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Este artículo fue publicado originalmente en VICE News, la plataforma de noticias de VICE.

Por Harriet Dedman

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Después de 52 años de un conflicto que ha cobrado la vida de 220.000 personas (principalmente civiles), 7 millones de desplazados y cientos de secuestrados, la transición de Colombia a la paz ha tenido tropiezos, pero se mantiene en curso. Mientras el acuerdo firmado se implementa lentamente, cerca de 6.300 exguerrilleros de las Farc esperan en 26 zonas veredales a lo largo del país.

El próximo 31 de mayo, de acuerdo con lo pactado en La Habana, esa guerrilla deberá haber entregado las armas a la Misión de las Naciones Unidas, ente que se encargará de fundirlas y que usará el metal para construir monumentos de paz en Bogotá, La Habana y Nueva York. En ese momento, los excombatientes habrán recibido una amnistía y habrán hecho la transición hacia la vida civil o habrán enfrentado cargos por crímenes de guerra bajo una nueva ley. VICE News pasó un fin de semana en el interior de uno de esos campos, normalmente cerrados para los civiles, para documentar los últimos días de las Farc.

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La zona veredal La Variante se encuentra en Tumaco, una región ubicada a 48 kilómetros de la Costa Pacífica y a 16 de la frontera con Ecuador. El campo fue construido a lo largo del río Mira, en el corazón de Nariño, una parte del país permeada por el nefasto e ilícito negocio de la cocaína.

Los campesinos siembran coca en largas plantaciones escondidas por densos muros de árboles o en pendientes empinadas que descienden al río. La bandera de las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) aún se ondea en varias comunidades.

 

El acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc creó 26 campos de desmovilización temporales a lo largo del país. Están cerrados para los civiles, pero día a día se llenan de nuevas tropas. Los lugares son el hogar de la guerrilla mientras se prepara para el futuro previsto. Los representantes de las Naciones Unidas se detienen allí casi todos los días, para proveer lecturas a los miembros de la guerrilla y ofrecerles consejos para su reintegración a la vida civil el próximo 31 de mayo.

 

La variante es el hogar de 300 excombatientes de las Farc. Algunos sirvieron a ese grupo guerrillero durante décadas, otros ingresaron apenas 12 meses antes del inicio de las negociaciones. Hombres, mujeres y niños esperan en medio de un aburrimiento incómodo por su transición a la vida civil. Algunos de ellos aún usan sus uniformes. La mayoría, por ahora, sigue portando sus armas.

 

Retratos y fotografías de los antiguos líderes de las Farc cuelgan de los muros del campo. Las imágenes fueron seleccionadas por la autodenominada Oficina de Propaganda, que intenta lograr que el grupo guerrillero pase de la retórica comunista a un mensaje externo apetecible para el nuevo partido político que conformará el grupo armado.

Pedro Antonio Marín, mejor conocido por su alias Manuel Marulanda (segundo a la derecha), fundó a las Farc en 1964 con el fin de luchar por los derechos de los campesinos colombianos. Murió en 2008, aparentemente, a los 76 años. Muchos exlíderes y comandantes han sido conmemorados por los combatientes de ese grupo incluso años después de sus decesos. Esto con el fin de construir la memoria de la organización.

 

Miembros de las Farc ven el partido de clasificación al Mundial de fútbol entre Hungría y Portugal en el comedor central el sábado 25 de marzo. Los campos tienen satélites, televisión y pisos de tierra.

 

Los miembros de las Farc juegan voleibol  en la entrada del campo. Después de años, incluso décadas, las realidades de la paz se sientan con un aburrimiento incómodo, mientras los soldados esperan la fase de transición.

 

Didier tiene 29 años. Se unió a las Farc en 2007. Se entrenó para ser francotirador. “Soy muy bueno disparando”, le dijo a VICE News. Mientras crecía, observaba con asombro la forma cómo los combatientes de ese grupo armado operaban en su pueblo. “Yo los miraba y pensaba que quería ser como ellos”.

La dejación de armas que fija el acuerdo sobre el cese al fuego bilateral definitivo y sobre el cese de las hostilidades, prevé además la entrega de armas a las Naciones Unidas. La ONU se encargará de emplear el arsenal para la construcción de diferentes monumentos para la paz de Colombia en La Habana y Nueva York, así como en el propio país.

“Renunciamos a las armas después de mucho tiempo sin usarlas. La lucha es política ahora. Esta debe ser aprendida, no puede inventarse”.

 

Más de 300 soldados viven dentro de La Variante, y las Farc, acostumbrados a construir los campamentos en lugares inhóspitos, han creado un orden y una infraestructura dentro de la zona. Desde duchas y cableado eléctrico, hasta ganado y bibliotecas. La vida cotidiana se define por turnos programados, clases y patrullaje del perímetro. El grupo, en su tránsito a la paz, quiere mantener un control interno sobre el proceso.
Tras 52 años de existencia de esa guerrilla, el actual proceso de paz ha tenido como resultado un boom de bebés. Las mujeres combatientes, previamente obligadas a usar anticonceptivos (y en algunos casos a practicarse abortos ilegales) hoy construyen familias.

 

María José Ortega tiene 22 años. La mujer amamanta a Brianna Mishell, su hija de tres meses. “Me gustaría estudiar sobre mujeres y equidad de género. Quiero criar a mi hija para que que sea una buena ciudadana”.

“La igualdad de género no es solo para los miembros de las Farc, también es para todos los hombres y mujeres de Colombia”.

 

Marlon Palacios, de 23 años, es el padre de la pequeña Brianna Mishell. Juega con ella en medio de los alojamientos improvisados y dice: “La paz para mi significa un cambio en el modelo de el país donde vivo. Una Colombia más incluyente para los campesinos y los pobres”.

 

Johny Mesa, de 24 años, arregla algunas partes del campo. Las zonas veredales se concibieron como refugios temporales para la transición de los miembros de las Farc el 31 de mayo. Sin embargo, debido a los retrasos en la construcción y al lento despliegue de la ley de amnistía, los comandantes solicitan que el proceso se prolongue entre seis meses y un año. Con los materiales donados por las Naciones Unidas, las habitaciones, las unidades de almacenamiento y las áreas comunes se construyen con rapidez mientras más excombatientes llegan.

 

Arbey Arenas, de 40 años, entró a las Farc hace una década. Mientras algunos de sus compañeros se visten de civil, él aun porta su uniforme.

“Para mí, la paz significa un cambio social”, dice. Para 6.300 desmovilizados de las Farc, los beneficios que les traerá la paz (oportunidades económicas, estabilidad o frustración y alienación) aún no han llegado.

 

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