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Fotofija oficial de la pelicula La mujer del animal del director Victor Gaviria

Fotofija oficial de la pelicula La mujer del animal del director Victor Gaviria. Foto: Cortesía Black Velvet.

columnista

Por Juan Pablo Trujillo Urrea*

Poner un trípode, montar la luz, prender la cámara. Es todo un espectáculo. Los actores no tienen idea de que los atraviesa un remedo de narrativa, no imaginan la presencia del titiritero desplegando sus habilidades para mantener la puesta en escena en los límites de su complacencia. Miran atónitos los lentes que los inspeccionan, mientras los traficantes acomodan la toma. ¿Quiénes son ellos? son ladrones de almas, mercaderes de existencias, comerciantes de humanidad. Visitan un mundo de realidades que les son ajenas, y se acercan a él, de la misma forma que el turista que va un museo.

Tratan descaradamente de retratar una circunstancia angustiosa y la caricaturizan. Creen estar en un zoológico visitando especies venidas a menos, viendo al león que ha entrado en desgracia, al mono enfermo, y al pavo real descolorido. Tienen la firme convicción de que la miseria es exótica, extraña, fascinante. Se alimentan de ella como parásitos.

A eso llamaron Luis Ospina y Carlos Mayolo “pornomiseria” por medio de un manifiesto y un falso documental realizado en 1977: Agarrando pueblo.  Esos dos trabajos configuran lo que en Colombia denominamos “pornomiseria”. ¿Qué critican Ospina y Mayolo? el deseo despreciable de algunos realizadores que  aprovecharon el impacto que causó en los países europeos, durante los setenta, el cine del “tercer mundo”, y vulgarizaron las realidades para convertirlas en productos exportables.

El deseo de aproximarse a la miseria de los países “desarrollados”, principalmente  los europeos, marcó una tendencia positiva en términos de reconocimiento para productos audiovisuales que, más que reflexionar sobre realidades, crearon mercancías cuyo sello era la pobreza absoluta. De ahí el nombre de pornomiseria, un producto que buscaba causar excitación en los espectadores, ya no con escenas gráficas sexuales, sino con miradas explícitas e irreflexivas sobre la pobreza. La miseria en este caso, es una suerte de porno que frecuentaban los europeos de la época, y que aún hoy consumen en menor medida.

Ahora bien,  el trabajo de Víctor Gaviria se fundamenta en la evaluación de la realidad sin maquillaje, en la presentación descarnada de las particularidades más aterradoras de la sociedad paisa. Su obra se centra en la vida de esos seres cuya circunstancia no ha sido afortunada, personas que divagan en la miseria, tratando de que la sociedad no los devore.  Sus películas retratan esa realidad que es lejana para muchos; le dan palabra a las voces silenciadas.

Desde el punkero existencial y “los pelaos en moto”, pasando por la vendedora de rosas, hasta llegar al narcotraficante simpático, todos los personajes de Gaviria son una reflexión en sí mismos, son una afrenta a una sociedad que convive en silencio con lo despiadado. El director, pone cara a cara a Medellín con el lado que siempre ha querido negar, ese que muchos aún creen mito.

En ese sentido, los que ubican al cine de Víctor Gaviria en la categoría de “pornomiseria” parecen obviar los océanos de profundidad que copiosamente salen de boca de sus personajes. A través de las afirmaciones más coloquiales, “La cachetona”, “Leydi”, “Gerardo”, o “El choco” recitan de forma desprevenida máximas de la vida en la calle, del destierro, de la desesperanza, que muchas veces, evocan al más despiadado realismo.

El trabajo del director revela una parcial fascinación por ese mundo que se esconde bajo las laderas de Medellín, que a simple vista, sería equiparable con la “pornomiseria”. Sin embargo, dicho hechizo por retratar la pobreza no tiene ninguna similitud con el deseo “chupasangre” de los directores que se parodian en Agarrando pueblo (como Ciro Durán y su documental Gamín). Tanto es así, que incluso su trabajo transciende la imagen e incorpora un análisis sociológico y etnográfico de los resquicios de la cultura paisa. No es un secreto las preproducciones que se alargan varios meses (algo no habitual en el cine de hoy), o el trabajo de campo de varios años con extensas jornadas de entrevistas para encontrar la voz de los personajes.

Hace poco lo escuchaba en un conversatorio en la Universidad EAFIT diciendo que para La mujer del animal se realizó un trabajo de campo de cerca de ocho años, en el que se recogieron centenares de testimonios de mujeres víctimas de violencia de género. Entonces, no es solo poner la cámara y filmar tragedias. Acá hay una responsabilidad social, una ética investigativa y una reflexión profunda sobre la realidad que se retrata.

Pensaría yo, que el deseo de Gaviria es mostrarle a su cuidad y a su país esas criaturas que a diario tienen que vivir al límite, condenadas a la espalda y olvido del resto de conciudadanos. Esos personajes que desde hace mucho tiempo dejaron de ser personas para convertirse en cifras. Gaviria les devuelve la humanidad y les hace foco a sus rostros, para que no se corra el riesgo de olvidarlos.

Sus reflexiones siempre serán pertinentes, pero lo son aún más en tiempos donde el país está llamado a saldar deudas históricas, en donde la apuesta por reconciliarnos depende mucho de la manera en cómo asumamos nuestras miserias y las afrontemos sin decoraciones, tal y como él lo hace.

Rodrigo D, La Vendedora de Rosas, Sumas y Restas, y ahora, La mujer del Animal, son todas obras de una crudeza que choca, que genera resistencia, pero que encierran un análisis juicioso y honesto de una parte de la ciudad que vive en la penumbra. Iluminar esas realidades puede ser el primer paso para modificarlas, y Gaviria lo realiza de muy buena manera. Así pues, el que luego de ver el trabajo de este director, se refiera a él como ‘pornomiseria, creo que no solo es anacrónico, si no también, y en más medida, ciego.

*Investigador del Centro de Análisis Político de la Universidad EAFIT, y del Laboratorio de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín. 

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