Johnnatan Espinoza y Valeria Bonilla. Foto: Lucía Romero

Los transexuales son una minoría vulnerable en país. ¿Qué les espera con la subida al poder de Iván Duque y sus aliados ultraconservadores?

“En toda mi niñez, en toda mi juventud y en una parte de mi adultez, nunca supe qué era una persona transexual. Tuve que cumplir 38 años para saber que existían”, me contó Johnnatan, mientras daba vueltas a un anillo en su mano. “¿Johnnatan estás casado?”, le pregunté. “Sí, por la Iglesia, nunca supieron qué nací mujer”.

Durante mucho tiempo, Johnnatan se definió como un ‘suis generis’, pues desde que tuvo consciencia de sí sabía que su sexo de nacimiento no correspondía con la persona que era él. En ese tiempo, en Colombia el término ‘transexual’ no existía, no había leyes que le dieran derechos a esta minoría y ni siquiera eran reconocidos por el Estado. “Hace diez años, ser transexual en el país significaba ser un monstruo”, me explicó cuando le pregunté por su juventud y su transformación, “era un hombre y menstruaba, tenía que hacer un montón de maromas para esconderlo”, comenta.

A pesar de que Johnnatan nunca usó su nombre femenino, cuando mostraba su cédula la gente lo rechazaba o se incomodaba porque veían a una mujer. Hasta que en 2015, el Ministerio de Justicia a través del Decreto 1227, abrió la posibilidad de que cualquier colombiano pudiera cambiar el género de su cédula. A pesar de que el Decreto fue demandado por el procurador de aquel momento, Alejandro Ordoñez, el Consejo de Estado se inclinó a favor de la determinación que tuvo el Gobierno.

Con ayuda de este decreto la vida de Johnnatan “cambió para siempre”. Ahora, después de tres años, teme que el presidente electo, Iván Duque, olvide a la población por la que él tanto ha trabajado, o peor aún, que tenga un retroceso en materia de derechos para los hombres transexuales.

Johnnatan Espinoza, su nombre lo propusieron sus amigas del colegio femenino. Es una combinación de John y Nataniel. Foto: Lucía Romero

A pesar de que Iván Duque ha mostrado un tono conciliador, llega al poder rodeado de sectores religiosos, de ultraderecha y, a juzgar por la iniciativas que han planteado en el debate público, poco abiertos al cambio. Algunos ejemplos podrían ser la senadora Viviane Morales (férrea opositora de la unión de parejas del mismo sexo); el exprocurador Alejandro Ordoñez (católico dogmático contra ‘la dictadura gay’ como dice con desprecio); y la representante a la Cámara Maria Fernanda Cabal (quien ha asegurado que el ‘lobby gay’ pretende pasar por encima del resto). Todos estos nombres salieron a flote en forma de agradecimientos durante el discurso de victoria de Duque el día de las elecciones.

Para Johnnatan, este panorama es “una oportunidad para que la comunidad de transexuales hombres –según él históricamente olvidada, invisibilizada o mimetizada– se una para exigir derechos y también para congregar más integrantes”. Sin embargo, su deseo no le hace perder atención en los datos, que son preocupantes: actualmente en Colombia matan a tres personas trans al mes y su expectativa de vida no pasa de los 35 años. Estas cifras resultan inquietantes para cualquier país, sin importar su inclinación política o religiosa y más en uno como el nuestro, cuya Constitución avala la libertad de cultos, el Estado laico y la libertad de expresión. 


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A pesar de todo, Johnnatan siente que el suyo ha sido un lugar de privilegio: como ganaba dinero pudo hacerse sus cirugías con mucha facilidad. No obstante, su facilidad no lo apartó de ver “los lugares de vulneración. Así que mi privilegio sirvió para intentar equilibrar las brechas sociales que existen hoy en día para la generación trans”. Por eso decidió ser activista social y esforzarse por evitar que su historia –eso de no saber quién era por buena parte de su vida– se repitiera.

Resistir, debatir y discutir

Durante la alcaldía de Gustavo Petro en Bogotá hubo un acercamiento a la comunidad con procesos guiados para los trans: “un servicio amigable y contrataciones en instituciones del Estado, pero con Peñalosa estos beneficios desaparecieron, y es probable que lo mismo pase con Duque”, me explicó Valeria Bonilla, una de las voces más representativas de la comunidad trans en el barrio Santa Fe, de Bogotá.

“¿Van a volver al closet con Duque?”, le pregunté a esta activista social. “No creo, estamos en un punto de nuestra lucha que no tiene vuelta atrás, no vamos a permitir que un presidente destruya los avances que hemos hecho”, respondió.

Valeria se define con orgullo como ‘una mujer con pene’: “lo que tengo entre las piernas solo yo lo sé”.  Alta, de vestido negro, chaqueta de jean y tenis, grita que tiene el activismo ‘bajo la piel’ y agradece “los privilegios que Dios le dio”. Empezó su tránsito hace nueve años, cuando tenía 20 y hoy está más convencida que nunca de que romper estereotipos es un lujo. 

Valeria Bonilla. Foto: Lucía Romero

Trabajar en el barrio Santa Fe la ha acercado a las comunidades más vulnerables, y le ha servido para darse cuenta de duras realidades: “no se puede esconder que hay muchos trans que son habitantes de calle, que ejercen prostitución y son vulnerables a la baja tolerancia. Temo que si el nuevo gobierno no incluye leyes exclusivas de identidad, esto puede terminar en limpieza social”, dice Valeria.

Así que “resistir”, “debatir” y “discutir” son tres palabras frecuentes en las respuestas de Valeria. Ella tiene claro que con el nuevo gobierno todo puede pasar: “si tenemos que marchar, marchamos. Si tenemos que denunciar, denunciamos”.

– “¿Qué le recomiendas a todos aquellos que no hacen parte de la comunidad, pero quieren defender sus derechos?”, le pregunté a Valeria mientras se arreglaba con el reflejo que el vidrio le daba a las 11 de la mañana.

– “La única manera de normalizar a la minorías es entrar en la cotidianidad de las personas. Es así como se es parte de la sociedad”, me respondió ella mientras se acomodaba el vestido.

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