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OPINIÓN | Que la campaña de Duque haya hecho pasar unos cursos de verano en Harvard por especializaciones no es un mero malentendido: es producto de un meticuloso cálculo político.

Por: Felipe Sánchez Villarreal

Nadie lo duda: en el afán por certificar su autoridad administrativa, su estatus académico o una competencia sobresaliente para el cargo, algunos políticos colombianos se inventan títulos universitarios. O peor: los inflan artificiosamente hasta el punto en que se desdibuja la línea entre un curso de cinco días y una especialización, entre unas clases en Europa y un doctorado.

El caso más reciente es el de Iván Duque, candidato a la Presidencia por el Centro Democrático. Antes de que modificara la biografía de su página oficial(convenientemente después de que empezara a desentrañarse el nada inocente artificio de su campaña), en su trayectoria académica se anotaba que, además de sus maestrías en Finanzas y Administración Pública de la American University y de Georgetown University, Duque tenía “varias especializaciones entre (sic) ellas una en negociación de la Universidad de Harvard”.

Esta afirmación se reforzó en la presentación de Duque en el debate presidencial de Semana y Teleantioquia. Dentro de su currículum, como anunciaba la voz en off del canal y la ficha técnica del candidato, se afirmaba: “Ha cursado varias especializaciones en la Universidad de Harvard”.

Ficha de presentación de Iván Duque en el debate presidencial de Semana y Teleantioquia.

La contratapa de su libro Efecto naranja también resaltaba ese dato con especial vigor: en su grandilocuente biografía se hablaba, de nuevo y antes de las maestrías, de su educación en Harvard. Allí, sin embargo, la presentaba como unos “estudios ejecutivos”:

Ayer en la tarde, Alejandro Hoyos, estudiante de doctorado en Finanzas y Economía en la Universidad de Chicago, publicó una serie de tweets en los que mostraba un intercambio de correos con funcionarios de la Escuela de Negocios de Harvard y la Harvard Kennedy School. En los trinos se revelaba que lo de Duque había sido, no unas especializaciones, sino un par de cursos de verano. “No pongo en cuestión la preparación académica de @IvanDuque. En honor a la verdad adjunto correo de Harvard que verifica que el candidato asistió a 2 programas”, escribió Hoyos. “Cada quien puede interpretar si un entrenamiento de 5 días puede ser catalogado como una especialización”.

En los pantallazos de los emails se ve que la supuesta “especialización en negociación” de Duque, como muestran los servicios de admisión de Harvard, es un curso de cinco días al que asistió en 2004. Cuatro años más tarde hizo otro, de cinco días también. Además, el intercambio de Hoyos con los funcionarios de Harvard confirmaría que Duque no completó ningún programa en la Harvard Kennedy School y que los cursos que hizo no dan un título profesional sino apenas una certificación de asistencia.

Aunque no es mentira que Duque sí estuvo allá —y que quizá le sacó todo el provecho a sus dos cursos de verano o a sus días en el programa de Public Financial Managment in a Changing World que, según los pantallazos de los correos, nunca completó—, haber consignado que había cursado “varias especializaciones” o “estudios ejecutivos” es una artimaña engañosa. Una artimaña y no un problema de interpretación, como ahora quieren hacerla pasar varios de sus adeptos. No fue un pequeño desliz: lo de Harvard es la apropiación consciente de una trama discursiva profunda, la retórica del poder del currículo, con el que quieren investir a Duque de lo único que lo salvaría de ser un funcionario inexperto manejado a la merced de Uribe: una preparación excepcional, un criterio independiente estructurado por una institución que, de inmediato, lo erigía como autoridad académica y política.

La insistencia de los medios, de sus votantes y mentores en su sobresaliente preparación universitaria ha sido el instrumento de batalla con el que han respondido a cuestionamientos sobre su falta de experiencia en administración pública, como el de la columna de Guillermo Perry que azuzó hasta al mismo Uribe. Para Duque, su destacado currículum ha sido su trinchera. De allí se han agarrado para contraargumentar sus copartidarios y sus seguidores en Twitter a quienes insisten en que él es apenas un títere, que le falta cancha, que no sería él quien gobernaría realmente, que sin la gruesa estructura política que lo precede, el país le quedaría grande. Frente a ello se esgrimían respuestas como: “Joven, pero el más preparado”, “¿Así o más preparado?”, “Duque: ¡más preparado que un yogurt!”.

En ese marco, no sorprende que la extraña vaguedad del “varias especializaciones” o “estudios ejecutivos” que se leía debajo de títulos tan precisos y ostentosos como “Máster en Finanzas y Administración Pública” o “Máster en Administración Pública y administración de políticas públicas” despertara sospechas. La ambigüedad que subyacía a esas “varias especializaciones” o “estudios ejecutivos” chocaba con la insistencia rigurosa sobre los títulos específicos de su preciada trayectoria. Porque incrustado en lo más profundo de su representación de sí mismo —o de la que su campaña ha querido hacerle—, lo único que lo distancia de ser solo “el que dijo Uribe”, su espacio propio, es su currículum. Un currículum en el que Harvard brillaba con especial intensidad.

El objetivo era evidente: con esa retórica su campaña había deslizado, sin mayores complicaciones, una cantidad indeterminada de títulos de la Ivy League más apetecida de los Estados Unidos en la hoja de vida del candidato. Y eso, en una cultura política como la nuestra, no es un error inocente: es nada menos que un mecanismo de poder, un mecanismo para investir discursivamente a alguien de una soberanía simbólica. En nuestra imaginación política una institución como Harvard significa competencia, preparación, autoridad, excelencia. Por eso la necesidad de apropiársela, de inflar, de ensanchar arbitraria y engañosamente el sentido de “especialización” o “estudios ejecutivos” para que ese nombre cupiera en su pliego de presentación.


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Esa trama discursiva que ha ungido de poder los títulos universitarios extranjeros, la favorita de los políticos que quieren presentarse como estadistas irrebatibles, estrategas únicos o eminencias técnicas, fue la misma que sedujo a Peñalosa a inventar que unos estudios en París habían sido un doctorado. La misma que también le pasó cuenta de cobro a Petro meses después por cuenta de una investigación del periodista Melquisedec Torres en la que sacaba a la luz tres presuntos títulos falsos que el exalcalde había afirmado tener en algunas entrevistas. Hay que investirse de autoridad —más si es una autoridad que nadie rebatiría, como una Ivy League o un centro educativo europeo, que tan colosales se dibujan los imaginarios coloniales e imperiales que sobreviven en el país aún hoy— para poder gobernar, para que los votantes no se atrevan a dudar de sus acciones o de sus palabras.

Por eso, los políticos sacan las garras cuando alguien produce el desengaño. No soportan que se deshilache el juego de indeterminaciones con el que hacen pasar cualquier curso, cualquier conferencia en una universidad de afuera, por un título profesional certificado. Porque ya no es necesario, como Peñalosa, inventar un título para recibir ese aura de poder: basta la estrategia Duque, de inflarlo y abultarlo todo hasta el punto de, de nuevo, desdibujar la línea entre un curso de cinco días y una especialización, entre unas clases en Europa y un doctorado.

Lo bueno es que los globos hinchados solo tienden a reventarse. Sin embargo, aunque revienten, las consecuencias suelen ser nulas. Peñalosa sigue gobernando, Petro crece cada vez más en la carrera por la Casa de Nariño y Duque, según las encuestas, podría ser el próximo Presidente de Colombia. Eso a pesar de que mentir o engañar sobre un título sea una gravísima falta disciplinaria para un funcionario público. En caso de una sanción (escenario remotísimo, casi imposible), la desinflada de Duque sería especialmente dolorosa, porque el único baluarte de autonomía que le queda de la maquinaria que lo ha devorado, de fundirse sin remedio en Uribe, es su hoja de vida. Y ya ni eso.

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