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2012.07.17 - Porto Alegre/RS/Brasil - Advogado Pedro Vieira Abramovay, ex-Secretário de Assuntos Legislativos do Ministério da Justiça e ex-Secretário da Secretaria Nacional de Justiça do Governo Federal. Foto: Ramiro Furquim/Sul21.com.br

Pedro Vieira Abramovay. Foto: Ramiro Furquim/Sul21.com.br

Homicidio. Del latín Homicidĭum, compuesto por homo, “ser humano”, y caedere, “matar”, significa por su raíz etimológica: “matar a un ser humano”.

Sin embargo, la categoría de homicidio es tan compleja como se quiera. En Colombia, por ejemplo, existe el homicidio culposo, imprudente, por piedad, inducido, doloso, preterintencional, simple, el infanticidio, el feminicidio, entre otros.

El homicidio es también un concepto que define y justifica políticas públicas, afecta los parámetros de convivencia e incide en la percepción de los habitantes en cuanto a la seguridad y a la administración de la justicia de un Estado. Por esto y mucho más, altas tasas de homicidio son críticas para cualquier país.

En septiembre pasado se reunieron en Bogotá casi 100 representantes de 12 países de América Latina y Caribe para discutir sobre datos, definiciones, causas y consecuencias del homicidio. La conferencia fue convocada por Open Society Foundations, MinJusticia, la Fiscalía, la Cámara de Comercio de Bogotá y el Laboratorio de Análisis de la Violencia de la Universidad de Río de Janeiro para mejorar la calidad de la información sobre violencia letal y facilitar la comparación internacional de los datos de homicidio.

¿La razón? Nuestra región tiene las tasas de homicidio más altas del mundo. En 2012, cerca del 31% del total global de homicidios fueron cometidos en América Latina, a pesar que la región representa sólo el 8% de la población mundial. Además, 1 de cada 5 homicidios en el mundo ocurre en Colombia, Venezuela y Brasil. Las cifras son más que alarmantes. Así es como nuestro país se encuentra en los 10 países con más homicidios per cápita. Según el Monitor de homicidios, en 2013 la tasa de homicidios intencionales en Colombia fue de 30,3 por cada 100.000 habitantes.

¡Pacifista! conversó con Pedro Abramovay, abogado brasilero que hizo parte del Ministerio de Justicia de Brasil en el gobierno Lula y hoy es director para el programa de América Latina y Caribe de Open Society Foundations. Abramovay explicó la importancia de reflexionar sobre el homicidio en nuestra región e insistió en la necesidad de entenderlo en un plano complejo que escape de una simple definición o categoría penal.

 

¿Por qué es tan importante la conversación regional sobre la calidad de datos de homicidio en Latinoamérica?

Tenemos tasas de homicidio en América Latina que no son aceptables y no son comparables con otras regiones del mundo. Esto se traduce en una escala de violencia que no existe en otro continente.

La mayoría de países recopila datos de diferentes maneras, pero desde el punto de vista de las políticas públicas tenemos que trabajar juntos para alcanzar buenos niveles de calidad de la información y mejorar las estrategias de prevención. Podemos mantener diferencias jurídicas y de esquemas estadísticos por país, pero tenemos que conocer el por qué de tantas muertes violentas en esta zona del mundo.

  

¿Cómo se define el homicidio y cuál es el problema de definir esta categoría?

Definir el homicidio puede ser complejo por todas las aristas de la ley y la política. Pero no podemos perdernos en definiciones y paralizarnos. Lo más importante es que entendamos que homicidios son todas las muertes violentas.

Yo soy abogado y uno puede estancarse en definiciones y discusiones jurídicas sobre qué es o no es homicidio. Pero, por ejemplo, una muerte a manos de un policía puede ser un acto jurídicamente legal, pero desde la política pública es un homicidio que es igual de indeseable a cualquier otro. Es necesario reducir los homicidios jurídicamente aceptables tanto como los homicidios considerados ilegales por un Estado.

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Infografías: Juan Navarrete

 

Homicidio y conflicto armado, ¿cómo se relacionan en el marco de las políticas públicas?

En ocasiones, el homicidio y el conflicto armado se sobreponen para explicar algunas cifras y en otras se separan completamente para insistir en que una muerte es distinta cuando hay guerra y cuando no la hay.

Pero para mí hay una relación mucho más compleja y es que en países con conflictos armados, como Colombia, se impone una lógica de guerra que justifica todos los homicidios. Matar a alguien deja de ser importante y empieza a ser normal.

Creo que Colombia está es un proceso de transición, hay qué ver qué sale de los acuerdos, pero históricamente, este país ha tratado el tema de la seguridad ciudadana desde una lógica de guerra, desde la defensa hacia un enemigo particular. El problema es que la seguridad de los ciudadanos no es igual a la seguridad nacional.

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Uno de cada cinco homicidios en el mundo ocurre en Colombia, Venezuela o Brasil. ¿Qué podría explicar esta estadística y qué tienen estas muertes violentas en común?

Para explicar esta estadística hay que tener en cuenta el peso que tiene la guerra contra el narcotráfico en estos tres países, donde no es igual decir que hubo cinco homicidios de civiles a decir que cinco personas fueron asesinadas en un operativo antinarcótico. En cierta medida, la guerra contra las drogas naturaliza algunos homicidios como algo que hace parte de un proceso necesario.

A lo que voy es que poco reflexionamos al respecto, pero justificar el homicidio no es normal, es algo que caracteriza a estos tres países. No podemos decir que pasa lo mismo en el resto del mundo.

La otra cosa que es común es que la distribución de muertes no es igual por clase social o grupo étnico. Dentro de estas muertes violentas hay un gran número de afrodescendientes, indígenas y gente pobre. Tristemente, los homicidios se concentran en esta población porque suelen ser invisibles o naturalizadas antes los ojos del poder político y económico.

 

Entonces, ¿cómo luchar contra la naturalización de las muertes violentas?

No es fácil, pero debe haber un esfuerzo inmenso de la sociedad por rechazar todo tipo de asesinatos, por insistir en que no es normal. Hay que trabajar en conocer el contexto que rodea a cada homicidios, ponerles caras, contar historias y no sólo dar estadísticas.

Por otra parte, los gobiernos no pueden darse el lujo de que la disminución en las tasas de homicidio no sea una prioridad estatal. Pero, de nuevo, ser prioridad no implica usar la lógica de guerra, sino enfocar las políticas públicas hacia este objetivo. Nos hemos dado cuenta que estas estrategias han mostrado ser muy efectivas entre más puntuales sean. Por ejemplo, las políticas de desarme en barrios y localidades ha demostrado tener una alta incidencia en la disminución de los homicidios.

Sin embargo, el rol de la sociedad civil es fundamental para chequear si los datos son correctos o no, controlar las propuestas, lograr entender si lo que está haciendo el Estado tiene relación con el resultado esperado y presionar para que el homicidio esté en la agenda central política.

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Pero, ¿qué pasa cuando la sociedad civil tiene miedo de denunciar y exigir?

Sí, en países como Colombia la sociedad civil está paralizada por grandes temores. En estos casos es el Gobierno el que tiene que crear las condiciones para que ésta pueda participar.

Sin embargo, la lucha en contra de la impunidad no es lo único por hacer. Hay muchas acciones de reducción de homicidios que no están vinculadas a la denuncia, sino a la prevención. Y desde allí la lucha de la sociedad civil es mucho más fácil.

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¿Podría la aplicación de la pena de muerte bajar las tasas de homicidios en América Latina?

Definitivamente no funciona para reducir el homicidio. De hecho, ni siquiera funcionan las políticas de encarcelamiento en masa. Pero más allá de si gusta o no, los costos de la pena de muerte son absolutamente insoportables para países de América Latina.

El problema filosófico de estas políticas basadas en la “Tolerancia cero ante cualquier ilegalidad” es que los primeros en cometerlas en América Latina son los mismos Estados. Así que es difícil legitimar este tipo de propuestas en una región como la nuestra.

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