Síguenos en Facebook
Ivonne Zabala, coordinadora de Médicos Sin Fronteras (MSF). Foto: Aitor Sáez

Ivonne Zabala, coordinadora de Médicos Sin Fronteras (MSF). Foto: Aitor Sáez

Ivonne Zabala es psicóloga y coordinadora de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Colombia y ha recorrido durante cuatro años los departamentos más afectados por la violencia para evaluar y tratar la salud mental de las víctimas del conflicto armado. La especialista habló con ¡Pacifista! sobre el fenómeno que, solo en 2016, afectó a más de 3.000 personas.

¿Qué afectaciones en la salud mental surgen por un conflicto?

Cuando el caso es muy reciente se presenta estrés agudo, estrés postraumático y ansiedad, esos son los síntomas generales, pero luego varían dependiendo del hecho victimizante: violencia sexual, experiencia fuerte en combate, desplazamiento o secuestro. Los casos se deben trabajar muy de la mano de cada persona y hecho.

¿Cuáles son las zonas más afectadas del país?

En Tumaco y Buenaventura, donde tenemos proyectos regulares, existe un grado de afectación alto porque los niveles de exposición son continuos. Otros puntos son Chocó, Norte de Santander (la parte de Hacarí), y el norte de Antioquia.

¿Cuáles son los grupos sociales más afectados?

Atendimos alrededor de 3.000 pacientes el pasado año en toda Colombia. Un 75 por ciento de los pacientes son mujeres. El rango de edad entre los 14 y 17 años sufre bastante los estragos de la guerra.

¿A qué se debe que el 75 por ciento de las pacientes sean mujeres?

Tenemos varias hipótesis. Una es que en las regiones donde trabajamos, el Pacífico colombiano principalmente, hay mucho machismo y a los hombres de la miedo reconocer el sufrimiento. Toda esta masculinidad hegemónica no ha permitido que ellos puedan expresar sus emociones. Piensan que el sufrimiento es sinónimo de debilidad. Sin embargo, durante este año, estamos trabajando más activamente para cambiar eso.

¿Y cómo se trata la salud mental de un niño?

Si estamos hablando de un menor de 5 años, hacemos una intervención familiar. Trabajamos muy de la mano de los padres para que sepan qué hacer ante situaciones de respuesta conflictiva. Entre los menores entre 6 y 14 años tenemos estrategias mediante el juego y el dibujo. Intentamos reconocer al niño como un sujeto sufriente. En ningún caso podemos cambiar su mundo circundante, su realidad, pero le damos herramientas para que pueda responder de una manera sana ante situaciones violentas. Eso le alivia el sufrimiento y le ayuda a superar su vida cotidiana.

¿Cree que con los Acuerdos de Paz se han reducido los índices de afectación mental?

Ahora nos estamos moviendo más en situaciones de violencia que de conflicto. Vemos que han aumentado los índices asociados a otro tipo de maltrato. En ese orden de ideas, diría que no ha disminuido la afectación.

¿Cuáles son los casos que más recuerda?

Los casos de violencia sexual en infantes siempre son muy difíciles. Hubo un caso que sucedió en La Gabarra, Norte de Santander, donde trajeron a una niña de seis años por un caso distinto a violencia sexual. En la segunda sesión la niña presentaba unos comportamientos que me decían que podía haber sido abusada. Era muy hipersexuada, hablaba de situaciones relacionadas con el sexo. Después de varias conversaciones con ella, nos dimos cuenta que el padrastro la estaba violando y cuando se lo contamos a la madre, abandonó la consulta. Entonces es una niña que queda completamente sola, desprotegida, tal vez con una madre que por miedo acaba siendo permisiva.

¿Han sentido reticencias de posibles pacientes a ser atendidos?

Hay un tabú generalizado de que el psicólogo es para los locos. Precisamente por eso, tenemos que hacer un gran esfuerzo en cuanto a sensibilización entre las comunidades para desmitificar la atención en salud mental. Cuando vienen los pacientes por primera vez lo primero que piden es que nadie se entere. Por eso es importante también garantizarles confidencialidad. Los hombres temen que los tachen de débiles y las mujeres de locas. Aunque antes era peor.

¿Todavía hay muchas personas que creen en los ritos como motivo de su afectación o como solución a su problema mental?

Sí, nos hemos encontrado casos, sobre todo de psicosis, en los que algunos familiares aseguran que su mamá o papá enloqueció porque le hicieron un maleficio. Todo eso lo trabajamos con mucha psicoeducación, con entender en lugar de pelear con esas creencias. No entramos a desmentir o confrontar a la gente, sino como manera complementaria.

En cuanto a los combatientes que han atendido, ¿cambian los tipos de secuelas respecto a las víctimas civiles?

Sobre todo hay mucha culpa. Eso genera conductas compulsivas y repetitivas que les produce mucho malestar y sufrimiento emocional, problemas de sueño y crisis de ansiedad. En épocas de conflicto más recrudecidas, a veces simplemente llegaban porque querían desahogarse. Decían “he hecho cosas de las que me arrepiento, seguramente tenga que volver a hacerlas”.

¿Se puede dar cura al ciento por ciento de las secuelas del conflicto?

Claro se puede, siempre y cuando las personas dejen de estar expuestas a la violencia. Nosotros tratamos de aliviar el sufrimiento y brindar estrategias para afrontarlo, pero decir que hay una cura totalmente efectiva sería demasiado optimista. Los niveles de resiliencia que tenemos los colombianos son altísimos.

Hay periodos de estabilización, pero cuando suceden incidentes conflictivos, se dispara la sintomatología. Todo eso que ha vivido en el pasado le llega como una ola que lo arrasa nuevamente.

¿Cuáles son las consecuencias de una población afectada por el conflicto, por ejemplo por una masacre, que no recibe atención a la salud mental?

Lo primero que se provoca en una masacre es el desmembramiento de todas las estructuras sociales. La confianza por el vecino se rompe al no saber si es miembro de un grupo armado o infiltrado de ejército o la policía. El mundo termina siendo amenazante. Esto conlleva a un trauma colectivo. Si eso no se atiende, se vuelve crónico.

Si atendemos en los primeros 30 días, vamos a prevenir que la comunidad presente estrés postraumático, pero si no, empiezan verse trastornos como depresión y ansiedad.

En ese sentido, ¿considera que debe haber una política pública en el tema de salud mental?

Absolutamente. Nosotros como MSF hemos trabajado mucho para que la salud mental esté en un primer nivel de atención. Lamentablemente, no se atiende porque es un mal invisible que genera muchas consecuencias a nivel social. Las EPS brindan una atención completa a los pacientes y es precisamente por eso que MSF actúa en Colombia.

¿Qué importancia tiene atender la salud mental en el postconflicto?

Tiene mucha importancia porque se deben generar procesos de reparación emocional, y para eso hay que dar espacios oportunos y de calidad. Si uno mismo no está bien internamente, no puede haber perdón ni reconciliación. Si eres un hijo de un padre muerto por la guerra que tiene resentimiento, sed de venganza, y hay organizaciones criminales en tu entorno, eres caldo de cultivo para ser reclutado. Así la violencia nunca terminará.

ARTÍCULOS RELACIONADOS