El papa Francisco abraza una víctima, en la celebración de Villavicencio. Foto: Presidencia.

Francisco camina despacio, en silencio. Sube las escaleras de la tarima del Parque Las Malocas de Villavicencio serio, acompañado por los representantes de la Iglesia. No sonríe. En cuestión de minutos, cuatro víctimas le contarán su historia. La tierra que soporta sus pasos, como él lo dijo más tarde, “está regada con la sangre de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares”.

En el público, un grupo de víctimas de Bojayá escuchaba atentamente a Francisco. No tuvieron espacio entre los elegidos para hablar con él directamente, para decirle al sumo pontífice lo que pasó en la masacre de 2002. Después de cinco días de peregrinación desde Chocó, la única representación que tuvieron en este encuentro histórico fue el Cristo despedazado, exhibido ante el santo padre en la Catedral de Villavicencio. Tampoco hubo espacio para que las cantadoras tradicionales de la región alabaran al papa con un mensaje de dolor y esperanza, unos cantos que venían preparando desde días pasados.

Mirando el Cristo desde abajo, el papa pronunció las siguientes palabras: “Oh, Cristo negro, que nos recuerdas tu pasión y tu muerte. Sin tus brazos, pues te han arrancado a tus hijos, quienes buscaron refugio en ti. Oh, Cristo negro de Bojayá, que miras con ternura, en tu rostro hay serenidad. Oh, Cristo negro de Bojayá, que nos comprometamos a restaurar tu cuerpo, tus brazos para abrazar al que ha perdido su dignidad, tus manos para bendecir y consolar al que llora en soledad. Que seamos testigos de tu amor y de tu infinita misericordia. Amén”.

Foto: César Romero-CNMH

Este fue el Cristo mutilado que fue llevado a Villavicencio para el homenaje de Francisco a las víctimas. Foto: CNMH

Esa escena con el Cristo negro de Bojayá fue posible gracias al esfuerzo de Leyner Palacios y Luz Marina Cañola, dos víctimas que tuvieron que sortear las dificultades de viajar por el río Atrato hasta Quibdó con el Cristo y luego buscar un vuelo hacia Bogotá. ¡Pacifista! estuvo con ellos en Villavicencio, estuvo al tanto de su travesía y también fue testigo del intento que perdieron –por no poder hablar con él directamente– para expresarle al papa lo que ese Cristo mutilado representa para ellos y para sus vecinos. Por eso ahora reconstruimos su historia, marcada por la guerra y por el dolor de dos dos décadas.

La masacre

Mayo de 1997. En Bojayá se extiende un mensaje: los paramilitares se van a tomar el pueblo. Leyner Palacios, un joven de apenas 20 años, recibe el rumor mientras navega en una panga hacia su casa, en el municipio de Pogue. Si era cierto que las autodefensas llegan, pensó, “mi familia y mis amigos van a morir”. No quiso dejarle la inquietud al destino y se acercó a los líderes sociales. En cuestión de días, Vigía del Fuerte y Bojayá serían terrenos de combate. La comunidad quedó en manos del auxilio y las alertas tempranas que, supuestamente, llegarían desde Bogotá.

Foto: César Andrés Rodríguez

Leyner Palacios, representante de las víctimas de Bojayá. Foto: César Andrés Rodríguez – CNMH

Febrero de 1998. “A la vecina la violaron los paramilitares”, recuerda Luz Marina Cañola. “A los que estuvieron con la Unión Patriótica los iban a desaparecer”, sigue aclarando la memoria. Por esa época, sus cantos resonaban en los pueblos aledaños de Bojayá. Como cantadora alabadora tradicional no quería incluir el tema de la violencia en los versos; no traía paz y generaba terror, como los mensajes de las autodefensas y la guerrilla. Pero los horizontes estaban nublados por una estela de violencia que ya se había extendido en Vigía del Fuerte y Bellavista por órdenes de alias “El Lobo”, de las AUC. No le quedaba otra salida y acudió al canto como denuncia.

“El Lobo” y “El Ovejo”, como lo relataría más tarde el Centro Nacional de Memoria Histórica, coordinaron visitas armadas para desaparecer a todas las personas “relacionadas con la guerrilla”, sin importar edad, género ni barrio. “Los descuartizaban, los mataban con motosierra”, denunciaban entonces las mujeres del Medio Atrato. Las Farc, mientras tanto, se defendían camuflándose por la selva espesa del Chocó, con los frentes 57 y 34.  No solo era la expansión paramilitar lo que comenzó a desplazar a la guerrilla, el Ejército, a través de la IV Brigada, realizó fuertes operativos en el Bajo y Medio Atrato.

En la memoria de Luz Marina, las Farc representan ese grupo armado que antes de la llegada de los paramilitares reclutaba, extorsionaba y controlaba el territorio. “Los dos eran violentos, muy violentos, tanto la guerrilla como los paramilitares. Mi familia estaba ahí en la mitad, con miedo. Pensábamos que de un día para otro podíamos ser vistos como de un bando enemigo para ellos. Nos daba miedo salir muy lejos, ir al río o al campo”. Cada día que pasaba,  el municipio de Bojayá se estaba quedando acorralado.

2 de mayo de 2002. Como estaba previsto, la guerrilla de las Farc y las autodefensas se enfrentarían por el control del Medio Atrato. Habían pasado 22 días desde que alias “El Alemán”, comandante paramilitar del Bloque Elmer Cárdenas, estructuró la toma del Bajo y Medio Atrato con cinco comandantes de la compañía San José de la Balsa. Para hacerse con el control de Vigía del Fuerte y Bojayá, las AUC enviaron 200 integrantes armados. Los combates arreciaron el 20 de abril con el desembarque de 20 paras en el casco urbano de Vigía del Fuerte. Leyner, testigo del combate, recuerda que la primera reacción de muchas familias fue trasladarse a la Iglesia, el refugio sagrado. Las personas que no alcanzaron a entrar se desplazaron a las casa cural y a la casa de las Misioneras Agustinas.

“Yo sabía lo que era el terror. Desde 1997 comenzó la degradación del conflicto armado. Los paramilitares mataron mucha gente, picaron mucha gente. A mis amigos los mataron, a mis vecinos los tiraron en bolsas río abajo. Yo ya sabía, pero no me esperaba que ese día la guerrilla nos iba a arrebatar las vidas de 45 niños. ¡Los niños son inocentes! Cuando se habla de los niños se habla del futuro. Nos habían matado el futuro”.

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Estas fueron las palabras de Leyner cuando describió, desde Villavicencio, la masacre que ocurrió en Bojayá cuando un cilindro bomba lanzado por la guerrilla atravesó el techo de la iglesia y la lleno de destrucción. En la misa previa a la visita del Papa Francisco, monseñor Héctor Fabio Henao guardó silencio después de recordar la cifra de ese trágico día: 119 civiles muertos, entre ellos 45 niños. Leyner estaba ahí, parado en frente del altar de la catedral de Villavicencio. No había dormido en los últimos tres días, pues con el padre Álvaro Hernán Mosquera y un grupo de víctimas, trasladaron el Cristo mutilado que dejó la explosión. Su expectativa era hacerle llegar ese símbolo de la guerra al Papa Francisco y ese momento estaba cerca.

La peregrinación

El lunes pasado, en la orilla del río Atrato, se encontraron los tres: Álvaro Hernán Mosquera, párroco de del templo San Pablo Apóstol en Bojayá, Leyner Palacios, represente del Comité por las víctimas de del municipio y Luz Marina Cañola, alabadora y cantadora tradicional de Pogue, Chocó. Se subieron a la panga con un grupo de víctimas que protegía al Cristo despedazado, que por primera vez viajaría tan lejos. La peregrinación comenzó desde ese punto de la selva espesa de Chocó. Transitaron cuatro horas por el Atrato hasta llegar a Quibdó, donde se quedaron despiertos por una vigilia en torno a la figura religiosa.

El padre Álvaro Mosquera, párroco de Bojayá. Foto: Maria Paula Durán – CNMH

El vuelo más próximo salía el miércoles al mediodía hacia Bogotá. El Papa Francisco llegaría el jueves a la capital y viajaría el viernes temprano a Villavicencio. A las dos de la tarde, un funcionario del aeropuerto El Caraño de Quibdó les anunció la cancelación del vuelo. Solo hasta las 11 de la noche las autoridades aéreas permitieron la salida del avión. A la medianoche salieron en bus desde Bogotá hacia Villavicencio. Quedaba poco tiempo. A las 11:30 a.m. tenían que estar en la catedral más importante del Meta para instalar el Cristo en un altar.

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“Este viacrucis por la paz viene desde hace 15 años. Esperamos que aquí, con la visita del Papa, termine la peregrinación por la paz”, respondía Leyner a los periodistas que lo estaban esperando en la entrada de la Iglesia. Unos metros adelante se podía escuchar, entre el ruido de los vendedores, la voz de Luz Marina. Estaba cantando, entre otros, el siguiente verso: “Santa María, Dios, nosotros queremos la paz. A los violentos le pedimos la no repetición”.

El canto como canal de denuncia, como grito de auxilio. En esto resume la alabanza para Luz Marina después de 15 años de la masacre. Su voz es de resistencia. “Si no canto, las persecuciones serían olvidadas, los desplazamientos, los asesinatos”, dice. En el camino al altar, el canto de las mujeres chocoanas eclipsaba la música tradicional de la Iglesia. El silencio en el recinto era sepulcral. Era un silencio similar al que se escuchó en Cartagena cuando un grupo de mujeres cantó antes de que Santos y Timochenko firmaran el acuerdo de paz de la Habana. Las voces que trascendieron en ese momento, transmitido por los canales de televisión en el mundo, eran las de las cantadoras de Pogue. Ahí estaba Luz Marina.

Al final de la misa, su voz se apagó. Quedaban menos de 24 horas para que ella le contara al Papa Francisco qué fue lo que sucedió en Bojayá. Por lo menos eso esperaba. “Espero que mi testimonio sirva para que el papa mande un mensaje de reconciliación. Es que nosotros no solo somos víctimas de la masacre. Eso fue lo que llamó la atención en el mundo pero a mi familia la desplazaron de hasta Bellavista en 2005. Ser desplazado es muy duro, no sabe lo que significaría para nosotros que se bajaran las armas en este país”.

Y Leyner estaba aturdido por las preguntas constantes de los medios de comunicación, por la efervescencia que generaba el Cristo en el lugar. Que no lo tocaran, que no se cayera, todas su atención estaba centrada en esa figura. Cuando hablaba sobre el objeto religioso, él hacia un símil con la historia de su familia. Está despedazada, pero no ha desaparecido: “Hemos hecho lo que está en nuestras manos para sobrevivir. Imagínese que cuando los paramilitares se estaban tomando el pueblo nos bloquearon todo el comercio, solamente podíamos gastar 20 mil pesos al mes. La violencia no solo son las balas, también es hambre”.

Leyner no quería que la carta que había escrito para el papa Francisco se quedara en el plano de la descripción de la tragedia. Desde que vio nacer a sus dos hijas, recuperó la confianza en el futuro, esa misma que había sido sepultada con la bomba de las Farc. “Aunque está la firma de paz con la guerrilla, la lucha por el futuro de mis hijos continúa. Ahora lo que pasa es que no tienen oportunidades, no tienen buena educación, todo está por hacer”, dice.

Al final de la intervención en Villavicencio, el papa se refirió una vez más al Cristo de Bojayá. “Aunque el Cristo está mutilado y herido, aunque no tiene brazos y ya no tiene cuerpo, su rostro nos mira, nos ama. Cristo vive para sufrir por su pueblo. Este Cristo nos demuestra que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte, que se puede trasformar el dolor en fuente de vida”. Dejando las metáforas de lado, el Papa cerró con un mensaje preciso: “La verdad es una compañera inseparable de la justicia y la misericordia. Las tres, juntas, son esenciales para construir la paz”.

No hubo espacio para interactuar con él, pero el mansaje que esperaban llegó. Lo que viene ahora, dice Leyner, es que no se repita lo que sucedió con la visita de Juan Pablo II en 1986, cuando nada cambió. “Con la bendición del papa solo espero que los colombianos seamos capaces de vernos como hermanos. Es decir, que salgamos a la calle, al campo, al río y nos veamos como hermanos. Que no nos ataquemos más”.

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