Por: Jorge Andrés Osorio Guillot 

Se cumplen 18 años de la peor masacre cometida por grupos paramilitares en Colombia. El corregimiento de El Salado aún resiste a las heridas de la guerra y busca reconstruir su tierra, su población y su espíritu próspero  en Los Montes de María.

“Eso fue un 18 de febrero, muy temprano en la mañana yo me encontraba en mi casa con mis hijos preparándoles la comida porque ya ellos se iban para el monte, ya yo me iba a poner a lavar, la ropa ya estaba en la batea, cuando escuché en la parte de atrás unos disparos. Salgo a la puerta, en esta parte que ustedes ven estaba mi hijo sentado esperando su desayuno entonces le hablé y le dije: “papi, párate a escuchar, yo oigo unos tiros por allá en aquella loma.”

El testimonio, como otros que encontrarán a lo largo de este texto, hace parte  de un documental realizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica llamado El salado: el rostro de una masacre (2012). Fue entregado por una habitante del corregimiento Villa del Rosario-El salado, en el municipio del Carmen de Bolívar ubicado en la región de Los Montes de María, zona altamente afectada por la disputa entre guerrilleros y paramilitares por el control de un franja que une los departamentos de Sucre y Bolívar.

Por órdenes de Carlos Castaño y alias Jorge 40, 450 paramilitares ingresaron al Salado por los cuatro puntos donde se tenía acceso al corregimiento. El sonido de los helicópteros antecedió el caos que se venía. Al escucharlo los 4500 habitantes del sector supieron que la masacre sucedida tres años atrás por guerrilleros de las FARC podría repetirse. Lo que muchos no sabían era que en esta ocasión serían acusados de ser colaboradores de esa misma guerrilla  eran considerados colaboradores o integrantes de la guerrilla

La constante presencia de los Frentes 35 y 37 de las FARC en la región de los Montes de María fue motivo suficiente para que el Bloque Norte de las AUC decidiera incursionar en la zona, borrando del mapa, pero no de la memoria, a 66 habitantes de la región. Aunque algunos habitantes  afirman que en la masacre murieron más de 100 personas.

“Cogieron y tumbaron las puertas de la casa donde estaba y llegaron tres tipos, patearon las puertas y nos dijeron: caminen hacia abajo que los vamos a matar a todos. Aquí nadie va a quedar vivo”, cuenta otro sobreviviente. Momentos de pavor como este retumban en mentes de personas que hace 18 años eran niños o adolescentes.

Durante al menos 7 días el pueblo estuvo plagado de hombres armados y el miedo fue el protagonista central de la historia. Cada tortura y asesinato era presentado como un show. Obligaban a los seres queridos a presenciar y observar la matanza de sus padres, hermanos, hijos, sobrinos o amigos. Mientras algunos lograban huir, otros vivían el calvario de ser testigos de la muerte y de sentirla inminente a su alrededor. “A un vecino mío lo colocaron agachado en la mitad de la cancha y un guerrillero se le tiró encima con las rodillas y le partió la columna, luego le pegaron un tiro de fusil”, dice un testimonio de un campesino publicado por el periódico en El Heraldo.

Era necesario generar situaciones de impacto, recuerdos que fueran imborrables por la fuerza de los acontecimientos. Con el miedo ya sembrado e inculcado en los habitantes de El salado, sería más fácil para el grupo paramilitar adueñarse de la zona.  Ni la iglesia, ni la cancha de fútbol se salvaron de la masacre.

“En la cancha nos dijeron los hombres a un lado y las mujeres a un lado y nos tiraron boca abajo ahí, de ahí enseguida apartaron a un muchacho, le dijeron usted se queda aquí con nosotros porque usted se nos escapó de Zambrano, pero de esta no se nos va a escapar le decían ellos. A él fue el primero que mataron en la cancha. Le pusieron una bolsa en la cabeza y le mocharon una oreja primero, y después esto se lo pelaron con espino, lo acostaron y le ponían la bolsa en la cabeza, él gritaba que no lo mataran, que no lo mataran, le pegaban por la barriga, patadas, puños, por la cara, toda la cara se la partieron primero, y nos decían miren para que aprendan, para que vean lo que les va a pasar a ustedes, así que empiecen a hablar, decían ellos. Entonces nosotros le decíamos qué vamos a hablar si nosotros no sabemos nada. Ya después que lo tiraron en la cancha sí lo mataron, le dispararon […] A él le cortaron sólo una oreja, él lloraba y gritaba, fue el primero que mataron ahí […]. Él se demoró en morir, esa agonía de la muerte es horrible, ver cómo se queja una persona.” Este relato se encuentra en el texto lanzado por el Centro Nacional de Memoria Histórica en el 2009, La masacre de El Salado: esa guerra no era nuestra.

Una cancha de microfútbol, que solía ser el centro de diversión, pasó a convertirse en el epicentro del dolor, la atrocidad y la  barbarie entre el 16 y el 22 de febrero del año 2000. Allí ya no se gritaban goles:

“La verdad es que los colocaron en fila, entonces ellos sentenciaban: vamos a contar del uno al 15, al que le tocara el 15 se mataba. Al que le tocara el 25 se mataba. Hacían como un sorteo.” Contó Elida Cabrera para el programa Testigo Directo en la conmemoración de los 10 años de la masacre. No solo vieron a la muerte como un juego, también la vieron como un motivo para celebrar cada tiro de gracia. La música dejó de ser el carnaval y la algarabía para pasar a ser el sonido de alarma y de tortura. En lugar de reafirmar la vida a ritmo de gaitas, tamboras y cumbias, los paramilitares utilizaron dichos instrumentos para avisar al pueblo atemorizado que una nueva persona iba a morir.

“Aquí habían mandado unas tamboras, acordeón, aquí había un grupo de gaita, habían mandado los instrumentos para que los pelados fueran comenzando a practicar, todo eso se apoderaron ellos. En esta cancha, cuanto muerto mataban, tocaban, tocaban tambora, tocaban acordeón y todo, si cargaban grabadoras, porque en las casas había buenas grabadoras y hasta cogían las grabadoras, y todo eso ponían la música […] Cuando eso mataban, ellos tocaban, eso era una fiesta para ellos. Eso para ellos era una fiesta.”

Solo hasta que las AUC abandonaron el lugar el 22 de febrero fue posible levantar los cadáveres. Algunos pudieron ser enterrados dignamente, otros presentaban grandes muestras de descomposición, razón por la cual tuvieron que ser sepultados en una fosa común.

“Después de ver matar a la gente, a enterrarla. ¿Y a dónde las enterrábamos? Huecos que no tenían más de cinco metros y echaban cuatro personas juntas. Había poco más de 60 personas de acá del pueblo. Que con ese afán de huir, de salirse en esos momentos, fueron a tener allá. Y usted sabe lo triste que es que a ti te pregunten qué pasó, dónde ahí está el hermano del que mataron, la mamá del que mataron, el hijo del que mataron, el primo del que mataron; y decirle a las personas: mataron a tu tío, mataron a no sé quien…”

Años después, alias Juancho Dique, un ex paramilitar que se acogió a las negociaciones entre el gobierno de Álvaro Uribe y los paramilitares entre 2003 y 2006, habría de afirmar en el momento en que compadeció ante la justicia que” A algunas de las víctimas de la matanza de El Salado las guindaron con cáñamos en los árboles y las mataron con bayoneta, fusiles que tenían bayonetas, y eran degolladas.”

750 personas quedaron en El Salado como símbolo de resistencia. Muchos más han vuelto luego de pasar por ciudades como Barranquilla y Bogotá. Muchos creen que es posible volver a empezar y que sus casas o terrenos, esos que se convirtieron en un elemento más de la maleza, aún pueden volver a acoger una familia. Quizá haya resultado complejo sanar la memoria, pero 18 años  la población que vivió la masacre de El Salado y hoy vive para contarla espera que todos los compromisos de reparación se hagan reales. 

ARTÍCULOS RELACIONADOS