Alejandro Gaviria, Ministro de Salud.

Por: Valentina Rozo*

Este artículo es producto de la alianza entre ¡PACIFISTA! y Dejusticia.

De niña nunca me imaginé siendo economista. Me acuerdo del día de la inducción a primíparos de la universidad, que incluía un par de horas compartiendo con el decano: Alejandro Gaviria. Nos dijo: “estoy seguro de que ninguno de ustedes soñó con ser economista. De niño uno quiere ser doctor, bombero, profesor, puede darse cuenta de que le gusta construir y decidir ser arquitecto o tal vez ingeniero, pero ¿economista? Nadie sueña con ser economista”. Su discurso continuó mostrándonos los distintos caminos que podíamos tomar habiendo escogido esta carrera. Seguramente algunos solo querían ser ricos, otros buscaban una carrera aplicable a distintos campos y algunos soñaban con vivir en un mundo mejor. Ese mismo día dijo, “los economistas somos los médicos de la sociedad. Curamos las enfermedades que nos agobian a todos por igual, como la pobreza, la desigualdad y el subdesarrollo”. Tal vez, sin saberlo se estaba anticipando al futuro. Tal vez, ni siquiera se imaginaba que dejaría su comodidad en una universidad en la que podía investigar sobre el tema que quisiera y dar clase para irse al Ministerio de Salud.

Mi mayor recuerdo de Alejandro es de una clase de introducción a la economía colombiana en la que estábamos hablando de la situación en la que una persona termina con una mejor condición económica que la de sus padres. Al final de clase nos dijo, “voy a darles un bono para el primer parcial. Lo único que tienen que hacer es montarse a un taxi y preguntarle al taxista sobre qué hacían sus papás y qué hacen hoy sus hijos. Me tienen que traer esa historia de movilidad social”. Estoy segura de que en ese momento gran parte de los estudiantes pensamos que la universidad sería muy fácil si ese era el tipo de tareas que debíamos cumplir para que nos subieran la nota de un parcial, pero ninguno se anticipaba a cómo nos marcaría esa simple acción.

Esa fue la primera vez que un profesor me motivó a salir a hablar con gente y a aplicar los conocimientos teóricos de una clase a la realidad. La verdad, necesité de mucho tiempo antes de ser capaz de hacer la pregunta, pensé ¿qué pensaría el taxista de mi? ¿por qué habría de interesarme su vida?

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Sin embargo, le pregunté a una taxista. Su padre era conductor de bus, lo que no me pareció una gran historia para contar. Pero, cuando le pregunté por sus hijos, era distinto. Los dos eran bachilleres (él no lo había sido) y los dos estaban estudiando. En cuestión de minutos tenía un ejemplo práctico y real sobre la teoría, algo que muy pocos profesores logran darnos en economía y probablemente en muchas carreras. Además, y tal vez lo más valioso, fue que era una de las primeras veces en mi vida me salí de mi zona de confort.

Últimamente he estado pensando mucho en Alejandro, pues hace un par de semanas compartió en sus redes sociales las cosas que le gustaría hacer. Decidí preguntarle a mis compañeros de pregrado qué recuerdos tienen de él. La lista no se hizo esperar: “recuerdo una clase en la que nos contó que la felicidad se explota con experiencias y no con productos” dijo uno de ellos.  Dentro de todas las historias, hubo una que me  hizo sonreír.

Guillermo, uno de los fundadores de la Fundación Con Las Manos (en la que universitarios le enseñan matemáticas a niños de colegio), me contó que cuando Alejandro era decano y le presentaron el proyecto, le dijeron que lo que más les preocupaba era cómo medir el impacto de su fundación. Quiero hacer énfasis en esto porque en nuestra formación de economistas nos enseñan que medir el impacto es fundamental, que si usted no tiene un modelo para medir el impacto, usted no tiene nada. Ante la duda de los estudiantes, Alejandro les respondió, “evaluar es muy importante y van a tener que hacerlo. Pero por ahora puede que sea mejor dedicarse a aprender de la comunidad con la que van a trabajar si algún día esperan que ellos también aprendan algo de ustedes”.

Anhelo que todos tengamos a alguien que nos haga salir de nuestra realidad para conocer la de alguien más

Este es solo un ejemplo de cómo un profesor nos echó el cuento a todos los que fuimos sus alumnos de que éramos capaces de cambiar el mundo para bien, que cuando termináramos nuestra carrera tendríamos las herramientas para luchar contra la pobreza, contra la desigualdad, contra la injusticia social. Quiero que Alejandro sepa que muchos de los que estuvimos sentados en su clase nos creímos el cuento y trabajamos para vivir en un país mejor, lo mismo que él hace día tras día.

Hoy no quiero hacerle un tributo por las labores que ha hecho en el Ministerio,  donde sólo por mencionar,  acabó con las aspersiones aéreas de glifosato en 2015, un año después se enfrentó a las farmacéuticas y hoy pide regular a la industria de bebidas azucaradas. Hoy deseo que la generación actual tenga la oportunidad de tener maestros de la calidad humana de Alejandro. Espero que los retos de los niños en sus casas, en los colegios, en las universidades o en cualquier lugar, sean salir a preguntarle a alguien sobre su vida, su pasado y  su legado. Me gusta pensar en que a todos nos enseñen que antes de esperar que las personas aprendan de nosotros, nosotros debemos también aprender de ellas. Anhelo que todos tengamos a alguien que nos haga salir de nuestra realidad para conocer la de alguien más. Siete años después de haber tenido clase con Alejandro, estoy segura de que ese es el primer paso para construir paz.

*Investigadora de Dejusticia.

**Esta columna de opinión representa la voz del autor y no compromete la posición editorial de ¡Pacifista!

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