Foto: Santiago Mesa

Beltrán es licenciado en Ciencias de la Educación, sociólogo, magíster en Ciencias Sociales e Historia y doctor en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Autónoma de México (UNAM).

El sociólogo e investigador Miguel Ángel Beltrán salió de la cárcel con menos dientes, la voz rasgada por el frío y un estigma difícil de quitar: ese que dice que él es un ideólogo de las Farc que se hace llamar “Jaime Cienfuegos”, quien desde su antigua posición como profesor de la Universidad Nacional reclutaba estudiantes y escribía artículos académicos para posicionar las ideas de la guerrilla en el exterior. La acusación —construida por la Fiscalía con base en documentos extraídos del computador del desaparecido jefe guerrillero “Raúl Reyes”— le valió dos capturas, una condena, cuatro años en la cárcel y la destitución de la Universidad, que lo expulsó por orden de la Procuraduría.

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Recientemente, la Corte Suprema de Justicia absolvió a Beltrán por considerar que las pruebas con las que lo había condenado el Tribunal de Bogotá son ilegales. Hablamos con él sobre su paso por la cárcel, sus estudios sobre el conflicto, el futuro de las Farc y el papel de la academia en la etapa de posacuerdos.

Después de siete años de líos con la justicia, ¿qué sabor le deja la decisión de la Corte Suprema?

El proceso ha sido largo y doloroso, pero satisfactorio porque la Corte mostró lo que nosotros siempre habíamos dicho: que había un montaje judicial, que las pruebas eran inválidas y que se había violado el debido proceso. Se demostró que pensar diferente no es un delito, que es posible tener opiniones distintas sobre temas tan difíciles como el del conflicto y que eso hace parte del nuevo escenario de paz que se va a desarrollar.

Durante el tiempo que estuvo preso, su nombre figuró en la lista de los voceros de los presos políticos de la cárcel La Picota, junto a los de varios guerrilleros de las Farc. ¿Por qué?

Fui preso político de consciencia, pero no prisionero político de guerra. Durante las luchas que se empezaron a dar en la cárcel, especialmente por el tema de salud, el colectivo de presos políticos de las Farc me nombró vocero. Yo asumí esa designación, porque me parecía que se estaba aplicando la pena de muerte de manera lenta y que ante esos hechos yo no podía permanecer en silencio. Logramos posicionar el tema y que atendieran a los presos que estaban en estado crítico.

En prisión, usted terminó de escribir su último libro: Las Farc 1950–2015. Luchas de ira y esperanza. ¿Cómo fue el proceso de construir ese texto?

A mí se me ha perseguido por, supuestamente, ser ideólogo de las Farc. Pero lo que yo he hecho es construir un análisis del conflicto en el que intervengan otras voces. Entonces, me dije: “Estoy aquí, rodeado de presos de las Farc, tengo la posibilidad de discutir con ellos”. Eso me motivó a terminar el libro, que es, en parte, una discusión con los académicos que se han casado con una sola concepción del conflicto: la que supone que los guerrilleros no tienen nada que decir.

¿Qué aprendió de ese diálogo con las Farc?

Pude ver la firmeza que tienen los guerrilleros para mantenerse en filas, porque después de muchos años en la cárcel han mantenido su identidad, su apuesta por un cambio social. Aprendí que las Farc se convirtieron en una escuela en la que se transmiten relatos orales y experiencias, y en la que las células políticas sirven de espacios de discusión de la coyuntura. Creo que esos escenarios, además de los culturales, son muy importantes para las Farc como movimiento político. Sin esos procesos, es muy fácil que en estos 50 años la organización se hubiera degradado.

¿Usted no cree que las Farc se degradaron en estas cinco décadas de guerra?

Hubo prácticas que condujeron a cierta degradación, sobre todo en algunas zonas, por la crudeza del enfrentamiento. De hecho, las Farc han tenido que reconocer excesos, ataques contra la población civil, masacres. Pero una cosa es que esas situaciones se den en un conflicto que lleva más de 50 años y otra cosa es decir que esos son los objetivos de las Farc. La mayor muestra de que la organización tiene otros fines es la agenda política que se discutió en La Habana, que incluyó el tema agrario, la participación política, el narcotráfico, el fin del conflicto. Entonces, las Farc sí tienen una postura, una claridad política.

Usted siempre dijo que la Fiscalía lo persiguió por defender esas tesis. ¿Qué tienen de particular sus investigaciones sobre la guerra?

En 1992, los intelectuales colombianos le dirigieron una carta a la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar en la que establecieron unas claves de cómo se debía analizar el tema: que la guerrilla había perdido su horizonte político, que era responsable de la violencia en el país, que se había ‘bandolerizado’ y que se había convertido en un actor contra la población civil. Creo que la mayoría de los académicos se metieron en esa línea de análisis.

Yo pienso que es necesario escuchar a los guerrilleros para entender por qué ingresaron a la organización y por qué se mantienen en ella, y que esos elementos son importantes para construir la historia de las Farc. También creo que es importante estudiar los documentos que ha producido la guerrilla y entender qué está planteando.

Después, incluí en mis análisis el trabajo de campo y la observación participativa en la cárcel, donde todo el tiempo me relacioné con los colectivos de presos políticos de las Farc. Antes de condenar, es necesario mirar dentro.

Foto: Santiago Mesa

Durante el juicio, la Fiscalía presentó como prueba un ensayo de Beltrán titulado “Colombia: ¿terrorismo o insurgencia armada?”. Foto: Santiago Mesa

Ahora que se va a acabar la guerra con las Farc, ¿qué podemos esperar de la academia en términos de investigación sobre el conflicto?

Es una gran oportunidad para que el pensamiento crítico pueda auscultar más. A pesar de que hay muchas investigaciones sobre el tema, todavía hay vacíos, que pasan por recuperar la memoria histórica de las Farc, por entender los caminos que llevaron a la prolongación y la agudización del conflicto, y por develar cuál es la responsabilidad de los políticos regionales y de los empresarios. También se abren campos relacionados con los temas de la agenda que se negoció en Cuba. Para todo ello se necesita una universidad vinculada con las comunidades, que haga trabajo de campo, que salga de los escritorios.

Pero, hasta ahora, han sido los periodistas, las oenegés y los centros de pensamiento los que han destapado esas relaciones…

Creo que hasta los años 80 hubo una academia con vocación crítica, que hizo algunos aportes importantes para la comprensión del conflicto. Luego, por elementos del contexto internacional, los docentes se interesaron en ganar puntos en el escalafón y en trabajar los temas que se financian, pero no tanto en tener un compromiso ético con la búsqueda de la verdad. La academia ha claudicado ante el mercado del conocimiento.

A propósito de la academia, en mayo pasado 32 profesores de la Universidad Nacional escribieron una carta quejándose por un reconocimiento que le hizo la Facultad de Ciencias Humanas. Dijeron que el homenaje obedecía a agendas políticas externas y que hechos como ese ponían a la institución en riesgo de convertirse en un “órgano de propaganda y adoctrinamiento”. Docentes de la sede Medellín, de la Universidad de Antioquia y de la Universidad Pedagógica lo defendieron y cuestionaron duramente la carta. ¿Qué opina de esa pelea?

Veo dos concepciones de universidad. Una, que representan los firmantes de esa carta, que le apuesta a una academia apolítica y supuestamente neutral. Ellos han utilizado ese discurso para hacer una academia bastante politizada, con muchos vínculos con el Gobierno, ajena a las realidades del país. Y, por otro lado, me parece que hay una vertiente que ha crecido: la de una academia que se preocupa por lo político y que toma postura frente a ciertas situaciones. En esa segunda vía están quienes cuestionaron la carta.

Por esas fechas, el profesor de la Universidad Eafit Gustavo Duncan publicó una columna en El Tiempo en la que aseguraba que ese reconocimiento era un “homenaje a las armas” y que su producción académica es “intrascendente” porque sólo se cita en textos de pensamiento crítico. ¿Qué opina?

Eso es ignorancia. Es una mirada eurocéntrica, pese a que el pensamiento crítico ha tenido exponentes como Marx y a que la Teoría Crítica se construyó en la Escuela de Fráncfort. En el pensamiento latinoamericano hay embriones de pensamiento crítico, desde las luchas de los indígenas y los afros, pasando por José Carlos Mariátegui, Orlando Fals Borda y Camilo Torres. Es un pensamiento que se ha preocupado por cuestionar el discurso oficial y por eso quienes conciben la academia como funcional al sistema no le ven sentido.

Pasemos a la coyuntura. Usted, que ha estudiado las Farc, ¿cómo las ve organizadas en un partido político legal?

Me parece que las Farc nunca han sido ajenas al espacio político y esa es una ventaja grandísima que tienen: sus vínculos con el Partido Comunista y la construcción del Movimiento Bolivariano y de la Unión Patriótica. Pero no podemos desconocer que hay retos que tienen que asumir.

No es lo mismo que un guerrillero le hable a la población con un fusil a que lo haga sin armas. Su discurso tiene que cambiar y enriquecerse. Tampoco es lo mismo obedecer una orden a deliberar, pese a que las Farc han tenido espacios de discusión. De otro lado, hay guerrilleros que han estado la mitad de su vida en la cárcel, y con ellos hay que hacer un trabajo político-ideológico de transformación mental y cultural. También están quienes se destacaron en el campo militar, pero no tanto en el político, por lo que deben elevar su nivel para que puedan seguir aportando al nuevo movimiento.

¿Y cómo ve a los futuros exguerrilleros en el juego del clientelismo, la burocracia y la corrupción?

Uno espera que la apuesta de las Farc sea crear una nueva cultura política, no sólo en el debate de ideas, sino también en las prácticas. Hay experiencias de los movimientos sociales que aportan al debate sobre cómo se podría construir una democracia participativa dentro de la organización. Pero, además, uno espera que a este movimiento se le garantice la posibilidad de denunciar la corrupción; es decir, que eso no le signifique la persecución y la eliminación de sus integrantes.

Con la destitución de la Procuraduría y su salida de la Nacional, ¿se acabó su vida académica?

Se acabó mi vinculo institucional con la Universidad, pero esa es una pelea que estamos dando. Con este triunfo en la Corte, esperamos mi revinculación. De todos modos, yo sigo investigando, aportándole a un proyecto colectivo de una academia pensante y dialogando con el saber popular.

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