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#ProyectoCOCA | Los campesinos están preocupados de que ellos terminen llevando el bulto de la diferencia de visiones de Santos y Duque, y que se pierda el trabajo que ya han adelantado.

Los campesinos que tienen coca –y, sobre todo, los que hasta hace poco la tuvieron– están muertos de miedo.

Atrapados en medio de la pelea política entre el gobierno saliente y el entrante sobre cuál es la mejor manera de acabar con los cultivos de uso ilícito, están preocupados de que ellos terminen llevando el bulto de esa diferencia de visiones y que se pierda el trabajo que ya han adelantado.

El gobierno saliente de Juan Manuel Santos le apostó –después de la firma del Acuerdo de paz– a un modelo de sustitución en llave con las comunidades, pero entregó un país con su número más alto de cultivos de coca a nivel histórico (pese a que, irónicamente, también había tenido la cifra más baja). El gobierno entrante de Iván Duque se ve, al menos hasta el momento, paralizado por la esquizofrenia: unos piden garrote (privilegiando opciones forzosas, que no necesariamente han funcionado en el pasado, como la aspersión y la erradicación manual) y otros piden desarrollo rural y continuar trabajando con las comunidades.

Ante ese panorama, los cultivadores de coca están en la incertidumbre. Hablamos con un campesino en el Caquetá que es actualmente beneficiario del Programa Nacional Integral de Sustitución (PNIS), que inició el hasta hace poco alto consejero Rafael Pardo y que –como ha contado Proyecto Coca cerró su primer año con un resultado agridulce: apostó más por la erradicación que la sustitución y aunque habrá logrado la erradicación de unas 48.000 hectáreas, la cifra es baja teniendo en cuenta que el censo de Naciones Unidas para 2017 (que se hará público muy pronto) habla de 177.000 en todo el país.

Al igual que muchos de los campesinos que le apostaron a la sustitución, él nos pidió reservar su nombre y su identidad, atemorizado de que se cancele el programa y –pese a haber comenzado a trabajar con el Gobierno nacional– quede de nuevo en la ilegalidad. Su situación es parecida a la de miles de campesinos en el programa: combinaba la coca con otros productos, durante años vio poco Estado más que los aviones de aspersión aérea y vive en una vereda a una hora de la cabecera municipal más cercana. Ahora tiene sus esperanzas puestas en el cacao, si se mantiene en pie el programa de sustitución.

Esto nos contó.

***

Los que no se metieron, están asustados. Y los que sí nos metimos, estamos más asustados todavía. Lo ponen a uno entre la espada y la pared, no sabe uno para dónde coger.

Nosotros fuimos a las reuniones [en las que el PNIS suscribía acuerdos de sustitución con las comunidades]. ‘A nadie se obliga [a entrar en el programa]’, nos decían, ‘pero, si no entra, igual se le va a erradicar y no se le va a dar nada’.

Entonces yo me dije, ‘Si me van a arrancar, pues prefiero yo arrancarla y que no me fumiguen’, ¿sí me entiende? Porque tengo el cacao ahí y tres hectáreas de caña también.

Es que hermano, si viene la fumiga, acaba con todo: con caña y cacao y con todo. Porque la coca usted la mochó y ella vuelve y sigue, pero la caña y el plátano y el cacao, hasta luego. Hasta ahí llega. Y si fumigan al vecino, me cae a mí y me afecta.

Los primeros pagos se demoraron, así que yo me demoré en arrancar. Vino Naciones Unidas [que se encarga de verificar la erradicación] y yo le dije ‘No le arranco ni una mata de coca hasta que no me llegue el primer pago’. Porque, ¿yo cómo voy a arrancar lo que me estaba dando la comida? La regla es que le dan los primeros dos millones [de pesos] y luego 60 días para que usted elimine el cultivo. Y eso hicimos nosotros.

¿Qué tal que nos dejen así? ¿Qué tal que nos den solo un par de pagos y no se vuelva a saber nunca más nada [del Estado]? Con la condición [que asumimos] de que usted no puede volver a sembrar una mata, porque -si usted siembra- va a tener orden de captura según lo que hablan las leyes. Que extinción de dominio y otras cosas: imagínese, la finca que tanto ha trabajado uno y que el Gobierno venga a decir ‘Esto es mío y lo voy a sacar de aquí’.

¿Cómo no me va a dar miedo que vengan, así sea con drones? Dicen que esos drones vienen y fumigan así no más [explica mientras traza una línea imaginaria a la altura de la cintura] Eso es mentiras: eso la mera presión coge cualquier 100 metros. De verdad: si no más usted fumiga con una caneca estacionaria y eso vuela hasta allá a la cerca [a unos 50 metros]. Dicen que dizque el drone es más lento, que no es como la avioneta, pero acá los conocemos.

Es que por eso me metí yo al programa: yo no quiero la fumiga. Ya nos tocó toda: dos o tres veces al año. Desde que comenzó a fumigar yo no he mirado una vez que la avioneta pasara y no fumigara. A mí me cayó todas las veces que venía. Lo más duro es que no me fumigaban casi el cocal, sino el pasto. [Señala el horizonte, donde hay un potrero con una pequeña colina] Desde allí cogía y shuiiiiiit…. pasaba matando todos los pastos.

¿Cuánto vale un tancado de glifosato? ¿Cuánto cree que vale el vuelo? Pues hombre, esa plata repartámosla a los campesinos y verá que no vuelve a haber coca. Acá en esta finca, que venga un proyecto, empate todo esto y monte unas 20 vacas de leche. ¿Yo para qué voy a volver a joder con la coca? Olvídese.

¿Qué quiero hacer yo? Si viniera un programa de cacao, yo me le mido. Si me dieran para dos hectáreas, yo le hago.

Si el Presidente fuera uno que piensa en el campo, que no solo viva en la ciudad, si supiera cómo sufre el campo y la vida que nosotros llevamos… Es que sin una vía de acceso para sacar el plátano que tenemos… Ese platanito lo saco al hombro o al caballo y luego se lo amarro a la motico para llevarlo al pueblo. ¿Pero, yo pa llevarme más de un bulto de plátano, cómo hago?

Pero si el Gobierno me ayudara a tener diez vacas horras y diez de ordeño, sacando 120 litros de leche, ¿pa qué la coca?

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