Esta semana, el presidente Iván Duque retiró de sus funciones al equipo negociador con el ELN. Foto: Alto Comisionado para la Paz

OPINIÓN | Duque tiene el derecho y el deber de replantear la paz, pero los colombianos seguimos sin saber cuál es su real propuesta.

Por: Víctor de Currea-Lugo

Hay una palabra que define estos años de esfuerzo por construir un proceso de paz que involucre al ELN: incertidumbre. Y el presidente Duque sigue el mismo libreto.

Antes de su posesión, Duque puso sobre la mesa una serie de exigencias que rayaban en el ultimátum y que desconocían los años de esfuerzo por construir la paz: concentración inmediata de tropas y supervisión internacional. Luego se autoimpuso un plazo de 30 días para tomar una decisión sobre el futuro de la Mesa, que no cumplió.

El nuevo Comisionado, Miguel Ceballos, ha vuelto a un discurso de los años noventa: rendición del ELN, ofreciendo un modelo de Desarme, Desmovilización y Reincorporación (DDR), un modelo obsoleto y fallido en nuestra propia experiencia como colombianos. La propuesta de “casa, carro y beca” no seduce a los elenos, y el gobierno debería saberlo porque es una verdad conocida por el país desde hace décadas.

No se trata aquí de desconocer los crímenes de guerra del ELN, como los secuestros o los ataques a la infraestructura, sino de examinar las apuestas en relación a la paz. Sin embargo, en el entendido que de hablamos de un conflicto entre dos partes,  la política de paz del nuevo Gobierno desconoce que aquí hubo un proceso con las Farc, que el Estado sí negoció temas de fondo y que sí se reconoció unas causas del conflicto armado. Ese desconocimiento no es inteligente, es pueril. La tendencia es presentar el conflicto sin contexto, exactamente lo que la noción de “guerra contra el terror” enseñó al mundo a partir del 11 de septiembre de 2001. Esa noción fue la que rigió al gobierno de Uribe y la que hoy algunos académicos repiten.

Duque tiene el derecho y el deber de replantear la paz, pero los colombianos seguimos sin saber cuál es su real propuesta. Parte de su errónea campaña mediática ha sido “secuestrar la paz”, es decir: reducir el conflicto armado al problema del secuestro. Si bien, este es un problema grave, no es el único ni el principal problema asociado al conflicto armado. El ELN debe entender que mientras persista en la práctica del secuestro, afectará la negociación, como ya sucedió en el caso de Odín Sánchez.

No obstante, lo grave es que hasta ahora ha reinado esa estrategia mediática del ultimátum, de negar el pasado inmediato y de desconocer las causas del conflicto; esto tiene eco dentro de un sector de la población urbana y clase media, pero no es creíble en muchos territorios colombianos, por fuera de Bogotá. Y de parte del ELN lo mismo podría pasar: quedar anclado en su foco regional y ajeno al sentir de la opinión pública de los grandes centros urbanos.

Esa lógica ha llevado a que se profundice el incumplimiento a los acuerdos de paz con las Farc. Es verdad que casi todo proceso de paz implica disidencias, pero éstas serán tan grandes y fuertes como torpe sea el gobierno en cumplir lo acordado.

El equipo de paz del nuevo gobierno sigue echando mano del Derecho Internacional Humanitario cuando le conviene, retuerce las categorías, y lo peor es que lo hace a conciencia. Es censurable la detención de una menor por parte del ELN en Chocó, pero más aún el uso de niños por parte de la fuerza pública en tareas de inteligencia, como se deduce de algunos videos de denuncia publicados . Eso también es materia del DIH, y no solo la detención de personas por parte del ELN.

Decía Ceballos “el ELN está entendiendo el mensaje del Gobierno”, pero parece que lo contrario no se da: el Gobierno no quiere entender ni valorar los mensajes de paz del ELN, como fue el caso de las liberaciones unilaterales hechas en Arauca y Chocó, ésta última en medio de una ofensiva militar, por parte del gobierno que no significa ningún mensaje de paz.

Uno de los problemas de fondo, lo repito, es que el Gobierno de Duque quiere negociar con un ELN del tamaño de su propia arrogancia y no con el ELN real. Insistir en los mitos urbanos de la fractura interna, de una guerrilla federal, sin voluntad política de paz y cosas similares, no solo no ayuda sino entorpece.

Decía el poeta Eduardo Carranza que los jóvenes escritores no deberían salir a aprender en público, eso aplica para los negociadores. Hay que hacer el curso con cierta modestia y a puerta cerrada, máxime cuando lo que está en juego no es un verso, sino la suerte de un país.

El ensayo y error, el mirar a ver qué pasa, el prolongar y prolongar, el ultimátum y la amenaza, son técnicas de negociación inútiles. En ese contexto, se anunció el fin del contrato del antiguo equipo negociador, presentado como un simple trámite administrativo, pero no lo es. Es un mensaje más de incertidumbre. Retirar un equipo, como todo en política, no es solo un acto administrativo sino también un mensaje político. Exigir que el ELN deje de ser lo que es para, entonces sí, negociar con ellos, es una forma de decir: rendición o no negociación.

Si el gobierno quiere de verdad negociar con el ELN, debería designar ya mismo un responsable de ese proceso, debería de precisar una estrategia para que la Mesa sea efectiva, debería renunciar al lenguaje esquizoide de decir una cosa en los micrófonos y otra en las reuniones a puerta cerrada, y debería de dejar de pensar que la sociedad que apoya la paz, es una sociedad cooptada por el ELN. Si el gobierno da el paso, el ELN debe estar ya preparado a concretar realidades de paz que permitan pasar a un nuevo nivel, porque para bailar tango se necesitan dos.

PD: ¿Ven que eso de hablar del posconflicto era no solo una imprecisión sino una trampa?

 

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