Alborada

Desde 2003, en la noche del 30 de novembre y la madrugada del primero de diciembre, Medellín experimenta un derroche de pólvora que iniciaron los desmovilizados del Bloque Cacique Nutibara de las AUC. Foto Esteban Villegas Duque.

Una mujer del barrio La Paz, en Envigado ­—“el mejor vividero de Colombia” según Planeación Nacional—, la joya de la corona de los narcos antioqueños desde tiempos de Pablo Escobar, recuerda que el 30 de noviembre de 2011 sus vecinos esperaban que el estruendo de la pólvora con que se recibiría diciembre fuera, en esa ocasión, menor al que ya estaban acostumbrados.

El 28 de noviembre, apenas dos días antes, Maximiliano Bonilla, alias “Valenciano”, para entonces uno de los dos jefes mafiosos que se disputaban el control de la Oficina de Envigado, había sido capturado en Venezuela dejando un vacío de poder que llevaría, como había pasado antes, a una recomposición a sangre y fuego del control criminal de Medellín y el Valle de Aburrá.

Creían algunos, recuerda la mujer, que buena parte de los “pillos”, afectados por la captura de su patrón, dejarían la pólvora para después y recibirían la temporada pasando su pena en silencio. Se equivocaron.

Pasada la media noche, cuando ya entraban los primeros minutos de diciembre, un globo de mecha gigante se elevó por encima de los techos de ese barrio de clase media. Luego de tomar altura disparó bengalas, voladores, luces de colores. Iluminó durante tanto tiempo la noche de Envigado y fue tanto el ruido que hizo pensar que, en lugar de lamentarse, los combos celebraban.

Y tal vez era cierto. Para entonces, “Valenciano” estaba perdiendo la guerra.  Los análisis que entonces hacían organizaciones sociales como la Corporación para la Paz y el Desarrollo Social (Corpades) indicaban que bajo su control estaría solo el 30 por ciento de las bandas de la ciudad, mientras que el otro bando, comandado por Jonh Ericson Vargas, alias “Sebastián”, dominaba el resto y con tendencia a seguir creciendo.

Poco tiempo después, en agosto de 2012, también cayó “Sebastián”. La Policía lo encontró en una finca del municipio de Girardota, según se supo luego, en parte gracias a algunas pistas entregadas por “Valenciano” antes de ser extraditado a Estados Unidos.

Pero lo cierto es que más allá de las lealtades, las traiciones y las disputas internas de la mafia de Medellín, la alborada, como se conoce a ese momento en que la ciudad recibe diciembre con un arsenal pólvora durante minutos, tal vez horas, no nació ni murió con “Valenciano” ni “Sebastián”. Hoy es ya una tradición que supera el nombre de los capos.

Don Berna y el Bloque Cacique Nutibara

Alguien “coronó”, se dice en Medellín cuando un día cualquiera, distinto a las celebraciones navideñas, los campeonatos de fútbol o una fiesta patronal, se escucha retumbar la pólvora en alguna parte de la ciudad. Así, con el estruendo de los tacos y los voladores los narcos celebraban, o todavía lo hacen, un embarque de droga que llegó con éxito a su destino.

Parece mito, pero esa idea se ha repetido durante años en el Valle de Aburrá y no parece estar desconectada de la celebración de todos los primeros de diciembre, desde 2003, por cortesía de los hombres del Bloque Cacique Nutibara de las Autodefensas Unidas de Colombia.

Es a los desmovilizados de ese grupo, al mando del extraditado jefe paramilitar alias “Don Berna”, que se atribuye la primera alborada mafiosa en Medellín, hace ya 12 años. El 25 de noviembre de 2003 casi 900 hombres, vistiendo prendas camufladas que lucían nuevas, como rara vez se veían en los barrios de Medellín, entregaron poco menos de 500 armas en el Palacio de Exposiciones, el principal centro de convenciones de la ciudad.

Ese acto, la primera desmovilización masiva de un grupo paramilitar en Colombia, fue duramente cuestionado después, cuando se conoció que muchos de los jóvenes que participaron habían recibido pocos días antes los uniformes y el armamento viejo e inservible que dejaron en manos de las autoridades para ser incluidos en programas sociales.

Sin embargo, con el beneplácito de “Don Berna”, en muchos barrios de Medellín se armó una fiesta que se coronó con pólvora. Ese fue el estallido fundacional de la recomposición armada que vivió la ciudad desde entonces cuando muchos desmovilizados se organizaron en combos y, mientras recibían subsidios estatales, siguieron al frente del negocio de la droga, de la extorsión y del control territorial.

“Lo que fue una práctica política y una forma de participación  de los grupos armados para dar cuenta que estaban ahí y seguían decidiendo el destino de la ciudad, se convirtió en una práctica que hoy la sociedad legitima como propia y que va acompañada de la frase: ‘Medellín es una chimba’ o ‘esto no pasa sino en Medellín’”, dice Luis Fernando Orozco, un sociólogo que ha sido testigo de las dinámicas comunitarias de Medellín desde organizaciones como la Corporación Picacho con Futuro, en la comuna 6 de la ciudad.

Para la versión 2015 del estallido que cada año experimenta la ciudad, la Policía Metropolitana del Valle de Aburrá anunció 89 operativos para tratar de menguar los efectos de la alborada. Hace una año, solo en Medellín se contabilizaron 15 personas quemadas, porque pese a los paraguas simbólicos que han instalado algunos colectivos ciudadanos, a las quejas de los animalistas y las críticas de un sector de la opinión que ha señalado la relación entre los traquetos y la pólvora para recibir diciembre, el asunto parece ya adherido a la piel de la ciudad.

“Lo que hacían uno, dos, tres actores se convirtió en la práctica de todos —dice Orozco— . Hoy se normaliza, no se normatiza porque parte de la ciudad la cuestiona. Pero uno escucha mensajes por ahí de ‘¿cómo nos vamos a pillar la alborada?’ Eso se ha convertido en una forma de legitimarlo y para el Estado local es muy difícil romper con un asunto que se ha instaurado en los barrios, en la ciudad y en toda el área metropolitana”.

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