Fotos: Ivan Valencia

La Guardia Cimarrona completa de la vereda El Mazamorrero, Santander de Quilichao. Fotos: Iván Valencia/@aivanvalencia

Por: Juan Miguel Álvarez 

1.

“Yo estoy en esto, porque me gusta que se hagan cosas buenas para la comunidad”, me dijo Luz Fary Abonía. “Yo igual: estoy en esto porque me gusta ser líder y trabajar para el bien de la gente”, añadió Nilma Díaz. Caía uno de esos soles de fuego desértico que flagela la piel. Estábamos bajo la sombra de una pared de la escuela de la vereda. Había sonrisas y amabilidad. Junto a ellas, otras 15 personas cuchicheaban más explicaciones. Que “hacer parte de esto es cuestión de voluntad”, que “este trabajo es ad honorem y se hace con todas las ganas”, que “es una manera de organizarmos y de trabajar en grupo”. Todos vestían un chaleco azul índigo y una gorra. Los distintivos de la Guardia Cimarrona del Consejo Comunitario del Zanjón del Garrapatero.

Era domingo a media mañana y en una casa contigua cinco abuelas cantaban un gospel criollo que acompasaban con las palmas. Una moto pasaba rauda por la trocha, seguida por un campero con los párpados de las llantas enfangados. Los niños de las casas cercanas jugaban al aire libre correteando perros y gallinas. Estaba en El Mazamorrero, una vereda al sur de Santander de Quilichao, a 14 kilómetros de la vía Panamericana por una ruta de tierra roja y piedra rayada.

“¿Ustedes son conscientes de que es probable que les toque enfrentarse con grupos armados?”, pregunté. Varias voces susurraron entre sí. Nilma contestó: “Nosotros ya tenemos amenazas por el solo hecho de pertenecer a este consejo comunitario. Pero eso no nos va a detener ni vamos a dejar las cosas tiradas”.

Abundante en cultivos de piña, yuca y caña, la vereda está habitada por una comunidad afrodescendiente de unas 100 familias. No tiene un centro poblado o algo parecido a un casco urbano; las viviendas van asomando a lado y lado de la trocha disgregadas unas de otras. Entre casas vecinas puede haber 50, 80 o 100 metros de distancia. Y cada una tiene su propio árbol de mangos. Por los días de este viaje había cosecha y la fruta se caía madura sobre la hierba. Algunos de los apellidos que se han mantenido desde que este paraje fue poblado hace más de 100 años son Balanta y Abonía. Y los nombres de las personas evocan sonidos ancestrales: Yulder, Analía, Older, Elimelet.

Fotos: Iván Valencia

Nilma Díaz

El nombre de este consejo comunitario se debe al cerro del Garrapatero, que tutela un amplio sector de tierra ondulada, previo a las montañas del Macizo Colombiano. Constituido por siete veredas colindantes, entre ellas El Mazamorrero, su escudo ilustra los valores que la comunidad considera esenciales de su territorio: la agricultura, la música, la diversidad racial, la tierra y el cerro.

Durante la violencia política de mitad del siglo XX, este territorio fue refugio para muchas de las familias afrodescendientes que votaban por el Partido Liberal. Más tarde, en los años 80, se mantuvo relativamente alejado del control que ejercían el M-19 y las Farc en todo el norte del Cauca. La gente podía ver columnas de guerrilleros en tránsito, pero nunca les tocó soportar que un frente estableciera un campamento ni temporal ni permanente. Luego, finales de los 90, con la expansión del paramilitarismo, debieron resistir varios años a la ocupación por parte de una escuadra del Bloque Calima de las Auc. “Hubo varios muertos y nos tocó aguantarnos”, me explicó Older Mina.

Desmovilizados los paramilitares, las Farc desplegaron hombres hacia las tierras planas del norte del Cauca y empezaron a dejarse ver como la única fuerza dominante. Aunque no constriñeron la labor del consejo comunitario del Zanjón del Garrapatero, sí lo hicieron en muchos de los 40 consejos en que está dividida la gestión social y política de los pueblos afrodescendientes de esta región del departamento.

Ahora, cuando el desarme de esta guerrilla queda a la vuelta de la esquina, los consejos comunitarios están anticipando acciones para evitar que otro actor violento aparezca con ganas de imponerles el control territorial. Una de esas acciones, quizá la más osada y las más romántica, es la implementación de la Guardia Cimarrona.

2.

Fotos: Iván Valencia/@aivanvalencia

El escudo del consejo comunitario del Zanjón del Garrapatero, en la gorra de la guardia.

Esta guardia fue creada por la comunidad de San Basilio de Palenque, en el departamento de Bolívar, en 2009. Inspirados en el cimarrón mayor, Benkos Biohó, quisieron darle vida a una instancia que les permitiera tomar decisiones y actuar de manera autónoma ante hechos que atentaran contra la convivencia pacífica.

Cuatro años después, en agosto de 2013, las comunidades del norte del Cauca participaron en el Primer Congreso Nacional del Pueblo Negro, Afrocolombiano, Raizal y Palenquero, y se dejaron contagiar por el entusiasmo de la organización de San Basilio de Palenque. Una vez regresaron a sus territorios, los líderes de los consejos comunitarios del norte del Cauca decidieron emprender la constitución de una guardia numerosa y determinada, con capacidad de respuesta a los graves peligros que acechan en este territorio: guerrillas, bandas armadas de corte paramilitar, brazos armados del narcotráfico, brazos armados de organizaciones de explotación ilegal de minas de oro, entre otros.

Desde ese primer día, la guardia fue establecida como una iniciativa general pero desarrollada de manera particular en cada territorio. Es decir: cada consejo cuenta con su propia guardia que es regulada por la junta de gobierno. Esto explica, entre otras razones, por qué en algunos lugares el proceso se encuentra más desarrollado y los colores de sus distintivos no son uniformes. Hay grupos con chalecos negros y letreros en colores de la bandera africana. Hay otros dotados con machetes sin filo y bastones de mando tallados con símbolos africanos. Otros andan a mano limpia.

“Estamos en construcción”, admite Alexis Mina, uno de los líderes más visibles del Zanjón del Garrapatero, sentado en una oficina del centro de Santander de Quilichao. Todos los consejos tienen guardia, pero no en todas las veredas hay miembros; hay veredas que tienen dos o tres, y hay veredas que tienen un grupo más grande. Los consejos que más cualificado llevan el proceso son La Toma —municipio de Suárez—, Cerro Teta —municipio de Buenos Aires—, y Zanjón de Garrapatero. “Tenemos muchos baches todavía, pero estamos trabajando para mejorar el funcionamiento de nuestra guardia cimarrona”, agrega Alexis.

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Los chalecos de la Guardia Cimarrona en la vereda El Mazamorrero.

No todos los habitantes de los consejos comunitarios pueden integrar sus grupos de guardia. Deben ser distinguidos y reconocidos como personas probas, de confianza y comprometidas. Deben transmitir respeto y autoridad. “No podemos darle espacio al muchacho que se roba la gallina”, dice Alexis. “La meta es que la guardia crezca a lo largo y ancho del norte del Cauca. Es un ejercicio desde lo étnico, desde lo civil”.

En concreto, la labor de la guardia cimarrona es ejercer autoridad territorial sin armas de fuego, ayudar a mantener el orden en actividades grupales, mediar en asuntos querellables de la vida comunitaria y, en casos delicados, enfrentar personas que le hagan daño al territorio y a la comunidad. Así como han actuado para aplacar una riña menor entre vecinos, han actuado para desalojar retroexcavadoras que horadaban el lecho de los ríos buscando oro y para cerrar minas ilegales de aluvión.

Sin duda, la guardia indígena del pueblo Nasa ha sido un ejemplo de organización y valentía. Y una de sus fortalezas ha sido la de creer en la mística de la defensa de su pueblo hasta el punto de entregar la vida. No son pocos los integrantes de la guardia Nasa que han sido asesinados mientras cumplían su función de protectores del territorio. Le pregunté a Alexis si en la guardia cimarrona estaban dispuestos a entregar la vida para defender su causa y su gente. “Aquí somos muy espirituales y pacíficos”, me dijo, “pero acá hay gente que está dispuesta a dar la vida”. Me explicó que así como los indígenas se sentían parte de un mismo pueblo, los afrodescendientes se consideraban una sola familia así no compartieran lazos de sangre. “Es común que en algunos países, los afro se llamen entre sí mismos ‘hermanos’. Acá nos decimos ‘familia’ o nos decimos ‘primo’”.

3.

Foto: Iván Valencia

Luz Fary Abonía

Le hice la misma pregunta a los miembros de la guardia que me recibieron en la vereda El Mazamorrero. Hubo un silencio de segundos, que luego Luz Fary Abonía rasgó: “Aquí ya pasó eso y probamos que somos gente muy berraca”.

En 2010, antes de que la guardia estuviera conformada, la comunidad del Mazamorrero tuvo un enfrentamiento violento contra una comunidad indígena Nasa. Resulta que en esa vereda toda la vida había existido una hacienda en la que muchas de estas familias estuvieron empleadas. El dueño les daba trabajo en los cultivos de caña y en labores con los animales de cría como el ganado bovino y porcino. Así no fuera de ellos, la comunidad sentía querencia por esa hacienda.

Pero en aquel 2010, el Estado compró esa propiedad para dársela a los Nasa y cumplir con el mandato constitucional de propiciar la expansión de los resguardos de los pueblos originarios. Al comienzo de esta transacción, la comunidad del Mazamorrero no se dio por enterada. Pero más tarde, cuando los indígenas comenzaron a levantar sus chabolas y a habitar la hacienda, los afro comprendieron que quizás ellos tenían más derecho sobre esa tierra. El derecho ganado por haberla labrado desde muchos años atrás y colindar con su territorio. Varios líderes viajaron a Popayán y luego a Bogotá para decirle al Estado que la comunidad del Mazamorrero era la que merecía esa hacienda. La gestión duró un tiempo. Y como los líderes no tenían dónde pasar la noche, instalaron cambuches de plástico en zonas verdes del centro de la ciudad. Al final, la Contraloría General de la Nación les explicó cómo podían revertir el destino de esa compra y ser ellos los beneficiados.

 

Foto: Iván Valencia

Elimelet Balanta

El trámite empezó a correr, pero antes de concretarse, un domingo, ya en el territorio, se dieron cuenta de que los indígenas habían dispuesto de una vaca que pastaba dentro de los linderos de la hacienda y que era propiedad de un vecino afro. El dueño fue a reclamarles, hubo discusión y pelea. Varios indígenas lo atacaron al tiempo. El vecino regresó herido a su casa. La gente embraveció. Y se fueron en grupo con palos y machetes. El enfrentamiento duró la tarde y la noche del domingo, y parte de la mañana del lunes. Hubo varios heridos y los Nasa dijeron que murió uno de los suyos. No hubo investigación penal. Y la comunidad del Mazamorrero se defendió diciendo que en el enfrentamiento ellos no habían visto que nadie muriera. El caso fue que los afro salieron airosos y ocuparon esa hacienda. Desde entonces, este hecho empezó a ser considerado como símbolo victorioso de la organización comunitaria afrodescendiente del norte del Cauca. Ha sido la única vez que los Nasa aceptaron vender una tierra para darle vuelta a un proceso que en principio los favorecía. En palabras de Luz Fary, aquella “batalla” demostró que ellos pueden pelear por lo suyo, incluso, hasta arriesgar la vida.

Y también fue el momento que los consejos comunitarios tomaron como ejemplo para envalentonarse y organizar marchas de reclamo contra el Estado. “A partir de ahí nos dijimos ‘no más’, ya no nos vamos a quedar callados y quietos mientras nos vulneran nuestros derechos”, me dijo Elimelet Balanta.

La primera marcha por la Panamericana tuvo lugar en abril de 2016. Las peticiones para el Estado fueron las mismas que ya han hecho otras comunidades marginales del país: acceso a la educación, a la salud, al trabajo, respeto a sus derechos humanos y oportunidades de igualdad para el desarrollo. Sacaron tambores, maracas, pancartas coloridas. La Guardia Cimarrona unida de todos los consejos comunitarios dirigió el movimiento de los 4.000 marchantes. Hasta que llegó el cuerpo antimotines de la Policía, Esmad, y los levantó a punta de macana, bombas de dispersión y gases lacrimógenos. “Éramos muy novatos y el Esmad nos aplastó, nos pasó por encima sin ninguna consideración”, me dijo Analía Balanta.

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Analía Balanta

Quince días después, los afro organizaron una segunda marcha. Pero esta vez la guardia cimarrona se hizo asesorar de la guardia Nasa en mecanismos para resistir al Esmad. Y así fue. Armados con caucheras, algunos con cascos de moto en la cabeza, otros con palos, devolvieron los golpes que recibían. Unos más regaron aceite sobre el asfalto que hizo resbalar y caer a los hombres del Esmad. “Esa gente se cae y ya no se puede parar”, me explicó Nilma, muerta de la risa. La protesta duró más de una semana y los líderes afro se hicieron escuchar. Fue otro momento jubiloso para la Guardia Cimarrona y la organización afro del norte del Cauca.

Hasta el momento, los líderes de los consejos comunitarios han gestionado más de seis talleres de capacitación para los integrantes de la guardia, con oenegés y oficinas estatales en temas como primeros auxilios, derechos humanos y organización política. Alexis Mina me dijo que aún les falta más disciplina de milicia, tener más claro el protocolo de procedimiento en asuntos específicos y aumentar el número de integrantes. Apenas llevan tres años y son conscientes de que el conflicto social, político y armado en el norte del Cauca no va a terminar con la entrega de armas de las Farc. Esperan tener la determinación para encarar las situaciones más complejas, las amenazas y las agresiones. “Hasta el momento nadie de la guardia cimarrona ha muerto”, me dijo, “pero sabemos que son cosas que pueden llegar a pasar. Ya sabremos qué hacer en caso tal”.

 

Este artículo hace parte de la Caravana Pacifista. Vea más textos aquí.

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