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“Una vez fui a la tierrita de un vecino que cultivaba fríjol. Hace rato no iba por allá y cuando llegué vi un jardín muy bonito, con flores de colores, rojas, naranjas, moradas. Le pregunté que qué era, que cómo le había hecho. Él me miró raro, como molesto. Luego supe que era amapola. Por acá no se había visto de eso”. La historia es de Carmen, una anciana bajita y arrugada que, llena de dudas, trata de recordar cómo llegó esa mata al sur del Tolima.

En los noventa, la amapola, que carga el apodo de “flor maldita” y es materia prima en la producción de drogas como la heroína, llevó promesas de prosperidad a Huila, Tolima y Cauca, entre otras regiones, donde muchos campesinos, ante el abandono estatal y la falta de condiciones para comercializar sus cultivos, decidieron acabar con lo que tenían y empezar de cero con esa planta que auguraba plata fácil.

En el corregimiento de Gaitania, en Planadas, Tolima, vive Mario, un campesino que, con escasos 35 años, ya sembró café, lo arrancó, se pasó a la amapola, le sacó y le perdió plata, la dejó, resistió el desplazamiento de su gente y empezó de nuevo a sembrar café. Mario no es su verdadero nombre: no quiso que se supiera porque, en una zona donde las Farc duraron décadas decidiendo sobre todas las cosas, la gente todavía tiene reservas al hablar.

Su familia llegó al sur del Tolima en 1949, desplazados por la violencia desde Manizales. Cuenta que llegaron a lomo de mula, cuando todavía no había carreteras, y que tuvieron que volver a huir porque les quemaron la casa en 1953. En los sesenta regresaron de nuevo y rehicieron su vida en la vereda El Diamante, donde nació Mario, a principios de los ochenta. En esa época sacaban madera, sembraban lulo, tomate de árbol, fríjol y café.

“Empecé a trabajar la tierra como a los nueve años. Le ayudaba a sembrar y a sacar bultos de café a mis papás. La amapola llegó cuando yo tenía doce o trece años, y en ese entonces mi papá ya no cultivaba lo suyo, sino que jornaleaba en fincas cafeteras. Yo sí mantenía en la tierrita y, como era el único de diez hermanos que no se había ido, tenía que ayudar a mantener a la familia”, cuenta, con voz pausada y arrastrada.

A Gaitania, dice Mario, la amapola la llevaron desde el Cauca unos señores que conocían como “Los Pérez”. Luego empezaron a llegar otros, con apodos según su lugar de origen: los pastusos, los caqueteños. Eso fue entre el 92 y el 93, justo cuando la libra de café alcanzó su precio más bajo: pasó de valer dos dólares a cincuenta centavos de dólar. La entrada de la amapola al mercado fue rápida y, en menos de nada, un producto que no necesitaba tanto trabajo como el café o el fríjol empezó a reinar en la región.

Antes, los dueños de las fincas bajaban al pueblo a conseguir quién les jornaleara por dos o tres mil pesos, que era lo que pagaban en la época. Pero la llegada de la amapola subió el jornal a ocho mil pesos, impagables para los antiguos empleadores. “Les rapaban los trabajadores para llevárselos a rayar”, cuenta Mario.

La amapola transformó el paisaje del sur del Tolima. Entre el 92 y el 96, fueron sustituidas más de dos mil hectáreas por año,  muchas de ellas de bosques, otras de cultivos agrícolas y otras de rastrojos. La sustitución de los cultivos fue tan grande que la producción local de alimentos se redujo en más de un 40%.

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“La amapola tenía la flor y una semilla. Una semilla diminuta. La regábamos con tarritos de talco. Por ahí a los ocho días empezaba a reventar. Al mes ya estaba como una matica de lechuga. Entonces la raleábamos hasta que se formaba una matica bien bonita. El cultivo florecido es hermoso. Luego la mata botaba la flor y quedaba la pepa. Cuando la pepa se ponía rucia y dura empezábamos a rayarla. Hacíamos rayadores con cuchillas prestobarba. Una mata echaba veinte o treinta pepas. Las rayábamos hasta que botaban una lechita que quedaba pegada y se hacía una nata que recogíamos en copitas y luego las metíamos a la bolsa”, cuenta Mario.

Cada trabajador, dice, podía hacerse cuatrocientos gramos o una libra al día en una buena cosecha. En 1992, el kilo de látex se pagaba a $1.800.000, pasó a $1.500.000 en 1994, hasta que en 1998 empezó a bajar y a bajar: $600.000, $400.000, incluso $200.000. La plata, sin embargo, nunca la vieron del todo los habitantes de Gaitania. Tenían que gastar más a la hora de traer alimentos de otras regiones y lo que invertían en el comercio no hacía crecer la economía local porque eran bienes producidos por fuera.

Mario se ríe y dice que “eso sí se veía mucho dinero, niños con canecadas de billetes, y uno sí hacía platica. Comprábamos cosas, pero usted sabe cómo es en los pueblos donde producen oro, por ejemplo, que trabajan poquito y sacan harta plata: se la gastan en putas y trago. Ahí los que hicieron plata de verdad fueron los que vinieron y rapidito se fueron otra vez para sus tierras. A nosotros no nos quedó mayor cosa”.

En 1996 llegaron las fumigaciones a los cultivos de amapola. Lo que antes eran cultivos de varias hectáreas se fueron fragmentando, para hacer más difícil que los detectaran, y comenzaron a sembrar en las laderas, donde el cultivo quedaba vertical y era muy complicado erradicarlo. La presencia de avionetas se hizo cada vez más frecuente y coincidió con la caída del precio del látex.

El auge y la violencia  

“La verdad es que el auge de eso fue como de unos cuatro años. Del 93 al 97, le pongo yo, antes de que empezaran a tirar glifosato. Eso trajo mucha gente de afuera y ahí fue cuando empezó a haber muertos, robos”.  Mario da cuenta de dos fenómenos claves para explicar la historia amapolera en el sur del Tolima: la llegada de migrantes y la violencia.

Gran parte de los que llegaron venían de otros municipios del mismo departamento, desplazados o buscando mejor suerte. Otros, claro, eran comerciantes que veían en la amapola una oportunidad de negocio más que una esperanza de subsistencia. La población de Planadas creció casi un 30% entre 1993 y 1999. La de Gaitania, que en 1993 era de apenas dos mil habitantes, aumentó un 40%.

“Aquí todos nos conocíamos. Habíamos crecido juntos y este pueblo era muy chiquito. Sigue siendo chiquito, pero la llegada de gente de afuera empezó a generar roces y aparecieron paramilitares y delincuentes. Y aquí ya había mucha guerrilla”. El crecimiento de la economía, producto de la amapola, llenó el pueblo de problemas. Mario dice que las Farc cobraban gramaje, pero que eso para ellos ya era lo normal. Lo que no era normal eran los robos, las peleas, las estafas.

Mucha gente, hoy en día, sigue diciendo que la guerrilla los mantenía tranquilos. Cobraban extorsiones pero mantenían a raya a la delincuencia común. La ley de las Farc era estricta y sangrienta. Cuenta don Jorge, un viejo ojiclaro que ha vivido toda la vida en Gaitania: “En esa época el duro de las Farc era Jerónimo. Un buen muchacho, negociador pero no bobo. Él decía por las buenas, pero al que no pagaba, al que peleaba, al que robaba, lo tiraban muerto al río. Acá todos sabíamos eso”.

Llegaba el 2000 y la amapola era cada vez peor negocio. Ya había pasado el auge y los que amortiguaban la caída del precio eran los campesinos de la región. Los comerciantes especulaban y pagaban a su antojo. El negocio se venía abajo y los que de verdad hicieron plata, según cuenta Mario, se fueron apenas pudieron. “Eso aquí se empezó a acabar en el 2000, duró como ocho años. Ya otra gente siguió sembrando un poquito como hasta el 2006”, dice.

La crisis final de la amapola coincidió con una ola de desplazamiento en todo el sur del Tolima. Aunque fue mucho más intenso hacia Ataco y Rioblanco, en Planadas también alcanzó a sentirse. “Ya no se veía casi gente los sábados y los domingos en el pueblo, y las parcelitas quedaron solas”, dice Mario, que se quedó. Él, cuando se dio cuenta de que la caída de la flor era irreversible, decidió empezar a sustituirla.

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La mejor cosecha del país

Gaitania produce uno de los mejores cafés de Colombia. En los últimos años, ha ganado dos veces la Taza de la Excelencia, que premia la mejor cosecha del país. Aunque la región siempre había sido cafetera, Mario anticipó ese nuevo auge y decidió empezar a reemplazar sus cultivos. Dice que mucha gente hizo lo mismo, buscaron alternativas y volvieron al fríjol, al lulo, al aguacate.

Había un problema: el café es, por decirlo de alguna manera, un cultivo de larga duración. El tiempo para producir un café de calidad y de manera sostenida puede ser hasta de tres años. Un campesino, que recién arrancó la amapola u otro cultivo ilícito, no puede esperar todo ese tiempo para recoger su primera cosecha. Mario, entonces, tuvo que empezar a sembrar maíz y fríjol a la par del café, y paulatinamente retirar la amapola.

“Eso a la final no fue tan duro —dice Mario—, uno siembra cualquier otra comida y va levantando el café. Ahora, con todo lo que hay, ya en año y medio tiene la primera cosecha”. Además, resalta el apoyo del Gobierno y de la Federación de Cafeteros: “la Federación y el Comité de Cafeteros llegaron a incentivar. Nos prestaban diez millones y el 40% se lo daban sin intereses ni nada”.

El proceso que hizo Mario fue voluntario y paulatino, fue después que llegaron las ayudas. Sin embargo, su experiencia sirve para entender lo que pasaría con la implementación de los acuerdos que han alcanzado el Gobierno y las Farc sobre desarrollo rural y soluciones al problema de las drogas ilícitas.

Entre 2008 y 2015, solo en Planadas, con el apoyo de la Federación y el Comité, el número de fincas cafeteras aumentó de 4.800 a 6.800. En ese mismo tiempo, por cuenta del café, se generaron casi cuatro mil empleos directos y casi ocho mil indirectos.

Al final, la mayoría de cultivos de amapola terminaron sustituyéndose por fríjol y café. Hacia finales de la década pasada ya no quedaba nada de la flor. “Se acabó por su propia cuenta”, dice Mario. Aunque su propia cuenta, dice la historia, fue un coctel entre fumigaciones, violencia, flujos del mercado y resistencia campesina.

De ahí en adelante el camino ha sido duro. Los ojos de Mario revelan una gratitud sincera por el apoyo con los cultivos de café, pero también dejan ver la esperanza de que la vida en su pueblo sea mejor. Recuerda, con la misma voz pausada que no varió durante toda la conversación, que “aquí no solo están los cultivos, aquí también vive gente: gente que necesita carreteras, puestos de salud, escuelas, y todo eso se les ha olvidado o nos lo están guardando”.

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