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Un hombre gay que huyó de Uganda en febrero de 2015 espera una entrevista inicial en Acnur. Allí decidirán si entra en calidad de refugiado. Fotos: Jake Naughton.

Por Jacob Kushner

Este artículo fue publicado originalmente en la edición de abril de VICE.

Ketifa* tenía 16 años cuando Sharon, su mejor amiga, la besó en un dormitorio de la escuela privada para chicas a la que asistían en Kampala, Uganda. Las dos crecieron juntas en el distrito Mutundwe, en Kampala, pero antes de ese episodio Ketifa jamás había sentido atracción por ninguna mujer. Ni siquiera por ella. Como hija única de un jeque musulmán conservador, a Ketifa le habían enseñado que las relaciones homosexuales violaban las leyes del islam. El beso la abrumó. Su instinto le decía que lo que habían hecho estaba mal, así que no le dirigió la palabra a Sharon durante toda la semana.

Pero no logró sacarse el beso de la cabeza. “Me tomó por sorpresa, pero me di cuenta de que me había gustado”, me contó Ketifa. Finalmente, buscó a Sharon y le dijo que quería besarla otra vez. A Ketifa nunca se le había pasado por la cabeza que dos mujeres pudieran tener una relación, pero quería repetir lo que la hizo sentir bien. Como Sharon era monitora estudiantil, tenía su propia habitación. Los domingos, Ketifa y Sharon se quedaban juntas en la cama mientras las otras chicas pasaban el día viendo películas en sus dormitorios compartidos. Sabían que era arriesgado: la homosexualidad ha sido un crimen en Uganda desde la época de la colonia británica. Recibe una pena de 14 años en prisión. Ketifa sabía —porque así se lo enseñó su padre— que el islam castiga con 100 latigazos la primera ofensa; la segunda, con la decapitación. “En Uganda uno crece con la idea de que ser homosexual o ladrón son dos cosas malas”, me explicó. “Si eres homosexual, eres una lacra para el mundo, para tu nación”.

Los meses pasaron y la relación de Ketifa y Sharon se volvió cada vez más estrecha. Empezaron a considerar ir a vivir juntas después de la graduación. En clase se enviaban notas de amor escondidas en los libros. Un día Ketifa dejó una que le había escrito Sharon y una de sus compañeras la descubrió. “Me buscó para confrontarme y le dije que se trataba de una broma, pero ella empezó a hablar y la gente comenzó a sacar sus propias conclusiones”.

Desde antes, sin embargo, circulaban rumores de que Ketifa y Sharon pasaban tiempo a solas en la habitación, violando las reglas del colegio. Cuando la celadora de los dormitorios se enteró de la nota, la administración escolar no dudó en expulsarlas de inmediato. Ketifa regresó a vivir con un tío que había asumido el rol de tutor cuando sus padres murieron. Sharon regresó al hogar donde pasó su infancia, cerca de su amiga. No se vieron en varios días. “Sus padres eran muy estrictos y la encerraban en casa”, me dijo Ketifa. A los pocos días de regresar a Mutundwe, Ketifa escuchó el tamborileo de los mensajeros del ayuntamiento local de la comunidad.

Una asamblea se había organizado en la casa de los padres de Sharon. Llena de curiosidad, Ketifa se puso una camiseta y una cachucha de béisbol para hacerse pasar por un hombre y ver qué ocurría. El jefe del ayuntamiento anunció el motivo de la reunión: Sharon había sido acusada de tener una relación homosexual. No mencionaron al acusador, pero en la ciudad todos sabían que ambas habían sido expulsadas del internado. El líder nunca se refirió a Ketifa explícitamente, pero varios de los presentes empezaron a verla con recelo. Se sintió amenazada y decidió regresar a la casa de su tío antes de que acabara la reunión.

Horas después, su tío le contó cómo había terminado todo: Sharon había sido golpeada hasta morir. Ketifa quedó en shock. Por lo general, el ayuntamiento castigaba a la gente con trabajos forzados o, por mucho, con la flagelación. Ketifa regresó corriendo al jardín de la familia, pero ya era demasiado tarde: tan sólo pudo distinguir la forma del cuerpo de Sharon postrado en la oscuridad.

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La foto muestra una calle del barrio Eastleigh, en Nairobi. Tras aprobarse la ley antihomosexual, varios ugandeses de la comunidad LGBTI hicieron un viaje peligroso para llegar a la capital de Kenia.

Lo primero que se le ocurrió a Ketifa fue huir por su propia seguridad. Pero no tenía a dónde. Además, su tío era uno de los miembros más ricos y respetados en la comunidad: nadie se atrevía a retarlo. Imaginó que mientras él no la acusara con el ayuntamiento, estaría a salvo. Trató de mantener un perfil bajo durante su duelo por Sharon. Al cabo de un tiempo, empezó a estudiar en otro colegio y se graduó cuatro años después. En 2013 entró a estudiar derecho en una de las universidades más prestigiosas de Kampala. Su tío pagó la matrícula y ella se mudó a una residencia privada cerca de la universidad.

Pronto empezó a salir con una compañera de clase. Era su primera relación después de Sharon. En 2014, en el Día de San Valentín, la compañera de habitación de Ketifa las descubrió teniendo sexo. Al verlas, pegó un grito que se extendió por los pasillos del lugar: toda la residencia llegó para ver la causa del alboroto. El encargado de la residencia se llevó a Ketifa y a su novia mientras sus compañeros se mofaban de ellas.

En esta ocasión, Ketifa tenía más razones para preocuparse. La homofobia había crecido como nunca antes en Uganda. Dos meses antes, el Parlamento había iniciado un proyecto de ley antihomosexual, que muchos medios occidentales llamaron “Muerte a los gays”, porque dictaba pena de muerte a las personas que se involucraran en relaciones con miembros de su mismo sexo. Finalmente, se aprobó una versión de la ley con ligeras modificaciones. Esta ordenaba siete años de prisión a quien intentara tener una relación homosexual y 14 si, en efecto, el acto se consumaba. La ley también introdujo el delito de “homosexualidad agravada” por tener relaciones sexuales con infractores reincidentes y personas VIH positivas. El castigo, en ese caso, era cadena perpetua. La ley se debatió por cinco años en el Parlamento y sacó a relucir la homofobia más extrema que se ha visto en la región: los periódicos publicaron fotos a doble página de “Los 200 homosexuales más buscados de Uganda”. Se dispararon los ataques contra personas de la comunidad LGBTI, que tuvieron que esconderse cada vez más.

Al igual que muchos ugandeses LGBTI, Ketifa se sintió desplazada durante esos meses. Ese San Valentín no tuvo más opción que regresar a la casa de su tío, en el vecindario donde habían asesinado a su primer amor. Fue la peor decisión de su vida. Cuando llegó, su tío ya estaba enterado de lo ocurrido gracias a una llamada del encargado de la residencia. “Cuando entré, me agarró de la mano, me haló a mi habitación y me ató a la cama. Trajo a algunos de sus amigos y me dijo: ‘Vamos a ver qué pueden hacer los hombres y las mujeres no’. A ellos les dijo: ‘Muéstrenle lo que pueden hacer’. Los encerró conmigo y se turnaron para violarme”. Cada uno “tuvo dos turnos”. La violaron durante una hora.

Su tío la dejó amarrada hasta la mañana siguiente. Cuando por fin la liberó, le ordenó que se pusiera a hacer tareas domésticas. Mientras estaba limpiando vio llegar a los mismos miembros del ayuntamiento que habían matado a Sharon años antes. Ketifa salió por la puerta trasera y tomó un bus que la dejó en la frontera con Kenia. Pensó que en ningún lugar del país estaría a salvo. En el cruce fronterizo con Malaba descubrió que le saldría muy caro llegar a Nairobi, la capital, y, sobre todo, vivir allí. Sin embargo, recordó que cuando era niña una compañera keniata había mencionado que su país aceptaba a personas que habían sido perseguidas y les permitía vivir en los campos. En el andén, Ketifa vio a un vendedor de comida. Se acercó a él diciéndole mentiras: que una amiga de ella vivía en esos campos y quería visitarla.

El vendedor le preguntó si se refería a Kakuma, un campo de refugiados al norte de Kenia que abrió en 1992 para cobijar a los refugiados de la guerra civil sudanesa y desde entonces se ha convertido en el hogar de casi 200.000 refugiados que huyen de todo tipo de conflictos. Le explicó cómo llegar a Kitale, un pueblo al norte del Valle del Rift. Allí podría tomar un bus que atravesara Lodwar y la dejara en Kakuma. Como Ketifa no tenía dinero, el vendedor le ofreció trabajo: lavaría platos por unas horas para pagar su pasaje. Tres días después, Ketifa llegó a Kakuma como refugiada de la violenta homofobia de su país.

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Ketifa no fue la única que huyó de Uganda debido al creciente fervor antihomosexual. Unas semanas después, el 11 de marzo de 2014, un grupo de 23 ugandeses de la comunidad LGBTI se presentó en el patio delantero de la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) en Nairobi. Se querían registrar como refugiados LGBTI. Muchos de ellos eran adolescentes o estaban en sus veintitantos, y la mayoría eran hombres. Venían de muchas regiones de Uganda; algunos eran de la clase trabajadora, otros tenían estudios universitarios. Habían acudido a la oficina por consejo de un sacerdote ugandés solidario con la comunidad.

El sacerdote había sido consejero en secreto de las personas homosexuales desde 1999. Después de que periódicos locales denunciaran la boda de dos hombres en Kampala, él publicó una columna en la que condenaba la oleada de homofobia que se había apoderado del país. Como había puesto su número de teléfono al final del texto, muchos lo buscaron y su casa se convirtió en un refugio para ugandeses homosexuales. “Era un lugar seguro donde podían hablar de su orientación con total libertad”, explica él. “Los ayudaba a aceptarse a sí mismos, a cuidarse de la homofobia y a cerciorarse de que no los lincharan”.

Cuando se aprobó la ley antihomosexual, el sacerdote se llevó a un refugio a algunos de los individuos LGBTI que huían de sus familias y de la Policía. Cuando se agotaron los fondos para el escondite, muchos decidieron huir del país porque temían por su seguridad. Aunque el sacerdote les advirtió que las cosas no mejorarían en Kenia, ellos sintieron que era su única opción. Dado que eso era lo que querían hacer, el sacerdote aconsejó pedir ayuda en la ONU una vez llegaran a Nairobi.

En una pequeña oficina en el segundo piso de Acnur se encontraba una mujer rubia belga llamada Inge De Langhe. Había llegado a Kenia en 2012. Como jefa del departamento de reasentamiento, su función era ayudar a los refugiados más afortunados —entre los 550.000 del país— a encontrar un hogar. Desde que tomó el puesto, sólo había logrado reubicar a unos cuantos miles cada año. Una tasa menor comparada con la de recién llegados.

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Una refugiada posa en uno de los campos de refugiados LGBTI en Kakuma.

 

El día que los 23 ugandeses se presentaron en su oficina, los llevó a una sala de conferencias para escuchar sus historias. Al enterarse del terror que vivieron, De Langhe se preocupó más por la seguridad del grupo en Kenia. Estas personas habían llegado a un país muy homofóbico, que todavía castigaba las relaciones homosexuales con 14 años de prisión. La homofobia penetraba incluso los campos de refugiados. Mientras la mayoría de víctimas había logrado escapar de las condiciones que amenazaban sus vidas, estas, homosexuales, estaban ingresando a un entorno que presentaba las mismas amenazas de violencia. “Me di cuenta de que era un grupo especial”, me dijo De Langhe. “Eran muy jóvenes y estaban desesperados. La mayoría había sido acusada por su propia familia. Creo que eso lo hacía aún más difícil”.

En Kenia y en el resto del mundo, la ONU da prioridad a los solicitantes de asilo más vulnerables y que necesitan protección inmediata, como menores solos y personas con enfermedades riesgosas. Existen muchas razones para registrar a toda prisa a las personas que podrían correr peligro mientras esperan el asilo. Orientados por la División de Protección Internacional de la ONU, en Ginebra, De Langhe y sus colegas decidieron que el grupo necesitaba protección especial y aceleraron sus solicitudes de asilo para que pudieran entrar a Kenia lo antes posible.

Acelerar la entrada de unos refugiados implica rechazar a otros. El estatus de refugiado se determina mediante una cita con el solicitante. En seis meses se sumaron a la lista de espera 24.000 personas de Kakuma y otras 8.000 de Nairobi. Sentarse a esperar un turno es sólo el primer paso de un proceso que puede tomar varios años. La mayoría de los refugiados espera meses e incluso años para la consulta, pero De Langhe y su equipo empezaron a entrevistar al grupo ugandés en pocas semanas. También contrataron a la Sociedad Hebrea de Ayuda a Inmigrantes (HIAS, por sus siglas en inglés), una ONG asociada que les proporcionaría un lugar seguro donde vivir y pequeños estipendios para subsistir. “La verdad, nunca antes le habíamos dado tanto apoyo y atención a un grupo”, admitió De Langhe.

Es un momento complicado para buscar asilo en Kenia. O en cualquier otra parte. El año pasado hubo más de 60 millones de refugiados alrededor del mundo, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que las solicitudes de asilo han alcanzado un máximo histórico, el número de refugiados reubicados con éxito ha disminuido: sólo 73.000 fueron reubicados en 2014, en comparación con los 98.400 del año anterior. Pese a las amenazas particulares que los refugiados LGBTI enfrentaban en Uganda, ¿merecían una cantidad de lugares tan desproporcionada? ¿Cómo los protegerían mientras esperaban?

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Tras la decisión de acelerar las solicitudes de asilo, Acnur, en colaboración con la HIAS, ubicó a algunos de los refugiados en apartamentos de un barrio pobre de Nairobi. Eran habitaciones pequeñas de camas compartidas. Su permanencia en Nairobi dependía de la tradicional laxitud keniana en el cumplimiento de la ley, que en realidad exige a todos los refugiados vivir en Kakuma o en Dadaab, otro campo grande de refugiados en el norte.

Para su mala fortuna, los ugandeses llegaron en un momento en que los refugiados estaban en la mira de las fuerzas de seguridad kenianas. Después de que los terroristas de Al Shabaab sitiaran un centro comercial de Nairobi y mataran a más de 60 personas en septiembre de 2013, el Gobierno se vio en la necesidad de demostrar que estaba tomando las medidas necesarias para expulsar al grupo, al menos en apariencia. Los refugiados se convirtieron entonces en un blanco fácil de la guerra contra el terrorismo. En 2014, la Policía barrió con cientos de inmigrantes en las calles del barrio somalí de Nairobi. Los detuvo temporalmente en el Centro Deportivo Internacional Moi, un estadio de fútbol que se construyó en la década de 1980 para los Juegos Panafricanos. Poco después, los reubicó en los campos de refugiados.

En marzo de 2014 la Policía realizó una redada en el apartamento donde se encontraban los 23 refugiados LGBTI de Uganda y los encarceló. Acnur logró negociar su liberación antes de que los sacaran de la ciudad. No tuvieron otra opción que hospedarlos en un hotel de clase alta, pero la Policía no tardó en encontrarlos. Los amenazaron nuevamente con deportarlos a Uganda. Al no contar con más opciones, Acnur convenció a la Policía una vez más y los envió a Kakuma, el campo de refugiados al que había huido Ketifa.

Kakuma se encuentra en la región de Turkana, cerca de la frontera con Sudán del Sur. Es una ciudad plana y extensa, poblada por 184.000 personas originarias de Sudán, Somalia y otros países vecinos. La ONU les proporciona raciones de comida cada mes, así como acceso a grifos públicos y a servicios médicos básicos. El campo está rodeado por cientos de kilómetros de desierto semiárido. Diecinueve kilómetros cuadrados de personas viven hacinadas en chozas de un piso. Es un lugar inhóspito. Casi nada crece en ese terreno duro y seco, cuya temperatura puede alcanzar los 50°C. Está situado a pocos kilómetros del Ecuador y no hay suficientes árboles que protejan del sol porque se han talado para utilizarlos en fogatas o fabricar carbón. La mayoría de los habitantes pasa los días sin nada que hacer. Además de revender raciones de comida y carbón para cocinar, no hay mucho trabajo. Algunos afortunados llegan a trabajar a la ONU, en sus agencias asociadas o en las ONG que participan en los campos.

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Un refugiado gay ugandés posa para un retrato en el apartamento que compartía con su novio en Nairobi. Seis meses atrás, siete hombres irrumpieron en su casa con machetes y casi lo matan.

Cuando Ketifa llegó al campo en febrero, funcionarios de Acnur le preguntaron por qué había escapado y ella les contó sobre Sharon. Le presentaron a algunos ugandeses LGBTI que llevaban ahí unos meses. Cuando los otros 23 refugiados de Uganda llegaron de Nairobi, se unieron a ese pequeño grupo. “Me dio mucho gusto encontrar gente de mi país y de mi región con la misma orientación sexual”, me dijo Ketifa.

Les asignaron sus dormitorios en el centro de recepción del campo. Lo único que los separaba de los otros refugiados eran algunas cortinas y sábanas que colgaban del techo. Conversando con otra gente, Ketifa se enteró de que existía la posibilidad de salir de los campos en poco tiempo. “Los funcionarios de Acnur dijeron que lo máximo que nos quedaríamos sería un año, y que después me darían mi estatus y sería reubicada”. Los refugiados formaron un grupo muy unido y esto ocasionó que los acosaran. Aunque conservaban la distancia, a menudo se desataban peleas cuando se encontraban con otros refugiados heterosexuales a la hora de comer. “Me dije: tengo que vivir en un lugar donde me discriminan, pero es sólo un año; después me iré”, comentó Ketifa.

Un día Ketifa vio una oferta de trabajo para profesora en una escuela para los niños del campo. Aunque nunca había dado clases, tenía educación y venía de una de las universidades más prestigiosas de Uganda, así que era más calificada que la mayoría. “Necesitaba sobrevivir de algún modo, pero también me asustaba que la gente se diera cuenta de que era lesbiana. No tenía idea de cómo reaccionarían ni de cómo defendería mi posición”. A pesar de sus miedos, se presentó para el trabajo y fue aceptada. No había planeado hacer una vida en Kakuma, pero lentamente la estaba construyendo.

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Los registros de las personas que viven en el campo de Kakuma cubren las paredes de la oficina de trámites de Acnur. Hay 182.000 refugiados y la mayoría de ellos no se podrá reubicar.

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Cuando visité Kakuma en octubre de 2015, De Langhe me recibió en una sala al aire libre, amueblada con viejas bancas de madera. Todo solicitante de asilo que ha llegado a Kakuma ha tenido que pasar por esa sala en las últimas dos décadas. De Langhe me llevó a una pequeña oficina. Los estantes cubrían todas las paredes y estaban llenos de carpetas. Contenían un censo realizado en 2011 para determinar, entre todos los refugiados que calificaban para raciones de comida, quiénes en realidad vivían en en el campo todavía.

“La mayoría de los habitantes de Kakuma pasará el resto de sus vidas aquí”, me dijo De Langhe. Incluso el 1 % elegido para iniciar una nueva vida debe esperar varios años antes de que se le autorice partir. Desde que el campo abrió, no ha habido un sólo día en que no se acumulen solicitudes de asilo. Pero este no es el único problema: en el campo vive una cantidad masiva de inmigrantes esperando a ser registrados como refugiados. De Langhe es la encargada de clasificar quién pertenece a cada proceso. “Desearía que pudiéramos reubicar a más personas, pero me perturba más el hecho de que la gente pase años sin poder continuar con su vida hasta que se decida su estatus de refugiado”, me explicó.

De lunes a viernes De Langhe trabaja para que los procesos avancen lo mejor posible. Los sábados se dedica a escuchar a los adultos mayores y a los líderes de los grupos étnicos en el campo. Por lo general, estos se quejan de que otros refugiados los atacan, de que el ambiente es hostil y de que la Policía keniana no hace nada al respecto. Dentro del campo de refugiados conviven más de 20 nacionalidades y numerosas facciones étnicas. Cada sábado De Langhe visita a los representantes de dos de ellas. Se sientan al aire libre y generalmente sus reuniones duran varias horas.

“Al principio son muy agresivos y es comprensible”, me dijo. El campo es un lugar horrible para vivir. De Langhe escucha sus preocupaciones con gran atención y toma las medidas necesarias para remediarlas lo más pronto posible. Aunque es la cara de la agencia que se interpone entre ellos y su nueva vida, la mayoría de los refugiados sólo tiene cosas buenas que decir sobre ella. De Langhe, me dijo uno de ellos, “es la mujer que más respeto en el mundo”.

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Cuando De Langhe y su equipo empezaron a trabajar con las solicitudes de los refugiados LGBTI de Uganda, creían que se trataba de un caso especial. Pero pronto llegaron más: al principio eran uno o dos al mes, luego comenzaron a llegar por docenas. No sólo huían de la legislación antihomosexual de Uganda, sino de la homofobia en Burundi, Etiopía y otros países de África oriental. En abril del año pasado, más de 200 refugiados LGBTI habían llegado a las puertas de la ONU solicitando asilo inmediato. Uno de los recién llegados le dijo a un investigador de la fundación Global Philanthropy Project que “estaría tres meses en Kenia y después sería reubicado en África del este”.

El alto número de refugiados LGBTI comenzó a agobiar al equipo de De Langhe. Estaba preocupada de que fuera debido a la prioridad que se le dio al primer grupo de homosexuales por encima de otros . Al acelerar su proceso y darles pequeños estipendios en efectivo, Acnur y sus colaboradores crearon un incentivo que impulsó a más individuos a huir a Kenia.

Algunas personas buscaron aliados en Occidente que les dijeran cómo solicitar el estatus de refugiado. Uno de ellos fue Isaac, un joven homosexual de 25 años que vivía en Kampala. En abril de 2015, un periódico local lo acusó de “sodomizar” a otro hombre (su novio, Patrick). Como no sabía qué hacer, buscó consejos en Internet. En un blog sobre derechos humanos encontró algunos artículos de Melanie Nathan, una abogada y activista sudafricana que llegó a Estados Unidos en 1985 y abrió una clínica que defendía los derechos de los inmigrantes LGBTI. Nathan estaba al tanto de la ley antihomosexual y de la oleada de homofobia en Uganda. En 2014, ya estaba en contacto con un gran número de ugandeses LGBTI y empezó a escribir en su blog sobre la difícil situación que sufrían. A veces les daba consejos a quienes habían decidido huir temiendo por su seguridad. Cuando Isaac le escribió, contestó de inmediato. A finales de ese mes, él y su novio se fueron a Kakuma.

Nathan no era un caso aislado. Muchos defensores de la comunidad LGBTI en Estados Unidos estaban animando a los ugandeses a huir. A veces incluso les mandaban dinero para el viaje. The Friends New Underground Railroad, un grupo de cuáqueros de Washington que se dedica a transportar ugandeses LGBTI, ya ha ayudado a escapar a más de 1.300 personas a países vecinos, europeos, de Medio Oriente y de América.

Otras personas tomaron la decisión de refugiarse gracias a las redes sociales. Tenían amigos reubicados en el hemisferio norte que publicaban material sobre su nueva vida. Incluso aquellos que no habían sido reubicados alentaban a quienes seguían en Uganda a huir a Kenia. Según un informe emitido por Global Philanthropy Project en julio de 2015, “muchos de los encuestados mencionaron que los ugandeses LGBT en Nairobi motivaban a sus amigos y a sus parejas a que se les unieran. Les compartían información sobre el proceso de asilo e historias sobre una vida más libre”.

A diferencia de los refugiados pobres que venían del sur de Sudán o de Somalia, los ugandeses contaban con antecedentes económicos muy variados. Muchos eran de Kampala. Algunos habían trabajado en restaurantes, otros tenían títulos universitarios y algunos de los más jóvenes ni siquiera habían terminado el bachillerato.

A medida que aumentaron los viajes a Kakuma, American Jewish World Service y una pequeña ONG keniana establecieron viviendas provisionales en el norte de Kenia, a medio camino entre la frontera con Uganda y el campo. Su objetivo era interceptar refugiados LGBTI ugandeses y ofrecerles refugio por cinco días, mientras decidían qué hacer. En ese lapso, llevaban al posible refugiado a Kakuma, le daban un recorrido y luego lo regresaban a la vivienda. Una vez allí, pasaban uno o dos días considerando las difíciles condiciones y la homofobia en los campos. Al final, muchos optaban por vivir de manera ilegal en Nairobi y unos pocos regresaban a Uganda.

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La homofobia está muy arraigada en el campo de refugiados. Ketifa empezó a dar clases en una escuela, pero poco tiempo después se esparcieron rumores sobre su homosexualidad. Aunque ella la mantenía en secreto, a menudo la veían acompañada de personas que parecían homosexuales. Además no estaba casada ni tenía novio. Los estudiantes le gritaban “¡Shoga! ¡Shoga!”, que significa “homosexual”. Ella relata que”algunos venían y me decían: ‘Tú no puedes darme clases. Mis padres me dijeron que una shoga no debe enseñar porque es mala'”.

En noviembre de 2014, un grupo de padres que Ketifa indentificó como somalíes se reunió para quejarse con el director de la escuela. Justo después, el director citó a Ketifa y a otros ugandeses homosexuales. “Dijo que si no cambiábamos lo que éramos perderíamos nuestros trabajos”, me contó Ketifa. Tres semanas después recibieron una carta de la escuela: habían sido despedidos.

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Como la seguridad de los refugiados LGBTI estaba amenazada, Acnur les construyó un campo cerca de una estación de Policía, donde podrían vivir todos juntos.

 

“La gente tiene convicciones religiosas muy fuertes”, explica Muthee Kiunga, el funcionario de protección vinculado a Acnur encargado de Kakuma. “Hasta los somalíes cristianos creen firmemente que es algo malo. Por eso fue tan difícil conseguir que estas 20 personas se integraran al campo”.

La discriminación a veces desembocaba en violencia y esto amenazaba la vida y los hogares de los refugiados LGBTI. Los sudaneses y somalíes les lanzaban piedras y los lastimaban. Para evitar conflictos, los refugiados esperaban a que los demás terminaran de comer y después iban por su comida. Como temían que la violencia pudiera incrementar si los incorporaban al resto de la población del campo, el grupo se negó a abandonar el centro de recepción que le habían asignado provisionalmente.

Kiunga reconoció que era imposible cambiar la actitud de 180.000 refugiados tan rápido y que tampoco podía garantizar la seguridad del grupo en el campo. “Tuvimos muchas dificultades para decidir dónde podíamos mandarlos”, dice. “¿Y sí los atacaban? ¿Cómo evitar que un somalí les arrojara una piedra?”. Kiunga y sus seguidores armaron un plan.

Para convencer al grupo de que se integrara a la población del campo, Acnur le buscaría un terreno cerca de una estación de policía. Allí vivirían como una comunidad pequeña. En lugar de seguir el procedimiento regular y proporcionarles los materiales de construcción (o dinero para comprarlos), la ONU le pediría a una organización asociada que construyera pequeñas chozas con paredes de barro y techos de hojalata para la comunidad LGBTI. Los trabajadores construirían una cerca de arbustos espinosos alrededor del perímetro que sirviera como protección y les diera privacidad.

En julio de 2014 las chozas quedaron listas. Más de 20 individuos que llegaron en la primera tanda, aquellos que llevaban escondidos dos meses en la recepción central, se mudaron. Pronto llegaron más refugiados LGBTI, así que se construyó un segundo complejo al lado del primero.

Las chozas no son lujosas ni mucho menos. Cuando uno entra encuentra colchones en el piso y maletas abiertas con ropa desbordándose. Del techo cuelgan mosquiteros, shorts, vestidos y ropa interior. Afuera merodean unos cuantos pollos. En los días que hay viento, los refugiados amarran una lona en medio de dos casas para crear algo de sombra.

Al complejo le hicieron su propio grifo para que Ketifa y los demás no tuvieran que sufrir acoso cuando fueran a recolectar agua. Es un gran privilegio, pues a la mayoría de refugiados los echan de los grifos públicos, sean o no LGBTI. En Kakuma la discriminación es un fenómeno universal. “Está presente en todas las tribus y comunidades, incluyendo la sudanesa. Los Nuer no dan de beber a los Dinka. Hay niños que son golpeados por ser Hutu o Tutsi”, explica Kiunga. “El agua es un recurso muy preciado y no sólo para la comunidad LGBTI”.

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Un refugiado gay ugandés con VIH positivo posa afuera de su casa en Nairobi. La HIAS le proporciona un pequeño estipendio cada mes, pero muchas veces no le alcanza para comprar la comida suficiente para acompañar sus antiretrovirales.

Al ver los privilegios de los refugiados LGBTI, varios habitantes del campo empezaron a sentir envidia. “El grupo LGBTI, a pesar de ser pequeño, recibe tanta atención que a veces nos llegan quejas”, comenta Kiunga. “‘¿Por qué tratan a esta gente de forma tan especial? ¿Por qué tienen que estar sólo seis meses aquí? Yo llevo seis años aquí. También tengo problemas. ¿Por qué se van tan rápido?'”.

Brian, un activista de la región de Turkana, fue uno de los primeros defensores de los refugiados LGBTI que llegaron a Kakuma. También fue de los primeros en criticar el trato que les daba Acnur. “Fuimos a la oficina para decirle a Muthee que lo que hacía no estaba bien”, cuenta Brian. “Les construyeron casas cerca de una estación de policía en un terreno cercado, al que encima le suministraron agua. No es que sea algo malo, pero ¿qué va a pasar cuando las otras comunidades empiecen a hacer preguntas?”.

A él no le sorprende que los otros habitantes discriminen a los refugiados LGBTI. Después de la construcción del complejo, las amenazas de violencia continuaron. Cada mes, los habitantes iban al centro de distribución por sus raciones de comida. En dos ocasiones, cuando los refugiados LGBT volvían con sus provisiones, encontraron los arbustos que rodean el complejo en llamas. En septiembre del año pasado varios de ellos formaron un equipo de fútbol, pero los otros refugiados les prohibieron competir en la liga del campo. Cuando algunos jugadores LGBTI se unieron a equipos de otras comunidades, suspendieron a esos equipos.

Un día de septiembre aparecieron en el campo carteles que decían en suajili: “Tus hijos van a adoptar un comportamiento homosexual. Si ves a alguno con tu hijo, corre a la policía y pide ayuda. Unámonos para erradicar el comportamiento homosexual”. “Fue como una advertencia”, dice Kiunga. Él y sus colegas estudiaron la caligrafía del cartel en un intento por adivinar la nacionalidad del autor. Pero pudo haber sido cualquiera… De Langhe informó a la Policía sobre los carteles; sin embargo, siguieron apareciendo cerca del complejo LGBTI por varias semanas.

A pesar de esto, Brian todavía piensa que el trato preferencial es un incentivo. “Si alguien te da la oportunidad de ir a un lugar mejor, te vas”.

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No sólo en Kakuma tenían privilegios los refugiados LGTBI. Mientras algunos de ellos se quedaron en el campo por elección o a la fuerza, la mayoría optó por mudarse a Nairobi. Era lógico que los ugandeses que crecieron en una zona metropolitana como Kampala eligieran la ciudad en vez de un campo de refugiados.

Los refugiados de Nairobi eran los únicos que recibían dinero en efectivo. La HIAS aseguró fondos de la ONU para enviarles a los refugiados LGBTI estipendios mensuales de 6.000 chelines (alrededor de 180.000 pesos colombianos). Eso apenas alcanzaba para pagar la renta. No servía para comprar comida o pagar el transporte, ni siquiera para ir a las entrevistas de reubicación, pero era mejor que nada. Se trataba de estipendios especiales en muchos sentidos. La HIAS los ofrecía sin imponer un límite de tiempo, a diferencia de los estipendios tradicionales. Ni siquiera los menores sin acompañante recibían ayuda económica por más de cuatro meses. Pero financiar a tal nivel no era sostenible. Según Global Philanthropy Project, un asociado de Acnur gastó todo su presupuesto para 2014 en sólo dos meses de estipendios.

Los privilegios de los refugiados podrían explicar en parte por qué la ONU empezó a preocuparse por situaciones de fraude. Los refugiados LGBTI decían haber visto personas haciéndose pasar por homosexuales para recoger dinero. Aaron Gershowitz, el supervisor de las operaciones mundiales de la HIAS, cree que un escenario de fraude generalizado es poco probable. El año pasado pasó varias semanas en Nairobi para mejorar el proceso de repartición de los estipendios y jamás escuchó que su equipo mencionara a algún farsante. La HIAS sólo ayuda a los refugiados registrados en Acnur. Si hay impostores que reciben ayuda, no es culpa de la HIAS.

Aún así, la posibilidad de que personas fingieran ser homosexuales para obtener ayuda o ser reubicadas sembró el temor en Acnur. En febrero del año pasado, 76 personas que decían ser refugiados LGBTI se presentaron en su oficina en Nairobi el mismo día. Con esta llegada masiva surgieron sospechas sobre la existencia de una red organizada de trata. De Langhe me contó que el sacerdote ugandés que le mandó al primer grupo de refugiados le aconsejó desconfiar de los nuevos. “Cuando llegan 70 personas a tu puerta en un mismo día algo anda mal”.

La preocupación por los impostores planteó más desafíos al trabajo de Acnur. De Langhe retrasó el proceso para que sus colaboradores pudieran determinar quiénes eran de verdad LGBTI. “Seguro entre estas 76 personas había casos reales que se verían comprometidos por culpa de los casos falsos”, me explicó.

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Natah, una refugiada burundi, y su novia keniata en el apartamento que comparten con otros refugiados en el barrio Mountain View, en Nairobi, Kenia.

De Langhe decidió que no culparía a los impostores LGBTI por su intento de solicitar asilo.”Tenemos casos de fraude porque les damos incentivos. Hay que admitirlo”, dijo. “Si eres un ugandés pobre y solo, y te enteras de que están reubicando en América del Norte a personas LGBTI de tu país, pruebas suerte y te presentas como miembro de esa comunidad. Pienso que es normal”.

Según Kiunga, “es un asunto muy delicado y muy personal a veces”. Él sabe de al menos dos casos en los que rechazaron a personas que afirmaban ser LGBTI porque sus historias no eran creíbles. Para la ONU se ha vuelto muy difícil verificar cuándo está mintiendo el individuo. Uno no puede juzgar basándose únicamente en las experiencias sexuales de un aplicante porque no todos —en especial los jóvenes— las han tenido. Además, no tener relaciones previas también puede ser “un indicador de que el individuo ha tratado de evitar que lo lastimen”, dicen las directrices de Acnur.

Las entrevistas pueden ser muy duras para los refugiados. Natah, una lesbiana originaria de Kampala, recuerda que rompió en llanto durante la primera sesión al contar cómo su madre la repudió y su padre la atacó al enterarse de su orientación sexual. “Los entrevistadores me dieron papel y pluma y me pidieron que escribiera algo sobre mí. Yo escribí que había perdido a mi familia por ser lo que soy”. Durante la segunda entrevista “empecé a llorar porque recordé a mi mamá. Les dije algo así como: ‘Descubrió lo que era y me pidió que me fuera'”. Lentamente y con dolor les relató su historia.

Para evitar que los solicitantes tengan que revivir situaciones traumáticas, la ONU estableció lo siguiente: “No se debe hacer preguntas sobre la vida sexual del solicitante”; “determinar la orientación sexual con un ‘examen’ médico supone una violación a sus derechos humanos y no debe hacerse”; “también es impropio pedirle a una pareja que demuestre afecto físico durante una entrevista para establecer su orientación sexual”. Al descartar estas pruebas, sólo que dan el testimonio del solicitante y la coherencia de su historia. Solicitar a familiares y a amigos que verifiquen la veracidad del relato tampoco es una opción; para muchos refugiados LGBTI estas personas son las responsables de su exilio.

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Después de perder su trabajo, Ketifa esperó agónicamente su reubicación. No se molestó en aplicar para otro cargo. “No les importa si trabajas bien, sólo se fijan en tu orientación sexual”. Como no tenía más que hacer que conversar con los refugiados, consideró mudarse a Nairobi. Sus amigos insistieron en que allá se aburriría menos y evitaría la discriminación. Sin embargo, primero necesitaba el permiso del Departamento de Asuntos de Refugiados de Kenia, algo prácticamente imposible de obtener. Conocía, sí, a algunos refugiados que habían escapado de manera ilegal. Sin embargo, le daba miedo seguirlos.

Es verdad, Nairobi ofrece más ventajas que el campo: es una ciudad grande y muchos de sus residentes son hombres y mujeres homosexuales. Aunque algunos refugiados han conocido keniatas gays, la mayoría evita involucrarse en esa escena local. Un gran número se comunica por vía digital: se manda mensajes de WhatsApp, comparte fotos y videos por Facebook, y busca pareja en Grindr.

A las afueras del sur de la ciudad, en una calle pedregosa, se encuentra una casa que compartían 30 refugiados LGBTI. Pasaban los días escuchando música, cocinado y comiendo juntos. Afuera jugaban netball, un deporte parecido al baloncesto. Salían únicamente a comprar comida o para asistir a reuniones y entrevistas en varias agencias de reubicación, oficinas de Gobierno y embajadas extranjeras. Su comunidad era relativamente segura hasta el año pasado, cuando las amenazas homófobas de sus vecinos los obligaron a dejar la casa.

La gente de Nairobi acecha a los refugiados LGBTI de manera permanente. Una tarde, en febrero de 2015, un grupo de refugiados LGBTI se reunió en una casa de un barrio muy poblado para celebrar que a Francis, un hombre gay originario de Uganda, se le había concedido la reubicación en Suecia en menos de un año de haber llegado a Kenia. Su buena suerte le daba esperanzas al resto.

Natah, la chica lesbiana de Kampala que huyó a Kakuma en 2014, estaba entre los 50 invitados a la despedida. Ella también se había ido a Nairobi. Allí conoció a Francis y se hicieron amigos. Francis se puso una falda para la fiesta. Normalmente, Natah reprendía su comportamiento: “A veces iba a saludarlo y lo encontraba usando una falda o un vestido, siempre con maquillaje. Le decía: ‘Estás en Nairobi, ¿recuerdas? Aquí son homofóbicos'”. Pero aquella tarde, con Francis a un paso de su libertad, Natah no dijo nada.

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Un refugiado gay muestra las chozas reglamentarias del campo. Uno de los múltiples agujeros en la pared está cubierto parcialmente por una lona de Acnur.

La fiesta iba muy bien y todos bailaban al ritmo de la música ugandesa. Natah, que era abstemia, decidió regresar a casa poco después del anochecer. Se despidió de Francis, que le pidió una última nalgada cariñosa como despedida. Quince minutos después,mientras esperaba en la parada de bus, Natah recibió una llamada. Era su amiga Josephine, otra lesbiana ugandesa que seguía en la fiesta: la Policía había llegado a arrestarlos a todos.

Luego de que Natah se fuera, la Policía invadió el conjunto de apartamentos. Josephine se encerró en una habitación y fue relatándole a Natah cómo los oficiales iban por ellos: habitación por habitación, hurgando entre la ropa, buscando debajo de los colchones. No parecían estar seguros de lo que querían encontrar.

Los oficiales reunieron a todos en el centro del conjunto y los obligaron a sentarse. “Nos dijeron que no podíamos hacer una fiesta sin permiso”,contó Raj, un adolescente gay ugandés que estaba entre los invitados. También contó que Francis, por ser el anfitrión, intentó dialogar con ellos y explicarles que sí tenían permiso. Según Raj, uno de los oficiales le gritó que se callara y otro le dio una bofetada. “Fue su manera de decirnos ‘Esto no es una broma. Esto es Kenia, no Uganda'”.

La Policía exigía que debían ser trasladados a Kakuma, como lo ordenaba la Ley. Los arrestaron y se llevaron a los 35 a la cárcel. Allí los separaron en dos celdas pequeñas y sucias. Aunque era muy tarde, nadie durmió. No había espacio suficiente para acostarse en el piso. Algunos decidieron tomar turnos, otros se sentaron o acuclillaron.

A la mañana siguiente hacía calor. Algunos de los refugiados se quitaron sus camisas para refrescarse. Un hombre se desmayó. Los demás convencieron a la Policía de que lo dejaran ir a un hospital cercano. El día pasó lentamente y llegó la segunda noche. No fue hasta la siguiente noche que funcionarios de Acnur lograron convencer a los policías de que los soltaran. No les levantaron cargos.

En cuanto fueron liberados, algunos de los refugiados fueron al hospital a ver a su amigo. Allí encontraron a Natah cuidándolo. Se recuperó rápido, pero las enfermeras no lo dejaban marcharse. Le exigían que pagara primero. Natah pasó el día entero haciendo llamadas telefónicas a amigos, defensores y cualquiera que se le ocurriera. Necesitaba reunir 2.300 chelines ( alrededor de 70.000 pesos) para pagar la factura. Finalmente, el sacerdote ugandés donó el dinero.

Natah vio a todos muy aliviados después de abandonar el hospital esa noche. Pero esa odisea no dejó de recordarles que aún eran “prisioneros”, como los llamó uno de los oficiales. Vivían como marginados en un país desconocido y en el que ser homosexual es delito. Esa misma tarde, Natah vio a Francis fuera del hospital. Estaba a pocas horas de viajar a un país donde sería libre, pero no quiso decir mucho. “No era un momento feliz”, me contó Natah. Los refugiados regresaron a la casa a recoger sus cosas; el barrio ya no era seguro. En los próximos días se dispersarían por diferentes áreas de Nairobi.

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Francis fue uno de los pocos afortunados. Aunque los refugiados LGBTI esperaban obtener asilo rápido, muy pocos recibieron la misma atención que el primer grupo de 23. El proceso se hizo más lento conforme llegaron más refugiados. Las primeras personas LGBTI que huyeron de Uganda, incluyendo a Ketifa, tuvieron que esperar. “En este momento no sé nada sobre mi estatus de refugiada”, me dijo Ketifa en octubre del año pasado. “Sigo con muchas dudas”.

A finales de 2014, Acnur no pudo acelerar más los casos, así que Catherine Hamon-Sharpe ––la jefa de De Langhe y representante auxiliar de protección de Acnur–– decidió considerarlos individualmente. Acnur simplemente carecía del tiempo y de los recursos para acelerar tantas solicitudes. Los refugiados LGBT de África ya no estarían en la vía rápida de reubicación.

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Un hombre mirando una calle del barrio Eastleigh, en Nairobi, donde muchos refugiados LGBTI se han instalado temporalmente.

Un hombre mirando una calle del barrio Eastleigh, en Nairobi, donde muchos refugiados LGBTI se han instalado temporalmente.

En marzo del año pasado, algunos refugiados que habían esperado obtener asilo de manera rápida protestaron frente a la oficina de Acnur. Un grupo escribió una carta en la que afirmaba que debido a los grandes retrasos en las entrevistas”los inmigrantes LGBT en Kenia habían sido blanco de varias amenazas de muerte”.

Acnur creyó que eliminar el trato preferencial dejaría de atraer a los ugandeses a Kenia. Se equivocó. La transición fue lenta. Aunque la Corte Suprema de Uganda derogó la ley antihomosexual por razones técnicas en julio de 2014, “nada cambió inmediatamente”. Al menos eso dice el sacerdote ugandés, quien seguía con la labor de ayudar a las personas a encontrar refugio temporal en las afueras de Nairobi mientras se resolvían sus casos. El número de solicitantes empezó a disminuir en 2015. Aunque los casos exitosos de los primeros refugiados habían motivado a otros ugandeses a seguir su ejemplo, las nuevas historias sobre acoso y violencia ––sobre estancamiento y decepción–– “tuvieron un efecto amortiguador”, dice el sacerdote. “La gente empezó a considerarlo dos o tres veces antes de salir. La gente ya no está dispuesta a esperar tanto tiempo por una entrevista”.

En enero, Ketifa al fin recibió la noticia por la que había esperado dos años: su estatus de refugiada había sido aprobado. “Rezamos para agradecerle a Dios por la buena noticia y para pedir que los demás reciban la suya pronto”, me dijo. Ahora, a Ketifa le espera un largo proceso, controles de seguridad y exámenes médicos en la embajada del país que considere la posibilidad de recibirla.

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Un domingo caluroso de octubre pasado, un grupo de 20 personas se reunió en una iglesia improvisada en el complejo de los refugiados LGBTI en Kakuma. Había un par de lonas impecables cubriendo el suelo entre dos chozas y cuatro bancas muy estrechas, fabricadas con tablones de madera. Mientras los devotos ocupaban sus lugares, cantaban un himno ugandés.

Momentos después se les unió el sacerdote Solomon Mugisa. Hijo del pastor de una iglesia pentecostal y de una estudiosa madre anglicana, Mugisa asistió a escuelas cristianas y colegios bíblicos toda su vida. Tenía muy claro que la iglesia anglicana cargaba con la reputación de ser la más homofóbica en todo África. Pero eso no impidió que él, un hombre gay, se convirtiera en sacerdote anglicano. “Yo sé que Dios no discrimina”, declaró. “Te ama sin importar quién seas”.

No se puede decir lo mismo de la Policía ugandesa. En marzo de 2014 empezaron a circular por Internet unas fotos en las que aparecía Mugisa en el Festival Internacional del orgullo gayen Londres. Fue una licencia fugaz que se permitió durante un intercambio cristiano en Reino Unido. Cuando regresó a Kampala, la Policía lo buscó en su casa. Se lo llevaron a la cárcel y pasó allí cinco noches. En la mañana del sexto día lo dejaron salir libre bajo fianza. Mugisa huyó a Nairobi inmediatamente y Acnur lo envió enseguida a Kakuma, donde se convirtió en el líder terrenal y espiritual del grupo ugandés.

Al principio, Mugisa llevaba a los refugiados a las iglesias que ya había en Kakuma para rezar los domingos, pero siempre los echaban. Fue entonces cuando decidió construir su propia iglesia en el mismo hogar que comparten los refugiados LGBTI.

Si la cristiandad y la homosexualidad han estado alguna vez en desacuerdo, la misa matutina de los domingos en el complejo de los ugandeses LGBTI podría hacernos creer lo contrario. Aquel domingo en particular, la gente dio gracias. Una mujer le agradeció a Dios por ayudarla a completar la “parte médica” de su proceso de reubicación para ir a Estados Unidos. Otro hombre agradeció el hecho de tener una iglesia donde rezar (Mugisa me explicó que ese hombre “jamás pensó poder asistir a una iglesia que lo aceptara e incluso empezó a odiar a Dios”). Otro hombre se puso de pie: “Le doy gracias a Dios por protegerme. Anoche me atacaron mientras recorría unas tiendas, pero gracias a Dios sobreviví”.

Ketifa era musulmana y nunca había entrado a una iglesia antes de llegar a Kakuma, pero también asistió. No la aceptaban en las mezquitas locales por ser lesbiana. Escuchó con atención desde la última fila y se unió a los cantos cristianos.

Transcurrió más de una hora de misa. Los cánticos y plegarias terminaron y Mugisa procedió a dar su sermón semanal. “Dios tiene un libro de la vida”, le dijo a sus fieles. “Él recordará sus nombres, pero si quieren aparecer en el libro necesitan hacer el bien”. Mugisa se dirigió a cuatro de sus fieles: “Mulondo, Lujja, Kasule, Nansamba: ustedes quieren ser capaces de decir ‘Dios, yo te serví cuando estuve en el campo de Kakuma. Yo te serví cuando estaba en Uganda. Recuérdame. Estas fueron mis acciones, recuérdame'”.

De repente, Mugisa se detuvo. Durante el silencio inesperado se pudo escuchar un “amén” a varias voces, casi gritos. Provenía de la iglesia amarilla que estaba camino abajo. Era una de las que había echado a los refugiados LGBTI antes de que ellos iniciaran la suya. Mugisa contempló a sus fieles. No pudo ignorar la inquietud en sus rostros y los consoló: “Créanme, algún día nos marcharemos de este lugar”.

* Todos los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las víctimas de homofobia.

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