Yezid Arteta y la portada de su libro 'La mala reputación'. Montaje ¡Pacifista!

Yezid Arteta y la portada de su libro ‘La mala reputación’. Montaje ¡Pacifista!

Yezid Arteta ha visto todas las caras del conflicto.

Fue guerrillero raso, comandante de escuadra y compañía e incluso llegó a dirigir un frente de las Farc. En 1996, durante una operación del Ejército en Remolinos del Caguán, Caquetá, fue capturado y pasó diez años en la cárcel, donde se convirtió en el vocero de la guerrilla en negociaciones con paramilitares y miembros del Inpec. Tras recobrar su libertad, y desde hace ocho años, vive en Barcelona, donde dicta un curso en la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma. También es columnista de la revista Semana y lidera la asociación Colombia en Paz.

Arteta ha escrito libros sobre procesos de paz, sobre la izquierda latinoamericana y sobre las opciones de poder de la guerrilla en Colombia. Este sábado, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá presentará La mala reputación, según sus propias palabras, “un mero ejercicio de observación de los acontecimientos políticos y sociales que en los años recientes han sucedido en regiones de Europa, Estados Unidos y América Latina, pero en clave colombiana”.

¡Pacifista! publica en exclusiva el prólogo de su libro.

 

La mala reputación

El 29 de marzo de 2012 fui testigo de un hecho que me hizo entender gráficamente el significado de la sentencia del príncipe Piotr Kropotkin, uno de los más relevantes ideólogos del Anarquismo: “Una estructura política basada en siglos de historia no puede ser destruida con unos kilos de dinamita”. Una veintena de jóvenes que ocultaban sus rostros con bufandas y con las capuchas de sus anoraks, atacaron, incendiaron y saquearon un local de la cadena Starbucks localizado en una de las esquinas de la Plaza Urquinaona de Barcelona, mientras coreaban: “anti, anti, anticapitalista”.

Un hombre del vecindario se lamentaba diciendo: “que malament, que malament, al mismo tiempo que un piquete antidisturbios (BRIMO) de los Mossos d’Escuadra, más conocidos como “Los Dragones”, reaccionó contra los atacantes. La intervención de la policía desencadenó una refriega en la ronda Sant Pere por espacio de unos veinte minutos. Un enjambre de periodistas de televisión, radio y prensa escrita filmaban, grababan, fotografiaban y tomaban apuntes de los acontecimientos.

Desde una de las esquinas de la Plaza Cataluña se podía prestar atención a la gresca. Era como presenciar una obra de teatro desde una distancia de cincuenta metros. Una obra de teatro sin autor. Una especie de tragicomedia en la que participaban tres grupos de actores. En primer lugar, los jóvenes que se reclamaban anticapitalistas y creían a rajatabla que estaban combatiendo al viejo sistema de explotación descrito por Karl Marx en el siglo XIX y por Thomas Piketty en el siglo XXI, mediante una acción directa y violenta contra una tienda global que vende un producto global a consumidores globales. En segundo lugar, actuaban los actores estatales cuya misión preventiva, disuasiva o represora no ha cambiado desde los tiempos en que los obreros levantaban barricadas en el corazón de París en 1848 o en el distrito de Viborg de Petrogrado en 1917. En tercer lugar, los periodistas armados con sus cámaras, cuya representación era como una especie de teatro dentro del teatro puesto que actuaban como reporteros-espectadores del choque entre policías y anticapitalistas, pero a su vez eran vistos desde la distancia como parte de la escenificación.

En aquella representación teatral los espectadores nos contábamos por decenas de cientos. La Plaza Cataluña, corazón de Barcelona, estaba ocupada por La Acampada del 15-M y por varios miles de manifestantes que aquel 29 de marzo de 2012, salieron a las calles para apoyar la huelga general convocada por los sindicatos en rechazo a las medidas de austeridad y recortes aprobados por el gobierno presidido por el conservador Mariano Rajoy.

La capital de Cataluña es dueña de un extenso pedigrí con relación a las luchas anticapitalistas libradas en su casco antiguo. “Barcelona tiene en su haber histórico más combates de barricadas que ninguna ciudad del mundo”, escribió Federico Engels en un informe a la Internacional que data de 1894. En una de las esquinas de la plaza se divisaba el imponente edificio conocido como el de la telefónica, el mismo que en mayo de 1937 -en la plenitud de la Guerra Civil- fue el último bastión de la encarnizada lucha entre comunistas, anarquistas y trotskistas en su afán de tomar el control hegemónico de la ciudad. Setenta y cinco años después se percibía la resolución en los rostros de los miles de manifestantes que ocupaban la plaza, pero en ninguno de ellos se advertía una disposición a emplear la violencia. El 15-M había cambiado las formas de expresar la indignación radical.

Unos meses antes (2011) había ocurrido en Colombia uno de los sucesos más importantes en la historia de las luchas estudiantiles: La MANE. Un acontecimiento que tuvo una gran repercusión social y mediática en la vida nacional colombiana pero que más allá de las fronteras pasó desapercibido. En el exterior sólo los activistas colombianos platicábamos sobre el curso de la MANE. Recuerdo que por esos días me encontraba en París con motivo de una invitación de la Embajada de El Salvador en Francia, para participar en los actos conmemorativos del 20 Aniversario de los Acuerdos de Paz de Chapultepec que pusieron fin a la guerra civil en el país centroamericano. Por las calles de París, donde habían transcurrido tantas y cruentas revoluciones, sólo se veían millares de turistas llevando mapas entre las manos. Mientras en Colombia sucedía una original lucha estudiantil, en París no pasaba nada que valiera ser comentado y guardado en los anales de las luchas sociales. Fabiola, radicada entonces en París, me contaba emocionada como su hijo era uno de los cientos de miles de estudiantes universitarios que marchaban por las calles y debatían sobre la reforma de la educación superior. Observa, Yezid -a guisa de cicerone Fabiola señalaba con un dedo hacía una estatua ecuestre- es el monumento de Simón Bolívar que las repúblicas de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá donaron a París con ocasión del Centenario de su muerte. Desde una de las barandas del Pont Alexandre III veíamos correr el Sena y una cerrada niebla empezaba a cubrir el 8º Distrito de París. Mientras, al otro lado del Atlántico, millares de estudiantes colombianos discutían en asambleas qué clase de educación querían.

Marinaleda es un pueblo de la región central de Andalucía en la que habitan un poco más de 3 mil habitantes, el único lugar de la tierra en que la economía y la vida social transcurre conforme a las ideas que Marx y Engels expusieron en el Manifiesto Comunista de 1848. Sentía curiosidad por Marinaleda y su fogoso y divertido alcalde Juan Manuel Sánchez Gordillo, maestro y sindicalista, que está al frente del municipio desde 1979.

En los albores del siglo XIX florecieron en territorio de los Estados Unidos cierta clase de comunas inspiradas en las obras del socialismo utópico. Este tipo de comunas que en su mayoría desaparecieron en el siglo XX, fueron descritas por la escritora Susan Sontag en su obra En América. Ese modo de vida comunitario parece tomar forma en el poblado de Marinaleda por obra y gracia de sus tres mil habitantes que en cada cita electoral seleccionan, mediante asambleas populares, a los candidatos al Ayuntamiento. En las elecciones locales que se convocan cada cuatro años, los asambleístas sufragan cerradamente por el partido anticapitalista que lidera Sánchez Gordillo, y con sus votos logran elegir a nueve de los once integrantes con los que cuenta el Ayuntamiento de Marinaleda.

Luego de acabar un taller sobre la izquierda colombiana en Aguilar de la Frontera -un pueblo de la Campiña Sur Cordobesa que fue gobernado por el Partido Comunista Español durante algunos años- me junté con cuatro amigos exiliados colombianos residentes en Europa y nos dirigimos hacia Marinaleda apiñados en un viejo Opel Corsa. A pesar de que era domingo, Juan Sánchez Gordillo nos recibió en la sede de la alcaldía. Nos fuimos con él a recorrer las calles del pueblo bajo un calor sofocante que por momentos nos daba la impresión de estar en la Depresión Momposina o en el Valle del río Cimitarra.

Nos dirigimos hasta un bar llamado “Otro Mundo es Posible” y nos encontramos a un hombre de unos cuarenta años que bebía cerveza en la barra y nos dijo que en Marinaleda no hay policía porque no se necesitaba. Yo vivo con mi esposa y nuestra bebé en una vivienda nueva que me entregó el municipio -hace una pausa para eructar- y pago, como lo hacen las otras familias beneficiadas, una cuota de 15 euros mensuales que incluyen el acceso a wifi gratis y entrego 12 euros adicionales al mes para que en la guardería del pueblo cuiden a nuestro bebé mientras los dos trabajamos en El Humoso. Se refiere a un cortijo de 1200 hectáreas invadido por los jornaleros del campo, que luego fue expropiada por el Estado y entregada a los campesinos que la convirtieron bajo el liderato de Sánchez Gordillo, en un exitoso complejo agroindustrial gestionado por los propios trabajadores.

En mi hambre mando yo, nos dice un hombre llamado Miguel con su marcado acento andaluz antes de llevarse un trago de coñac a la boca. A diferencia de la mayoría de los habitantes de Marinaleda que son obreros o jornaleros en el campo, Miguel es un propietario que explota su tierra y defiende lo que están haciendo los anticapitalistas en la región y nos asegura, con una prosa exuberante, que en los tiempos que corren no se puede permitir que la tierra esté sin producir alimentos. Miguel ha invertido capital para producir oliva y otros productos agrícolas en su propiedad y paga puntualmente sus impuestos. Cada vecino de Marinaleda recibe en calidad de vida 54 veces más dinero del que aporta por vía de impuestos a las arcas municipales. ¿Es posible replicar la experiencia de Marinaleda, por ejemplo, en pequeños municipios de Colombia?

La izquierda colombiana es sui generis puesto que ha cohabitado en el territorio nacional en sus dos grandes expresiones: la izquierda política y social de naturaleza legal y la izquierda armada. Tanto la una como la otra han subsistido a su manera y en algunos casos se han beneficiado y perjudicado recíprocamente. Toda apunta al final de la lucha armada en Colombia por la vía de un acuerdo político entre el gobierno y las organizaciones rebeldes. Las FARC EP y el ELN son las dos últimas guerrillas del continente americano y están ad portas de abandonar en forma definitiva el empleo de las armas para convertirse en proyectos políticos sujetos a la Constitución y la ley. Este relevante hecho continental, no cabe duda, alterará el tablero político de la izquierda colombiana y lo más probable es que en el mapa político del país se observen notables cambios. Este texto es un mero ejercicio de observación de los acontecimientos políticos y sociales que en los años recientes han sucedido en regiones de Europa, Estados Unidos y América Latina, pero en clave colombiana.

No es un texto de memorias, pero he leído algunas en las que el memorialista que en su tiempo ocupó altas responsabilidades en una organización de la izquierda legal o armada, trata de salvar su reputación mediante el vil señalamiento de los demás o haciendo creer que nunca avaló las decisiones que llevaron a la bancarrota al proyecto político del que hizo parte. He sido un hombre de mi época y no pienso lavarme las manos con estas anotaciones. No es mi deseo, de otra parte, escribir un inventario de los yerros de los revolucionarios colombianos, más aún cuando se cuentan por millares las mujeres y los hombres pertenecientes a todo el espectro de la izquierda del país asesinados por sus ideales. Luchadores que no dudo en llamar “héroes” y “mártires”. Son héroes los que perecen luchando por las buenas causas y son mártires los que van derecho hasta la piedra del sacrificio por un mero ideal.

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