Fotograbado de León Zuleta por Manuel Antonio Velandia Mora / 2014.

El primer movimiento gay en Colombia empezó con una mentira. Una audaz salida de quien reconoce que a veces una ficción es más fértil que la realidad material.

Era 1976. Un periódico trotskista colombiano publicó una entrevista con León Zuleta, un estudiante paisa quien en ella afirmaba ser parte del Movimiento Homosexual Colombiano: un grupo con 10.000 miembros activos. En Bogotá, Manuel Velandia, otro joven estudiante, contactó al periódico después de leer la entrevista: la noticia del movimiento no podía ser más pertinente, él mismo tenía la intención de crear un movimiento político de minorías sexuales. Por esa conversación con el periódico, días después estaba hablando con Zuleta por teléfono. Él, desde Medellín, le dijo que sí, que en efecto el movimiento tenía 10.000 miembros, pero que todos los ceros eran falsos.

El movimiento era solo uno. Él mismo.

“Me dijo que él era el único, que quería hacer una revista, El Otro, porque el otro era él, pero ya que yo estaba interesado intentara crear algo en Bogotá, y que si alguien se comunicaba con él le iba a dar mi apartado aéreo y mi teléfono, para que me llamara”, me dijo Manuel Velandia, 41 años después, en otra llamada. Así se formaron grupos en Medellín y en Bogotá, luego en otras ciudades del país, hasta que finalmente la mentira dejó de serlo y se convirtió en el Movimiento de Liberación Homosexual.

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El nombre de León Zuleta quiere decir algo para muy pocos, muchos menos de los que uno imaginaría deberían recordar a quien ha sido llamado el pionero de los movimientos LGBT en Colombia. Un par de videos en YouTube. Algunas biografías breves colgadas en blogs y sitios LGBT. Un premio y una organización que llevan su nombre. Dos, tal vez tres, textos académicos sobre él. El libro que escribió. Artículos suyos enterrados en revistas perdidas o archivadas. Una nota de dos párrafos en el periódico El Tiempo sobre su asesinato en 1993, el 23 de agosto, luego de ser apuñalado en su apartamento.

Eso es todo lo que quedó de su memoria.

Atando uno y otro relato, se puede decir que León Benhur Zuleta Ruiz nació en Itagüí, Antoquia, en 1952. Que hizo parte de la Juventud Comunista Colombiana hasta los 19 años, cuando fue expulsado por declararse gay públicamente. Que estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Antioquia, donde también fue profesor hasta ser expulsado, tal vez por gay, tal vez por comunista, tal vez por sindicalista, seguramente por ser las tres al mismo tiempo. Que se fue a enseñar a la Universidad de Nariño de donde también lo expulsaron. Que volvió a Medellín a encontrar la muerte.Escribió ensayos, poemas, cuentos. Devoró libros, revistas y todo tipo de teorías sociales que le llegaban desde Europa. Tradujo a Foucault. Escribió en todas las revistas y publicaciones que pudo. Creó su propia revista, El Otro, la primera publicación gay en el país, en la que, con seudónimos, escondía ser el autor de todos los textos, incluso de las cartas de los lectores, que también respondía. Compartió textos, teorías y autores con todo el que podía. Se declaraba “marica”. Era feminista. Besaba a otros hombres en público. Tiró en potreros, en confesionarios, en altares de iglesias. Tiró con mujeres. Tiró como un acto erótico. Tiró como un acto político. Siempre sintió la muerte cerca.

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Tres meses después de haber hablado por primera vez, Manuel Velandia y León Zuleta se conocieron personalmente. Velandia lo invitó a su casa. Zuleta llegó y le dijo que, antes de cualquier cosa, tenían que quitarse de encima el problema de dominación y dependencia latente en las relaciones homosexuales, un problema ligado al ejercicio de la genitalidad. La solución, dijo, era tener una relación sexual. Tirar. Penetrarse y dejarse penetrar. Así se lo sugería a cualquiera que deseara entablar un debate con él. Una actitud que muchos interpretaban no como una acción política sino como un interés oculto de “culear” con todo el mundo.

“Realmente, era muy extraño”, me dijo Velandia. Pero al mismo tiempo me aseguró que de alguna forma se sentía preparado para eso gracias a algunos autores europeos que Zuleta le había recomendado sobre movimientos de orientación sexual: Foucault, por ejemplo, pero sobre todo Hocquenghem, un autor francés, autor de El deseo homosexual, el libro que se leyeron con diccionario en mano —ninguno sabía francés— y que se volvió su texto de cabecera. “No fue un acto erótico, fue un acto político”, me aclaró, como para borrar cualquier otra interpretación.

Así era Zuleta: transgresor, abiertamente sexual, profundamente teórico. Un hombre que sostenía que lo sexual era político y que tener manifestaciones públicas homosexuales era una forma de atacar directamente el orden que segregaba y discriminaba a las minorías sexuales: llevar la teoría a la calle, cambiar las cosas desde las prácticas no desde las normas, atacar de frente el miedo reinante a ser marica, sembrar el terror para desestabilizar los órdenes y las instituciones.

Eso era el movimiento sex-pol, del que Zuleta era el mayor defensor y exponente: un discurso que, incluso hoy, más de 40 años después, se siente vanguardista y radical. Un discurso que Zuleta soltaba abiertamente en la Colombia setentera, en la que la policía cobraba “cuota” para que los gays pudieran estar tranquilos en los bares, en la que la misma policía desnudaba y obligaba a hombres gays a “mamárselo” a alguno de ellos, en la que ser gay seguía siendo un delito.

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Tal vez uno de los documentos más valiosos hasta la fecha sobre León Zuleta es un video, de un poco más de una hora, colgado en YouTube. Está él, rodeado de otros tres que lucen jóvenes al lado de un Zuleta próximo a los cuarentas. Está de blazer, en un formato que recuerda esos otros videos de filósofos europeos que discuten frente a un micrófono y a una audiencia. Zuleta habla con el tono de quien se sabe escuchado e ininterrumpido. Habla de su infancia, de su adolescencia, de la forma en que fue criado y de las decisiones que desde muy pequeño fueron definiendo su personalidad. Habla y se nota que ha invertido mucho tiempo en pensarse a sí mismo, en significar sus experiencias y resignificarlas en función de la persona en quien se convirtió. Habla y le recuerda a quien lo ve que es ante todo un filósofo: un hombre que ha convertido a las ideas y al lenguaje en su mundo y oficio, y que goza jugando con las posibilidades de su discurso, tal vez incluso sin importar si quien lo escucha entiende suficientemente su juego.

Siempre tuve un ideal narcisista muy alto (…) Tenía un ideal de ‘yo’ completamente intelectualizado [que] de alguna manera era un cierto desprecio a la brutalidad o a la ignorancia de mis compañeros. Eso me aisló demasiado”, dice Zuleta en el video a propósito de una infancia que desafortunadamente, dice, se pasó entre libros de la literatura clásica francesa. “Hubiera deseado ser más lúdico y menos intelectual porque eso me marcó definitivamente (…) estoy metido en el lenguaje, en el orden simbólico y no vivo el orden real. Soy como una especie de loco inteligente que no entiende lo que pasa en la realidad”.

Zuleta no parecía vivir en la sociedad paisa de finales de siglo XX, sino en la vanguardia intelectual europea de la misma época. Era un extraño en su propia tierra y eso lo reconocía él y los que lo conocieron. En el corto documental El ciudadano León Zuleta, sus amigos y conocidos lo describen como una figura que se paseaba por las calles de Medellín ajeno a la ciudad misma. Salía a bares, tomaba, frecuentaba varios grupos sindicales, activistas, políticos, era profesor, fomentaba discusiones públicas. Aún así, parecía vivir paralelamente en un mundo que solo él habitaba, inaccesible a otros.

“Yo me siento marginal. Me siento extraepocal, extemporáneo”, dice León en el mismo video. “A veces eso quiere decir que externamente doy la imagen de la desfachatez o de la irreverencia (…) [pero] no me interesa ser irreverente”, afirma, como quien ve su apuesta política no como una transgresión ni como una apuesta vanguardista sino como una personalidad que pocos supieron entender.

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La muerte de Zuleta fue sorpresiva, como casi todas las muertes. Sin embargo, la noticia llegó para muchos como una profecía cumplida.

“A mí la muerte de León me alegró porque yo sentía que León estaba cansado. (…) creo que la forma de tomar y de drogarse de León y los espacios que visitaba eran una búsqueda tanática. Y creo que lo logró. Cuando supe que León había muerto lo único que pensé fue: bueno, finalmente León logró lo que quería”, dice Marta López, una de sus amigas, en El ciudadano Zuleta.

La muerte le era familiar, incluso en un sentido poético: sufría de catalepsia. Varios escucharon de su boca la historia de la vez que se despertó desnudo en una morgue bogotana, rodeado de cadáveres y cómo desde entonces había sentido que la muerte era parte de él, tal vez más como compañía que como amenaza. Incluso la sentía como una vía de escape, la conclusión a la que muchos llegan cuando su propia vida se vuelve insoportable.

“Una vez llegamos a la conclusión de que los dos estábamos a destiempo. [Hablamos] que no éramos de esta época, que vivir en esta época nos significaba mucho dolor, que frente a eso había que tomar decisiones y que una de las decisiones era el suicidio. Hicimos un acuerdo esa noche: no nos suicidaríamos pero nos pondríamos en las manos de quien fuera capaz de apagar estas dos velas”, decía en el mismo documental Piedad Morales, una poetisa y activista feminista amiga suya.

La visión de su vida como lo que eventualmente se extinguiría en manos de otro también era política y teórica: reconocía que sus actos, los públicos, los sexuales, los transgresores, lo volvían un sujeto vulnerable: uno que la sociedad buscaría eliminar para mantener su propio orden. Así se lo dijo al propio Manuel Velandia después de darle un beso en la boca en un bus en Bogotá, ante la mirada de los demás pasajeros.

“Me dijo que los líderes teníamos que estar preparados para cualquier forma de vulneración, incluso la muerte”, me dijo Velandia, que además agregó que ese recuerdo fue el primero que volvió a su cabeza cuando se enteró de que León Zuleta había sido asesinado.

De su asesinato no se sabe mucho. En realidad, no se sabe nada. Que fue apuñalado en su apartamento, en el barrio Loreto de Medellín, el 23 de agosto de 1993. Lo que quedan son especulaciones: que tal vez su asesino fue alguien que se hizo pasar por gay para después matarlo; que de pronto fue obra de los grupos que hacían limpieza social desde 1986 y que perseguían homosexuales; que fue un crimen común, un simple asesinato; que fue un acto de homofobia.

Murió a los 41 años, con un cuchillo atravesado, en su casa, solo acompañado por su asesino. Nadie investigó su muerte. Nunca se encontró a un culpable, ni siquiera un sospechoso. Lo único que quedó registrado de su muerte fueron los dos párrafos publicados en El Tiempo que, como si no hubiera nada más que decir de Zuleta, dan la dirección exacta de su apartamento.

Su asesinato hoy es un crimen que sigue impune. Que tal vez nadie investigó por ser la mera muerte de “un marica”. Zuleta ya no está, pero aún quedan sus palabras:

“A mí lo que más me preocupa y lo que más me angustia es que esté viviendo una época tan opaca, tan cuadriculada, tan pobre (…) pero no es para ponerse a llorar. Yo creo que mal o bien lo que queda en este momento es: si no se puede transformar nada a nivel de cosmovisiones, es producir su propia verdad pero vivir con una risa, con la alegría permanente. Lo que queda es la risa filosófica”.

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