Joshua Mitrotti, director de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización. Foto: Cortesía ‘El Espectador’

El pasado 16 de agosto, las zonas veredales llegaron oficialmente a su fin según el cronograma de los acuerdos de paz. La semana que acaba de pasar, además, las Farc se transformaron en un partido político. Estos desarrollos marcan el inicio de un periodo en que los excombatientes harán el tránsito a convertirse en ciudadanos en la legalidad, miembros de una sociedad cuyas dinámicas les fueron ajenas durante años.

El proceso de transición se dará, en gran medida, bajo la batuta de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), la entidad que dirige Joshua Mitrotti.

¡Pacifista! se reunió la semana pasada con Mitrotti durante un viaje al departamento de Vaupés. Allí, junto a la ministra de Educación, Yaneth Giha, y a autoridades locales, acompañó la inauguración de una escuela en Ceima Cachivera, una comunidad indígena a pocos kilómetros de Mitú. El evento, iniciativa de Directv, contó con la presencia de cerca de 20 desmovilizados que participaron en el proyecto como parte de las actividades de reconciliación con comunidades impulsadas por la ARN.

¿Qué sigue ahora que se acabaron las zonas veredales y que las Farc ya tienen su partido?

Viene un modelo de reincorporación temprana para excombatientes. Eso no es arrancar a darles cursos de formación a lo loco, sino un proceso que responda a sus vocaciones. Hay que pasar por un ejercicio de construcción de nuevas habilidades y de nuevas competencias. Esa fase va hasta enero y está enfocada en detectar cuáles son las dinámicas, las alternativas, los sueños de cada una de las personas.

¿Eso qué significa? ¿Qué harán los excombatientes hasta enero?

Vamos a estar trabajando planes alrededor de los derechos humanos, la resolución pacífica de conflictos, la democracia, la participación ciudadana, el aprovechamiento del tiempo libre con torneos, la recreación, las iniciativas culturales, etcétera. Así vamos afinando la apuesta a largo plazo. Pero en este momento ya hay proyectos e iniciativas productivas que vamos a fortalecer. Tenemos zonas, llamadas espacios territoriales de capacitación, por ejemplo en Miravalle, donde estamos apalancando transformaciones a partir de una estrategia de seguridad alimentaria sobre el cultivo de peces.

¿Y qué pasa a partir de enero?

Empieza un modelo más grande en que intervenimos para que los proyectos se puedan realizar en materia productiva, social y comunitaria, incluso en los temas de participación política. Por ejemplo, si hay enfermeros, vamos a ver cómo estos se involucran en los modelos de validación de sus saberes, sin sacrificar la calidad. Así podremos ponerlos al servicio de las comunidades más afectadas por el conflicto. El otro tema son los proyectos productivos: cómo se van decantando y cómo preparamos a la gente para entrar a ellos y que puedan ser sostenibles. La idea también es fortalecer toda la capacidad organizativa para vincularlos con transformaciones reales en el territorio.

¿Y habrá un momento en que las zonas en que la guerrilla se ha agrupado ya no existan?

Los excombatientes pueden salir de estos territorios desde el 16 de agosto. Sin embargo, las zonas pueden seguir porque son infraestructura que va a quedar para las comunidades, para los exguerrilleros y para todos los colombianos en estos lugares. Allí queremos que haya un aprovechamiento de la empresa privada, de la institucionalidad local, departamental y nacional, así como un espacio de encuentro.

¿Qué va a pasar con las resistencias que hay en algunos sectores frente a la reintegración de exguerrilleros?

Yo creo que el tema de la reconciliación va a ser fundamental: el reconocimiento de cómo el conflicto afectó a las comunidades y al país. Creo que la clave es empezar a reconocer nuestro pasado para tener un presente distinto. Cuando empecemos a tener ese presente, podremos ir proyectando un futuro diferente que nos cobije e integre a todos. Estoy seguro de que en ese momento los colombianos vamos a decir que la paz funcionó y que la transformación de este país arranca por las conductas individuales y colectivas diarias.

Aquí en Mitú un grupo de desmovilizados estuvo en la inauguración de una escuela indígena. ¿Qué motiva a la ARN a participar en este tipo de proyectos?

Se le apuesta al trabajo colectivo para que no sea solo una responsabilidad del gobierno, sino también de todos los actores: del sector privado, de la comunidad, de las escuelas. Esto es un semillero que demuestra que el esfuerzo apalanca transformaciones y que esas transformaciones alejan consistentemente la violencia. También es un ejercicio de reconciliación para nuestros participantes. Que vengan y trabajen de la mano con las comunidades de las que son miembros, pero donde también pudieron haber ocasionado algún daño. Ahí hay un esfuerzo de garantías de no repetición.

¿Cómo es hoy la relación de la agencia con el sector privado?

Muy fuerte. Inicialmente era muy difícil porque había mucha desconfianza, pero hoy, gracias a los resultados, el sector privado es un aliado incondicional de este proceso. Hoy están dispuestos a colaborar y a involucrarse en procesos de reconciliación, de convivencia pacífica. Ahora no solo generan empleo, también apoyan a los emprendedores para que puedan entrar en las cadenas de valor de las empresas.

¿Qué es lo más difícil de todo el proceso de reintegración?

Que en Colombia estamos acostumbrados a pensar en blanco o negro, bueno o malo. Creo que ese va a ser el ejercicio más importante en el que tenemos que trabajar los colombianos. Esta no es una historia de buenos y malos. Esta es una historia de lo que nos tocó vivir. Tenemos que tener la capacidad para asumir ese compromiso y echar para adelante.

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