Foto: Deb Stgo/Flickr

Foto: Deb Stgo/Flickr

Por: Sebastián Molano*

Históricamente, la noción de lo que significa ser hombre en Colombia ha estado ligada a la capacidad de sobrevivir y de salir adelante, así eso signifique trasgredir las normas legales y sociales. Esto ha generado una veneración hacia el vivo, el “avispado”. Nos encantan los que hablan duro y los que no se dejan; son los que no se retractan, a menos que la justicia los obligue. Son los mismos que se imponen con la fuerza de sus puños, con el sonido de sus balas o con frases como: “usted no sabe quién soy yo”. Como hombres representan lo peor de nosotros porque su individualidad impone costos que alimentan el vicioso ciclo de la violencia.

La valoración de “hombría” ha dependido en gran medida de la capacidad de brindar protección y de protegerse. Esta situación alcanza dimensiones escalofriantes en contextos donde la violencia es aceptada. Por ejemplo, en el caso colombiano, cada 13 minutos una mujer es víctima de la violencia física, sexual o psicológica. En el 90 % de los casos, esta violencia es ejercida por un hombre.

Después de décadas de conflicto estamos dando pasos hacia la paz, empezando con el silencio de los fusiles. Esto no implica el fin de la guerra, pero si da una opción real de consolidar una oportunidad de futuro diferente. La pregunta es: ¿cómo construir paz en un contexto en el que muchos no la han vivido directamente?

Pregúntese ¿cuándo fue la primera vez que fue consciente de que vivía en un país en conflicto? No es una reflexión que deba tomarse a la ligera. Cada persona a quien le he hecho esta pregunta duda al principio, luego empieza a recordar hechos puntuales. Esta primera conciencia de conflicto marca de manera profunda la manera como se entiende el mundo, como se experimenta y como se vive. Piense, ¿cuándo fue esa primera vez?

En mi caso fue el atentado dirigido contra Luis Carlos Galán en Soacha, que resultó quitándole la vida. Años después, he tenido la oportunidad de reflexionar sobre la manera como el conflicto me ha marcado. No presté servicio militar, nunca he empuñado un arma, el conflicto no me desplazó, no me quitó a ningún ser querido, no me radicalizó. Lo que si hizo en mi fue volverme desconfiado, prevenido, reactivo, defensivo.

El proceso para construir paz  implica repensar lo que es ser colombiano y crear nuevos valores innegociables en un país donde la inequidad es rampante, donde existen diferencias regionales marcadas y baja movilidad social. Demanda conocer y aceptar la dureza de nuestra historia como requisito para que el dolor y la rabia den paso al perdón. Pero especialmente, pide que analicemos que la manera en como hemos sido criados para ser hombres, está directamente relacionada con el uso, el ejercicio y la aceptación de la violencia.

Criamos niños para que sean fuertes, para que no lloren y no expresen sus emociones de manera abierta, negándoles la capacidad de que aprendan a articular sus sentimientos. La única expresión aceptada es la rabia, entonces se aprende que la agresión es parte del proceso de ser hombres. Nos hemos acostumbrado a aceptar la violencia y a rechazar la debilidad.

Así pues, se ha alimentado una sociedad en la que la masculinidad se nutre del ejercicio de la violencia constante y rutinaria. El hombre tiene que probar a cada instante que es macho sin darse cuenta que esto no es algo que se pierde, sino que se construye. Seguimos pensando que el ser hombre es ser heterosexual, sin entender que la masculinidad va mucho más allá. De igual manera, la violencia no es sólo bala, es también la manera “sutil” en que se busca insultar o agredir la dignidad del otro al compararlo, como si ser mujer o homosexual fuera menos. ¡Valiente hombría!

Como resultado de este sancocho socio-cultural, la violencia se ha consolidado como parte integral en la experiencia de convertirse en hombre. Se expresa en las peleas en las canchas de fútbol o en la esquina del barrio, con los conductores que se cierran en las calles y se insultan porque nadie quiere ser el man que se deja del otro. No somos violentos, pero hemos normalizado la violencia a tal punto que a veces ni la vemos. Se ha vuelto parte del paisaje nacional.

En la coyuntura actual, se tiene la oportunidad para reflexionar sobre la manera de cómo el conflicto ha afectado y ha moldeado el tipo de hombres que somos. Hoy más que en cualquier otro momento de la historia, se debe pensar en cómo reinventarse, cómo empezar a recuperar la empatía para construir una sociedad que le de una oportunidad real a la paz.

En este proceso, es indispensable empezar a moldear una masculinidad diferente, donde la igualdad y el respeto sean la regla y no la excepción, donde el uso de la violencia sea inaceptable, rechazada y castigada social, legal y moralmente. Una masculinidad donde llorar sea normal, expresar miedo sea normal, donde tener preferencias sexuales y expresiones de género diversas sea normal. Donde se respeten las diferencias con ideas y sin balas, y donde el acosar, agredir, violentar, matar o matonear al otro no sea aceptable.

No es una tarea fácil. Requiere una reflexión constante sobre la existencia de roles y normas de género que son anticuadas, dañinas y ocasionan que otras personas no puedan ejercer sus derechos plenamente. Implica identificar cómo la noción de lo que significa ser hombre en la cultura define la relación que tenemos con las mujeres, con la comunidad LGTBI y con otros hombres, de tal manera que pse pueda dejar atrás todo aquello que no sirve. Para construir la paz, el proceso es tan importante como el resultado. Lo mismo pasa en la construcción de la masculinidad.

La oportunidad de vivir en un país donde la violencia no tiene cabida exige que se construya una masculinidad diferente e incluyente para la paz, gestando victorias y cometiendo errores que permitan transformar quiénes somos y construir paz. Un hombre a la vez.

*Sebastián Molano es especialista en temas de género y desarrollo internacional. Es asesor en justicia de género para Oxfam América y lidera la iniciativa Defying Gender Roles (DGR).

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