Foto: Carlos Mejía Walker

Róbinson en uno de los concierto de la décima conferencia de las Farc. Foto: Carlos Mejía Walker

Cuando le pregunté a Róbinson Forero por el pincher negro que cargaba en las piernas, me contó que el perrito era hijo de su primera mascota, que se perdió en un bombardeo y fue a dar a manos del Ejército. “Me lo capturaron”, dice, y se muere de la risa.

En el enorme evento político y cultural en que se convertió la X Conferencia de las Farc en el Yarí, este campesino de casi 40 años atrajo todas las miradas cuando su orquesta, Los Rebeldes del Sur, puso a bailar ‘chucu-chucu’ a los más de mil guerrilleros que asistieron a los conciertos nocturnos organizados en medio de las discusiones de la guerrilla sobre los Acuerdos de La Habana.

Róbinson me habló de su infancia, una historia que comparte con buena parte de los hombres y mujeres que estuvieron en la Conferencia: abuelos liberales y comunistas perseguidos por la violencia, padres pobres entregados a largas jornadas de trabajo, horas de caminatas para poder llegar a la escuela, hermanos que ingresaron a la guerrilla y una férrea lealtad a las Farc.

Me senté a hablar con él sobre lo que significa tener una orquesta de música ‘guapachosa’ en medio de la guerra y, de paso, comprender qué hay en la cabeza de un guerrillero cuando parece inminente que su lucha armada llega a su fin.

Róbinson, ¿cómo terminó haciendo música?

Fue cuestión de tareas. Antes de vincularme a la escuela de música, fui jefe del frente 32. Allí aporté bastante para formar esta orquesta y así dar cumplimiento a una orientación del camarada Manuel Marulanda Vélez, quien luchó mucho para que se creara y se hiciera profesional.

¿Por qué era tan importante la escuela para Marulanda?

El camarada siempre fue un visionario y un amante de la música. Entendía que la guerra y la lucha revolucionaria no se hacían sólo con fusiles, bombas y disparos, sino a través de la propaganda y la cultura. Él decía que con nuestra música podíamos llegar adonde no podíamos llegar con nuestras armas.

¿Cuán grande es el repertorio de las Farc?

En el momento no le podría decir. Hemos tenido muchísimos cantautores y compositores. Julián Conrado, por ejemplo, tiene mucha música. Cristian Pérez, Lucas Iguarán, y otros artistas de otros bloques también han hecho un muy buen papel. Es bastante la música. Lo que pasa es que siempre por el tema de la misma guerra mucha gente se siente impedida a escuchar música revolucionaria por temor a ser perseguido.

¿Cómo funciona una orquesta en medio de la guerra? Digo, en cosas tan sencillas como ensayar en medio de un operativo…

Tuvimos distintas épocas. La orquesta Los Rebeldes del Sur inició en 1999, en el Caguán (Caquetá), con el anhelo de crear. Allí alcanzaron a adquirir aparatos e instrumentos, se alcanzaron a hacer eventos, incluso públicos. Luego de la ruptura del proceso de paz con el presidente Pastrana se vino la ejecución del componente militar del Plan Colombia y luego, con el siguiente gobierno, el Plan Patriota.

Eso nos complicó porque para tener una orquesta con las características que deseábamos se necesitaba estabilidad y quietud, para poder dedicarse al aprendizaje y a los instrumentos. También se necesitaba transporte, para poder movilizar todo ese volumen de aparatos, muy pesados. Entonces se hizo muy difícil, tanto que nos tocaba buscar que lloviera, que la naturaleza nos ayudara, para que con ella se opacara un poco el sonido de las voces y entrenar las canciones. Otro procedimiento era hacer subterráneos, para que los muchachos se metieran allá y poder practicar.

Durante esos años de guerra, varios de los camaradas de esta orquesta murieron en bombardeos y en combates, y la orquesta se fue disminuyendo, aunque siempre manteníamos ese anhelo de cuidar a los pocos que quedaban. Fue sólo ahora en el proceso de paz que hemos podido gozar de unas condiciones distintas, traer profesores de música y hacer incluso nuestro propio estudio de grabaciones en los campamentos. Ya es más fácil.

Foto: Carlos Mejía Walker

Los Rebeldes del Sur están grabando un disco en Putumayo. Foto: Carlos Mejía Walker

¿Entonces andan grabando un disco?

Estábamos grabando un disco en Putumayo, pero nos resultó el viaje hacia la X Conferencia y paramos. Parte de las canciones las grabamos ahorita. Todo está enfocado en la paz, que es el momento más importante de la historia de nuestro país. Porque se le han hecho canciones a la guerra, acciones militares que realizamos, camaradas que han caído en combate, pero ahora hay un momento distinto y enfocamos nuestras canciones a la paz.

¿Quiénes eran los compañeros de la banda que murieron durante la guerra?

Uno era el camarada Franco, él murió por los lados de Cartagena del Chairá (Caquetá). Él cantaba y tocaba las congas y el acordeón. Luego murió el camarada Bertulfo, otro compañero del frente 14, quien murió por el área del río Caguán, en una emboscada. Él cantaba un poco y hacía la percusión. Después murió Yosman, un muchacho costeño que le hacía a la percusión, quien murió en un bombardeo. También murió otro muchacho, pero no recuerdo el nombre de él, desafortunadamente. Así que de siete que eran, quedaron tres: Emilio, Camilo y Pablo.

¿Cuál es la canción de su banda con la que más se siente identificado?

Realmente hay muchas, pero hay una que se titula ‘Soy un violento’, una canción muy hermosa que canta el camarada Emilio. Es una canción que describe la forma en la que nos califica nuestra contraparte, esos muchos equivocados que no nos conocen aún, y luego explica lo que somos realmente. La letra habla de que somos personas con muchos sentimientos, con amor de patria y que queremos ayudar a reconstruir ese país que nos ha sido esquivo durante tanto tiempo.

Bueno, ¿qué va a hacer de usted ahora que muy probablemente comienza el proceso de dejación de armas?

Yo me hice revolucionario para toda la vida, no por un ratico. Así que aspiro a seguir siendo el revolucionario que soy y cualificarme mucho más, sin el temor de las bombas y los aviones. Mi anhelo es seguir contribuyendo en lo que pueda a ayudar a mejorar este país. Siempre seguiré subordinado a las determinaciones y orientaciones que nuestro partido delegue para mí.

Y personalmente, ¿qué hará además estar vinculado al movimiento?

Uno de mis grandes anhelos en mi niñez era la astronomía. Yo era un cansón preguntándole a mi papá y a quien supiera sobre el tema. Era mi pasión. Mi anhelo era llegar a ser científico, para ayudar a entender el mundo a quienes tienen estas dudas.

¿Cómo se siente cuando piensa que va a comenzar a vivir unas rutinas tan diferentes, incluso solo, desarmado?

Yo siempre fui un defensor de la solución política a nuestro conflicto social y armado. Desde ahí, siempre pensábamos que eso se miraba imposible o muy distante, pero armamos nuestra conciencia no solamente para empuñar las armas.

Lógicamente es un cambio: la rutina, el modo de vida. Yo aprendí a querer el fusil como mi vida, porque al final el arma era nuestra garantía de vida. Pero eso no representa más que el valor que tenemos que darle a todas las armas que nos pusieron en las condiciones actuales y que nos dieron la capacidad de obligar al Estado a sentarse de igual a igual y debatir el desarrollo agrario del país, la salud, la educación. Todo eso es el logro de las armas. Pero ellas ya han cumplido su ciclo y ahora hay que abrir un nuevo espacio para el debate de las ideas, sin las armas en la mano.

Es duro pensar que el fusil fuera la garantía de vida, sobre todo ahora que lo va a entregar, ¿no tiene miedo?

Hay riesgo de que nos maten al dejar las armas. Pero son riesgos que hay que correr. ¿Cómo podríamos determinar si es real la voluntad de paz del Estado si no lo intentamos? Son los mismos riesgos que corrimos en la guerra. Cuando ingresé a las Farc, muchos me decían: “Robinson, usted está loco, usted se va a buscar la muerte”. Y yo les decía: “Yo de algo me tengo que morir algún día, y prefiero morirme pronto, pero hacer algo por este país. De nada sirve vivir mucho tiempo y no hacer nada”. Yo corrí entonces un riesgo y ahora también. Sé que hay muchos que no están de acuerdo con que se acabe este conflicto y quizás van a sabotear y nos van a matar a muchos. Entonces por la paz nos la jugamos, por la paz hacemos lo necesario. Y si nos toca pagar con nuestra vida el deseo de una patria mejor, estamos dispuestos a hacerlo.

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