Foto: Acción Cultural Popular

Así eran las Escuelas Radiofónicas. Foto: Acción Cultural Popular

“¿Pero dónde está el padre José, que lo escuchamos y no lo vemos?”, preguntaron, entre asustados y confundidos, los campesinos de Sutatenza (Boyacá) el 16 de noviembre de 1947. La voz del sacerdote provenía de una caja de madera. Según Hernando Bernal Alarcón, sociólogo y escritor, ese día, tras una transmisión radiofónica de 30 minutos, la vida en el agro colombiano cambió para siempre.

El padre José Joaquín Salcedo llegó desde Tunja a Sutatenza a raíz de un castigo impuesto por la iglesia católica, pues sus superiores lo cuestionaban por “revolucionario”. Cuando empacó su maleta para irse al pueblo, ubicado a 130 kilómetros de Bogotá, no olvidó llevar un proyector de cintas y un radio receptor de onda corta.

Tras una serie de charlas con los apenas 8.000 habitantes de la población, llegó a una conclusión: el principal problema de la comunidad era el analfabetismo. Mientras se preguntaba cómo combatirlo, a sus manos llegó un transmisor radiofónico artesanal de 90 vatios. El clérigo decidió utilizar el artefacto para transmitir contenidos educativos al campesinado: así nació Radio Sutatenza.

Más tarde, la misma iglesia que un día se opuso a las ideas del padre se unió al proyecto. Así surgió Acción Cultural Popular (ACPO), una organización católica que se propuso llevar educación a la población rural del país a través de las Escuelas Radiofónicas, con las que llegó a dictarse hasta el bachillerato completo. El modelo tuvo tanto impacto que fue replicado en 24 países, entre ellos Chile, Venezuela y Perú.

Según cifras de ACPO, más de cuatro millones de campesinos se beneficiaron de esta iniciativa que empezó hace 70 años. En la actualidad, y con el avance de las tecnologías, el legado del clérigo sigue vivo.

Tras 24 años de la culminación de las Escuelas Radiofónicas y dos décadas de crisis, la junta directiva de ACPO decidió explorar cuáles herramientas le permitirían continuar con las labores educativas en el siglo XXI.

En 2012, la organización realizó estudios con campesinos del Valle del Cauca, Boyacá y Chocó, para que brindaran ideas sobre cómo debería ser la nueva educación en el agro. Así surgieron las Escuelas Digitales Campesinas (EDC), una forma de capacitación y alfabetización en la que —por medio de cartillas, videos y módulos radiofónicos en línea— los habitantes rurales tendrían una ventana hacia la aldea global.

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Imagen de las Escuelas Digitales Campesinas. Foto: Acción Cultural Popular

Por medio de las EDC, más de 13.000 campesinos de distintas regiones del país reciben conocimientos en temas como economía, cambio climático, administración, liderazgo, ciudadanía y paz. En ese último punto, la organización sabe que el reto es grande: tras la publicación del acuerdo de paz firmado entre el Gobierno y Farc, y la transformación rural planteada en el documento, la educación en el campo debe convertirse en un asunto primordial.

Hablamos con Kenny Lavacude, director general de ACPO, sobre el origen de esta iniciativa de educación en el campo y los desafíos a los que se enfrentan las EDC en el contexto de paz que atraviesa el país.

¿Cómo llegaron a la idea de las Escuelas Digitales Campesinas?

Tras superar la crisis, empezamos a preguntarnos sobre cómo debería ser una acción cultural popular en los tiempos actuales. En 2010 se hizo la primera propuesta de unas ciber aulas móviles que tuvieran conexión a través de satélite y que se pudieran llevar a lo largo de Colombia, pero, por cuestiones monetarias, fue necesario cambiar la idea.

Varios campesinos que habían sido líderes de ACPO en los tiempos de las escuelas radiofónicas y algunos que hasta ahora se integraban al proceso aportaron sus opiniones, tanto de los medios que se podrían usar en el proyecto como de los contenidos que se deberían impartir. Entonces, en 2012, lanzamos el piloto y empezamos a trabajar.

Ahora operamos a través de puntos tecnológicos que se ubican en colegios e infraestructuras públicas de los municipios, y contamos con docentes capacitados en diferentes áreas que nos ayudan en el proceso educativo.

En los tiempos de las Escuelas Radiofónicas, ustedes enseñaban, principalmente, educación básica. ¿Qué temas dictan en la actualidad?

Ya no contamos con alfabetización básica. Ahora todo lo trabajamos por medio de la alfabetización digital, pues nos dimos cuenta de que si capacitamos a los campesinos para que manejen las nuevas tecnologías, ellos aprenderán a leer y a escribir con más facilidad. También tenemos diferentes asignaturas que les aportan conocimientos en otras áreas, con las que pueden ayudar a su comunidad. Creamos el término “ciudadanía rural” y algunos cursos de liderazgo. La labor de ACPO es educar, pero el objetivo principal es visibilizar a los campesinos como portadores de cultura, paz y sabiduría.

Precisamente, en el acuerdo de paz se contemplan acciones para una transformación del campo colombiano. ¿Qué papel jugará ACPO en esta etapa de implementación?

Nuestra base de trabajo se centra en dos elementos fundamentales: el Censo Nacional Agropecuario, que nos permite establecer el alcance de la labor que hemos realizado durante estos años, y el punto uno del acuerdo final con las Farc. Precisamente, el año pasado creamos un curso titulado “paz y convivencia”, que ha sido muy bien recibido, pues muestra cómo los valores pueden contribuir a la construcción de tejido social en el campo. En 2017 queremos ir más allá, con temas concretos: justicia, perdón, reparación y no repetición. Queremos aportar a la construcción de paz a través de la educación.

Los cursos que se dictan en las EDC hacen énfasis en la mujer rural como agente principal de las comunidades. ¿Por qué decidieron utilizar ese enfoque?

Las mujeres campesinas tienen un papel fundamental, pues son el alma de la vida en el campo. Por lo general, son ellas quienes movilizan a la comunidad. Por eso, desde ACPO hemos realizado campañas para que los hombres tomen conciencia del papel fundamental de las mujeres, más allá de su rol de madres y esposas. Aunque no nos lo hubiésemos propuesto, las mujeres estuvieron siempre de forma implícita en nuestro proyecto, pues han sido nuestras principales beneficiarias: son ellas quienes traen a los miembros de sus familias y los motivan a continuar.

Tras su labor de casi cinco años en ACPO, ¿cómo cree usted que las organizaciones campesinas pueden contribuir a la construcción de paz?

En la violencia, el escenario principal es el rural. Los campesinos, indígenas y afrodescendientes son los mayores afectados por la guerra; no solo por las masacres y crímenes similares, sino también por flagelos como la extorsión y el desplazamiento forzado. Por eso, en los espacios del agro aún hay secuelas profundas, tanto en las víctimas como en los victimarios. Nosotros creemos que el campesinado colombiano, en general, guarda valores ancestrales, y que nuestra misión es promoverlos con el fin de construir paz desde la reconciliación y la convivencia.

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