Foto: Mauricio Riveros | Vice Colombia

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Por: Julio Londoño

Los zapotecas del centro del continente reconocieron en las muxes un amuleto unificador dentro de las familias y comunidades; los lakota y pies negros del norte, situaron a los “dos espíritus” en roles de chamanes, curanderos, consejeros y oráculos. Más al sur, sobre el Ecuador, la cultura manteño-huancavilca convivía con los enchaquirados, quienes formaban parte del círculo más cercano a los caciques y se les consideraba sacerdotes guardianes de los templos. Para todos, eran catalizadores entre las fuerzas de lo masculino y lo femenino. Pero tras la llegada de los europeos, esta multiplicidad de seres perdió su estatus religioso, político y hasta familiar, fue exiliada a los márgenes del dimorfismo blanco, heterosexual y católico, y fueron bautizados como afeminados, sodomitas, travestidos… ¡mujeres!

Aunque las muxes aún resisten junto a sus comunidades en Oaxaca y losenchaquirados en Engabao; tras más de 500 años de colonización, Latinoamérica se convirtió en la región más católica del mundo, según cálculos del Vaticano. México y Brasil ostentan los primeros puestos con 172,2 y 110,9 millones de fieles respectivamente; y Colombia, el tercero en la región y el séptimo en el mundo con 45,3 millones de fieles. Coincidentemente, en la última década, los tres países se convirtieron en los lugares más transfóbicos del planeta, según el sistema de monitoreo de asesinatos a personas trans de la red Transgender Europe.

Si en este contexto la libertad sexual está coaccionada, ni hablar de la libertad política y hasta la de culto. La bipolaridad sexual (hombre-mujer) es paralela a la ideológica (conservador-liberal) y hasta la de pensamiento (creyente-ateo). Nuestro saludo a la bandera, “Libertad y Orden”, de ningún modo refiere a un orden libertario, ni para las maricas, ni para las mujeres, ni para las personas negras, indígenas o pobres; porque la lucha de clases, el racismo, la misoginia y la homofobia son consecuencia de la misma lógica.

Abrirse paso en ese ambiente como muxeenchaquirado o persona transgénero es una hazaña. Basta ver lo sucedido con Andrea Gómez, la profesora trans que fue amenazada y retirada del colegio La Inmaculada, en Tuluá. Pero cuando alguien pesca un poco de privilegio, aparecen vías alternas.


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Tatiana Piñeros corrió con la suerte del apoyo familiar y su tránsito tardío le permitió acceder a estudios y puestos de incidencia sin las barreras que enfrentan la mayoría de personas trans en el país. Ha tenido un recorrido de cerca de 15 años en la administración pública: trabajó para la Contraloría General de la Nación, dirigió la oficina de gestión corporativa de la Secretaría de Integración Social y se convirtió en la primera persona transgénero en dirigir el Instituto Distrital de Turismo en la alcaldía Petro.

Hablamos con Tatiana, quien se lanza al Senado por la lista del movimiento Decentes, encabezado por Gustavo Petro, para conocer cuáles son sus apuestas, con qué caudal político cuenta, los retos que ha enfrentado en una campaña que no está exenta de transfobia (sea por palabra, obra u omisión de los candidatos) y las principales problemáticas que abordaría si logra posicionarse como la primera congresista trans en la historia de Colombia.

Resumen ejecutivo de Tatiana…

Tatiana Piñeros: Tatiana es una bogotana, contadora pública, especialista en gerencia de recursos humanos. Toda la vida he trabajado en la administración pública. Mis padres son del interior, mi mamá es de Cundinamarca, mi papá es de Boyacá. Se separaron hace muchos años y aclaro que no por eso soy trans (risas), siempre tratan de estigmatizar con eso. Tengo dos hermanos, uno mayor, uno menor… Ambos hombres heterosexuales.

¿Cómo conoció a Gustavo Petro?

Cuando él hacía campaña para la consulta del Polo Democrático, con Carlos Gaviria, para la presidencia en 2010, lo conocí porque en algún momento le cuestioné sus planteamientos frente a las necesidades de las mujeres trans, porque no todo se reduce a un Sisbén, no todas necesitamos un comedor comunitario, una ayuda primaria básica. Mujeres como yo, que somos profesionales, lo que necesitamos es una oportunidad de trabajar en lo que nos hemos formado. Él ahí me invitó a consolidar y fortalecer ese tema programático. Luego llegó a la Alcaldía Mayor y allí también le ayudé. En ese tiempo se pudo dar cuenta de mi trabajo.

En 2012, como veníamos del descalabro del robo a Bogotá, me puse al frente de la parte corporativa de Integración Social, que se encarga de administrar los recursos. Y ahí fue el primer golpe, “¡Quién es Tatiana Piñeros!”, una mujer trans llegando a un cargo directivo a manejar tanta plata. Un presupuesto de 600 mil millones de pesos y con unas metas muy ambiciosas. El trabajo fue muy gratificante, porque se pudo tejer las bases de lo que pudo ser al final el proyecto del Plan de Desarrollo de Petro.

El segundo golpe de opinión que le tocó afrontar fue cuando la nombraron directora del Instituto Distrital de Turismo. Hasta la Azcárate le insinuó que era la amante de Petro. ¿Con qué se enfrentó?

Inicialmente con el cuestionamiento de los medios y de la gente por ser una mujer trans en un cargo directivo. No valoraban la capacidad profesional y la experiencia laboral que yo tuviera, sino el hecho de que una mujer trans manejara la política social de Bogotá. Como si uno administrara con lo que tiene entre las piernas y no con la cabeza y la experiencia.

Llegué a enfrentarme al “mi jefa es una trans”. Uno siempre nota el tema y es entendible. ¿Es que cada cuánto tú te encuentras con mujeres trans? ¡Casi en ningún lado! ¿Cuándo te la encuentras en Carulla, en un Éxito, en el sistema de transporte? Ahora llegar a ser la jefa de setecientas u ochocientas personas y la que manejaba todo el tema de contratación de una secretaría de siete mil personas.


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Siento que ayudo a la gente a que conviva con una persona trans, porque cuando me conocen se dan cuenta que soy como cualquier otra persona, con las mismas aspiraciones, los mismos sueños. Hay una prevención pero también muchas veces es desde el desconocimiento de la diversidad. Es necesario hacer unos procesos de sensibilización al respecto.

¿De dónde cree que le va a llegar más apoyo este 11 de marzo?

Primero, de los sectores LGBT, por lo que puedo representar. Pero he basado mi campaña y mis propuestas en la población general. Una persona LGBT, al igual que una heterosexual, necesita salud, seguridad y educación. Eso sí, cuando le metes el tema diferencial, una persona LGBT necesita una seguridad humana, particular, porque quizá es trans y por eso puede ser agredida en la calle.

Por otro lado, como yo siempre he trabajado temas de turismo, mi relacionamiento ha sido con los empresarios del entretenimiento, el transporte, la vigilancia. Una de mis propuestas, de la que estoy totalmente convencida, es que el sector turístico es un motor de desarrollo económico. En este momento de posconflicto jugaría un papel muy importante para lo que necesitamos: reformar el modelo económico en el país.

Unir esos dos sectores fue una fórmula que le funcionó en Bogotá. Inclusión como motor de desarrollo para el sector turismo.

En mi administración, los hoteleros se quejaban de que la ocupación caía un 20% en fines de semana, aun cuando Bogotá tiene una diversidad de cafés, restaurantes, discotecas en muchas partes de la ciudad. Hay ciudades donde la movida LGBT es solamente en una partecita: Chueca en Madrid, por ejemplo. En Bogotá hay muchas partes: Chapinero, Teusaquillo, Kennedy, Suba, La Candelaria. Gracias a esa riqueza, logró crear producto turístico LGBT. Eso le valió a Colombia un reconocimiento de FITUR (Feria Internacional de Turismo) como el destino revelación LGBT en 2017.

Nosotros les mostramos que había un nicho, solo era prepararse para atenderlo. ¿Y qué es prepararse? Simplemente entender que la diversidad existe y hay que ofrecerle el mismo servicio. El empresario, con visión de negocio, se da cuenta de que a él no le interesa si el dinero viene de un afrodescendiente, de un indígena o de una persona LGBT.

Las dinámicas de los sectores LGBT son muy atractivas desde el punto de vista económico. Mientras las parejas heterosexuales viajan una vez al año a un destino internacional, las parejas homosexuales con buenos puestos y sin hijos lo hacen tres veces. Allí está la oportunidad. Las personas de los sectores LGBT nos caracterizamos porque nos gusta lo bueno, lo bonito y pagamos por ello, más cuando nos sentimos bien recibidos y seguros.

Creo que Colombia, gracias a los reconocimientos en materia normativa, jurisprudencial, se ha posicionado como un país garantista de derechos, ahora lo que necesitamos es abordar eso desde lo cultural.

¿Cómo ha sido su relación con el movimiento LGBT?

Yo no puedo decir que soy la mayor representante y toda esta cosa, no, pero creo que las personas LGBT se han sentido bien representadas frente a mi papel como mujer trans en la administración pública y mi trabajo. De manera indirecta he venido abanderando y liderando estos espacios de exigencia de derechos, de igualdad y de respeto. A nosotros que no nos valoren por cómo nos construimos, sino por lo que podemos aportar a la sociedad. Cuando llegué a la administración a duras penas había dos o tres mujeres trans por contratos, ni siquiera en planta. Cuando salí, había como 70 mujeres trans trabajando en la alcaldía.

Poco a poco nos hemos dado cuenta que sí podemos tener un proyecto de vida y no el que nos toca. No porque seas trans estás condenada a la prostitución o, si tienes un PHD, a la peluquería. Uno no ve mujeres trans sirviendo mesas en un restaurante, limpiando casas, ni siquiera esas labores básicas que tanto un hombre como una mujer pueden hacer. Hasta en eso se nos cierran las puertas.

Ahora imagínese cómo sería el impacto de una mujer trans en el Congreso. De ahí en adelante se desplegaría un mensaje de igualdad: ¿si ya tenemos una senadora trans, por qué no podemos tener una recepcionista trans?

Los sectores trans han reclamado por largo tiempo una ley de identidad de género que aborde problemáticas como el acceso a la salud, la educación y al trabajo. ¿Cómo la ve para proponerla en el Congreso?

Aquí hay una mal llamada ley de identidad, que es el decreto 1227 de 2015. Claro, particularmente hice uso de él, me ha dado una seguridad impresionante de que si alguien me vulnera frente a mi construcción, le puedo sacar mi cédula y decirle: “el Estado me está reconociendo como mujer, usted también tiene que hacerlo”. Pero eso está muy corto para ser una ley de identidad de género.

Necesitamos que dentro de todos los derechos (educación, salud, cultura, seguridad, acceso al espacio público), se reconozca que las personas trans tenemos una afectación particular por nuestra construcción o identidad de género. Aunque mi cédula diga femenino, necesito unos procedimientos médicos particulares: las cirugías, que no son para verte mejor, son vitales para poder construirte; el proceso de hormonización, en fin. En educación, la gran mayoría de la población trans no termina el colegio, porque el ámbito escolar es muy hostil y no solo para las personas trans. Pero si el aparato institucional no está preparado con los Proyectos Educativos Institucionales y los manuales, pues obviamente una persona diferente al resto de la población académica, va a ser blanco de burlas y va a terminar desertando.


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Necesitamos que las personas trans logren llegar a un estado de equidad, unos mínimos básicos. No estamos hablando de algo preferencial, sino de algo diferencial. Se necesita porque hay un grupo poblacional que históricamente ha sido violentado, vulnerado, tratado de aniquilar. La expectativa de vida de la población en general es de 80 años, la de una mujer trans es de treinta y cinco, sea por violencia, conflicto o por los tratamientos a los que se somete para verse como se siente y que no le ofrece el aparato institucional.

Los últimos eventos electorales, incluido el plebiscito de los acuerdos de paz, han estado marcados por el demonio de la ideología de género. Es ya una bandera política renegar sobre cualquier cosa que huela a LGBT o género. Sin embargo, usted ha hablado de crear espacios de diálogo interreligioso, ¿cómo es eso?

Mira, soy una mujer católica, fui formada en el catolicismo. Pero creo en una religión del amor, no una inquisidora, no la del pecado. Una del amor y de la libertad en la construcción. A mí campaña se han sumado organizaciones de cristianos que no son fundamentalistas, sino los que verdaderamente entienden la religión desde el amor. Desde Decentes hemos hablado que necesitamos que estas personas se den cuenta que en ningún momento queremos adoctrinar a nadie. No queremos atacar la familia, de hecho, queremos construir y constituir familia, con los mismos derechos y las mismas garantías.

Lo que sí creo es que los sectores LGBT tenemos que darnos cuenta de que hay un voto anti-LGBT y que su discurso, adicional, se basa solamente en nuestros derechos y construcciones, no más. No le he escuchado a Viviane Morales su visión de país, las reformas económicas o agrarias, a la salud. Nada de eso. Solo la familia, como si nosotros quisiéramos llegar y decir que se acaben las familias.

Tenemos que saber que hemos ganado luchas, pero que están pendiendo de un hilo. No creo que vayan afectarse tanto en el papel, pero sí en lo real: en el discriminar, no contratar a alguien porque sea sexualmente diverso, que ataquen en el colegio a quien es afeminado.

Por último Tatiana, ¿le tiene fe al voto rosa?

No he basado mi campaña en el voto rosa por lo que no me he movido ahí. Le tengo fe a que las personas LGBT se den cuenta de lo que hacen esos discursos en contra de nuestros derechos. Que la gente se movilice, necesitamos representantes en el Congreso y podríamos ser una fuerza política muy importante, así como lo son las iglesias. Tanto que las llamaron al otro día cuando ganó el NO. Creo que hay una oportunidad de que las personas de los sectores LGBT se movilicen y voten, sino específicamente por alguien LGBT, sí por personas que logren garantizar sus derechos. Necesitamos que al Congreso lleguen nuestras discusiones, necesitamos leyes.

Por un lado, se estima que 12 millones de personas en Colombia votan al Congreso. Por el otro, se estima que el 10% de la población es LGBT, es decir, un millón doscientos ciudadanos. Donde esa cantidad de gente votara por congresistas LGBT o aliados, tendríamos diez senadores defendiendo nuestros derechos. ¡DIEZ! No solo una Angélica o una Claudia. Qué mejor que personas LGBT logremos unirnos hacia un voto LGBT. Finalmente, queremos que respeten nuestros derechos y nuestra diferencia.

 

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