Alí Majul y Leidy Chaverra . Foto: Cortesía

En plena calle pública del barrio Huellas de Alberto Uribe, al sur de Cartagena, una mujer se sentó en el suelo con lo que parecía un balde de sangre a su lado. Otra, a unos metros de distancia, comenzó a recitar con un micrófono en mano los nombres de los líderes sociales asesinados registrados en el contador de ¡Pacifista! Sucedió en la mañana del sábado 3 de febrero, justo un día después de que hombres desconocidos asesinaran a Sandra Yaneth Luna, presidenta de una Junta de Acción Comunal en Tibú, Norte de Santander.

El triángulo de personas lo completó Alí Majul, un joven con el torso desnudo, quien miraba a un punto fijo en el suelo mientras le tatuaban un punto en su espalda por cada líder social asesinado desde la implementación de los Acuerdos de Paz con las Farc — vea el video aquí  —.  Cuando la mujer con el micrófono recitaba los nombres registrados en el contador, Alí sentía un nuevo pinchazo en su espalda y Karen, la mujer con el balde, se derramaba un líquido rojo sobre su cabeza. La gente se acercó curiosa, poco a poco fueron llenando el espacio público y, quizás sin saberlo, comenzaron a entender que los asesinatos de líderes van más allá de los titulares.

Esta no es la primera vez que Karen Padilla, Alí Majul y Leidy Chaverra irrumpen en las calles de los barrios populares de Cartagena con intervenciones artísticas que transgreden la vida cotidiana. Leidy es maestra en artes y escénicas y directora cultura del colectivo que hizo la intervención: Contextos. Alí es estudiante de comunicación social, director de la Escuela Feminista Antirracista Caribeña Comunitaria y creador de la Ruta de las mujeres de la periferia en Cartagena. Karen, por otro lado, es maestra en artes y coordinadora artística en diferentes entornos educativos.

En intervenciones pasadas han tratado de llamar la atención sobre temas neurales como el racismo, la violencia, la desigualdad y la pobreza. Hablamos con Leidy y Alí sobre sus propuestas artísticas relacionadas con los asesinatos de líderes sociales. Además de generar conciencia, buscan que la gente entienda que a través de sus cuerpos también se pueden asumir posiciones políticas.

Cuéntenme un poco sobre ustedes y sobre los artistas que trabajaron en el video-performance. ¿Quiénes son? ¿Qué buscan?

Alí: Somos la colectiva artística comunitaria “Contextos”, territorialmente ubicada en los barrios populares de Cartagena. La colectiva articula una resistencia popular y barrial por la defensa de los territorios periféricos de la ciudad. Nos pensamos como una resistencia alejada del centro histórico de Cartagena; nuestra movilización social radica en el barrio, en la calle, en la vereda, en el pueblo, con los líderes y lideresas sociales de municipios del departamento de Bolívar, con la lucha de madres comunitarias, acompañado a mujeres del servicio doméstico, llevando cine a las cárceles, compartiendo y aprendiendo de experiencias en las islas y bibliotecas distritales.

Somos los creadores de la Ruta de las mujeres de la periferia, de la Ruta cultural de artes en la periferia y de la Escuela feminista antirracista. En el transcurso de los últimos cinco años hemos generado espacios con talleristas, lideresas comunitarias, artistas, escritoras, bailarines y  académicas locales, nacionales e internacionales. Nuestra incidencia consiste, además, en una apuesta teatral desde la calle y performativa desde lo popular, sin caer en esa extracolonización y capitalización del territorio; marcando así una disidencia artística de esas hegemonías que se han impuesto en el arte.

¿Cuánto tiempo llevan trabajando en el tema de los líderes sociales? ¿Cómo llegaron al tema?

Alí: Llevamos tres años articulando experiencias con líderes sociales, especialmente con algunos sindicatos de sectores populares de la ciudad y con esos líderes y lideresas que vienen de una lucha popular y barrial. Llegamos al tema un día que comenzamos a preguntarnos sobre la necropolítica (es decir, la política que se hace a pesar de las amenazas a la vida) que viven los líderes sociales en sus territorios y, además, cuando conocimos la muerte de un líder social cartagenero de la comunidad de Tres de Junio: José Luis García Berrio. Con él llevábamos cine y actividades culturales a su comunidad. Eso fue un detonante, desde ese momento pensamos que había qué hacer algo.

Leidy: Los líderes comunitarios de Cartagena hoy tienen miedo de que los asesinan. Nosotros por eso trabajamos ahí, en territorios donde se está imponiendo el miedo. Yo no soy activista, no me proclamo activista, pero con estas acciones buscamos generar respeto por la vida humana, que no se imponga la narrativa de la violencia en los barrios populares.

Alí, ¿qué representa el tatuaje que te hiciste en el performance, además de una metáfora sobre los asesinatos de líderes?   

El tatuaje busca trasgredir la realidad desde la memoria histórica. Es poner la espalda, la columna, los pies, la piel, el cuerpo, las manos como los hacen esos líderes y lideresas en sus distintas geografías y es hacer resistencia desde otros miles de lenguajes posibles. Mi resistencia es contra esa maquinaria de la muerte, contra la política del terror, de la desaparición. Mi cuerpo es político, entendido como una acción de protesta y disidencia.

Yo defino mi cuerpo como un territorio que siempre ficciona diferentes subjetividades, que está dispuesto a entender las memorias que hacen parte de él. Mi cuerpo es una bitácora de esas realidades acalladas. Un cuerpo político poético narrado por esos márgenes, amores e impotencia que deja la guerra.

 ¿Qué impacto han tenido estas intervenciones?

Alí: Las personas que nos ven en la calle sacan sus teléfonos celulares, toman fotos  y preguntan dónde pueden ver los resultados de la acción. Han llorado, sonreído y en ocasiones terminamos abucheados por los espectadores. Estas acciones a la larga se convierten en memoria histórica, en una especie de resignificación de los hechos victimizantes.

Leidy: El colectivo siempre ha trabajado en temáticas sociales de la periferia. Cartagena, más allá de la muralla y de las playas tiene gente pujante, como los líderes y las lideresas comunitarias. Digamos que el impacto justamente tiene que ver con articular un trabajo con ellos. Empezar a realizar acciones sin esperar que alguna entidad del Estado, como la Alcaldía, nos ayude con algo. Por ejemplo, con la Alcaldía difícilmente vamos a poder poner sobre las mesas temáticas como el racismo, mientras que con intervenciones con líderes comunitarios sí podemos hacerlo.

Por otro lado, hemos notado que con los performance la gente se ha ido informando sobre lo que está pasando en el país, en ese sentido trabajamos por derrotar la indiferencia.

¿Cómo se perciben los asesinatos de los líderes sociales en Cartagena?

Alí: Bueno, como mencioné anteriormente, el año pasado nos asesinaron a un amigo de la comunidad de 3 junio, José Luis García Berrio. Ya no podemos llevar cine y hacer otras actividades que realizábamos con él en el barrio. En trabajo de campo para este último performance hablamos con varios líderes y lideresas sociales están asustadas, todo está muy caliente. Hay una cultura del miedo institucionalizada y nadie quiere convertirse en el siguiente número.

Leidy: Justamente con el derramamiento de sangre queríamos mostrar cómo se ha generado una indiferencia, una indolencia frente a unos cuerpos que para muchos valen más que otros. La lista está creciendo y la gente no se entera.

Alí, ¿qué impacto han tenido tus tatuajes?

Debo aclarar que muchos han chocado con la acción, en parte porque la acción se sale de ese circuito elitista y hegemónico donde se ha acostumbrado a ver, sentir, leer y mostrar arte. Hay un choque cultural entre lo popular y las lógicas convencionales de ese arte contemporáneo. Hay una crítica que no me la hacen a mí, sino al concepto mismo general del performance. Me dicen en mi cara que estoy loco, qué para qué esos tatuajes, quieren que me levante el suéter para ver cómo quedó  todo,  me preguntan que con qué necesidad lo hice, que no entienden. Otros, sin embargo, reconocen la valentía y lo simbólico, me han felicitado muchas personas por redes sociales y en persona.

El mismo performance en sí es una actividad de trabajo social nos hace sentirnos vulnerables, a pesar de esta ser una práctica artística.

Además del tatuaje, ¿qué otras ideas han tenido sobre los líderes, sobre su visibilización?

Alí: Originalmente, la idea del performance no era tatuarme la espalda por lideres y lideresas asesinadas, sino marcarme con un objeto pulsante que quemara mi cuerpo, causando un daño en mi piel como símbolo de resistencia con este genocidio disimulado e invisibilizado.  Luego pensé en cocerme mi boca, causando un daño mayor y permanecer en silencio durante 77 minutos, el número de líderes asesinados. Esta idea se reformuló por algo más concreto y reivindicador de la escritura en el cuerpo humano, donde el daño no es dolor ni laceración, sino el hecho de los homicidios en sí que son simbolizados desde la actividad artística y quedan en mí para siempre.

Leidy: Además de este performance vamos a seguir trabajando en proyectos como la escuela feminista y en el primer festival de cine de la periferia en Cartagena. Vamos a seguir inculcando la política del amor y del respeto en los barrios y las veredas que durante mucho tiempo han sido invisibilizadas.

¿Tienen alguna afiliación política?

Alí: No. La política vista como el ejercicio de transformación social es lo que hacían todos estos líderes y lideresas sociales, la afiliación política de los líderes y lideresas sociales es justamente la entrega de sus vidas y sus trabajos a causas comunitarias.

¿Qué piensas ahora? Después de tatutarte…  

Pienso en el nombre, en la vida, los sueños y en la vida que nunca más volverán a tener los líderes que quedaron representados en esos puntos. Mi espalda se convierte ahora en una agenda que me recuerda a cada uno de sus existencias, no como un punto sino como personas dignas que fueran intentaron ser borradas y que debemos seguir recordando para siempre

ARTÍCULOS RELACIONADOS