Beatriz Méndez, madre de Weimar Castro Méndez y tía de Edward Rincón Méndez , víctimas de las ejecuciones extrajudiciales. Foto: Julián Ríos Monroy.

El 21 de junio de 2004 se perdió el rastro de dos primos de 19 años. Dos días después sus cuerpos, vestidos con camuflados agujerados por proyectiles, fueron encontrados en Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá.

Por: Julián Ríos Monroy

Beatriz Méndez Piñeros no deja de plantearse preguntas y responderlas por sí sola para formular nuevas. “¿Será que se los querían llevar para lejos pero los cuerpos no les aguantaron?”, “¿Será que no iban a verse con una amiga, sino con alguien que después les hizo eso?”, “¿Pero por qué me los torturaron?”. Son preguntas de una madre que salió un día a visitar a su familia y, al regresar, se encontró con que su hijo y su sobrino, dos jóvenes de apenas 19 años, habían resultado muertos y vestidos con uniformes de la guerrilla.

Esta historia, que comenzó el 21 de junio de 2004, parece ser uno de los primeros registros en Bogotá de un hecho que cuatro años después, en 2008, despertó revuelo en el país: miembros del Ejército asesinaban civiles, los vestían con prendas camufladas y botas pantaneras, y los presentaban como guerrilleros muertos en combate para recibir permisos y bonificaciones. La práctica, que se estima dejó entre 4700 y 6200 inocentes asesinados, tomó el nombre de ‘falsos positivos’.

Un paseo sin retorno

Aquel lunes festivo de junio, Weimar Armando Castro Méndez estaba en casa de Edward Benjamín Rincón Méndez, su primo. “Ellos estaban ayudándole a mi hermana a terminar unas artesanías. En la tarde pidieron permiso para dar una vuelta con una amiga, y esa fue la última vez que los vieron con vida”, recuerda Beatriz, que para esos días estaba visitando a su madre en el municipio de Ramiriquí, Boyacá.

Pasó la tarde, la noche, la madrugada. Preocupación. Incertidumbre. Los familiares de Weimar y Edward comenzaron a buscarlos el martes por los barrios vecinos, los Centros de Atención Inmediata (CAI) y los hospitales. Pero el miércoles recibieron una alerta de parte de un familiar: “En la radio están diciendo que en Ciudad Bolívar encontraron dos cuerpos de guerrilleros, dicen que uno se llama Edward Benjamín”.

Medicina Legal era el último lugar que los Rincón y los Castro pensaban visitar: “Uno espera cualquier cosa, menos ir allá, y mucho menos ir a recoger a un hijo”, dice Beatriz. Luego de reconocer los cuerpos, Benjamín, el padre de Edward, recibió una bolsa con las pertenecías que su hijo y su sobrino llevaban ese día.

La preocupación de este padre aumentó cuando empezó a encontrar camisetas, chaquetas y pantalones camuflados al interior de esa bolsa. No era una equivocación. En el fondo del recipiente estaban también algunas prendas que sí pertenecían a Edward y Weimar.

Foto: Julián Ríos Monroy.

Al preguntarle a los funcionarios sobre esos trapos camuflados, Benjamín se encontró con una respuesta que transformó la confusión en indignación: “Con estos casos nunca pasa nada, no se hace investigación, más bien dígannos a qué grupo guerrillero era que pertenecían estos muchachos”.

¿Subversivos en siete horas?

Weimar y Edward acababan de graduarse del colegio. Estaban gestionando un crédito en el Icetex para ingresar a la universidad y, mientras lo conseguían, se dedicaban a trabajar con sus familiares en la floristería de una tía o como auxiliares del bus que conducía Benjamín. Para Beatriz resulta inconcebible contemplar que este par de primos tuvieran relación con algún grupo subversivo: “¿En qué mente cabe que dos jóvenes que salen a las 4:30 de la tarde de su casa y los encuentran a las 11:00 p.m., torturados y uniformados, son guerrilleros?, ¿Acaso se volvieron guerrilleros en esas horas?”.

Las piezas de la historia no concuerdan para esta madre: “Dicen que los mataron en un combate con el Ejército, pero ¿desde cuándo se ven enfrentamientos en la ciudad?, ¿Dónde están, entonces, los muertos del otro bando?, porque con ese montón de balas que impactaron a mis muchachos el combate tuvo que haber sido largo”.

Beatriz Méndez. Foto: Julián Ríos Monroy.

Según el informe de Medicina Legal, en los cuerpos de Weimar y Edward se encontraron signos de tortura y se extrajeron, en suma, 59 proyectiles de bala. 59 proyectiles que acabaron con la vida de dos jóvenes que estaban haciendo trámites para ingresar a la universidad, dos jóvenes que trabajaban con sus familias y que, siete horas después de salir de su casa, resultaron entre unas telas camufladas que no lograban ocultar la sevicia de sus victimarios. En apenas siete horas, Weimar y Edward habían sido transformados en guerrilleros ficticios que fueron asesinados en un campo de batalla inexistente.

Justicia y verdad: una deuda que cumple 14 años

Las familias de Weimar y Edward pusieron aquellos uniformes agujerados en manos de la Fiscalía, con la esperanza de que sirvieran como evidencia para hallar a los responsables de este doble asesinato. Han pasado 5113 días desde aquel 21 de junio de 2004, y no se ha entregado una sola pista sobre los motivos o los autores.

Los cuerpos reposan en el cementerio del Apogeo y, según cuenta Beatriz, “en 14 años no han hecho ninguna exhumación, ningún examen para verificar lo que pasó. Ya no hay tejido blando para identificar, pero tampoco han querido hacer nada con sus restos óseos”.

Al poco tiempo del asesinato, Benjamín, el padre de Edward, intentó buscar las pruebas por sí mismo, pero comenzó a recibir amenazas que obligaron a los Rincón y a los Castro a desplazarse.

Mientras estas familias intentaban comenzar de cero en un municipio a 150 kilómetros de Bogotá, otras reportaban la desaparición de jóvenes cuyos cuerpos se encontraban en zonas de conflicto, sindicados de haber resultado muertos en enfrentamientos. De acuerdo con la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (OHCHR), de los 2282 muertos en combate reportados por las fuerzas militares en el año 2004, el 15 por ciento (correspondiente a 346 casos) están siendo investigados por la Fiscalía, presuntamente por tratarse de ejecuciones extrajudiciales, esas que pasaron al lenguaje común como ‘falsos positivos’.

Foto: Julián Ríos Monroy.

Al rompecabezas de Weimar y Edward le faltan fichas por juntar. Pese a que fueron disfrazados como guerrilleros, sus cuerpos no aparecieron en un área de combate entre guerrillas y Ejército, sino en una zona urbana; y no hay registro de batallones que hayan pedido incluir a estos dos primos dentro de sus bajas.

Son piezas de la historia que esta familia ha intentado buscar, pero que con el paso del tiempo se han vuelto cada vez más esquivas. Sin embargo, saldar la deuda con la justicia y la verdad, esa deuda que pareció enterrarse hace 14 años junto con los cuerpos de Weimar y Edward, llevó a los Rincón y a los Castro a retornar a Bogotá.

Visitar la actual casa de Beatriz es como entrar a una guarnición de recuerdos: no hay pared de la sala que no tenga el rostro o el trazo de los ausentes. Todavía se conservan algunas de las planchas, bocetos y caricaturas que solía dibujar Weimar, el hijo de Beatriz, un apasionado de las artes plásticas que quería ser arquitecto. Edward, paradójicamente, había intentado formar parte de la Policía, pero no pudo culminar el curso.

Weimar y Edwar aparecen juntos en las fotografías del álbum familiar desde pequeños. Jugaron juntos, crecieron juntos, trabajaron juntos, salieron juntos ese 21 de junio y corrieron la misma suerte. Ahora, 14 años después, Beatriz lleva la imagen de su hijo y sobrino a todas partes para exigir esa verdad y esa justicia de las que no tiene certeza.


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Ahora con arte, las madres de Soacha dejan atrás el dolor


Las Madres de Soacha, aquellas que en 2008 prendieron las alarmas sobre los ‘falsos positivos’, le abrieron las puertas a Beatriz y otras mujeres de la capital del país que son víctimas del mismo flagelo. Hoy en día son 14 las integrantes de la fundación Mafapo, conformada por madres y familiares de víctimas de ejecuciones extrajudiciales de Soacha y Bogotá.

La lucha de estas madres, además de verdad y justicia, busca limpiar el nombre y la memoria de sus hijos: “queremos demostrar como colectivo, como madres, como víctimas del Estado, que nuestros hijos no eran guerrilleros y que con ellos se cometieron crímenes de lesa humanidad. No les valió si eran menores de edad, no les valió si tenían alguna discapacidad. No se fijaron en eso. Lo importante era dar resultados, entregar muertos, muertos inocentes”, dice Beatriz.

Muertos inocentes como Weimar y Edward, cuyos rostros –ahora estampados en un pendón que acompaña a Beatriz adonde quiera que va–, son el símbolo que mantiene en pie a esta madre y tía que, luego de 14 años, sigue esperando por conocer la verdad que sepultó a sus muchachos.

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