álvaro Uribe Vélez, a modo de disculpa, luego de haber llamado “violador de niños” al periodista Daniel Samper Ospina. Hay que tener buen cuero, curtido de tantos años de dar las mismas peleas, para saber resistir el bajón de popularidad que sufrió hace poco de acuerdo con la última encuesta de Datexco (y que, me parece, logrará superar muy pronto).

Estoy a punto de creer que la estrategia de Álvaro Uribe, ese paso a paso metódico que vengo a describirles, se le da tan natural como estornudar a gusto, sin un plan previo de por medio. Se trata de un libreto escrito por él mismo hace varios años que, a fuerza de repetirlo sin descanso, terminó aprendiendo de memoria.

La arremetida inicial, “violador de niños”, desembocó en un escándalo de iguales proporciones: lo inició Daniel Samper Ospina en un video y lo reforzó después un documento que escribieron a varias manos y firmaron periodistas y directores de medios, en que le decían al expresidente un par de verdades sobre su forma primitiva de discutir en público. Le decían “no más, amigo” y él respondía “sí más”. Entonces, aprovechó la carnada para soltarse como el animal político inatajable que siempre ha sido: ante las críticas de los medios, Uribe se mostró como la víctima que ha sabido representar en el pasado, alegando persecuciones, mal periodismo y ataques personales en contra suya. Pobrecito.

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Después de lo previsible (una demanda por calumnia y un fallo en su contra por haberle dicho violador a quien no lo es), salió con lo que hace mejor, su rutina, el estornudo satisfactorio: optó por una leguleyada para librarse de la autoridad inmediata y luego hacer una reafirmación, ahora con megáfono institucional, para esparcir el mismo mensaje, esta vez a todo el país.

Una cosa de cumplir con su agenda.

Lo mismo nos hizo como presidente, cuando, por ejemplo, le metió un hachazo a la Constitución para hacerse reelegir con votos comprados en el Congreso (si la norma me lo prohíbe, la cambio); y lo mismo nos hizo también cuando se bajó del solio presidencial por orden de la Corte Constitucional, aceptando de manera grandilocuente el fallo, pero luego buscando rápidamente a alguien que gobernara por él: Andrés Felipe Arias, primero, y Juan Manuel Santos, después.

(¿Que el títere le salió con vida y no le cuidó los tres huevitos? Perfecto, se atuvo a la ley y a la democracia, fundó su propio partido político, se volvió senador y, a punta de artimañas, como confesaría luego uno de sus alfiles, convenció a la mitad de la sociedad para que le dijera que no a la principal bandera de gobierno de su sucesor).

Y ha hecho exactamente lo mismo en las ya muchas veces que le ha tocado retractarse por acusar de actos deplorables a la gente que le cae mal. Sale a decir “acato”, “cumplo”, “respeto”, para luego explayarse en grandes justificaciones. Lo hizo con Hollman Morris, después de llamarlo terrorista, y lo hizo también con las madres de los jóvenes asesinados como ‘falsos positivos’ en Soacha, de quienes él siempre sospechó desde que aparecieron muertos en Ocaña, Norte de Santander.

Y vuelve a hacerlo ahora, con Daniel Samper Ospina: se retracta de manera concisa y escueta, para luego exponer amplia y detalladamente cuáles fueron las razones que lo llevaron a decir lo que dijo. E incluso, distinguiendo esta retractación de las dos anteriores, diciendo que esas dos fueron diferentes, que esta vez sí está “en el otro lado de quien no ha ahorrado afrenta para maltratar a muchos colombianos”.

Impresionante.

Ante la proliferación de opiniones, no queda otra posibilidad sino darles la razón a todos los que se han pronunciado sobre el tema.

Tiene razón el periodista Hassan Nassar cuando alega en Twitter, defendiéndolo, que Uribe “no solo rectificó, (sino que) aclaró ampliamente lo que quería decir y dejó viendo un chispero a los que lo maltratan diariamente”. Y tiene razón también la columnista María Antonia García de la Torre, al preguntarse, cuestionándolo, si Uribe “no volvió a afirmar aquello de lo cual debía retractarse”, cuando Uribe dijo en su discurso que asociar el nombre de una bebé con una droga ilícita —como lo hizo en chiste Daniel Samper con Amapola, la hija de Paloma Valencia—, equivalía, a una violación “a la persona titular”.

He aquí el manual:

Uribe logra satisfacer a la justicia de manera formal. Sus víctimas injuriadas aceptan, porque no hay de otra. Los columnistas lo cuestionan, con toda razón, pero al mismo tiempo engordan la lista de quienes “lo persiguen”, como él mismo afirma, porque —se preguntará él— “¿de qué me acusan si ya me retracté ante la justicia que me lo ordenó?”. Y sus seguidores lo ven como un héroe de alas rotas que pronto podrá alzar el vuelo nuevamente: le ven la grandeza de quien reconoció su error; le ven la convicción férrea que lo impulsará a seguir luchando por su causa, que es la de ellos (y que no sé muy bien cuál es, ahora que las Farc ya no existen).

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La última encuesta de Datexco dice que la imagen desfavorable del Álvaro Uribe se ubica en 52 por ciento, cosa que a muchos les da motivos suficientes para celebrar. Pero no es la primera vez: en 2013 le pasó lo mismo y supo, como buen ángel caído, rehacer a punta de llamas el infierno al que nos quiere condenar.

No nos confiemos mucho de las encuestas. Más bien estemos atentos, cerrémosle las filas, y recordemos que Uribe ve en el fuego —como dice un poema suyo publicado hace años en la “pornográfica” revista Soho, entonces dirigida por el propio Samper Ospina— “la luz y no las cenizas”.

* Este es un espacio de opinión. No representa la visión de Vice Media Inc.

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