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Mireya Oviedo durante uno de los talleres en Tumaco sobre los derechos de la mujeres. Foto: Cortesía Mireya Oviedo.

Mireya Oviedo tiene 68 años, empezó a ser profesora cuando aún tenía tarjeta de identidad, y a pesar de la corta edad creó la primera red de señoritas para apoyar a los niñas y niños maltratados. Ha ayudado a 3.840 mujeres violentadas, y a 622 víctimas de abuso sexual. Vive en Tumaco, Nariño, y está casada hace treinta años con un hombre al que tuvo que reeducar para que dejara el machismo.

La historia de Mireya surge desde el primer momento de su concepción, cuando un hombre abusó sexualmente de su madre, quien tenía 14 años. En esa época a los abusadores se les castigaba con el matrimonio obligado, para salvar el honor de la víctima, o con la prisión. La familia, al darse cuenta de que la niña estaba embarazada convenció al violador de casarse, pero el día del matrimonio, él huyó del pueblo dejando a la prometida con el vestido puesto y despojada de su dignidad.

La madre murió un mes después de dar a luz a la protagonista de este relato. Mireya quedó huérfana y se crió con los abuelos maternos. “Mi familia siempre me decía que mis dos padres habían muerto pero no me decían el nombre de mi papá. Cuando era adolescente les pregunté a mis abuelos por qué en mis documentos de nacimiento decía que yo era hija de padre desconocido y ahí me enteré de la verdad. Sentí lástima por mi mamá y la impotencia de que murió sin que se haya hecho justicia”.

En la adolescencia se dio cuenta de que las mujeres violadas no eran tratadas como víctimas sino culpables, y muchos decían “Si le pasó fue porque se lo buscó”. El abuso sexual era una fatalidad que las mujeres debían asumir solas, y hasta eran vista como parias por no tener marido.

Nuestra protagonista se dedicó a enseñar desde los 15 años, cuando aún estaba cursando bachillerato. Como profesora veía que algunos de sus alumnos llegaban con moretones en los brazos y en las piernas y, siendo tan joven, regañaba a los padres en privado y amenazaba con denunciarlos si seguían golpeando a sus hijos. Otras mujeres, al ver el carácter de la profesora, le contaban de más y más casos hasta formar una red de información de abuso infantil.

“Recuerdo ver niñas embarazadas que eran la comidilla en los pasillos del colegio. Las compañeras, a modo de chisme, decían, a ella la violaron y fue tal o tal persona. Pero todo se quedaba en el plano de las habladurías. Yo buscaba fuera de la institución fuentes confiables que me confirmaran las historias, y luego hablaba con las familias”.

Más adelante empezaron a llegar a la región los grupos armados ilegales y se dio cuenta de varios casos en los que las niñas eran usadas como objetos sexuales. Como no se conocía de derechos humanos, ni de maltrato, ni de formas de denuncia, las niñas pensaban que era normal ser tratadas de esa manera. Los embarazos se dispararon, y en la calles pasaban niñas de once o doce años cargando a sus hijos.

“Al ver todo eso pensé, qué futuro le espera a estas niñas” tocaba buscar soluciones. Empezó en el colegio con talleres para los padres. Luego ayudando a jóvenes madres para la crianza de sus hijos, pero también a cultivar hierbas medicinales, a leer y escribir en caso de que no lo hayan aprendido, y a crearles la mentalidad de salir adelante. Mireya se apoyó en organizaciones locales para brindarles comida y transporte.

En Tumaco se convirtió en la vocera de las mujeres. A cualquier hora llegaban a su casa a pedirle un consejo, a contarle sobre los golpizas que les daban sus maridos, las amenazas de grupos al margen de la ley, historias de maltrato sexual. Con una bitácora de relatos tristes decidió crear, junto a una docena de mujeres consejeras, la Asociación de Lideresas del Pacífico Nariñense (Asolipnar). Con la fortaleza que brinda una asociación, gestionó recursos para continuar con los talleres, pero también para buscar asesoría jurídica y sicológica para las víctimas. Asolipnar creció, se expandió por todo el departamento, se unieron asociaciones de viudas, desplazadas, campesinas y mujeres víctimas de violencia intrafamiliar.

Organismos locales, nacionales e internacionales, al darse cuenta que Mireya no era una habladora con un discurso aprendido sino un motor de cambio, le apostaron a sus iniciativas. Se alió el SENA, la Organización Internacional para Migrantes (OIM), la Cruz Roja local y departamental, PNUD y ONU Mujeres. Con el apoyo de estas organizaciones se formó la corporación ‘Sigue mis pasos’ para afianzar el apoyo a las mujeres violentadas sexualmente. Ya no es Mireya junto a otras voluntarias del municipio las que se sientan con las víctimas, sino abogados, médicos y sicólogos que las acompañan desde el primer momento hasta meses después de interponer la denuncia. Actualmente ‘Sigue mis pasos’ trabaja con 126 mujeres.

Además de lo anterior y, para generar un cambio en mentalidad de la región, dicta talleres sobre la nueva masculinidad. Les enseña a los hombres sobre las clases de maltrato, los derechos de sus esposas, madres e hijas, y sobre formas de dar cariño en el hogar. “Pero, como el ejemplo se debe dar desde la casa, a mí me tocó educar a mi marido, cambiarle el chip machista, encontrar en él un aliado y, por supuesto, que me de muchos cariñitos”.

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