Todas las fotos son cortesía de Eduardo “La Rata” Carvajal.

De Rosalba Velásquez no se sabe ni se encuentra mucho. Al menos no fácilmente. No como cuando se busca la biografía de una de esas figuras históricas que fueron “las primeras” en algo. Se encuentra más, aunque no mucho más, bajo su seudónimo: La Sargento Matacho, la primera mujer, ahora sí, bandolera en Colombia. La primera que cogió un arma y se fue al monte, que mató y esquivó balas a la par de hombres cuya única ventaja frente a ella parecía ser la de no tener que cargar una barriga inflada de vez en cuando durante nueve meses.

De lo poco que se encuentra está que Rosalba, antes de ser la Sargento Matacho, vivía en el Líbano, Tolima, a finales de los años 40. Vivía con su esposo y su hija cuando estalló lo que hasta hoy se sigue llamando La Violencia: el periodo en que conservadores y liberales se buscaron y mataron por ser conservadores y liberales. Su esposo era liberal y su vida terminó en manos de un “chulavita”, uno de los integrantes de las bandas armadas conservadoras. La tragedia cambió a Rosalba y transformó su vida de mujer campesina en la de una mujer destrozada y vengativa cuyo dolor la convirtió en otro agente de la violencia.

Así lo cuenta El Sargento Matacho: la vida de Rosalba Velásquez de Ruiz, un libro publicado en 1962, escrito por Alirio Vélez Machado en el que, sobre todo, se cuentan los vaivenes de la vida amorosa de Rosalba. Y así también lo cuenta La Sargento Matacho, la película de William González que se estrenará en Colombia este jueves 7 de septiembre. “Me llamó mucho la atención que entre la larga lista de los primeros bandoleros y luego los primeros guerrilleros, hubiera una mujer (…) que no asumía una postura ideol ógica ni partidista, pero que formaba parte de esa lucha armada”, me contó González sobre la idea que motivó la película.

Para escribir el guion, me dijo, el proceso de investigación se nutrió sobre todo de textos académicos dedicados a ese periodo histórico. El resultado es una historia de ficción que le es fiel a una época determinante en la configuración del conflicto armado colombiano. Los detalles de la vida de Rosalba no quedaron registrados, no en su totalidad, pero están las generalidades, las mismas que afectaron a muchos otros colombianos atrapados en la mitad del enfrentamiento y cuyos efectos se sienten hasta hoy, cuando finalmente comienza a lograrse la reconciliación con el grupo armado que nació de esos enfrentamientos.

Rosalba, el personaje, interpretada por Fabiana Medina, habla poco. Desde que presencia el asesinato de su esposo las palabras que salen de su boca son escasas. Solo su expresión perdida, que parece contener algo que no le cabe en el cuerpo, habla por ella. Y lo contiene hasta que explota en una expresión desmesurada de violencia. Se va al monte, sola, como un animal herido, aguanta hambre, mata y roba, sin importar los uniformes, las inclinaciones políticas ni las situaciones. La expresión pura de la violencia. Termina en un bando, el de los liberales, pero no por convicción sino por conveniencia: porque es lo mejor para ellos y para ella. Pero su agresividad rampante sigue siendo la misma sin importar las órdenes de otros sargentos, solo obedeciendo a su dolor y al hecho de sentirse ajena a un mundo que le arrebataron y que nunca pudo recuperar.

La historia del dolor convertido en violencia, de la víctima convertida en victimaria.

Es evidente que La Sargento Matacho, la película, es un ejercicio de memoria crucial en la revisión histórica que hoy se plantea Colombia frente al proceso de paz y de desmovilización de las Farc. Y no es una casualidad, González y el equipo detrás del largometraje fueron conscientes desde el inicio del proyecto del contexto en el que la película se proyectaría. “Para nosotros es muy importante que la película, además de un hecho artístico, se convierta en un elemento para reflexionar en el proceso de paz y de reconciliación. Por eso estamos implementando un proyecto que se llama Reflexionando con Matacho sembramos un nuevo país en el que la película sirva para pensar este proceso, sirva como una forma de contextualizar la historia de los 50 y 60 —cuando se crearon estos grupos armados con los que se está haciendo la paz y sirva para reflexionar sobre ese desconcertante ejercicio de la violencia en Colombia”.

El proyecto, que ya se ha realizado con algunos grupos de víctimas, consiste en crear espacios en los que la película se proyecte y luego se abra la discusión: el por qué y cómo de la guerra: la reflexión más general y abierta para entender un fenómeno en el que no bastan las explicaciones históricas y políticas, resultan fundamentales las voces e historias de quienes lo vivieron.

Fue esa dimensión personal de la violencia la que González encontró en los archivos que revisó en el proceso de investigación, sobre todo en el archivo gráfico: montones de fotos a blanco y negro de la época. “Más que las atroces y creativas formas de matar, lo que más me impactó fue la cara de tristeza de los vivos alrededor de esos cadáveres”, eso terminó siendo uno de los motores de la historia de la película. “Para mí el ejercicio de la violencia en Colombia es un hecho desconcertante, que me produce asombro. El mismo asombro y desconcierto de esos rostros de tristeza que perdieron su lugar en el mundo por el atroz ejercicio de la violencia”.

El esfuerzo por contar la vida de un personaje y cerca de 20 años de la historia del país resulta en una película que en ocasiones se siente afanada, que corre con algunas escenas para lograr cubrir varios años de historia. A pesar de eso, La Sargento Matacho logra, a través del personaje de Rosalba Velásquez, aproximarse y darle rostro a una de las formas del dolor en la guerra: la del dolor que habiendo perdido familia, certitudes y tierras termina convertido en más violencia.

“Si bien la película no ofrece soluciones o respuestas claras a esa violencia, sí permite reconocer el cómo, el por qué de algunos hechos. Y sobre todo reconocer cómo la víctima puede convertirse en victimario y que es, a mi modo de ver, uno de los problemas más grandes del ejercicio de la violencia en Colombia”, concluye González.

ARTÍCULOS RELACIONADOS