Quien mira hacia adentro, despierta.
Carl Gustav Jung

Toda la noche vi crecer el fuego.
José Emilio Pacheco

Foto: Carlos Villalón.

Una imagen, 900 neurosis. Cada periodista vivió su propio laberinto a la hora de navegar el universo de las Farc durante la X Conferencia. Foto: Carlos Villalón.

1.

Hace justo un año comencé un proceso de psicoanálisis. Hay quienes me dicen que pierdo la plata y el tiempo: que el psicoanálisis es una forma de inventar relatos para justificar nuestras decisiones basada en el acto de imaginar e interpretar un pasado que ya no existe. El diván, me dicen, es un costoso centro de producción de ficciones personales, nada más.

Yo aún no sé si el psicoanálisis sirva para algo. Hay días en que creo encontrar  alguna sombría verdad interior, para luego descubrir que, como en el país de Alicia, una puerta le abre paso a otra puerta que le abre paso a otra puerta. Puede que esté perdiendo la plata, le doy el beneficio de la duda a mis amigos más escépticos, pero a Geraldine, mi terapeuta, le debo al menos una cosa: me reveló que todo individuo tiene un lado oscuro, una faceta que no reconoce y que debe integrar a su personalidad —integrar, es una palabra que Geraldine repite con metódica periodicidad— si es que este quiere reducir el riesgo de terminar el resto de su vida nadando entre neurosis y trastornos mentales.

Yo llevo un año navegando a gusto por mi Sombra, como llamó a la más esquiva dimensión de nuestro inconsciente el psicoanalista Carl Gustav Jung. Un viaje que ha sido fascinante, sobre todo, porque ha ocurrido en simultánea con ese viaje colectivo que hemos emprendido como país desde que comenzaron las negociaciones de paz en La Habana, y que como periodista me ha permitido descubrir esa dimensión sepultada de nuestro inconsciente colectivo que son las Farc.

Días antes de que descubriéramos, durante el plebiscito del 2 de octubre, que Colombia está partida en dos —o en tres, en realidad, si le sumamos esa gran Sombra guerrillera que aún no comenzamos a re-integrar— el presidente de Uruguay, Pepe Mujica, había advertido que si Colombia votaba No al Acuerdos de Paz, “quedaría como un país esquizofrénico”. Creo que Mujica no exageró: somos un país en proceso de integración de nuestra psiquis colectiva, un país bipolar que busca acabar con un trastorno mental bañado en sangre.

Dos semanas antes de la derrota de los Acuerdos de La Habana, 900 periodistas habíamos dado ese primer y extraño paso para encontrarnos con la Sombra de las Farc. Ocurrió en las Sabanas del Yarí, durante los diez días de ansiedad y euforia que comprendieron la X Conferencia de esta guerrilla y la firma del Acuerdo de Paz en Cartagena.  Fue un primer paso, y como en todo proceso terapéutico, no tenía por qué salir bien.

2.

Debo confesar que yo llegué a los Llanos del Yarí cagado del miedo; encerrado en mi neurosis. Un año atrás, durante mi primera visita a un campamento de las Farc, había sido expulsado abruptamente del lugar, pues al comandante del Frente 62 le llegaron los rumores de que yo le había preguntado a una campesina que si había cuidado secuestrados en su casa. El asunto había sido un enorme malentendido —la pregunta se la hice a una guerrillera, pues me intrigaba y me sigue intrigando qué pasa por la cabeza de un captor—, pero el asunto había sido suficiente  para dejarme bloqueado.

Un año después,  regresaba justo a la misma zona, como un integrante más de ese mar de ansiedades periodísticas que viajamos al Yarí a cubrir la fiesta de diez días organizada por las Farc para celebrar su salida de la selva y su regreso a la sociedad. Nadie nunca imaginó nada distinto en ese momento: el triunfo del Sí era ineludible.

Al campamento llegamos a media noche. Los guerrilleros eran apenas sombras que se movían entre el claroscuro de las linternas. En el primer campamento no había plantas eléctricas. Milena Reyes, la compañera del comandante y negociador alias Carlos Antonio Losada, jefa de prensa del evento, una chica a quien recordaba muy dulce y alegre cuando la conocí el año pasado en La Habana, nos atendió con seriedad y distancia. Llevaba recibiendo periodistas desde el día anterior. Uno a uno. Para todos las mismas indicaciones: los colegas que reservaron en campamento y así vivir la experiencia de la vida guerrillera, a un lado. Los que trajeron camping, al otro. Y los que pagaron cama, favor seguir derecho hasta llegar a la carpa blanca. La Conferencia guerrillera será a puerta cerrada. Y las entrevistas a guerrilleros —a los más de 1200 guerrilleros, distribuidos en los campamentos— no pueden realizarse sin autorización. Cada día habrá rueda de prensa.

—Y colegas periodistas, les recuerdo, para hacer lo de las entrevistas con los camaradas, por favor diligenciar este formato (nombre del periodista, nombre del medio, nombre del guerrillero, temas a tratar).

Para cuando llegamos al punto de recepción, las acuciosas compañeras de Milena —pantalones militares, boínas negras o moños trenzados, camisas de colores— cargaban bajo el brazo bloques de solicitudes diligenciadas con grosor de notaría.

—Aquí sí se va a demostrar quién es buen reportero— me dijo nervioso un buen amigo periodista.

Ansiedad  pura. ¿Y cómo no? La guerrilla más antigua del continente, la organización más vertical, obediente y aislada que ha visto esta tierra, había citado a más de 350 medios de comunicación, uno de los gremios más necios e individualistas que ha parido la era de la información, para comenzar su salida a la luz pública luego de una década de guerra y ostracismo.

No era fácil. Había miedo. Ellos tenían las historias y nosotros las preguntas.

Foto: Gerald Bermúdez

La Décima Conferencia estuvo marcada por escenas como esta: periodistas persiguiendo guerrilleros. Después, las zonas muertas y los espacio de ocio terminaron por encontrarnos. Foto: Gerald Bermúdez

Escuché a un puñado de fotógrafos decir que querían retratar al Secretariado de las Farc. Vi decenas de solicitudes que listaban temarios interminables con “Pastor”, con “Pablo”, con “el Paisa”, con “Timochenko”. Un conocido, que termina su doctorado en Europa, venía a entrevistar a los guerrilleros expertos en innovación armamentística. Otra colega buscaba los testimonios de guerrilleros vinculados con actos atroces. Y uno que otro quería escuchar de viva voz la historia de las guerras sobre estas sabanas verdes y eternas que son los Llanos del Yarí, retaguardia de los ejércitos del narco Gonzalo Rodríguez Gacha, que custodiaron durante los 80 las pistas de aterrizaje y los complejos de cristalización de cocaína que gravitaron alrededor de su gran finca —y próximo parque temático— Tranquilandia, antes de que fueran expulsados, a plomo puro y para siempre, por las Farc.

Preso del bloqueo inicial y de la farragosa metodología propuesta por las Farc, pasé los primeros días perdido en mi propio laberinto. Estaba más preocupado por las consecuencias de haber sido expulsado de un campamento guerrillero y la presión por entrevistar a los mismos comandantes que el resto quería entrevistar. Así que mientras se aclaraba el panorama, decidí  voltear la mirada, y entender qué pasaba por la cabeza de mis colegas. Si para mí había sido complicado abrirme hacia  esos otros seres que habitan en la oscuridad de nuestra memoria colectiva, ¿qué consecuencias había traído ese ejercicio para los demás?

—La guerrilla es un mundo hermético, completamente misterioso— me dijo el segundo día de neurosis el periodista Jorge Enrique Botero, sentados en una de las mesas de plástico dispuestas en la zona de prensa, en donde no sólo había un enorme salón para los periodistas, una sala de prensa y un comedor con servicios de catering, sino un pequeño estanco que por las noches se prendía hasta al amanecer y al que eventualmente terminé bautizando como bar La Guerrillerada.

Hablar con Jorge Enrique me permitió entender las complejidades del oficio para quien decide cubrir el conflicto a corta distancia. A pesar de haberse graduado de un colegio de élite como el Gimnasio Moderno, Botero militó en el movimiento estudiantil en los 70, y desde entonces ha cubierto el conflicto manteniendo un diálogo periodístico muy fluido con las Farc, incluso durante los años más oscuros y maniqueos de esta historia. Reveló, por ejemplo, las imágenes de los cientos de soldados y policías secuestrados en los noventa; le dio la noticia a Colombia de que Clara Rojas había tenido un bebé en cautiverio y cubrió los dos juicios a Simón Trinidad en Estados Unidos.

Botero pagó con insomnio y depresión el haber dirigido el ojo hacia otro lugar, cuando el estado de opinión viraba al lado contrario, según me confesó. Sobre todo, tuvo que lidiar con la desconfianza de un público que, durante la década pasada, escuchó al presidente Álvaro Uribe acusarlo públicamente de ser “cómplice del terrorismo”.

—Meterme en este mundo me costó emocionalmente de una manera que pocos pueden imaginarse— me dijo— hasta tuve que sacar a mis hijos del país.

Con Botero, hablamos de lo volátiles que han sido las relaciones entre los periodistas, la opinión pública y la guerrilla. Una historia cuyo último gran capítulo ocurrió en El Caguán. Entre 1999 y 2002, los medios mudaron allí a sus corresponsales y alquilaron casas en el pueblo. Los periodistas se codearon lo que quisieron con la guerrilla, bebieron whiskey, pescaron exclusivas, todo esto mientras el número de muertos de la guerra entre paracos, militares y guerrilleros ascendía a un pico histórico.

La cosa se volvió problemática, como me contó Patricia Uribe, curtida reportera de Noticias Uno, porque “la guerrilla le daba información a los medios. Luego el periodista  sacaba una exclusiva y entonces se venía la inteligencia militar. De hecho, por esos días Patricia recibió una amenaza de muerte con su nombre. La enviaron paramilitares con la periodista Jineth Bedoya, quien fue secuestrada y abusada sexualmente en mayo de 2000.

—El Caguán despertó asombro, ese asombro se volvió admiración y esa admiración fue notada por los dueños de los medios— me dice Botero—. Al mismo tiempo, sucedían cosas muy duras militarmente. Y se volvió inaceptable que sucediera lo que sucediera y los medios cubrieran el Caguán como si fuera un banquete.

Entonces dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas, seis meses después Andrés Pastrana desmontó la zona de distensión y Uribe llegó al poder con la teoría de que en Colombia nunca ha habido conflicto armado. Y así como los frágiles coqueteos de paz los habían sacado a la luz, la Seguridad Democrática y el Plan Patriota enviaron a la guerrilla de regreso a la caverna.

Vino entonces la guerra dura. Un álbum de fotografías dantescas: Ingrid encadenada, el cuerpo de los jugadores de squash en la cancha de El Nogal, la virgen desportillada de Bojayá, las imágenes en blanco y negro de los bombardeos del ejército, la mano de cercenada de “Iván Ríos”, y los rostros hinchados y desfigurados de “Raúl Reyes”, el “Mono Jojoy” y “Alfonso Cano” bajo toneladas de bombas. Y aunque Botero quizás exagere,  su afirmación me estremeció:

—Durante la época de Uribe los medios se pusieron el camuflado. No estaría de más que le pidieran perdón al país, porque le echaron mucha leña a la candela.

3.

La neurosis no se iba. Más de uno quería saber qué deliberaban los guerrilleros a puerta cerrada, qué preocupaciones tenían frente a los Acuerdos de Paz, cómo se dibujaba  lentamente la plataforma política de la guerrilla… Las respuestas por parte de ellos eran vagas. La información de las ruedas de prensa, nulas. Otros más preguntábamos cuánto había costado este evento, las carpas blancas y palaciegas, la enorme tarima tipo Rock al Parque, los artistas famosos que se presentaban noche a noche. Las respuestas que obtuvimos hasta el último día fueron insatisfactorias: “Esto lo pagamos con la plata que nos ahorramos en armamento, no nos van a criticar ahora que nos estamos gastando los recursos de la guerra en cultura”, nos dijo un día el comandante Carlos Antonio Losada, máximo anfitrión de la conferencia.

En medio de la neurosis, sin embargo, algo comenzó a ocurrir, a quebrarse. A Milena Reyes, la jefa de prensa, el sistema de arrume de papeles se le salió de las manos, y antes de que sus compañeras de equipo se declararan en disidencia y abandonaran las filas por fatiga mediática, no tuvo de otra que dejar en libertad a los periodistas para que entrevistaran abiertamente a los guerrilleros. Esto, sumado a los tiempos muertos que comenzamos a pasar con los guerrilleros de base, abrió la puerta para que conectáramos. Poco a poco, sin que nos diéramos cuenta, comenzamos a encontrarnos.

—Los guerrilleros tienen una forma muy particular de bailar—le dijo una noche un documentalista aficionado a un compañero, mientras observaba a una pareja bailar en uno de los conciertos.

—¡Sí, muy campesino!

Como era campesino el sabor de la comida que los guerrilleros nos servían a diario, y campesino el acto de bañarnos juntos en el río a totumazos o acostarnos a las siete de la noche sobre las caletas que nos construyeron durante un mes, con madera, hojas de palma y tierra, bajo los mosquiteros que nunca permitieron que colgáramos nosotros mismos. Era evidente que la orden había sido tratar a los periodistas con una hospitalidad y calidez cinco estrellas. Y si hay algo para lo que son buenos los guerrilleros, es para seguir órdenes.

¿Era esto un acto masivo de propaganda política o la oportunidad más grande para descubrir a los “fantasmas anónimos de la guerrilla”, como tituló esta semana una nota del Washingtont Post. ¿Se valía bailar entre ellos? ¿Con ellos? ¿Se valía ponerse el poncho blanco, la camiseta blanca, la gorra blanca que nos regalaron con el rostro de sus comandantes Manuel Marulanda, “Jacobo Arenas” y “Alfonso Cano”?

—¡Fueron muy listos!— me dijo una tarde Alba Tobella, una periodista catalana que ha trabajado con La Vanguardia y la agencia AFP—. Es como si hubieran esperado a que a todo el mundo se le acabara la ropa limpia y ahí sí nos dieron las camisetas de las Farc. ¡Llegó un momento en que ya no sabías quién era periodista y quién era guerrillero!

A Alba la vi varias veces en acción, preguntándole a los guerrilleros esas preguntas incómodas que aún muchos se atrevían a preguntar. Cuando le respondían con evasivas, se quedaba con la boca abierta, con una mueca entre divertida e indignada.

—Y con todo, ha sido una gran oportunidad para descubrir a estos hombres y mujeres, su mundo— continuó Alba—. Entrevistar a los jefes se volvió prácticamente imposible, pero agradezco haber podido vivir este momento con ellos.

Cada quien fue descubriendo un pedazo de este mundo. Uno encontró a “Rusvelt”, un guerrillero sin manos que se convirtió en un talentoso fotógrafo, luego de que una bomba que armaba se le explotara en un operativo. Otro encontró a una madre que, después de muchos años, había viajado hasta el campamento a encontrase con su hijo guerrillero. Uno más habló con “Chucho”, uno de los 26 presos de las Farc que llegaron con permiso del Inpec al campamento, y que se reencontró con su hija, guerrillera, y se fundió en un abrazo enorme encima de la tarima, en medio de uno de los conciertos que se organizaban por la noche.

Cada historia encontrada era una historia inmediatamente repetida. Los 900 periodistas en el campamento nos convertimos en una inmensa máquina fotocopiadora, que trabajosamente enviábamos las mismas historias a nuestras respectivas redacciones, a través de los únicos cuatro cables de Internet con los que contaba el sitio y que nos turnábamos luego de esperar en un fila por horas.

Y sin embargo, en medio de estos personajes fascinantes convertidos, sin saberlo, en lugares comunes, cada quien comenzó a encontrar historias singulares que, como los primeros, eran piezas de ese monumental rompecabezas que eventualmente deberemos armar si queremos integrar a las Farc a nuestra sociedad.

La periodista Isabella Bernal descubrió al hombre que disparó el tatuco que fue a dar, ese 2 de mayo de 2002, contra una iglesia repleta de personas en Bojayá. Natalia Otero, nuestra productora en VICE, se encontró con Martín, un guerrillero del frente primero, que hace dos meses huyó durante diez días por las selvas del Guaviare, para llegar hasta a la X Conferencia y refrendar los acuerdos que su comandante no quiso respaldar. Alfredo Molano, de El Espectador, se dedicó a entender el mundo de la medicina en las Farc: esa red de cirujanos y otros especialistas que se formaron en la selva, y que durante décadas montaron un sistema de salud que incluía varios hospitales, altamente efectivo en medio de la guerra.

Una noche, nos pusimos con Alfredo a hablar con un guerrillero del tema. Le habíamos preguntado, como a muchos otros, por su futuro cercano, por las dudas que tenía ahora que posiblemente comenzaba su salida definitiva del monte. El guerrillero hizo una mueca extraña, mezcla de nostalgia y crudo temor. Una mueca que le vi a más de uno cuando le hice esa pregunta, y que en su caso vino acompañado de una sentencia que nos dejó helados:

—Hermano, nosotros acá construimos el mejor sistema de salud. Acá, guerrillero que se enferma, incluso de cosas graves, es inmediatamente atendido. ¿Y ahora nos va tocar ir a la ciudad a hacer fila desde la madrugada para que nos atiendan en una EPS?  Eso sí no me lo voy a aguantar.

4.

Foto: Gerald Bermúdez

Un guerrillero posa durante uno de los pocos momentos en que los periodistas tuvieron acceso al lugar de la Conferencia. Foto: Gerald Bermúdez

Debo admitir que, preso de mi pesimismo periodístico, me demoré mucho en observar y entender lo que registró mi conciencia durante la X Conferencia de las Farc y la posterior celebración de la firma de los Acuerdos en Cartagena. Durante varios días luego de mi regreso, volví una y otra vez a una imagen que se repetía en mi memoria sin que la llegara a entender: sus rostros. A excepción de los momentos de fiesta delirante en La Guerrillerada o cuando en la tarima de eventos se montaban músicos populares, los rostros de los guerrilleros se me revelaron siempre tristes, cansados, nostálgicos, adoloridos, curtidos, cicatrizados, mutilados, quemados, astillados, ametrallados… Me tomó tiempo entender esa situación tan agridulce: durante diez días convivimos en medio de un ejército que quería dejar la guerra, y que por primera vez nos dejaba caminar entre sus fantasmas caídos en combate, sus lisiados en sillas de ruedas y muletas, que dejaban al descubiertos esos cuerpos llenos de cráteres y orificios cicatrizados.

—¿Por qué nunca sonríes?— le pregunté un día a una joven guerrillera.

—Ya se me acostumbró la cara— me respondió.

Era como si aún no se lo creyeran. O como si tuvieran muy claro lo que se venía.

—Yo ya estoy muy vieja para estudiar, yo no sé qué voy a hacer cuando salga de la selva. A mí lo que me gusta es esto, me gusta trabajar la mata— me dijo otra con aire melancólico cuando le hice la pregunta de rigor por sus expectativas cuando se acabara la guerra.

—¿Y acaso cuántos años tienes?

—Voy pa’ 31—, me respondió.

Foto: Carlos Villalón

‘Rusvelt’, el explosivista de las Farc que se convirtió en emblema por su habilidad como fotógrafo. Foto: Carlos Villalón

Otro más, un guerrillero recio e implacable, entrenado en fuerzas especiales, acostumbrado a matar, y quien lleva varios años en misiones de inteligencia, se me deshizo en lágrimas cuando le pregunté por el futuro.

—Hermano, yo lo que tengo es nostalgia. Y miedo de que me maten, y ver morir a compañeros—.

En medio de esas conversaciones y esos rostros templados por la guerra, yo leí al comienzo un dejo de incoherencia. Pensé que algo no estaba bien. ¿Cómo era posible que pudieran montar una fiesta de ese nivel y al mismo tiempo lucir tan lúgubres? Era muy difícil darse cuenta en ese momento que detrás de muchas de esas caras estaba el miedo profundo a que todo fracasara. A que la sociedad no los integrara. A que ellos, que ya habían empezado a pedir perdón, pese a que consideran que su causa fue justa, no fueran bienvenidos. Yo creo que ni ellos se imaginaron que el plebiscito iba a fracasar. Como muchos de los que apoyamos el Sí a los Acuerdos, no imaginaban qué rondaba en la cabeza de tantos colombianos silenciosos que el 2 de octubre rechazaron lo pactado en La Habana. Ellos que ya tenían un plan para empezar a caminar a la zonas transitorias. Ellos que todas las noches colgaban su arma sin disparar un tiro y que limpiaban su rifle una vez a la semana porque, como me dijo un guerrillero del Bloque Sur, ahora que no estaban en guerra no había necesidad de desarmarla y limpiarla a diario. Ellos que estaban listos a exponerse a la muerte, porque esa era el riesgo que conlleva la paz, se encontraron con un país que les dijo: “No regresen, no regresen todavía”.

Hoy, tras dos semanas de plebitusa, como le escuché decir a una querida amiga, comienzo a reconocer algunas señales que me dejó la X Conferencia de las Farc, pistas sutiles y profundas de ese primer y frustrado proceso de integración ocurrido en el Yarí, que quiero dejar consignadas acá sólo por si la guerra regresa de nuevo, sólo por si todo fracasa y el camuflado vuelve a vestir las redacciones de los medios de comunicación y la guerrilla se convierte de nuevo en ese gran fantasma amorfo y sombrío que sólo aparece en los titulares cuando a uno de estos hombres y mujeres el Ejército los “da de baja”.

Descubrí, por ejemplo, que estos últimos meses de paz en Colombia no sólo han reducido a mínimos históricos los niveles de muertes violentas por causa del conflicto armado, también le han dado paso a la vida: testimonio de ello son los vientres hinchados de algunas guerrilleras y los bebés rechonchos y sonrientes, con menos de dos años de nacidos, que los guerrilleros cargaban en sus brazos.

Descubrí que la fiesta era una forma de aliviar su ansiedad.

Y que la ansiedad tenía un origen histórico: dentro de la conciencia colectiva de las Farc, el fantasma del genocidio de la Unión Patriótica está vivo. El fantasma de que la sociedad no les cumpla. Y que antes de integrar la Sombra, volvamos a eliminarla con violencia.

Esa ansiedad también tiene un origen humano: para los guerrilleros, dejar la selva es dejar la única familia que han tenido por años. “Esta gente vive en comunidad”, me dijo una mañana una periodista que lleva meses observándolos. “Se bañan juntos, cocinan juntos, combaten juntos,  duermen uno al lado del otro, han aprendido incluso a respirar cuando hacen el amor, para que el compañero en la caleta del lado no los escuche”.

Y descubrí que, pese a la ansiedad, su voluntad de paz está por encima de todo. Incluso su vida.  “Por la paz nos la jugamos, por la paz hacemos lo necesario”, me dijo durante una entrevista un guerrillero. “Y si nos toca pagar con nuestra vida el deseo de una patria mejor, estamos dispuestos a hacerlo”.

5.

 

Foto: Carlos Villalón

Un periodista se baña  al “estilo guerrillero”. Foto: Carlos Villalón

Las Farc tienen que estar muy confundidas. Por estos días, en los campamentos donde duermen sus miembros, sea cual sea su ubicación, los guerrilleros se acuestan por la noche viendo las noticias de Caracol y RCN. Pocas horas después de que ganó el No, un amigo fotógrafo me envió una foto desde un campamento: los rostros de los guerrilleros desolados, esa mueca fría y lúgubre de quién hace consciencia de su no futuro.

¿Qué habrán pensado esos guerrilleros esa tarde del 2 de octubre? ¿Tocará seguir echando bala? ¿Qué habrán pensado tres días después, al ver la plaza de Bolívar repleta de luces? ¿Cómo hacer la guerra en un país donde la mitad abre la puerta y la otra mitad la cierra?

Y de nuevo el miedo. De nuevo el no saber cuál será el resultado final del encuentro entre estos dos mundos. Ni siquiera saber si la integración es ahora posible. Por ahora lo único certero es que esos diez días en las sabanas del Yarí, han sido la más cercana oportunidad que hemos tenido de acabar con este gran trastorno mental colectivo.  Una oportunidad cuyos efectos sanadores, pude contemplar durante un breve “conversatorio” con los comandantes Joaquín Gómez y Carlos Antonio Losada, al que fuimos invitados los pocos periodistas que nos quedamos en el campamento luego de que el resto de comandantes y colegas viajaran a la firma del Acuerdo Final en La Habana.

—Queremos felicitarlos por el cubrimiento de esta semana. Nos hemos dado cuenta de lo importante que es su profesión— arrancó Carlos Antonio Losada.

—Por eso hoy queremos tener un diálogo muy humano…— continuó Joaquín Gómez.

Éramos unos cincuenta periodistas sin cámaras, rodeándolos como en una reunión de fin de año. Se sentía una familiaridad extraña, como el sentimiento incómodo de quien conoce por primera vez a sus suegros.

El primero que habló fue un muchacho de un medio universitario. Vestía chaleco y gorra caqui, de periodista. El logo de su medio, muy visible en la cabeza y la solapa.

—Muchas gracias por este espacio. Nosotros a punta de pobreza crónica nos vinimos hasta acá. Más de 30 horas en carretera. Chiva. Cansancio. Y llegamos a codearnos con RCN, con Caracol, ¡pudimos contarle al mundo cómo son los soldados de este otro batallón que lucha por la otra Colombia!

Luego habló el periodista de Caracol Noticias, con tono enfadado, quien con un seco comentario pareció cerrar una conversación en curso, una pugna latente y permanente, y que durante la conferencia aparecía cada vez que algún guerrillero o simpatizante gritaba: “¡los grandes medios son los verdaderos actores del conflicto!”.

—Yo quiero decirle que yo soy un hombre con hijos, con familia, y que yo aquí vine a hacer mi trabajo. ¡Yo soy un profesional!

Uno a uno fuimos hablando. Las preguntas incómodas, de nuevo, fueron las ausentes. Alba Tobella volvió a preguntar por los costos del evento, y nuevamente Losada respondió que con la plata ahorrada en armamento. Nada más.

El resto fueron intervenciones celebratorias. Felicitaciones por abrirse al mundo.  Sorpresa por todo lo encontrado.

A mí se me quedó grabada la intervención de otra comunicadora independiente, una bogotana que llegaba a los cincuenta años. La voz le temblaba:

Yo siento que esta es una gran familia que no conocíamos. Una familia que nos ha brindado su cariño, su cobijo. Ha sido muy hermoso. Creo que en las ciudades nos falta mucho para vivir eso. A mí lo que me da miedo es que los guerrilleros lleguen a las ciudades; creo que es más el daño que les vamos a hacer. Yo me llevo en la piel cómo viven estos hermanos nuestros. Y me arrepiento de no haber traído a mis hijos para transmitirles en carne viva la que significa vivir en comunidad.

Muchas gracias, muchas gracias por deponer las armas.

 

Foto: Gerald Bermúdez

Esta foto me la tomaron apenas recibí los ‘souvenirs’ de la Conferencia. Cuando se la mostré a los miembros de PACIFISTA, me dijeron ¡Bórrela, qué susto! Creo que publicarla es mi pequeño gesto de integración. Foto: Gerald Bermúdez

Al día siguiente, unas 1500 personas nos reunimos en la tarima central de eventos para observar la firma del Acuerdo de Paz. Mientras que “Timochenko” le pedía perdón al país, los guerrilleros miraban sin mayor emotividad la pantalla gigante. De vez en cuando se escuchaba a uno que otro corear alguna de sus consignas (“¡Nacimos para vencer, y no para ser vencidos!”).

Como todos los días, vimos el sol ponerse en las sabanas del Yarí, mientras en Cartagena continuaban los discursos. Yo solo miraba a estos hombres y mujeres. A sus hijos, jugando entre las sillas. A los que llegaban en sillas de ruedas, a los que tenían la piel quemada o con rastros de metralla. Los veía ahí sentados, sin terminar de entender lo que piensan y sienten cuando callan. Cuando miran al otro país vestido de blanco, en Cartagena, celebrando el fin de las balas.

Esa noche bailamos. Bailaron. El país de blanco en Cartagena, el país selvático del Yarí. Yo nunca dejé de estar confundido. Ni dejé de sentir que me falta mucho para comprenderlos. Explorar la Sombra no es fácil. Mi psicoanalista dice que requiere una alta dosis de coraje, de inteligencia y de curiosidad. Yo le añadiría que navegar esta sombra colectiva nos exige a todos una alta dosis de humanidad, esa capacidad compasiva que hoy impulsa a miles a llenar las plazas del mundo, para que a estos campamentos no vuelvan las bombas y para que estos fusiles no quemen más balas.

Antes de que se acabara la fiesta, me vinieron a avisar que el carro para nuestro regreso estaba listo. En medio de la multitud que bailaba agitada las rancheras de Jhon Alex Castaño, observé  a un comandante guerrillero que abrazaba y le secaba las lágrimas a dos jóvenes, un chico y una chica. Vi al lado a una periodista que grababa la escena llorando. Toda la escena me causó curiosidad: el comandante, las lágrimas, la periodista. Cuando fui a preguntar, me dijeron que los dos jóvenes eran sus hijos. Universitarios. Llevaban años sin verse, imaginando ese abrazo.

Fue la última vez que vi a un guerrillero en la sombra.

Conversen con Juan Camilo por acá.

Lea también las dos historias previas a esta crónica.

La isla y la selva: siete días en la mente de las FARC

La Isla y la selva II: siete días en los territorios de las FARC

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